Estoy de vacaciones, q decirles, es cuando más cosas se me ocurren y tengo tanto tiempo (sí, os vengo a presumir mi aburrida desocupación) que ya no sé en qué ivertirlo… En realidad, esto ya lo tengo desde hace más de un año, solo que no lo había pasado a la computadora y bla, bla, bla… la típica historia de todo aquel que publica algo luego de tenerlo meses o años escrito…

Uno…

Dos…

Tres…

Ahora sí.. ¡HOLA, CRIATURAS DEL INFRAMUNDO! Ahre…

Les dejo esto y lentamente me iré alejando…¡Ey, tú! Si, tú, el de la antorcha... un paso atrás y no mataré al pony... creeme, lo haré... y no quieres verlo... ¡Eso me gusta!... Ahora si, ¡A leer!


Una sorpresa inesperada.

—Estoy embarazada.

Aquella tarde, luego del entrenamiento, Po no esperaba que Tigresa le fuera a decir precisamente… eso.

Aquella mañana, cuando fue a un chequeo con el doctor, Tigresa no esperaba enterarse de… eso.

No, no era una noticia que emocionara a alguno de los dos. Po podría decir que "no estaba listo", Tigresa podría alegar que "era demasiado pronto". Pero por más tiempo que pasara, él no estaría listo jamás y para ella jamás sería el momento indicado. No lo deseaban. Así de simple. No deseaban ser padres. Tigresa lo sabía, Po lo sabía. Ambos estaban de acuerdo con la opinión del otro y no tenían nada que replicar, nada que agregar. Hacía mucho lo habían hablado, cuando empezaron su relación, cuando decidieron a si mismo que no se casarían y que seguirían siendo maestros de Kung Fu.

Llevaban casi siete años juntos. Los primeros años a espaldas de sus amigos, para no llamar la atención, actuando tal como siempre lo hicieron y aprovechando cualquier momento a solas para apasionantes sesiones de interminables besos. Pero, vamos, eran adultos. Ya no estaban en edad de jugar a las escondidas, de pretender que debían ocultarse para estar juntos. Eso a dejárselo a los jóvenes.

—Bueno… no sé qué decir —Y Po se siente tonto por responder eso.

Tigresa no le mira. Su vista fija en el valle. Se encuentra sentada en el suelo, con la espalda contra aquel sagrado durazno con el nombre largo… de hecho, jamás entendió por qué había que nombrar a una planta. ¡Había miles como esa!

Cierra los ojos, recargando la cabeza contra el tronco. El simple hecho de pensar duele y jura jamás haberse sentido tan… así, ni siquiera sabe cómo describirlo.

—Es decir…—Prosigue él— No, no es lo que esperábamos… pero está aquí. No hay por qué arrepentirse tampoco.

Tigresa traga grueso, sus manos tensas en puño.

—No íbamos a casarnos —Murmura— No íbamos a tener hijos… ¡Joder, ni siquiera creía que eso fuera posible!

Y es entonces cuando se derrumba. Un sollozo hace temblar sus labios, su puño golpea con fuerza el suelo.

Po la ve y se siente culpable. Bien, de hecho, la culpa es de ambos. Pero es aquel sentimiento protector para con ella el que le dice que es él quien tiene la culpa. Se acerca a ella, pasando un brazo por sus hombros, arrimándola a él. La abraza contra su pecho, mimándola, consolándola.

—Bueno… no todo salió como queríamos —Comenta.

—Esto… —Solloza— Esto está mal… Muy mal…

—No, Tigresa… Está bien.

—¡Claro que no! —Se endereza ella. Lágrimas en sus ojos— No finjas que está bien, panda, porque no es cierto… Tú no querías esto, yo no quería esto… ¡Ninguno lo deseaba! Así que no finjas que, de repente, se te antojó ser padre y atender a… a… a lo que sea que sea este… bebé.

Tigresa se encuentra demasiado alterada. Jadea, sus ojos dilatados, lágrimas en sus mejillas. Sus manos tensas en puños. Po la observa y todo lo que puede hacer es reír como un completo idiota.

—¿Cómo es eso de sea lo que sea?

—Bueno…tigre, panda, ornitorrinco… lo que sea.

—¿Y por qué tendría que ser un ornitorrinco?

Arquea una ceja y Tigresa solo puede reír por su propia ridiculez.

