Estoy tan… tan… ¡ay! No sé cómo decirlo… Agitada, emocionada, acalorada… ¡Aaaaaahh! Ok,no.

Veo que esta historia está gustando más de lo que me esperaba… He leído cada uno de sus comentarios, me río con ellos y algunos incluso hasta me hacen pensar (((¡¿Eso es posible?!)))…¡Calla tú!... Se los mostré a mi hermana, que me cagó puteando por haberla mencionado en la nota de autora (Sí, era hermosa chiquilla es igual que jodida que yo)… ¡Y bueno!

Al que relacionó la escena del bebé con Crepusculo… Sí, mi hermana está en esa etapa en la que los vampiros sexys y los hombre lobo hiper ultra mega musculosos lo son todo…

¡Oye, tu!... ¡JACOB ES MÍO, PERRA!

En fin… ¿En qué iba?... ¡Ah, si!

Bueno… La idea de Víbora me vino a la mente luego de haber visto a una tía (a la cual sinceramente detesto) criticar a una vecina por haber hecho tratamiento para quedar embarazada y aún así ser soltera… El típico discurso de; "¿Qué ejemplo dará al crío?" "¿Cómo podrá educarlo, criarlo y mantenerlo sola?"… O sea, mi tía se quedó estancada tres siglos atrás y aún no es consciente de que la mujer puede trabajar para mantenerse sola…

Pobre…

En fin… Creo no tener mucho más que decir… por eso… ¡A leer!

*Desaparece en los yuyos*


Farsante

—La serpiente sabe la verdad.

Es lo primero que escucha Shifu al entrar al Salón de los Héroes.

La vieja adivina se encuentra ahí, de rodillas en el suelo. Frente a ella, hay varios cuencos, incienso, velas y otros polvos y objetos que Shifu jamás ha visto en su vida. De hecho, demasiado no le importa saber qué son en ese momento. Todo lo que le interesa es saber que las cosas, tal cual marchan, están bien, si debería intervenir o no en aquello…

—¡No! —La voz de le mujer le interrumpe los pensamientos— Shifu, si se atreve a hacerle daño a aquel niño, yo mismo te mataré con mis propias manos.

—¿Cómo…?

Apoyándose en su bastón, la mujer se endereza y voltea a verlo. Hay fiereza en aquella mirada, apagada por los años, y aunque cuando avanza cojea de una pierna, eso no le quita los aires amenazantes.

—Tu hija está bien —Indica— Es normal.

—No, mi hija no está bien… ¡Esa cosa la está lastimando por dentro!

—Lo se…

—¡¿Entonces?!

Entonces… el bastón de la anciana golpea con fuerza su cabeza, aturdiéndolo unos segundos.

Mareado por el golpe, agacha la cabeza, llevándose una mano justo en medio de las orejas, en donde tiene un pequeño y palpitante chichón. La mujer le coloca la punta del bastón bajo la mandíbula, obligándole a levantar la mirada.

—Aquel bebé nacerá… Y tu hija soportará lo que tenga que soportar para ello —Habla, voz severa, amenazante— Lo que se hace en una vida, se paga en las siguientes… Shifu. Tigresa solo cumple con su pago.

—Está sufriendo…

—Es así como debe ser.

Y Shifu se siente tan… impotente. No supo cuidar de su hija cuando era una niña, ahora no puede cuidarla de adulta. Pero tampoco puede sentarse a ver como todo pasa, oírla llorar de dolor a medida que los meses pasen, no podrá soportar oírle chillar en el parto… Mucho menos, puede soportar la sonrisa rota de su rostro. Porque Tigresa se obligara a pasar por eso, porque ella cree que es lo correcto, cree que vale la pena. Ella no sabe nada.

Lentamente, la adivina voltea, volviendo a su meditación. El humo del incienso llena el lugar, los polvos en los cuencos no dan buena espina al panda rojo, pero no se molesta en comentarlo. Aquella mujer… comienza a tomarle rencor.

—Dijiste que Víbora sabía la verdad… —Recuerda— ¿Cómo es posible?

