¡Holi! (^_^)/
Mal augurio
Desde hace aproximadamente dos semanas, al primero que Tigresa saluda por las mañanas es al baño. Las náuseas son insoportables. Po, aunque algo adormilado, levanta por detrás de ella y le espera en el pasillo. No dice nada, pues sabe que ella se encuentra de mal humor. Se limita a abrazarla y acompañarla de vuelta a su cuarto, en donde se recuestan nuevamente hasta que el gong les indique que deben levantar. La rutina se repite todas las mañanas sin falta. Tigresa intenta mantener el optimismo, pero le es casi imposible cuando prácticamente todo lo que ingiere termina siendo regurgitado en menos de una hora (si no es que de inmediato). Po todo lo que puede hacer es estar al lado de ella y prometerle que ya va a pasar, que eso no durará los siete meses restantes.
—¿Estás despierta? —Susurra, recostado en la cama, con la mirada en el techo.
—Se me pasó el sueño.
—¿Qué tal te sientes?
A modo de respuesta, Tigresa emite un bajo gruñido. Se acurruca contra el panda, abrazándole, y recuesta la cabeza en su pecho. Ambos se quedan en silencio, con pensamientos no muy distintos. Últimamente, todo lo que ronda sus cabezas es aquel bebé que esperan… y no es que Po desconfíe de ella, tan solo está demasiado conmocionado y por eso es que no deja de repasar la última misión que Tigresa tuvo a solas.
Rodea a la chica con un brazo, arrimándola más a él. Su mano libre tras la nuca, a modo de almohada, su vista en el techo y su mente puesta en aquel día hace dos meses. Tigresa se encontraba lejos, en una misión en las montañas. Solo es una coincidencia, se dice, intentando apartar aquella tonta idea.
La delicada caricia de su novia bajando por su pecho le llama la atención.
Baja la mirada; la zarpa de Tigresa se desliza muy suavemente por tu torso, sus garras rozándoles muy a penas la piel.
—¿Qué haces? —Susurra.
—Aprovecho el tiempo.
Tigresa sonríe, falsamente tímida, su mano en descenso por el cuerpo de su novio. Po la observa, en silencio, y antes de que llegue al borde de su pantalón, le sujeta de la muñeca.
Lo hace suavemente, volviendo la mano de ella a donde estaba. Ella levanta la mirada, confusa, pero antes de que pueda decir algo, Po le besa en los labios.
—Me duele el cuerpo —Miente.
—Anoche no te dolía el cuerpo —Replica Tigresa.
—Pero ahora me siento cansado —No quiere discutir. No discutan, se ordena— Y además dentro de poco sonará el gong, Tigresa —Vuelve a besarla— Será para la noche.
Tigresa no responde, pero cuando Po la ve levantarse y buscar su ropa, sabe que está molesta.
Él no dice nada.
Ella lleva esas semanas más sensible de lo normal, más temperamental, y tal vez no debió rechazarla de esa manera, pero es que el humor no le da para esas cosas. Siempre disfrutó que ella lo toque, de tocarla también. Pero en ese momento, todo en lo que puede pensar es en aquel bebé y en la escasa posibilidad que tenían de concebir. En silencio, le observa caminar por el cuarto, mascullando entre dientes algo que él no alcanza a entender. De no ser por la situación, hasta habría estallado en carcajadas al verla en tal estado. ¡Vamos! ¿Tanto enfado solo porque le negó hacer el amor? Seguramente otro síntoma del embarazo, se dice, un tanto divertido.
No pasa desapercibido, mientras ella se venda el pecho, el pequeño bulto que comienza a sobresalir en su abdomen. La cintura de ella ya comienza a ensancharse como prueba de su estado. Podría sonar tonto, hasta ridículo, pero jura que jamás vio algo tan tierno en su vida. Tigresa en sí se ve distinta. No sabría explicar cómo, pero hay algo en ella que parece resaltar.
Sin decir nada, se levanta de la cama y camina hacia la felina. La conoce tan bien como para saber que no le apartará. Le rodea la cintura con sus brazos, la arrima a su pecho, con cuidado, con la delicadeza que siempre tuvo para ella. Tigresa se queda quieta, apoya la cabeza contra el hombro de él, las manos de ambos sobre su vientre.
—Está creciendo —Murmura Po.
—Sí,
—Pronto te pondrás gorda y redonda.
Tigresa arruga el entrecejo, molesta, y echa atrás el codo para golpear al panda.
—No es gracioso.
—Lo es —Po ríe, divertido— Te verás muy sexy.
—Agh. Calla, panda.