—No lo sé…

—Ven aquí —Llama, acercándola nuevamente a su pecho, abrazándola— Tienes razón; no es lo que esperábamos y ninguno de los dos lo deseaba —Admite— Pero es lo que esta y ya no se puede hacer nada.

Tigresa se acurruca en el pecho del panda, aferrándose al cálido pelaje. Está asustada.

—Pero… pero… es un bebé no deseado —Murmura, casi con vergüenza.

Po sonríe. No, ser padre no estaba en sus planes… pero, ¿Quién le dice?, ser el Guerrero Dragón tampoco lo era y ¡henos aquí!

—Pues es deseado a partir de ahora.

—¿Po?...

—¿Hum?

—Júrame que no se lo dirás a nadie. Solo por el momento. No me siento lista.

Po se muerde el labio. La estrecha contra sí, exhalando el aire que inconscientemente ha retenido en sus pulmones.

—Está bien.

III

Po pica las verduras con más ansias de lo normal. La mano le tiembla de a ratos y está seguro que aquel temblor en la comisura izquierda de su labio es un tic. ¡Vamos! No es que esté precisamente contento, aunque no por aquel bebé en realidad. Alguna vez pensó en ser padre, pensó en si algún día tendrían un hijo y también pensó que, muy probablemente, sería algo imposible con Tigresa. Nunca había visto a alguna pareja de distinta especie que tuviera crías, ni había escuchado de alguna siquiera. No es el bebé el que le mantiene nervioso (bueno, no del todo), sino el hecho de que Tigresa haya concebido después de casi siete años.

¿Por qué en ese momento?

¿Por qué no antes?

Detiene el cuchillo sobre la tabla de picar, echando las verduras a la olla hirviendo. Lo hace todo rápido, sus pies tropezando entre sí, sus manos temblando. No le hará aquel planteo a la felina, ella creerá que le está acusando de algo y es lo último que quiere. Por el momento, se encargará de que Tigresa esté tranquila. Ha escuchado que las embarazadas no deben de tener preocupaciones, que necesitan apoyo y paz. No quiere alterarla.

—¿Po? —Llama Grulla desde la puerta.

Po no voltea, continúa con su trabajo.

—¿Qué?

—Bajaremos al valle —Comenta Mono, junto al ave.

Mantis se encuentra en el hombro del simio, pero no dice nada.

Po les mira de reojo, fingiendo estar concentrado en la manera en que rebana los rábanos.

—¿Y?... No soy su padre para darles permiso.

—No, gran idiota —Se exaspera Mantis— Que si quieres venir.

—No me grites, bicho, me recuerdas a Tigresa.

—Hablando de Tigresa, ¿Tienes idea de qué le pasa? —Cambia de tema Grulla.

Y Po por poco no se rebana la mano.

—¿A qué te refieres?

—Lleva toda la tarde encerrada en el Salón de los Héroes —Prosigue el ave— Creo que meditando, aunque se me hace raro que no haya estado entrenando.

El panda tuerce los labios en una mueca que sus amigos no alcanzan a ver.

Esa mañana habían hablado seriamente él y Tigresa, llegando al acuerdo (luego de una intensa discusión por parte de la chica) de que ella no debía continuar entrenando junto a los chicos. Era peligroso para el bebé y podría hacerle daño, por más precauciones que tomara. Claro, a Tigresa no le gustó nada aquello, pero no le quedaba de otra.

—Bueno… —Tantea, piensa algo— Tal vez está cansada.

—¡Bestia!.. Déjala dormir un poco.

Y todos ríen al comentario de Mantis, todo menos Po, que arruga el entrecejo.

—Idiota —Masculla.

—No te enojes… era una broma.

—No estoy enojado, tonto —Gruñe, revolviendo la olla— Me duele la cabeza, es todo.

—Suena a excusa para no tener sexo. ¿Te la enseñó Tigresa?

—¡Joder! Basta, Mantis.

El insecto abre la boca, con otro de sus comentarios preparados para fastidiar al panda, pero es acallado por las manos de Mono a su alrededor.

—Tranquilo —Intenta apaciguar el simio— ¿Qué sucede?

—Esto… yo… nada.

