¡LLEGAAAAARON LO' PIBE' CHORROO'! *Suena tonada de cumbia*

¡¿CREYERON QUE HABÍA MUERTO, PERRAS?!... Pos, pa' que sepan… ¡SI! Ahrre.

OH, COMO EXTRAÑABA ESTO… O sea, aplastar el culo (Que de sobra tengo) y escribir hasta que los dedos se me acalambren (O me de hambre, lo que ocurra primero). Usualmente, escribo hasta que me hablan por face, whaths(comoseaqueseescriba) o cualquier otro medio de comunicación y me hacen olvidar lo que iba escribiendo (Pinche vida social)…

Ahora, ¿Qué he hecho estos días?... ¡A nadie le importa! Ahrre, bueh, qué decirles… (Esa es mi frase, vieron, "qué decirles")

Le relevante aquí, es que la pinche profesora de inglés del colegio me tiene entre ceja y ceja y me puso un pinche 5… O sea… ¡TENGO OCHO PUTOS AÑOS DE ESTUDIAR EL IDIOMA, VIEJA, HASTA TE ENSEÑO SI QUERÉS! Y como una es una alumna respetuosa, no puede armar bardo, porque si no la echan del colegio…

Sí, si… No es como si no me hubieran amenazado con echarme antes… Pero es que, verán, esta chica ha prometido portarse bien lo que resta del año (O al menos, durante septiembre).

¡Y SE VIENE SEPTIEMBRE!

¡PRIMAVERA!

¡ESTUDIANTINAS!

¡¿ADIVINEN QUIEN NO VA A SALIR A NINGUNA PARTE?!

Ahrre… Mentira.

Bueh… Estoy algo exaltada, creo. Demasiado chocolate y demasiado por estudiar. Tecnologías de gestión, Matemáticas, Literatura, Lengua, puto Inglés…. Demasiado para mis pocas ganas…

Ahora, si… Os dejo esta hermosa porquería (o sea, hermosa como yo) y mas os vale comentar… Porque os encontraré… Y mi unicornio os matará…. (((¿Va el "os"?))).

¡A leer, pibes!


Miedo.

Por más que lo intenta, resulta imposible conciliar el sueño.

Se acurruca debajo de las sábanas, con los ojos firmemente cerrados, rodeada por los brazos de su pareja y acobijada por el calor del cuerpo del panda. Pero no le es suficiente. Algo le mantiene en vela, alerta e intranquila. Como en las misiones, recuerda. Como cuando toca vigilar durante la noche y hasta el mínimo chasquido es motivo de alarmarse; sus sentidos reaccionan ante la más mínima provocación. El crujido de la madera en el pasillo, la brisa en el exterior… incluso la leve respiración de Po contra su nuca es motivo para mantenerla en vela.

Se aferra al brazo del panda, busca un poco de consuelo en la protección que estos le brindan, e intenta esconderse aún más debajo de las sábanas… Sí, esconderse. Porque si le preguntaran, no sabría cómo explicarlo. La sensación de no estar sola, el presentimiento cosquilleando en su nuca, advirtiéndole de no abrir los ojos, porque de hacerlo no le iba a gustar lo que vería.

Esa cosa está ahí.

La está mirando.

Tiene miedo y es consciente de su propio temblor, porque sabe que si abre los ojos, se encontrará con lo mismo que la mañana anterior.

Gira en la cama y presiona su rostro contra el pecho del panda, acurrucándose en el tierno abrazo del oso. Se siente protegida, a salvo, de alguna manera sabe que nada le pasará mientras siga allí. Lleva una mano a la parte baja de su redondeado vientre, acariciándolo.

Una madre siempre sabrá cuando algo no anda bien con su hijo. Siempre sabrá cómo y de qué protegerlo. Una madre siempre sabrá quienes quieren dañar a su bebé.

Tigresa sabe que hay algo que todos le ocultan. Desde Hikari y Víbora, hasta Po y el mismo Shifu.

Aquello que la observa se mueve por el cuarto. Lo siente. Su presencia cambia del lugar, sus ojos miran desde otro ángulo, el ligero cambio de la brisa le avisa que se ha acercado. Tigresa tiembla. La mano le tiembla sobre el vientre, su respiración de vuelve pesada y ruidosa, sus sentidos se desesperan, buscan señal alguna que le avisen exactamente donde está eso… Un alarido queda atascado en su garganta cuando siente una mano, grande y pesada, tomarle del hombro y jalar bruscamente de ella. Cae de espaldas en su lado de la cama. Abre los ojos por acto reflejo. Sus manos se dirigen al vientre por instinto. Su mirada en el techo.

¿Dónde estás? No puede moverse. Su pecho sube y baja histéricamente al compás de su respiración, sus ojos recorren lo poco que pueden del cuarto, aún siente la presión del fuerte agarre sujetándole el hombro contra la cama. Duele y un maullido escapa de entre sus labios. Se retuerce, intenta gritar, llama a Po. Pero no puede. No puede hablar, no puede moverse, no puede hacer nada. Y eso está ahí, sobre ella.

Todo lo que ve es una sombra en medio de la penumbra del cuarto. Es un cuerpo grande y pesado, tanto que le hace daño, pero que aun así no ejerce ninguna presión sobre su abdomen. Parece hacerlo a consciencia. Como si supiese exactamente el daño que haría de lastimarla ahí.

