Marcas
—¡Había alguien aquí! —Insiste Tigresa, sentada al borde de la cama— Po, yo lo vi… ¡Intentó atacarme!
Su voz suena mucho más aguda y estridente de lo que debería, su pierna izquierda tiembla frenéticamente con un tic nervioso y su rabo serpentea furiosamente sobre la cama. Con los codos apoyados en sus rodillas, Tigresa esconde el rostro entre sus manos. Esconde las lágrimas de bronca, para que Shifu, Po, los chicos o Víbora o la vean llorar de esa manera.
¡Está segura de que eso era real! Aquel tipo era real, las marcas en su cuello y son reales. Las mostraría, para que le creyeran, pero lo hará cuando esté sola con Po, no piensa dejar que su padre y compañeros vean eso.
Po se lleva una mano al hombro derecha, ejerciendo presión sobre lo que cree que es una nueva contractura. Exhala ruidosamente el aire y se hinca delante de Tigresa, rogando un poco de paciencia para poder comprender a la chica. Ella no le mira y él, con suavidad, le toma de las muñecas para obligarle a descubrirse el rostro. Ver las lágrimas correr por su rostro le llena de una sensación fría y opresora el pecho.
—Tigresa, cuando entré, estabas sola. No vi a nadie —Murmura, bajo, solo para que ella escuche—Tú te levantaste e intentaste atacarme.
Como prueba de la palabra del oso, hay cuatro líneas rosadas y levemente sangrantes sobre saliendo entre el pelaje de su pecho.
Tigresa mira las marcas casi con cierto terror. Está segura de que se las hizo a aquel sujeto, para apartarlo. No fue a Po a quien atacó, fue al sujeto aquel… No, ella no estaba loca, ella sabe lo que vio y sabe que fue real.
No se lo inventó, no lo soñó, no lo imaginó… ¡Fue real!
Po hace el amague de levantarse, sintiéndose un poco harto (lo cual no piensa demostrar delante de ella), pero el fuerte agarre de Tigresa a su muñeca le detiene… Ella, ante la atenta mirada de los demás, obliga a Po a inclinarse hasta que sus labios quedan a milímetros de la oreja de él. Lo murmura bajito, solo para que el panda escuche.
Cuando se aparta, Po observa atentamente el cuello de ella. No ve nada, por encima del pelaje no distingue esas marcas. Lleva una mano al cuello de la felina, acariciándolo con mimo a la vez que corre el pelaje… Tigresa cierra los ojos, ladeando el rostro y él alcanza a ver una profunda marca morada que, claramente, él no ha hecho.
—¿Quién fue? —Pregunta de inmediato.
—Po... ¿Qué estás haciendo? Todos vimos que Tigresa estaba so…
—Víbora, le pregunté a mi mujer, no a vos… —Po voltea a ver a la serpiente. Comienza a tomarle cierta bronca. Voltea nuevamente a Tigresa, cuya mirada se encuentra fija en el suelo— Tigresa, ¿Quién fue?
—Se parecía a ti… —Murmura ella. Solo Po alcanza a oírla— No sé cómo entró. No lo escuché, no lo vi…
—¿Qué te hizo?
Tigresa guarda silencio. De rejo, observa a los chicos y a Shifu, que observan, expectantes a la información.
Po comprende de inmediato. Ella no le dirá nada mientras los demás estén ahí presente. Suavemente, posa sus labios en la frente de ella, asegurándole con aquel simple gesto que está segura, y se endereza mirando en dirección a los demás.
—Mono, ve con los chicos al valle y traigan a Hikari —Pide— Víbora, prepara un té para Tigresa.
Los cuatro obedecen de inmediato.
—¿Po?...—Llama Shifu— Quisiera hablar contigo. Afuera.
La mano de Tigresa se tensa en torno a la de Po, en una silenciosa súplica para que no se vaya.
—Voy en un momento —Asegura Po.
El panda rojo asiente, antes de dejar a la pareja sola en el cuarto.