Deja la olla a medio tapar y toma el pequeño banquillo que usan para alcanzar los estantes altos, sentándose en este. Realmente le duele la cabeza. Se lleva las manos al rostro, apoyando los codos en sus rodillas, y bruscamente se restriega los ojos, en un intento por espabilar un poco. ¡Vamos, panda! No es el fin del mundo. Dentro de unos años lo recordarás y serás el hombre más feliz del mundo… Claro, dentro de unos años, no ahora.

Los chicos le rodean, bastante atentos. Incluso Mantis parece mínimamente preocupado.

—¿Es Tigresa? —Prueba Grulla.

Po asiente.

—¿Discutieron? —Inquiere Mono.

Po niega.

—¿Quiere casarse? —Intenta Mantis, dando aquel toque de gracia tan propio en él.

Po podría reír… podría, pero solo niega con la cabeza.

—¿Entonces?

—Está embarazada —Murmura.

El silencio se hace en la cocina, interrumpido únicamente por el burbujeo del agua hirviendo en la olla. Po levanta la mirada, un tanto temeroso. Si bien prometió a Tigresa guardar el secreto un tiempo, se trata de sus amigos. ¿Con quién más va a hablarlo sino?

Un sonrisa, un tanto nerviosa podría decirse, curva los labios de Mono. Le sigue la sonrisa de Grulla y luego la de Mantis, ambos igual de… tensos.

—Es una broma —Dice el ave, más para sí mismo que para sus amigos.

Ríen… Aquella risa de quien no quiere afrontar lo que tiene delante, como si no creyera aquel suceso que acaban de presenciar. Po les mira sin entender qué demonios les sucede.

—¡Claro que no es broma, idiotas! Les estoy hablando en serio; Tigresa está embarazada.

Y de repente, mas silencio. Ni siquiera tensas sonrisas.

—Pero…

—… eso…

—… Esto…

—¡Es imposible! —Les corta Mantis— Vamos, Po, seguro es una falsa alarma.

Por más que quede mal que él lo piense, Po desea que así sea. No por él, sino por ella. Está claro que Tigresa no desea aquel bebé, no lo quiere, porque no lo planeó para su vida. Niega con la cabeza, mirando desde abajo, casi con pena, las atónitas expresiones de sus amigos.

—Fue al médico. Está de dos meses.

Mantis salta del hombro de Mono hacia el de Po. Puede que el insecto sea un fastidio, pero sabe cuando debe apoyar a sus amigos.

—¿Y cuál es el problema? —Inquiere— ¡En buena hora!... Serás padre.

—No, no es eso. Yo estoy bien.

—¿Entonces?

—No estoy seguro de que Tigresa realmente quiera a ese hijo —Confiesa. Sabe que ellos le guardarán el secreto— Hoy se veía tan… no sé cómo decirlo, pero no estaba contenta.

Mono y Grulla se miran entre sí, severos. Bueno, eso cambia por completo la situación. Queda mal cuando un padre no quiere aceptar a su hijo, pero no hay perdón para la madre que niega aquello que crece en su interior.

Grulla se acerca a su amigo, coloca un ala sobre la espalda del panda, en señal de apoyo.

—No se trata de quererlo o no —Comenta— La criatura ya está y eso es lo que importa.

—Es Tigresa, Po, y no es a mujer más maternal del mundo —Habla Mantis, ignorando las asesinas miradas del simio y el ave— Debe estar asustada y… y nerviosa… y…

—¡La cosa es que deberías alegrarte! —Le interrumpe Grulla.

Mono sonríe anchamente.

—¡Eso! —Apoya— Hay muchas parejas de distintas especies que desean un hijo propio y no pueden tenerlo. Es casi imposible.

—Imposible diría yo.

—¡Ya cállate, Mantis!

Regañan Grulla y Mono a coro. Po les observa y no puede evitar reír. Los comentarios de Mantis hace tiempo que dejaron realmente de molestarle, lo conoce y la mayoría de ellos son casi predecibles.

—Sinceramente, chicos, yo estoy bien con esto.

—¿Deseas ser padre? —Inquiere Grulla.

Po se levanta del banquillo, yendo a ver la olla, mientras que Mono busca los platos y Grulla los cubiertos. Se encoge de hombros, como si aquella pregunta no tuviera la importancia que realmente tiene.

—Realmente si —Admite— Aunque, tal como decía Mantis, no lo creía posible.