—Su pueblo tiene leyendas. No lo sabe, lo intuye…

—¿Cómo…?

—La hembra que se aparea con distinta especie concebirá a una monstruosidad… —Narra— Que la matará por dentro, castigándola por su pecado.

—¡Eso es…!

—Una leyenda —Le interrumpe— Pero no por eso menos cierta. Aunque, claro, las viejas chusmas necesitan dramatismo para que las jóvenes de ahora escuchen aquellas advertencias.

—Una última pregunta.

—Adelante.

—Tigresa… ¿Sobrevivirá?

El silencio se prolonga más de lo que Shifu puede soportar sin caer en una crisis nerviosa… ¡Por todos los dioses! ¡Es de su hija de quien están hablando! No es el trabajo de aquella mujer preocuparse, está seguro que no es el primer caso que presencia, pero ¡Por favor! ¿Es mucho pedir algo de sensibilidad?

La adivina toma aire, parece inhalar aquello que le rodea, como si aquello ayudase en su meditación… Finalmente, con un chasquido de lengua, niega con la cabeza.

—No.

III

—¿Te sientes mejor? —Pregunta Po, dejando la taza de té humeando delante de Tigresa.

La felina sonríe, asintiendo a modo de respuesta. Sí, estoy bien… Se dice mentalmente, bebiendo pequeños sorbos de la caliente infusión. Solo están ellos en la cocina y ninguno habla. Es demasiado tarde ya, todos se han ido a dormir, pero Tigresa, de repente, no tiene sueño… y como es costumbre ya, Po se queda a acompañarla.

Deja la taza en la mesa, sujetándola entre sus manos. El calor resulta reconfortante, la relaja. De reojo observa a Po, parado junto a la pared, para luego sonreírle una vez más.

—¿Me puedo sentar en tus piernas?

—¿Eh?...

—¿Por favoooor?

En cualquier otra situación, Po podría reír de aquella carita de cachorro y la manera infantil de suplicar que tiene su novia. Pero esa no es la otra situación.

Tigresa se levanta de su silla y él, en silencio, toma asiento en la misma, lo suficientemente separados de la mesa para que ella pueda acomodarse en su regazo. La acuna con cuidado, sujetándola contra su pecho y apoyando la barbilla en su cabeza, justo entre las orejas. Sus manos entrelazadas, acariciándose mutuamente.

Po no tiene idea de qué está pasando… Pero de algo sí está seguro; eso no es normal.

Han pasado más de dos semanas desde que los demás se enteraron del embarazo, desde que Tigresa por poco no se desmaya a causa de los dolores en el Salón de Entrenamientos… Dos semanas en las que, según el conteo de Po, los dolores y desmayos han ido aumentando día a día. No, eso no puede ser normal. Prácticamente no se separa de ella, porque teme no estar ahí cuando ella se siente mal. La cuida lo mejor que puede, pero teme que no es suficiente.

En esas semanas, volvió a llamar a la doctora, Hikari, un par de veces… Todo lo que le ha dicho, es que se debe a las condiciones del embarazo, a que es riesgoso y que no sabe mucho más al respecto.

Es entonces cuando Po comienza a pensar que no es todo tan bueno.

Sí, quería ser padre.

Sí, estaba feliz con la noticia.

Sí, le tenía sin cuidado si era planeado o no.

Pero no quiere sí, para eso, tiene que perder a Tigresa. No quiere un hijo si ella sufre por ello. Se lo ha dicho, apenas unos días después de que comenzaran los dolores… y se arrepintió de inmediato; Tigresa se puso histérica. Gritó, amenazó, lloró e incluso intentó golpearle. Le acusó de no querer a ese hijo, le acusó de no tener corazón, de no quererle lo suficiente a ella como para permanecer a su lado mientras pasaba por todo eso.

Y a Po simplemente le rompió el corazón verla tan desesperado. Porque puede que él piense de aquella manera, pero ella es quien lleva la vida dentro, es quien siente al pequeño vivo en su interior. Es ella quien ya ha conocido a su propio hijo, mientras que él solo es un espectador, esperando a que el momento llegue para tener a aquella criatura en sus brazos, para poder sentirle vivo, pequeño e indefenso junto a él.