—Po, no me dejes sola… —Pide Tigresa, su voz baja y aguda. Se encuentra nerviosa— Yo… no me siento segura aquí, Po, no quiero estar sola…
Po vuelve a hincarse frente a ella. Murmura un bajo Shhhh, le sujeta el rostro entre sus manos y suavemente acaricia sus mejillas, la mima, le ayuda a tranquilizarse. Pensar que alguien pudo haberle hecho daño le quita el aliento, le angustia y enfurece en partes iguales.
—Tranquila, amor… —Consuela— Estaré afuera y la puerta queda abierta, ¿Si?
—Po…
—Estoy aquí. No pasará nada.
Se inclina y suavemente besa sus labios. Un beso corto, casto y tierno.
Tigresa no se queda tranquila y Po no se ve capaz de dejarla en ese estado, aun cuando ni siquiera se vaya a alejar mucho del cuarto. Ve a Shifu esperándole en el pasillo, pero él se queda con la felina hasta que los chicos vuelven acompañados de Hikari.
La panda rojo entra con una de sus usuales sonrisas, cálidas y maternales, preguntando primero por el embarazo, lo cual parece contentar de cierta manera a la felina. Mono, Mantis y Grulla quedan afuera, en el pasillo, y aunque Po intenta permanecer dentro del cuarto para acompañar a Tigresa, termina siendo echado por Hikari. Créeme, panda, es mejor que esto se trate… solo entre mujeres, hará a Tigresa sentirse más segura, dice, antes de cerrarle la puerta en las narices.
—Creo que Tigresa se encuentra demasiado alterada… —Comienza Shifu, cuando se encuentran solos afuera— El embarazo, los cambios de humor… tal vez le estén afectando y es eso por lo que…
—¿Qué estás queriendo decir?
—¿Tú viste a alguien cuando entraste al cuarto?
—Esto…
—¿Había señales de que alguien haya estado ahí?
—Bueno… No —Dice la verdad, no le queda de otra— ¿Está queriendo decir que Tigresa se lo ha inventado?
Shifu guarda silencio unos segundos. Parece pensarse la respuesta, como si no estuviera seguro de que, lo que fuera a decir, sea o no correcto. Duda, pero no hay evidencia que demuestre lo contrario a lo que él cree.
—No… —Admite— Pero, ¿Y si solo fue algo que soñó?... O imaginó.
—Tigresa no está loca.
—No esto diciendo que lo esté, panda, te recuerdo que es mi hija.
—¡Pues no entiendo como no puede creer en la palabra de ella!
Po se encuentra alterado. Preocupado por la situación, desconcertado por lo que acaba de pasar, enfadado por la falta de fe de su maestro… No, él tampoco está seguro de saber qué ha pasado. Por un lado, está esa parte que le dice que todo fue una invención de la mente de Tigresa, porque, siendo honesto, ni siquiera había rastros de que alguien haya podido entrar. Ella misma admitió no tener idea de cómo entró al cuarto, ni en qué momento.
Pero tampoco puede pasar por alto el hecho de que Tigresa se encontraba demasiado asustada como para que todo eso haya sido ilusión suya, o una invención. Conoce lo suficiente a la felina para saber que ella es pésima actriz, así como también una muy mala mentirosa. No podría haber fingido aquello.
Ella estaba convencida de que alguien había entrado al cuarto, estaba convencida de que alguien le había atacado, de que algo había pasado… y luego estaban aquellas marcas.
—Usted las vio… —Dice, en un último intento por convencer al viejo maestro— Esas… marcas, los moretones en su cuello. Los vio, todos lo vieron.
—Pudieron ser moretones comunes y corrientes, panda.
—No… Esos no son moretones.
Bien conocía Po los moretones como saber que esos, en el cuello de Tigresa, eran otro tipo de marca.
Antes de que Shifu pueda responder, Hikari sale del cuarto de Tigresa.