—Una vez hice planes para ser mantes… —Cuenta Mantis, sentado en la mesada.

Ninguno de los chicos le miran, pero todos contienen la risa. ¡Vamos! ¿En serio? ¿Mantis como padre?

—¿Y qué pasó? —Inquiere Mono, con fingido interés.

—Lo tenía todo listo… —Prosigue el bicho— Todo, menos la novia.

III

La cena transcurre casi sin ningún acontecimiento fuera de lo normal. Bromas de los chicos, Víbora reprendiéndoles y Tigresa haciendo de cuenta que no acaba de escuchar aquel comentario hacia sus pechos solo por no saltar encima de la cabeza de Mantis. Ninguno de los chicos menciona lo hablado con Po, aunque este no se los haya pedido explícitamente, pues se conocen lo suficiente como para saber qué cosas deben quedar solo entre ellos. Quien sí parece estar intrigada por algo, es Víbora, que no deja de preguntar a su amiga por qué bajó al valle aquella mañana sin decirle nada a nadie. Al parecer, la serpiente encuentra intrigante el hecho de que Tigresa haya ido tan temprano y no le haya contado precisamente a ella el por qué. Po las mira de reojo, siente la rodilla de Tigresa temblar contra la suya. Mono, Mantis y Grulla hacen de cuenta que no escuchan nada.

—Me hubieras pedido que te acompañe —Alega Víbora— Yo también debía bajar al valle hoy.

Tigresa toma una porción de tofu con los palillos y se lo lleva a la boca, haciendo tiempo.

—Prefería ir sola.

—¿Por qué?

—Porque si, Víbora, no estaba de humor.

Y la serpiente no insiste. Po lleva una mano por debajo de la mesa, acariciando con mimo la pierna de la felina. Ella hace de cuenta que no se ha dado cuenta, pero su rodilla ha dejado de temblar. Tal vez los chicos tengan razón. Tal vez solo se trate de un acto impulsivo por parte de ella. Po sabe que Tigresa realmente quiere a su hijo, la conoce, ella sabe lo que es no tener el amor de una madre y no cree que quiera lo mismo para su propio hijo.

—Hoy llegó una carta de una de mis hermanas —Víbora interrumpe el silencio, buscando plática— Al parecer, está embarazada… No es algo que me alegre en particular, ella no está casada. Creo que se ha adelantado demasiado —Opina.

Opina y sigue hablando. Po, así como también Mono, Grulla y Mantis, observan de reojo a Tigresa, como si esperaran que esta se levantara y saliera corriendo. Ella también está embarazada, ella tampoco está casada, ni piensa casarse, ella también se ha precipitado demasiado… ella… y tal vez sean las hormonas, pero de repente, el parloteo de Víbora le parece ridículo.

—Tal vez ella así lo quiso —Replica Tigresa, su mirada en el plato— Tal vez ella si quiere ser madre.

Víbora sonríe, de aquella manera amable pero mordaz de cierta manera.

—Oh, sí, eso está bien —Responde— Pero, no sé, podría al menos casarse primero.

—¿Y para qué quiere casarse si lo que quiere es un hijo, no un esposo?

—Pero… Sería mejor para el bebé.

—¿Y qué si el bebé nace fuera de un matrimonio?

Comienza a molestarse. Po tensa su mano sobre la rodilla de ella, en un vano intento por calmarla.

—Ninguna madre quiere un bastardo por hijo, Tigresa —Lo dice con tal tranquilidad— Aunque, no te culpo si no lo entiendes, porque… bueno… ya sabes, no es por atacarte.

¡Suficiente!

No tiene idea en qué momento se ha puesto de pie, pero todo el cuarto se queda en el más tenso e incómodo silencio cuando el puño de la felina cae bruscamente sobre la mesa.

No responde, de repente, se siente incapaz de hacerlo. Las lágrimas llenan ridículamente sus ojos y antes de que alguien lo note, decide salirse de la cocina. Po se levanta de inmediato, yendo tras ella. Víbora observa la escena sin entender; ¿Qué ha dicho? Busca la respuesta en Mono, Mantis y Grulla, que la observan como si se hubiera vuelto loca.

—Sinceramente, creo que te pasaste —Comenta Grulla.

Y las miradas de Mono y Mantis le apoyan.

Continuará…