Ella le aparta, yendo por el resto de la ropa, y Po sabe que es por aquel pequeño rechazo de hace un momento.
—Vamos, no estés molesta —Pide— A la noche tendremos más tiempo.
Tigresa, de un brusco jalón, se coloca el chaleco.
—Pues fíjate que a la noche no se me da la gana —Masculla, abrochando torpemente los botones— ¡Mierda!
—¿Qué sucede?
—Nada.
Po se sienta al borde de la cama, la observa, con una pequeña sonrisa curvando los labios. Realmente encuentra divertido ver a la maestra Tigresa caminar de un lado a otro por el cuarto y maldecir a toda China con las más sucias y vulgares de las palabras.
—Sabes, deberíamos estar riéndonos de la dicha de una nueva vida —Inquiere divertido.
Tigresa se detiene delante de él, en silencio.
Po ríe. Alza una mano y toma la muñeca de ella, jalándolo suavemente para acercarla. Tigresa no pone ninguna queja y él, sentado en la cama, besa tiernamente sobre aquel no tan plano abdomen. ¿Qué importan las posibilidades? Es su hijo. Suyo y de ella. El hijo de ambos. Eso es algo que ninguna idea tonta le quitará. La abraza, rodeando sus caderas, sonriendo al sentir las manos de ella acariciarle las mejillas.
—Estoy feliz —Murmura— No tienes idea lo feliz que me hace saber que esperas un hijo mío.
—Hay algo que me asusta.
—Sea lo que sea, estaremos juntos.
—Temo no ser buena madre, Po —Confiesa ella— Víbora tiene razón.
Po arquea una ceja, escéptico.
—Víbora fue criada bajo otros valores, Tigresa.
—Ella tuvo a su madre, su familia, sus hermanas, que ahora tienen hijos.
—¿Y eso qué? Tú tienes una familia, Tigresa. Los chicos, Shifu, yo… —Suavemente vuelve a besar el vientre de la chica— Mono será un gran tío, podremos atormentar a Mantis con los llantos del niño, Grulla será un gran blanco para bromas infantiles y te aseguro que, si es nena, Víbora hará con ella todo lo que no pudo hacer contigo en estos años de feliz convivencia —Rie— Tu padre de seguro querrá matarme, hasta que vea a su nieto, y mi papá… —Vuelve a reír, feliz de la vida misma— Tigresa, mi papá será el abuelo más baboso de China. Todos estaremos contigo.
Tigresa no puede evitar reír. Po es tan…Po.
Acaricia la mejilla del panda, con suavidad, con aquella delicadeza que con amor reserva para él… y desde ese momento, también para su hijo. Porque aquel pequeño necesitará la mejor parte de ella. Necesitará su cariño, su dedicación, su ternura y cuidado.
—Te amo —Murmura.
—Yo los amo a los dos.
III
Se observa al espejo. De perfil, de frente, del otro perfil, sosteniendo el chaleco a la altura de su estómago y dejando a la vista su abdomen. No termina de creerlo. ¿Realmente hay un bebé ahí? No sonríe, pero sus ojos brillan con la curiosidad de una niña ante lo desconocido, su entrecejo arrugado y el labio inferior levemente presionado entre sus dientes. Muy apenas, acaricia la suave curva que es ahora su abdomen. El ligero palpitar de un pequeño corazón es perceptible debajo de su piel y aún sin presionar, puede sentir una ligera dureza que antes no estaba ahí. Es entonces cuando sonríe, cuando la risa acaricia su garganta. Realmente hay vida ahí.
Apoya la mano en la zona baja del vientre, acariciándolo con un mimo único. No se siente lista, pero ¿Qué importa?, aún tiene siete meses para hacerse a la idea. No es lo que esperaba, pero es lo que pasó y no hay caso en renegar de ello.
Por su mente pasa lo poco que sabe sobre el embarazo. No solo está asustada de no ser buena madre, también le asusta aquello que tenga que enfrentar. Porque todos te dicen lo lindo que es traer una vida al mundo, pero nadie cuenta lo malo. Toma aire, reteniéndolo unos segundos. Se dice a si misma que, sea por lo que sea que tenga que pasar, lo logrará. Porque es una mujer fuerte, porque fue educada para lidiar con lo que sea que le pongan de frente… aunque esta vez no se trate precisamente de un loco psicópata con aires de grandeza. Se trata de un bebé.
Alguien llama a la puerta y Tigresa rápidamente se acomoda el chaleco.
—Tigresa, ¿Podemos hablar?
Le es imposible no esbozar una mueca al oír a Víbora.