No, ¿Cómo pudo haberle dicho eso a Tigresa?

—¿En qué piensas? —Susurra ella, sacándole de sus pensamientos.

Po suspira, resignad. El té ha quedado olvidado en la mesa y Tigresa se encuentra con el rostro oculto en el cuello de él. Puede sentirla respirar pausadamente y sonríe apenas al saber que lo hace porque le gusta como huele.

—En el bebé —Admite.

—Está creciendo… —Murmura ella— Mira, dame tu mano… siente… es su corazón.

Po no hace nada por apartar la mano cuando ella se la toma, colocándola sobre su ya redondeando abdomen. Está entrando al cuarto mes y eso comienza a ser más que notorio.

Un palpitar ligero, casi oculto en la piel de ella. Po no sabe qué pensar. Es… tierno, es bonito. Peo está demasiado preocupado y angustiado como para apreciarlo. Amará a su hijo cuando lo tenga en brazos, de eso está seguro, pero en ese momento solo puede pensar en el daño que le está causando a Tigresa.

Con toda la delicadez que es capaz, aparta la mano de aquel vientre.

—¿Qué sucede? —Inquiere la felina.

Po niega con la cabeza.

—Tengo un poco de sueño…—Miente— ¿Ya quieres ir a dormir?

—Mmmm… No.

—¿Entonces qué…?

El tacto, cálido y húmedo, de los labios de ella en su cuello no solo le interrumpe, sino que le deja la boca seca.

Tigresa se remueve en los brazos del oso y Po no tiene idea ni de cómo le hace, peor cuando es consciente, la felina ha pasado una pierna por encima de las de él y se encuentra sentada a horcajadas en su regazo.

Los besos continúan por su cuello, suave y pequeños, succionando de vez en cuando una pequeña porción de su piel. Está seguro de que le deja marca, pero no se preocupa porque sabe que las cubre el pelaje.

Se deja hace casi sin ser consciente de ellos. Sus manos tensas en las caderas de la chica, sujetando fuerte, sin delicadeza.

La necesita. Hace tanto que no la siente, que no la toca como le gustaría, que no puede hacerle el amor. La necesita, la extraña, la desea. Es entonces, cuando las manos de Tigresa toman las de él y las dirige hacia los botones de su chaleco, que Po parece recobrar un poco de la cordura y le detiene.

—No… —No sabe si se lo dice a él mismo o a ella.

—Por favor…

Demonios. No pueden, él no puede. Porque no solo teme lastimar al bebé, sino que ahora también teme lastimarla a ella. Sabe que es tonto, que tal vez no está siendo racional, pero la mera idea le afecta demasiado a la libido.

—No… —Sí, lo dice por él— No puedo.

Tigresa le mira… y sin siquiera un entrecejo arrugado, se levanta de las piernas del panda.

—Buenas noches.

Po no sabe si qué le preocupa más; si el hecho de verse incapaz de una erección o si el hecho de que Tigresa se haya ido sin señal alguna de enfado. Se dice que lo segundo es más alarmante.

Levanta de la silla y sale de la cocina, dejando la taza a medio terminar sobre la mesa. No corre, pero sí camina bastante rápido… No, no quiere molestarla, pero ¿es mucho pedir un poco de comprensión para él también? Porque entiende que es ella quien lleva con el bebé dentro, quien tiene las náuseas, los mareos y aquellos dolores, entiende que es ella quien tiene que soportar que su cuerpo cambie para adaptarse al embarazo.

¡Pero él tiene que adaptarse a los cambios de ella!... Es difícil no saber si decir o no algo, por temor a enojarla o lastimarla, es difícil tener que estar constantemente pendiente de lo que ella necesite. Porque puede que Tigresa no se lo exija, pero él se siente en obligación de cuidarla. Es difícil, porque no sabe cuándo ella largará a llorar de la nada, cuando estará molesta, cuando le apetecerá algo y cuando no. ¡No es adivino, por todos los dioses!

