Ya se veían a los hombres llegar con una notable prisa. Cuando el pequeño blancuzco vio que su hermano era cargado en brazos medio inconsciente, se puso muy nervioso.

Los vikingos entraron rápidamente en la cabaña.

Desinfectaron y vendaron las heridas todo lo rápido que pudieron. La respiración de Noru se volvió agitada y soltaba algún que otro quejido. El pobre estaba sudando la gota gorda y muchos de los que estaban allí pensaron que en cualquier momento se pondría a sudar sangre.

Islandia comenzó a sollozar, verle así le desgarraba el alma. Las mujeres lo cogieron y se lo llevaron fuera del lugar.

Tras una larga mañana y una larga tarde, la calma volvió a reinar, dentro de lo posible.

Todos estaban cenando. Is seguía lagrimeando aunque más calmadamente. No comió nada. Cuando ya todos se acostaron, Dinamarca entró en la habitación del jefe noruego. Islandia, que no era capaz de conciliar el sueño (como siempre), había visto su silueta y se aventuró a ver que hacía.

Den se sentó de rodillas al pie de la cama de Nor. Cogió su mano y se aferró a ella.

- Ojalá te hubiera podido proteger como un buen vikingo -. Dijo mientras se le escapaba una lágrima -. Creo que no valgo como guerrero. Odio verte así. Si hubieras perdido la vida me hubiera vuelto loco – susurraba.

Dinamarca se levantó ligeramente y se acercó a la cara del durmiente y aunque sabía que lo que iba a hacer no era justo para Noru, este posó sus labios sobre el blanco. Trató de ser lo más cuidadoso y delicado posible pero cuanto más duraba el beso menos quería desprenderse de sus labios. Al final se soltó, pero en ese momento la idea de ser un ladrón se volvió irresistible y volvió a unir sus labios. Esta vez el segundo beso fue más dulce y duradero.

- La próxima vez… – volvió a susurrarle el danés. - Te besaré porque tú me dirás que me amas. Hasta entonces me convertiré en un auténtico guerreador – y le dio un beso en la frente - Jeg elsker dig.

Finalmente, Den abandonó la habitación.

Pero allí estaba Ice, que lo había visto todo. Nunca antes había visto ese gesto, y le resultaba bastante extraño. Pero por extraño que fuese a Islandia le gustó y supuso que sería una buena manera de decirle te quiero a su hermanito.

Al día siguiente, los daneses se marcharon rumbo a la guerra. Los días pasaron y Noruega se fue recuperando pero seguía demasiado débil e Islandia no encontraba ocasión para acercarse a su hermano, así que esperó algún tiempo.

- Islandia, vamos. Debemos acostarnos.

- Noruega…- dijo tímidamente.

- ¿Si? – se agachó.

Avergonzado y temeroso pero decidido, Islandia alargó sus cortos brazos, fuertemente cogió las mejillas del noruego y le dio un inocente beso en la boca.

- Jeg elsker dig– dijo el albino.

Noruega quedó pillado por sorpresa. Solo había sido un piquito, pero es que no solo lo había besado sino que ¡su primer te quiero se lo había dicho en danés!

Noru no decía nada y eso le hizo pensar al islandés que había hecho algo malo.

- Lo siento…no creí que te enfadarías. Yo solo lo hice porque Dinamarca también lo hizo y creía que no me querías. Es por eso que le pedí a Freyja que se le cayeran los genitales a Dinamarca y lo vi cuando estaba contigo haciendo eso.

- Espera. ¿Haciendo qué?

- Lo que he hecho. ¿Es algo malo acaso?

Noru sonrió.

- Si viene de ti por supuesto que no. Yo también te quiero pero por los dioses no lo digas en danés -. Le retiró el flequillo y le dio un beso en la frente -. Esto se llama beso y solo se da a aquellas personas que son realmente especiales para cada persona y a mi me gustó mucho que me lo dieses. Te quiero Islandia, te quiero hermanito.

- ¡Hermano mayor! – El joven niño se abrazó a su hermano, el cual le correspondió y se levantó sujetando a su hermano en brazos directo a la habitación -. Sabes, quisiera que me contases eso de que a Den se le caigan los genitales.

En Suecia unos días más tarde…

Den y Sve estaban frente a frente en medio del campo de batalla, con sus fuertes soldados. Estaba a punto de comenzar la pelea pero un hombre bastante cansado, por la notable prisa con la que había realizado su viaje, se acercó al bando de los daneses.

- Mi señor... Ha recibido…una carta del jefe vikingo Noruega.

- ¿¡Qué! – Sorprendido el danés abrió con ansias la carta –. ¡Que no empiece todavía la batalla!

Carta:

Sé todo lo que pasó aquella noche. Sí, aquella noche.

Mientras, Berwald pidió al mensajero que le susurrase el mensaje.

El rubio danés tragó saliva. Solo había dejado ese efímero texto. Ni una sola pista de si su reacción había sido buena o mala.

- Si qu'eres…- sugirió el sueco – podemos po'poner la batalla unos cuantos siglos…

- Si, por favor…

¡Rezaremos por ti, Dinamarca!