Víbora llega con una taza de té, pero no vuelve a entrar en el cuarto de Tigresa, sino que se la da a Mono para que este se lo alcance por ella. Recibe alguna que otra mirada por parte de los allí presentes, pero no parece importarle, por lo que tan solo voltea y vuelve a irse. Nadie comprende el rencor de Víbora, aunque tampoco se toma el tiempo para preguntarle.
De reojo, Po alcanza a ver a la felina sentada en su cama, sentada en posición de loto y acunándose el vientre con ambas manos. Le ve mover los labios, seguramente murmurando algo al bebé. Es algo que, en la última semana, hace seguido y que a él le gusta observar. La imagen, en cualquier otra situación, podría haberle parecido de lo más tierno… pero claro, esa no era la otra situación.
Mono deja la taza de té en la mesita de noche y se sienta al borde de la cama, para hacerle compañía a la felina. Po no puede ocultar la sonrisa al ver al simio inclinarse y hablarle también a la barriga de ella. Es simplemente gracioso como para tan pequeño como un bebé logra cautivar incluso antes de llegar al mundo.
Shifu sigue firme en que nada de lo que Tigresa ha dicho es real.
Hikari, al igual que Po, insiste en que allí de alguna manera entró alguien.
Dice que es imposible que Tigresa se haga esas marcas en el cuello y que, además, ha encontrado otras marcas en el cuerpo de ella, demasiado grandes para ser de su zarpa.
—Cuida de Tigresa —Es todo lo que la panda rojo dice antes de irse, mirando seriamente a Po.
Y aunque suene ridículo, Po cree que no se lo ha dicho precisamente por el embarazo.
III
Víbora se enrosca al borde de la tortuga de jade, cierra los ojos e intenta mantener el equilibrio. Libera su mente de los pensamientos, la deja en blanco, se repite una y otra vez que no piense en nada hasta que simplemente… no lo hace. No hay nada. Tigresa, aquel bebé, el peligro de su amiga. Porque ella no está en contra de que Tigresa sea madre, sea cual sea su condición, se alegraría por ella si tan solo tuviera motivos para no preocuparse. No puede decir nada, lo tiene prohibido por un juramente que se ha visto obligada a hacer desde su más corta edad, cuando apenas si había aprendido a hablar. No tenía conciencia sobre qué juraba, a qué prometía su vida, pero lo fue aprendiendo con los años. Todas las mujeres de su familia hacían lo mismo y ella no era la excepción.
Escucha la puerta abrirse, pero la ignora. Ya sabe quién es, ha sabido de su presencia desde que puso el primer pie sobre los peldaños de las Mil Escaleras. ¿Cómo no saberlo? No escucha pasos, pero se mantiene en alerta. No se atreve a abrir los ojos. A ser sincera, teme, teme su presencia. Porque todo lo que le han contado cuando niña, se materializa en ese ser.
—Bruja… —Escucha una voz grave, ronca, masculina.
—Vete —Arruga el entrecejo. Párpados apretados— Vete, a mí no me buscas.
—¡Bruja!
Víbora pega un respingo. Aquella criatura quiere que le mire, pero ella no lo hará.
Puede permanecer así por horas si es necesario. Dice, que quien ve a los ojos de aquel ser, puede ver su propia muerte… y que no es nada bonito. Le han dicho, que quien le mira siente un poco de su alma escaparse de su cuerpo y que la sensación es la de mil navajas desgarrándole la piel.
—Vete… —Murmura.
—¡¿Qué le has puesto al té?!
—Nada.
—¡Intentaste lastimar a mi hijo! —Reclama el ser, iracundo— ¡Intentaste envenenar a mi hembra!
Y Víbora no siente el tacto de aquella zarpa, pero sí el familiar ardor de un corte en su pecho. Se encoge por unos segundos, sintiendo la sangre manar de la herida. Se muerde el labio para no quejarse.
No, no envenenó a Tigresa… Pero la hierba que puso en el té debilitaría al bebé. Si lograba que bebiera un poco cada día, aquel pequeño moriría, dejaría de hacerle daño. Era cruel, pero era lo que tenía que hacer. Esa criatura no podía llegar a nacer, no si quería mantener con vida a Tigresa. Madre e hijo no iban a sobrevivir al parto, uno de ellos debía perecer antes o después de este.
