¡Oh, sí, perras!... Hoy estoy de humor…

Hoy fue uno de esos días en los que todo vale madres… No importa si el novio te dejó, si el chocolate se acabó, si el puto ponycornio se escapó o si tu madre te sermoneó por no haber doblado correctamente las medias (¿Enserio, vieja? ¿Por unas medias?... ¡Por favor! Ni que me hubieses pillado venerando a Satan)… La cosa es que, hoy, queridos, Rose se la ha pasado puteando a todo el mundo y escribiendo…

¿Por qué esta escritora (bueh, no nos agrandemos, querida) putea?

¿Qué depara el destino para Po y Tigresa?

¿Qué carajos quiere la adivina?

¿Vieron que siempre que aparece esa mujer es porque medio China está a punto de ser destruido? Bueno, eso…


Complicaciones

Grulla en la tortuga de jade, Mono en los anillos de fuego, Mantis en los muñecos de madera, Po en una amistosa pelea con Víbora y Tigresa sentada al borde de las tarimas, balanceando los pies en el aire y con una de sus manos sobre el abdomen, recordándose una y otra vez por qué no está con sus compañeros entrenando. Observa atenta cada uno de los movimientos de sus amigos, los conoce de memoria, algunos hasta puede anticiparlos. La patada de Po, el ataque de Víbora a los tobillos de su oponente, aquella manera en que Grulla flexiona las piernas para recobrar el equilibrio que estuvo a punto de perder. Nunca estuvo tanto tiempo quieta, sin hacer nada a parte de meditar. No creyó que costara tanto, pero apenas si han pasado un par de días y ya comienza a frustrarse.

Nadie la observa y ella, disimuladamente, se acaricia el abdomen por encima del chaleco. Le gusta sentir aquel ligero palpitar contra su piel, le tranquiliza de cierta manera y así recuerda por qué hace eso. Su bebé es un milagro. Se suponía imposible que ella y Po lograran tener hijos, y tal vez no lo hubieran buscado, pero ahí estaba y eso le ponía feliz. Tenían la oportunidad de una familia.

Cuando levanta la mirada, siente su rostro enrojecer al notar que Po le está observando. Sonríe y él imita el gesto, dirigiéndose hacia ella luego de haber dejado la pequeña pelea con Víbora en un empate. No porque le apeteciera, sino porque llevaba más de veinte minutos lejos de Tigresa.

Es un sentimiento protector que a cada momento solo parece acrecentarse. La necesidad de estar siempre pendiente de ella, de saber cómo se encuentra o de preguntarle si no necesita algo. Necesidad de cuidarla, consentirla, de asegurarse de que ella se siente bien o de lo contrario, hacer lo que fuera para consentirla.

Porque, de repente, no es solo a Tigresa a quien está cuidando… sino también a el hijo de ambos.

—¿Qué tal lo llevas?

Ella ya sabe a qué se refiere. Para la mierda, claro, no responde eso.

—Podría ser mejor —Le resta importancia con un encogimiento de hombros— De hecho, pensaba en que si salía a correr solo unos minutos no estaría tan…

—Ni pensarlo.

Su tono de voz es tajante, pero su mirada suave. Si tiene que ordenarle a Tigresa que haga reposo, lo hará y se asegurará de que lo cumpla. Solo quiere lo mejor para el bebé.

—Ya —Chasquea la lengua, molesta— Iré a prepararme un té.

Hace el amague de saltar de las tarimas, siendo detenida por las manos del panda en sus caderas.

—Dame un beso —Pide él, juguetón.

—No…

—Anda… Solo un pico.

Tigresa ríe. Forcejea un poco contra el agarre del oso, carcajeándose cuando este le hace cosquillas en el abdomen.

—No… Para, por favor…

—Quiero mi beso.

—¡Bien!... Pero, por favor, deten…

Las cosquillas se detienen, al mismo tiempo que los labios del panda toman control sobre los de ella.

Tigresa no pone resistencia, claro que no, y se deja hacer a antojo del oso. Se deja besar, limitándose ella a corresponderle de igual manera. Tierno, pero apasionado. Sus manos en la nuca de él, las de él en la cintura de ella. Mantis chifla al otro lado del salón, Mono les grita que se busquen un cuarto y Grulla hace un sutil comentario acerca de un embarazo múltiple… Pero ninguno le presta atención, demasiado concentrados en los labios del otro.

