Capítulo 1

Eran los primeros días de invierno aquí en Volterra, Italia, el frío estaba adueñándose de cada rincón de la ciudad, incluida mi habitación en la parte más alta de torre de los Vulturis, eran alrededor de las 4:30 de la mañana cuando escuche unos leves golpes en mi puerta.
- ¡No iré al entrenamiento! - le grite a quien quiera que interrumpía mi sueño, no pensaba ir a congelarme afuera.
- Antoniette sale, Aro te esta buscando - me grito Jane desde el otro lado de la puerta, rodé en mi cama para así poder acurrucarme mejor y seguir durmiendo, no me importaba si la misma reina de Inglaterra me buscaba, no saldría de aquí - Pequeñaja será mejor que salgas, no me obligues a ir por ti - Jane ya estaba enojándose, era tan fácil de encolerizar, no le respondí en vez de eso, seguí acostada en mi cama - Humana desagradecida, sal de esa cama en este instante - me grito justo al lado de la cama, no pude evitar soltar un pequeño chillido, no había escuchado la puerta abrirse.
- No pienso salir con el frío que hace, no pierdas tu tiempo - tiro de mis protectoras y abrigadoras sábanas - Sal de aquí ya, es una orden de Aro -
- Pues que venga él a buscarme - le sisee.
- Tranquilas chicas - me di vuelta rápidamente para ver que Alec estaba sentado en la esquina más alejada de mi cama, viendo como yo y su hermana peleábamos - Anto, Aro esta en la fuente, te tiene un regalo, será mejor que vayas a recibirlo - me dijo tranquilamente.
- Tengo frío - él se paro sin decir nada y se dirigió a mi armario, de él saco un vestido gris, era el que me había comprado Michelle hace algunos días, también saco unas medias de mi blanco color de piel, unas botas negras y una chaqueta del mismo tono de las botas, lo puso en mi cama. - ¿Quieres que me ponga eso? - él asintió, note que Jane ya se había ido, espere a que él también se fuera para poder bañarme y vestirme, pero no se movió, suspire y me dirigí lentamente hacia el baño que estaba en mi habitación, luego de bañarme salí a mi habitación, él seguía allí pero miraba con atención las fotos que estaban en el escritorio.
- ¿Los extrañas? - se dio la vuelta al ver que no contestaba, me miró con algo de vergüenza, se paro rápidamente de mi cama - Lo siento, me... tengo que ir - salió rápidamente de mi habitación sin mirarme otra vez, no me importó nada, me vestí, me tome mi negro y ondulado cabello en un intrincado moño y me dirigí hacia la puerta, luego de abrirla mire con odio las interminables escaleras.

El patio estaba completamente vacío, logre vislumbrar la capa negra que envolvía al rey y también a su escolta, Renata a duras penas. Empecé a caminar lentamente hacia ellos, pero obviamente los "súper sentidos" vampíricos de Aro le advirtieron que yo me acercaba, ya que, estuvo justo enfrente mío en menos de lo que me lleva decir mi nombre.

- ¿Cómo estas esta mañana hija? – me pregunto tratando de tomar mi mano, pero yo ya la había alejado, adelantándome a sus movimientos.

- Pues veamos… son casi las cinco de la madrugada, si es que no lo son ya, acabas de enviar a dos de tus escoltas a despertarme, sabiendo que no he dormido casi nada por el entrenamiento de ayer… ¿Cómo crees que estoy? – dije irónicamente y con un tono bastante molesto, por lo que me sorprendió que él sonriera mientras le hacía una seña con la mano a Renata, quien tomó la bufanda que colgaba de su cuello para cubrirme los ojos.

- ¿Que rayos? – alegaba tratando de salir de sus brazos de hierro.

- Tranquila – me ordenó y sentí como su escudo hacía de mis movimientos pequeños e inútiles forcejeos – No me ataques – me previó antes de tomarme en sus brazos, y comenzar a correr, fue en ese instante en que recorde lo que Alec dijo "Aro esta en la fuente, te tiene un regalo".

- ¿Cuál es el regalo? – nadie contestó, en vez de eso la escolta me dejo con delicadeza en el suelo.

- Cierra los ojos, mi pequeña – seguí las instrucciones del rey, solo por las ansias que tenía de ver la sorpresa que me tenía – No los abras – me regaño al ver que trataba de entreabrir mis ojos, me guiaron unos pocos metros más allá.

- Puedes abrirlos – me susurró Renata desde mi espalda.