—¡Vete, demonio! —Ordena— Tu hijo no tocará este mundo… no lo hará…
La misma zarpa vuelve a golpearla. No siente el tacto, es como si el aire le cortara. Gime, con labios presionados, cuando el corte se acerca su garganta… Entonces, todo se detiene y el ardor es remplazado por el suave tacto de unas plumas.
Abre los ojos, llenos de lágrimas, solo para ver a Grulla frente a ella.
—¿Víbora…?
Pero antes de que el ave diga algo, Víbora se echa sobre esta, dejándose rodear por las suaves y cálidas alas. Ambos caen dentro de la tortuga, pero ninguno le toma importancia. Llora, asustada, llora porque aquella cosa le ha tocado… y aunque la herida no es física, pues las únicas marcas que tiene son las de aquel zarpazo que Tigresa le propino en la mesa, sabe que fue tan real como ella misma.
Y Grulla no entiende, claro que no.
No comprende por qué, de repente, Víbora se ha encogido contra su pecho, y aunque puede preguntar, algo le dice que es mejor callarse. Se limita a abrazarla, ambos en el interior de la tortuga de jade, la deja esconder el rostro en su plumaje y llorar cuanto necesita.
—Sshh…Estoy aquí, pequeña —Murmura, tranquilizador— No pasa nada.
Y Víbora realmente quisiera creerle.
III
Se encuentran en la cocina, solos. Po va y viene, preparando los fideos para el almuerzo. Su idea principal era hacer sopa, que sería mucho más rápido, pero de repente, los rábanos causan nauseas en Tigresa, aunque los lleve o no, igualmente la felina se niega a probar bocado. ¡Pero no tiene gusto sin los rábanos!, había reclamado hace tan solo un par de minutos y él, porque era un buen novio y realmente se sentía cansado, había accedido con una pequeña y apenas perceptible sonrisa a preparar los dichosos fideos.
—¡Eu, Po! —Llama Tigresa, con la mitad de un pan de frijol en la boca— No le dijimos nada a tu padre.
El panda, que sin que Tigresa le vea pica lo más pequeño posible un poco de rábanos para los fideos (porque está seguro que las náuseas no son más que un síntoma psicológico), clava el cuchillo en la tabla y voltea a ver a la felina.
—No iremos ahora, si es lo que estás insinuando.
—¿Y cuándo?
A Po le causa gracia oírla hablar con la boca llena.
Observa el pequeño cuenco ya vacío en la mesa, preguntándose en qué momento Tigresa ha comido tantos panes de frijol… ¡Pero si hasta unos minutos estaba repleto!
—Tigresa…
—¡No quiero ir a decirle cuando este gorda y redonda, y todo el valle sepa que estoy embarazada solo con verme!
—Iremos mañana.
Po, con un suspiro mal disimulado, voltea a continuar picando la verdura.
—¿Después de almorzar?
—No.
—¿Por qué no?
—La doctora dijo que te quedaras en tu cuarto por hoy, que descansaras.
—No volveré a ese cuarto.
—No, te quedarás en el mío.
Termina de picar los rábanos, tan pequeños que estos no parecen que lo fueran, y los echa a la olla hirviendo… Tigresa no comenta nada al respecto del aroma que llena la cocina, por lo que supone que no se ha dado cuenta. Bien, su táctica funciona. Últimamente piensa que lo de las náuseas no son más que una cruel excusa para comer únicamente lo que a ella se le antoja, cuando se le antoja.
Po voltea a ver a la felina, sonríe y se acerca a ella para besar tiernamente su frente. Se hinca frente a la silla, colocando sus manos a los lados del vientre de Tigresa.
—Iremos mañana temprano, ¿Si?
Por toda respuesta, ella asiente, con sus manos sobre las de él.
Continuará…
