Últimamente el pequeño letón había estado más distante y triste de lo que acostumbraba. Se le podía oír llorar por las noches y como gemía hasta más no poder.
Estonia y Lituania comenzaron a preocuparse. El problema es que no sabían que le pasaba al rubio y cada vez que le preguntaban este rompía a llorar.
El señor Rusia también notó más tristeza en el niño de lo habitual y se molestó pensando que era culpa suya.
- ¿Qué te pasa Letonia? ¿Hoy tampoco quieres dirigirme la palabra? – Decía satíricamente el ruso -. ¿Acaso he sido malo contigo? – Preguntó amenazador.
- ¿Eh? ¡N-no, no, n-no! Usted siempre es muy bueno conmigo. Yo…y simplemente yo…soy el problema. No quiero que se moleste señor Rusia. Usted no ha hecho nada…
- Aaahhh, puedes irte.
- ¡Si!
"Me ha mentido…el sincero Raivis me ha mentido"- lamentó el ruso. Paradójico pero no era así.
Raivis se fue a su cuarto y se tumbó en la cama. Nadie nunca se había preocupado por saber de sus sentimientos ni podría comprender lo que le pasaba, al menos eso pensaba.
¿Quién podría entender sin reírse que lo que le sucedía era un mal de amor?
Desde hacía ya tiempo, había estado enamorado de aquel no reconocido país llamado Sealand. Y ahora este quería estar con aquella isla fría y aislada. Si, Peter se había enamorado de Islandia y este solo contaba maravillas de ese país y las múltiples cosas que tenían en común. Como que ambos vivían rodeados de agua, y que pese a esa fría apariencia había una persona simpática y graciosa.
¿Cómo Sealand podía compararse con alguien tan solitario?
Peter siempre le trajo alegría desde que lo conoció. Cuando la pequeña plataforma había buscado consuelo, él se lo dio. El hermano del inglés le había hecho sentir imprescindible para alguien por primera vez en su vida.
Tumbado en la cama se abrazaba así mismo mientras soltaba algunas lágrimas en silencio y no por haber echado cientos y miles de lágrimas antes, estas perdían su valor.
Finalmente, cesaron los sollozos y Raivis se quedó dormido. Toris y Estonia abrieron la puerta del cuarto y se asomaron.
- Raivis, si necesitas algo puedes pedírnoslo ¿de acuerdo? – Dijo Lituania.
- Si, estaremos aquí para lo que quieras – afirmó el estonio.
- Tampoco le des mucha libertad – susurró en protesta el moreno.
Se dieron cuenta de que este se había dormido. Conmovidos, entraron en el dormitorio y se metieron en la cama del letón y rodeándolo cada uno por un lado, los dos bálticos mayores le dieron un cálido abrazo al más pequeño de los tres.