No ha vuelto a hablar con la serpiente. No está enojada con ella por haber dicho eso del bebé de su hermana, no que va, eran sus asuntos, pero sí le molestó demasiado que insinuara que ella no sabía nada sobre como una madre podría querer o no tener un hijo. ¡Vamos! ¿Qué pasó con "lo que importa es que esté sano"? Ella iba a tener un bastardo (palabras de Víbora, no suyas), ¿También le daría esa charla si se enterara?
—¿Qué quieres? —Pregunta al abrir la puerta.
—¿Se puede saber qué fue lo de anoche? —Inquiere la serpiente.
Intenta pasar, pero Tigresa no se lo permite.
—Que fue, ¿qué?
—Eso de salirte corriendo, ¿Qué demonios te sucedió?
Y Tigresa tiene que recordarse mentalmente que Víbora no sabe nada, para no correrla en ese mismo instante.
—Nada, no me sentía bien —Responde— De hecho, ahora mismo no me siento bien. ¿Me dejarías sola, por favor?
Intenta cerrar la puerta, pero Víbora consigue colarse dentro del cuarto antes.
Tigresa se muerde el labio para no decir nada. Realmente quiere a su amiga, sea metiche, prejuiciosa, criticona o lo que fuera, la quiere y admite que es con quien más cosas ha hablado desde que eran solo unas niñas. Pero no está de humor para platicar con nadie, ni siquiera con ella.
—¿Qué te sucede? —Inquier— Ayer no has entrenado en todo el día y hoy ni siquiera te has aparecido por ahí, tú no sueles hacer eso.
—Como te he dicho, no me siento mal.
—¿Te preparo un té?
—No, quiero que me dejes sola —No puede evitar su voz un poco tensa. Carraspea— Por favor.
Víbora le observa, con ojos entrecerrados, sin terminar de creerse del todo aquello de que no se siente bien. Aun así, está segura de que Tigresa jamás dejaría de lado el entrenamiento. ¡Si hace unos años tuvieron que atarla a la cama para que hiciera reposo!
—¿Qué sucede? —Quiere saber.
Y Tigresa le hace al tonto, sentada al borde de la cama.
—No sé de qué me hablas, Víbora.
—¿Por qué no fuiste a entrenar?
—Ya te dije.
—No te creo.
—Pues no es mi problema —Molesta, se levanta de la cama— Ahora, ¿me harías el jodido favor de dejarme sola un momento? Necesito descansar.
Abre la puerta. Se hace a un lado. Espera pacientemente a que la serpiente se vaya… y cuando lo hace, vuelve a cerrar la puerta.
III
Desde hace más de un mes que aquellas imágenes llenan su mente. Se repiten, siempre las mismas, siempre en el mismo orden. Imágenes borrosas, confusas y no muy claras. La que más le llama la atención, es aquella en la que aparece Tigresa… O eso cree. Puede ver a una mujer corriendo, a una felina por la manera en que se agazapa, con algo en sus brazos. Parece que alguien la persigue, porque voltea cada pocos segundos a ver tras de ella. Se nota asustada. Por sus ojos, Shifu cree que puede tratarse de Tigresa. La imagen desaparece y él pierde el equilibrio, cayendo sobre la dura roca del suelo. Mira a su alrededor. El báculo de Oogway, sobre el cual se encontraba parado, cae con un repetitivo golpetear en el suelo.
Se encuentra en la Gruta del Dragón. El silencio interrumpido únicamente por el correr del agua, el aire impregnado del olor a tierra mojada. Se endereza, algo aturdido aún, con la imagen de aquella mujer repitiéndose en su mente. No tiene idea de qué significan, pero no tiene un buen presentimiento al respecto.
—Vaya, vaya, Shifu… ¿Qué es lo que perturba tu mente?
Aquella voz, grave y profunda, le llama la atención desde la entrada de la cueva. Inmediatamente levanta, realizando una respetuosa reverencia a modo de saludo.
—Adivina… ¿Qué hace aquí?
La vieja cabra devuelve el saludo de igual manera. Shifu no se pregunta cómo es que ha llegado hasta ahí, pues nada de esa mujer puede sorprenderle, aunque sí le interesa el motivo de su presencia. La última vez que la vio fue en Gongmen, cuando tuvieron que detener a Lord Shen de su loco plan de dominar China.
—Venga, arriba… —Ordena la mujer, al tiempo que voltea y se dirige hacia la salida de la cueva— Prepara té, Shifu. Hay mucho de qué hablar.
Y el panda rojo, sin más opción, le sigue.
Continuará…