Lo único capaz de separarles es la falta de aire… Eso y que a Tigresa realmente se le antojaba ese té y tal vez, también una porción de la tarta de durazno que ha visto a Víbora preparar esa mañana. Últimamente, come más de lo que acostumbra y a cualquier hora. Se dice que eso le hará mal y que debería controlarse, aunque sabe que no lo cumplirá.

—Muy bien, mujer mía, os dejo ir… solo hasta la noche.

Po le observa, con algo más que inocente juego en sus ojos y la sonrisa confirmándolo.

—Tonto.

Tigresa ríe, ocultado el sonrojo en sus mejillas. Besa castamente los labios de su novio y le aparta, empujándole. La risa continúa aun cuando salta de la tarima… Hasta que sus pies tocan el suelo.

III

Shifu corre tan rápido como le es posible. Ve a ver a tu hija… ¡Ya! Tal vez sea la mirada de la adivina, tal vez la gravedad con la que pronunció las palabras. ¡No tiene idea! Sea lo que sea, logró hacerle salir corriendo del Salón de los Héroes. El corazón se le ha agitado con el miedo irracional que causa la incertidumbre, la preocupación sin fundamento alguno crece en su interior, creando una dolorosa opresión en su pecho. El nudo en su garganta cada vez más tenso, más asustado…. ¿Tigresa? ¿Qué pasa con…?

Es entonces, justo cuando sus manos rozan las puertas del Salón de Entrenamientos, que aquel alarido le hiela la sangre. Por un segundo, simplemente deja de respirar, su corazón deja de funcionar. Esa fue Tigresa. Paralizado por el terror a lo que haya ocurrido, apenas si es capaz de ladear el rosto a un lado. La adivina está ahí, parada a un par de metros, con la misma expresión que había adoptado cuando comenzó aquel relato.

No… Apenas si es consciente de en qué momento abre la puerta; Tigresa se encuentra de rodillas en el suelo, en una clara crisis de nervios, con una de sus manos firmemente sujetas a su abdomen.

Po intenta convencerla de que se ponga de pie, con la ayuda de Mono y Mantis, los tres ignorando las constantes súplicas de la chica de que no la toque. Víbora y Grulla no están por ningún lado.

—¡No!... —Chilla la felina, lágrimas corriendo por su rostro— No me voy a mover. Duele...

Por unos segundos, antes de que termine de hablar, Tigresa parece quedarse sin aire… El quejido es apenas audible

—Tienes que ir a la cama… —Le insta Po.

—Víbora traerá a un médico… —Asegura Mantis— Y no puede revisarte aquí, Tigresa.

Un nuevo alarido hace reaccionar a Shifu, que sin saber siquiera en qué momento ha entrado salón, se encuentra en menos de un segundo de pie delante de su hija.

—¿Qué ha sucedido? —Demanda saber.

—Está embarazada… —Po se ve histérico, está alterado, obviamente no lo pensó antes de responder— No… no sé… estaba bien y de repente…

Tigresa vuelve a quejarse, no tan fuerte, pero igualmente audible. Se ve cansada, todo su rostro está sudado.

—Po, llévala a su cuarto —Ordena Shifu.

—¡No!

—¿Alguien fue a llamar a un médico? —Shifu ignora la queja de su hija.

—Sí —Asiente Mono— Víbora y Grulla fue…

—¡Joder, escúchenme!

Y por un segundo, el silencio llena el lugar de todos… Tigresa jadea. El temor brillando en sus ojos, su frente cubierta con una leve capa de sudor. El dolor mantiene tenso su semblante, al igual que su mano sobre el abdomen. No lo presiona, solo se sujeta la tela del chaleco, estrujándola.

Tiene miedo… Un calambre, eso fue lo que sintió, un doloroso y estremecedor calambre que se fue extendiendo desde lo profundo de su vientre hasta sus piernas.

Cayó de rodillas antes de siquiera tener tiempo de gritar. Todo lo que ahora puede pensar es en su bebé, en si está bien, en si fue solo ella quien lo sintió o en si él también lo ha sufrido. En ese momento, el único consuelo es que no hay sangre en sus pantalones… Eso significa que el bebé está bien, ¿No?

—Tigresa…

—No me quiero mover… —Su voz ronca, temerosa. Nunca nadie la ha oído así— No me moveré hasta que un jodido médico me diga que no le sucederá nada a mi hijo y me vale lo que cualquiera de ustedes, machos, me venga a decir… ¡¿Enten…?!

