Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, sólo la trama es mía.


-11-

Estuvimos tonteando durante toda la semana. Tuve que aguantar las miradas acusadoras de Rosalie cada vez que nos cruzábamos, y me ponía nervioso que no dejara de observarnos con reproche cada vez que Alice y yo estábamos juntos. Pensé seriamente en hablar con ella para decirle que dejara de meterse en mis asuntos, pero al final decidí no hacerlo porque no quería empeorar las cosas entre los dos. El miércoles, Emmett se presentó en casa estropeándonos los planes a mí y a Alice. Aquel día mi madre se había llevado a Rosalie al dentista, y le había prometido pasar la tarde yendo de compras para compensarla, así que me inventé un dolor de cabeza para quedarme en casa, y Alice le dijo que no tenía ganas de ir, así que felizmente tendríamos la casa para nosotros hasta que mi padre volviera de trabajar. Mi querido amigo se plantó en el salón de casa diciendo que esperaría hasta que Rosalie llegara, y entonces pensé que posiblemente mi hermana estaba detrás de todo eso porque no quería que me quedara solo con Alice. Era una manipuladora.

-Emmett, mi hermana no está y llegará por la tarde. Además, ¿no sabías que hoy tenía dentista?

-No. –me contestó tranquilamente.

-Ya, seguro. –murmuré fastidiado acomodándome en el sofá. Alice me miró divertida. – ¿Seguro que no tienes nada más que hacer? ¿No tienes a nadie más a quién fastidiar? –le pregunté de nuevo, mosqueado.

-Jasper. –me avisó Alice, no era plan de que me enfadara tanto por aquello, pero así estaban las cosas.

-¿Por qué? ¿Teníais planes?

-Pues sí.

-Genial, podéis llevarlos a cabo, yo no os molestaré. Aunque si era una excursión, me uno a vosotros. –contestó con una sonrisa de oreja a oreja. A veces me preguntaba si Emmett era tan experto en mujeres y citas como presumía.

Resoplé fastidiado y me froté la frente para que se me quitara el dolor de cabeza que me estaba empezando a dar.

-¡Guau! –el grito de Emmett hizo que levantara la cabeza asustado. A continuación comenzó a reír como un desquiciado observando a Alice. – ¿No me digáis que…? ¿Eso de ahí es…? –no era capaz de acabar ni una sola frase antes de que la risa lo venciera.

Me hundí en el sofá todo lo que pude. Emmett no, por favor. Él era la última persona que debería haber visto la marca en el cuello de Alice. Maldije interiormente e intenté que el sofá me tragara.

-Bueno, déjalo ya. –me quejé enfadado al ver que continuaba con sus carcajadas de perturbado.

-Es que esto es genial. –dijo dejando de reír mientras se secaba las lágrimas que la risa le había producido. –Muy bien, Jazz. Vas aprendiendo. –me felicitó palmeándome el hombro. Sentí vergüenza ajena. Alice no había dicho ni hecho nada desde hacía un rato y supuse que también estaba avergonzada.

-¿Fue en la fiesta de María?

Asentí.

-¿Dónde?

-Emmett, no te voy a decir nada porque eso no te importa, ¿de acuerdo?

-Pero quiero los detalles. –se quejó cruzándose de brazos como si de un niño pequeño se tratase.

-Pues no te los pienso dar, eres un pervertido. ¿Acaso yo te pregunto los detalles de lo que tú y mi hermana hacéis?

-No, pero no me importaría contártelos. Mira, si quieres te digo dónde y cuándo fue la última vez que…

-¡No! ¡Déjalo, por favor! –le supliqué tapándome los oídos, y Alice comenzó a reír ante mi aterrorizada expresión.

-Tal vez si me escucharas aprenderías varias cosas importantes.

-No, no hace falta.

Entonces Emmett se acercó a Alice y comenzó a inspeccionarle el cuello con atención.

-¿Qué puñetas haces? –le pregunté entre enfadado y atónito.

-Lo hiciste bien porque ha durado varios días. Muy bien, Jazz. Estoy orgulloso de ti. –me sonrojé de pies a cabeza. Ya no aguantaba más ésta conversación.

-Bueno, ¿quieres comer algo?

-No, podemos ver la tele. O… -nos miró con una sonrisita que yo conocía muy bien. –Creo que ya sé cuáles eran vuestros planes para hoy, y acabo de darme cuenta de que sobro.

-Gracias a Dios. –farfullé.

-Bueno, me voy. Cuando vuelva tu hermana dile que he venido y que hemos mantenido una conversación muy interesante. –entrecerré los ojos. Mi amigo caminó hasta la puerta, entonces, antes de salir volvió a asomarse por el marco: –Por cierto, Alice. Sé que querías que me quedara, pero me temo que ya tengo pareja, así que vas a tener que divertirte sólo con Jazz. También sé que es poca cosa, pero dale una oportunidad al chico. –bromeó el muy idiota.

-¡Imbécil! –grité arrojándole un cojín a la cabeza, que alcanzó a la puerta justo cuando él la cerró entre carcajadas.

Escuché la risa de Alice a mi lado y la observé con una ceja levantada.

-¿Te ha hecho gracia?

-Mucha. –reconoció tapándose la boca con las manos. – ¿Tengo que sentirme halagada?

-No. –contesté, y después nos invadió el silencio. Bien. Estábamos solos, justo lo que queríamos. ¿Y ahora qué? – ¿Qué quieres hacer? –le pregunté a Alice como un idiota. El silencio me estaba matando.

-Lo que quieras. Podemos…comer algo, ver la tele, escuchar música, salir un rato…

Empecé a reírme de golpe. Aquella situación era ridícula.

-Parecemos dos niños pequeños, ¿lo sabes?