Cuando llega al pasillo de las habitaciones, Tigresa se encuentra junto a la puerta de su cuarto. Corre para alcanzarla, pero hasta que llega, la chica le cierra la puerta justo en las narices.

—¿Tigresa?

—Vete.

—Pero… ¡Tigresa, también es mi cuarto!

La escucha caminar por la habitación.

Se aparta un paso de la puerta y esta se abre de inmediato… Sonríe, creyendo que tal vez no está tan molesta, pero antes de siquiera dar un paso, una manta y una almohada chocan con fuerza en su rostro. Nuevamente, la puerta se cierra.

—Hasta mañana, panda.

Dos minutos más tarde, Po le está dando las buenas noches a Mantis.

III

Como todas las mañanas, Tigresa se despierta sintiendo su cuerpo fuerte y sano. Porque siempre despierta con energía, con ánimos de comenzar el día. Se sienta en posición de loto en medio de la cama, con la sábana cubriéndole las piernas, y observa su pequeña pancita. Sí, ya comienza a ser una pancita, redonda y pequeña, pero notoria. Se estira y del primer cajón de la mesita de noche, saca un pequeño cuaderno de tapas negras y bordes plateados. Lo abre, con un pincel en la mano y el frasco de tinta en la mesita. Solo hay unas dos palabras escritas en medio de la primera hoja, con letra rápida y descuidada, subrayado con una gruesa línea negra; Querido bebé.

Es un diario, es su diario. Escribe en él desde que se enteró que estaba embarazada. Miedos, dudas, sorpresas, lo que sabe y lo que acaba de aprender. En él escribe palabras lindas para su hijo y también expresa lo mucho que le duele a veces, lo asustada que se siente al respecto. En las primeras hojas, expresa cuanto dudaba de si podía o no tomar el embarazo como una buena noticia… y a medida que el contenido avanza, se nota el cambio en sus pensamientos.

Estás más grande, escribe en la primera hoja que encuentra limpia, y yo también. Tú creces y yo gano peso. ¿Te parece eso un acuerdo justo?... Creo que no. Dueles, pequeño, tanto como lo que vales.

Sí, porque para ella, el dolor vale la pena. Porque si es lo suficientemente fuerte, pronto tendrá a su pequeño en brazos. Lo acunará, lo arrullará, lo arropará en las noches. Pronto, verá a un pequeño panda (porque será un varón, lo presiente) durmiendo en una cuna y el dolor será solo un recuerdo, algo en lo que pensar. Verá a su pequeño, con sus enormes ojos, idénticos a los de su padre, y podrá ver en él un motivo por el cual vivir.

Guarda nuevamente el cuaderno y decide levantarse antes que los demás, además ya tiene hambre. Mientas se coloca el pantalón y ajusta lo menos posible las vendas, se le ocurre pensar en que a su cuerpo aún le falta mucho por crecer y que en un par de meses, esa ropa tal vez ya no le quepa… pensamientos que son interrumpidos cuando intenta abrochar los últimos botones del chaleco rojo.

No cierran.

No puede ser.

Si hasta el día anterior cerraban.

Jala un poco, obligando a la tela a estirarse, y lo logra… Sonríe, satisfecha, mostrándole un fuck you imaginario a su propio chaleco hasta que, segundos después, el botón es cruelmente arrancado de su lugar por el ojal.

Se mira al espejo… ¡No está tan gorda! ¿Cómo es posible que la ropa no le cierre? Se quita el chaleco, ya inservible, y lo arroja a una esquina del cuarto. ¡No quiere volver a ver esa monstruosidad! Se mira el torso desnudo en el reflejo. De frente, de ambos perfiles. Coloca las manos debajo del abdomen, acunándolo… Un momento, ¡Ese no es mi trasero!... ¡Yo no tengo el trasero tan grande!... Y… y… ¡¿Y dónde está mi cintura?! Todo es tan… tan recto.