Esta vez, cuando aquel dolor vuelve a su cuerpo, opta por morderse el labio y callar.

Shifu, Po, Mantis y Mono se miran entre sí… ¿Tigresa acaba de insultarles por el mero hecho de ser machos o…? Sea lo que sea, aquello pasa a segundo plano cuando las puertas del salón vuelven a abrirse y por estas, entran Víbora, Grulla y una panda rojo de avanzada edad que, según se presenta segundos después, es la doctora.

Un poco más aliviado al oír que no parece haber peligro para el niño, Shifu voltea hacia la puerta… La adivina sigue ahí, con el mismo semblante que cuando llegó. Es entonces, cuando sus palabras se repiten en la mente del panda rojo, cobrando más veracidad aún.

III

—Reposo absoluto… —Ordena la doctora— Nada de ejercicio, nada de esfuerzo y nada de andar subiendo o bajando aquellas infernales escaleras de la entrada… ¡Si yo misma casi me caigo! —Reclama la mujer— Nada de relaciones con tu marido… —El rostro de Tigresa enrojece— Y por favor, mi niña, intenta estar tranquila.

—Mi bebé… ¿Está bien?

—Lo estará si me haces caso —Responde la doctora, con una cálida y maternal sonrisa.

Tigresa asiente y la mujer se despide de ella con un asentimiento de cabeza. Shifu y Po le reciben afuera del cuarto. Informa a ambos de la particular situación, mencionando aquello que ha omitido a la futura madre para no estresarla. En un caso como aquel, lo mejor sería evitarle cualquier disgusto. El rostro del panda desencaja por completo al oírlo, el termo y la angustia oscureciendo su mirada y sus labios tensos en una línea.

El futuro padre es el primero en entrar al cuarto, tan relajado como le es posible, ocultando el pesar con una sonrisa ancha y amorosa. La panda rojo observa con cierta ternura el gesto… Pero ella es doctora y sabe exactamente qué va a pasar; Se ven tan felices, se dice, sintiendo, por un momento, una enorme pena por aquella pareja.

Un carraspeo le llama la atención, Shifu sigue ahí.

—Dilo, Hikari —Pide el viejo maestro.

La panda rojo sonríe con cierta tristeza. Se acerca al hombre, acariciándole con su mano libre la mejilla, emitiendo una baja risilla cuando él ladea el rostro en busca de aquel tacto.

Sin responder aún, camina en dirección a la salida de las barracas, seguida por el maestro de kung fu.

—Sabes lo que opino, Shifu —No lo mira— Tu niña no está bien.

—¿Es… es por ese bebé?

—Sí… y no —Responde ella— Shifu, ¿Tienes idea de cuantos embarazos hay en parejas de distinta especie?

—Emmm… En realidad, este es el tercero del que me entero.

—¿Y sabes cómo terminó los dos anteriores? —Pregunta. Shifu niega con la cabeza— La mitad de estos bebés no llegan a nacer, Shifu, y la otra mitad nace muerto o vive muy poco tiempo…

Y puede que Shifu apenas se haya enterado de la existencia de su futuro nieto, pero lo que aquella información le produce podría compararse con un golpe demasiado duro en el estómago.

—Le dijiste a Po que el bebé estaba a salvo…

—Y también dije que era delicado.

—Mentiste.

—Soy médico, Shifu —Se excusa ella, con cierto fastidio— Mi trabajo es decir la verdad al paciente y a la vez, darle esperanza.

—¡Acabas de decirme que aquella… criatura no nacerá!

—Shhh… ¡Baja la voz! —Le reprende, susurrando— La madre va a oírte.

—Es de mi hija de quien hablamos, Hikari —Shifu se detiene en medio del pasillo— Dime la verdad; es posible que mi nieto llegue a nacer, ¿Sí o no?

Hikari se toma unos segundos para pensar la respuesta que va a dar. Escudriña a Shifu con la mirada, observa hasta el más pequeño detalle; sus ojos, fríos y distantes, como siempre que la miran a ella, su semblante tenso y sus labios presionados en una furiosa línea. Es su entrecejo, levemente arrugado, lo que le avisa lo angustiado que se encuentra.

Pero es él, es Shifu, y ella no puede mentirle… jamás pudo, para su desgracia. Por eso en vez de contestar, niega lentamente con la cabeza, antes de seguir su camino.

—Lleva casi doce semanas… —Dice, sin detenerse— Ese pequeño no vivirá, Shifu. Es imposible.

Continuará…