-Sí. –comenzó a reír ella también. –Y en realidad, no entiendo el por qué. – contestó acercándose a mí.

-Bueno, podemos volver a los planes que teníamos al principio. –insinué "inocentemente".

Sonrió sugerentemente y acortó la poca distancia que nos separaba para besarme. Se colocó sobre mí y empezó a acariciar mi espalda y mi cabello. No quise quedarme atrás, por lo que, a la vez que profundizaba el beso, acaricié su cintura por debajo de la blusa haciendo que se estremeciera. Abandoné sus labios y me dirigí a su cuello, pero Alice se apartó con una mirada acusadora. Le sonreí con una inocencia que no sentía.

-No te preocupes. Tendré más cuidado ésta vez. –le aseguré.

-Más te vale.

Sin dejar de sonreír, continué con lo que estaba haciendo mientras mis manos viajaban por sus caderas y por sus piernas. Alice besó mi oreja y mi barbilla, y después volvió a unir sus labios a los míos.

Estuve a punto de gritar cuando sonó el teléfono.

-Empiezo a pensar que esto es el destino. –murmuré, harto de las interrupciones.

-Contesta, anda. –me dijo Alice con una risita, sentándose en el sofá de nuevo.

Me puse el teléfono en la oreja con cansancio.

-¿Diga?

-Hola, cielo. –era mi madre.

-Hola. ¿Qué ocurre?

-Nada, es sólo para avisarte de que ya vamos hacia casa.

-¿Ya? ¿Pero no ibais a quedaros para ir de compras?

-Sí, ésos eran nuestros planes iniciales, pero ¿no te has fijado en la tormenta que está cayendo? –me preguntó extrañada.

Observé por la ventana y me percaté de que, efectivamente, estaba diluviando y casi granizando.

-Pues sí. –acepté sorprendido.

-Bueno, pues ya vamos para casa, cielo. Hasta ahora. –se despidió mi madre y colgó.

Suspiré.

-¿Era tu madre? –preguntó Alice.

-Sí. Dice que ya vienen.

-¿Ya?

Asentí.

-Está lloviendo a mares.

Alice corrió hacia la ventana y abrió los ojos sorprendida.

-No me había dado cuenta. –murmuró avergonzada.

-Entonces ya somos dos. –dije dándole un beso en la mejilla.

Mi hermana y mi madre llegaron diez minutos después, empapadas. Al parecer habían dejado el coche fuera, y en el trayecto desde el vehículo hasta a casa se habían mojado de lo lindo.

Agradecí al dentista que le hubiera tenido que poner empastes a mi hermana, así no podría hablar hasta que no se le pasara el efecto de la anestesia, aunque aquello no impidió que continuara enviándome miradas fulminantes.

Por la tarde, mi padre llegó a casa con el ceño fruncido.

-¿Qué te ocurre? –le pregunté preocupado.

-He perdido la pluma que me regaló tu abuelo.

-¿La de plata? –volví a preguntar, sorprendido.

Asintió con pesar.

-La llevaba en el maletín, con mis cosas para el trabajo, pero no está. Ni la pluma, ni el estuche.

-Tal vez te la has dejado en el hospital.

-No, hoy no la tenía en el maletín.

-Entonces, quizá te la has olvidado aquí, en casa.

-Eso espero. Voy a ver si la encuentro. –me dijo dándome una palmadita en el hombro.

Fruncí el ceño. Últimamente todo el mundo perdía cosas. Yo no lo entendía. Y después me acusaban a mí de despistado.

Por la noche no dejó de llover, e incluso empezó a tronar, y mi habitación se iluminaba de vez en cuando gracias a los rayos, dándole así un aspecto tétrico. Estaba empezando a dormirme cuando escuché que se abría la puerta. Me sentí como en una de esas películas de terror, pero todo el miedo se esfumó cuando vi a Alice parada enfrente de mí.

-¿Qué ocurre? –pregunté encendiendo la luz que me dañó los ojos.

-Es que… –empezó, y me di cuenta de que parecía avergonzada. –No me gustan mucho las tormentas, y mucho menos los truenos. ¿Te importa si ésta noche duermo contigo?

Pensé que estaba bromeando, pero al ver su cara de angustia entendí que lo decía de verdad. Repasé lo que aquello provocaría si alguien se enteraba: mi hermana me mataría directamente, tanto a mí como a Alice. Mi madre tal vez armaría un escándalo, al igual que mi padre. Además, estaba seguro de que dormiría más bien poco teniéndola a mi lado, pero dejé mis depravados pensamientos a un lado y me destapé haciéndole hueco. Me sonrió y se metió en la cama conmigo. Apoyó su cabeza en la almohada, quedando boca arriba. Después se puso de lado y quedemos cara a cara.

-Gracias. Ya sé que soy una pesada, pero las tormentas son una de las pocas cosas que realmente me asustan.

Asentí lentamente, tragando saliva por lo cerca que estábamos. Alice me sonrió y se acurrucó más contra mí cuando un trueno resonó en toda la habitación.

-Buenas noches. –me dijo justo antes de cerrar los ojos.

-Buenas noches. –contesté yo con los ojos abiertos como platos.

Definitivamente, aquella noche la iba a pasar en vela.


Ainss...nuestro Jazz se esta ilusionando bastante...pero yo no digo nada xD

Por lo que he visto en vuestros reviews, la gran mayoria de vosotras ya estais empezando a sospechar y estoy segura de que vais por el buen camino, pero vais a tener que esperar un poco para saber si estais o no en lo cierto ;P

Me encanta Emmett, no lo puedo evitar. Me encanta que saque de sus casillas a Jasper xD

Bueno, espero que os haya gustado el capi y que me dejeis muchos reviews.

¡Hasta el proximo!

XOXO