No le queda otra que rebuscar en las profundidades del armario. Arroja chaleco tras chaleco al suelo, sabiendo que no volverá a usarlos en un buen tiempo, y mentalmente agradece que al menos los pantalones parecen tener un poco más de resistencia.

Luego de largos minutos de escrutinio en su no tan extenso guardarropa, opta por una blusa azul. Es de mangas largas y anchas, bastante holgada y larga. No solo cubre su creciente abdomen, sino también su enorme trasero.

Te ves hermosa…

Tigresa pega un respingo, volteando a ver a Po parado junto a la puerta.

—¿Qué demonios…? ¿En qué hora entraste?

Estuve aquí todo el tiempo —Sonríe el panda— Pensé que me habías oído.

Pues… no. No, no lo ha oído a entrar, ni siquiera está segura de haber oído la puerta abrirse.

Pero estuvo todo el tiempo delante del espejo… ¿Cómo es posible que no lo haya visto siquiera?

El estómago se le retuerce dolorosamente y un ligero escalofríos le pone el pelaje de punta. Si hay algo de lo que Tigresa se fíe ciegamente, es de su sexto sentido. Jamás le falla, siempre le alerta cuando hay algún peligro, cuando algo no cuadra en la situación. Repasa de pies a cabeza a Po, intentando que este no lo note.

El panda camina hacia ella con cierto… sigilo, lo cual Tigresa no pasa por alto. Hay precaución en sus pasos, como si temiese algo o tal vez, como si se cuidara de algo.

—¿Q-que haces? —Tartamudea ella.

Po se detiene a un palmo de distancia y Tigresa siente todo el pelaje de la nuca erizársele cuando él le sujeta fuertemente de las caderas, casi rozando lo doloroso. Sonríe, se ve satisfecho, y bruscamente jala de ella.

Tigresa tropieza con sus propios pies, cayendo en el pecho del panda… Protesta, intenta apartarse, pero un nuevo jalón le devuelve a los brazos del oso.

—¡Po!... —Se queja— Me estás haciendo daño.

Y a él poco parece interesarle aquello.

Anoche creo que… no te traté como debería —Murmura, acercando sus labios a la mejilla de ella— Déjame recompensarte.

Y es entonces, cuando aquel panda le besa, que Tigresa sabe que algo no anda bien… ¡No! Lleva las manos a los hombros de él, sujetándole con fuerza e intentando apartarle. El panda no parece muy consciente de las intenciones de la felina. Sin dejar de besarla, le obliga a retroceder hasta que llegan a la cama.

Tigresa no quiere, pero enredada en sus propios pies, cae de espaldas en el lecho con el oso encima. Su primera reacción es flexionar las rodillas entre ambos, evitando así que el peso de aquel cuerpo caiga sobre su abdomen.

—¡Po, quítate! —Ordena.

No…

—¡Po, lastimas al bebé!

No le haré nada…

Los labios del oso avanzan por su cuello, besan, muerden y chupan de su piel sin cuidado alguno. Tigresa está segura que le ha dejado un par de marcas, pero lo único que le importa en ese momento es quitárselo de encima.

—Po… ¡Basta, quítate!... ¡No quiero, déjame!

Pero él le ignora… le ignora y Tigresa comienza a desesperar. Es entonces, en medio del forcejeo, cuando los pasos de alguien grande y pesado hacen crujir las maderas del pasillo. Alguien se detiene delante de la puerta y llama con un suave golpes de nudillo, y aunque en ese momento Tigresa no haya ladeando el rostro para ver la silueta de un oso a través del papel de la puerta, hubiera reconocido de inmediato aquella voz llamándola por su nombre, preguntando si ya está despierta.

Po…

De repente, el aire se le atasca en los pulmones y el corazón martillea furiosamente su pecho. Todo a su alrededor da vueltas, el estómago se le estruja y las náuseas se vuelven dolorosas. Está paralizada y mareada. Po está afuera, en el pasillo… y ella aún siente el peso de aquel cuerpo aprisionándola contra la cama.

Continuará…