Una segunda mano se posa en la cima de su vientre… y Tigresa se retuerce, asustada. ¿Qué haces? Mira a su derecha, ¿Cómo es que Po no despierta? ¿Cómo es que puede seguir durmiendo? Aquella criatura ignora todo intento suyo por apartarla y con total libertad, desliza una zarpa grande y robusta por el abdomen, lo acaricia, como una especie de mimo. Los ojos oscuros ya no la miran a ella, no siente aquel escudriño sobre su rostro, pero la sensación es mil veces peor, como si la traspasase enfocada en el bebé.

Porque no sabe qué es esa cosa, no sabe de dónde salió, no sabe qué quiere, no sabe por qué está ahí, no sabe por qué a ella… No lo sabe y no saberlo, la vuelve indefensa.

Mi hijo… —Murmura una voz ronca y áspera, masculina— Es mío.

No…

—¿Tigresa? —Llama Po, adormilado, enderezándose en su lado de la cama— ¿Te sientes bien?

Y él ya no está… Tigresa patea la sábana y se endereza en la cama, desesperada, sujetándose el vientre con ambas manos. El corazón late desaforado en su pecho, doloroso, y los pulmones arden en reclamo por el exceso de aire en cada jadeo. Mira a su alrededor. Las manos cálidas y familiares de su pareja frotan confortantemente sus brazos y ella se deja abrazar y mecer. Llora. Escucha a Po murmurar sobre su oreja, le siente besar sobre su cabeza, pero no puede dejar de llorar, asustada, con el temor aún latente en su piel.

Sus manos se aferran posesivas a su vientre, lo protegen de un peligro que ya se ha ido, lo mima como si aquello que acaricia no fuera solo su vientre, sino a su hijo ya en brazos. No sabe cómo ni cuándo, Po la acomoda contra su pecho y entre sus piernas, acunándola tiernamente en sus brazos como lo haría con una niña. Tigresa se deja.

Ninguno habla. Nadie más parece haberse enterado de lo que ha sucedido en el cuarto. Todos los demás duermen y mientras los minutos pasan, lentos, tal vez demasiado, la claridad del amanecer comienza a iluminar la habitación. Es imposible volver a conciliar el sueño. Tanto como para Po como para Tigresa.

—Fue una pesadilla… —Susurra él, para tranquilizarla— No sucede nada, estás bien.

Y Tigresa asiente, porque no quiere contradecirle.

—No le digas a Shifu.

—No, no… no lo haré —Le asegura— Ven, recuéstate. Aún es temprano.

No le da tiempo a contestar. Jala de Tigresa y le recuesta en la cama, aún entre sus brazos, abrazándole por detrás. La chica se queda tiesa en el abrazo, demasiado tensa aún, sin embargo, mucho más segura porque él está despierto. Una de las manos del panda se desliza entre las de ella, sobre el vientre, y un casto beso le acaricia la nuca a la felina.

—¿Me quieres contar de qué iba?

—No me acuerdo.

—Tigresa…

—Es en serio. No recuerdo muy bien.

—Hum… —Po tuerce los labios— Me preocupas, cielo. Estás nerviosa y eso no le hace bien al bebé.

—Yo no estoy nerviosa. Es solo que… —Tigresa toma aire y lentamente lo exhala— Todo se ha puesto tan extraño.

Silencio.

Ambos saben que tiene razón. Todo está demasiado extraño, incluso para dos maestros de kung fu del Palacio de Jade. Ni siquiera la psicosis de Lord Shen, los ataques de furia de Tai Lung y los incidentes diarios con los objetos sagrados que Po solía ocasionar eran tan extraños como lo que parece estar sucediendo… sea lo que sea que esté sucediendo.

Po reprime un comentario que, ya sabe, no le gustará nada a Tigresa. No quiere disgustarla más de lo que ya lo está. Sus labios tan tensos, forman una delgada y torcida línea. Oculta el rostro en el cuello de la chica, acariciando con su nariz la delicada curva.

La imagen de aquellas marcas aparece en su mente y cuando las busca, no tarda en hallarlas.

—Demonios, Tigresa… —Murmura.

—¿Qué?

—Nada. Ven…

No es una orden, pero tampoco una petición. Su voz no es suave, ni su tacto delicado cuando la voltea, obligándole a mirarle, pero tampoco es brusco en ninguno de los dos.

La besa solo porque sí y porque ella no hace intento de apartarlo.

Tierno y dulce al principio, se apropia de aquellos labios con la delicadeza del primer beso. Sus manos toman las caderas de la chica y la arriman a su cuerpo, entrelazando sus piernas y sintiendo sus pechos desnudos pegados a su torso. Porque de repente la necesita. Pensar que otro estuvo a punto de tocarla, pensar que otro siquiera intento tomarla le llena de una sentimiento que nunca antes experimentó… y no, no se llaman celos.

Es algo mucho más agresivo y posesivo. Porque ella le pertenece, porque ese hijo que ella espera es suyo, porque el único que puede tocarla, besarla, tomarla, marcarla… es él.

—Po… —Se queja Tigresa.

Una de las manos del panda está en su muslo. Toma su pierna y se la flexiona por encima de las caderas de él, un contacto que va más allá de lo que ella puede (y se encuentra capaz) de soportar…

—Calla.

—Po, no podemos…

—Ya lo sé —Sus labios besan el cuello de ella— Ya lo sé.

III

Bajan en silencio las escaleras hacia el valle. Uno de los brazos de él cuelga despreocupadamente sobre los hombros de ella, con sus manos perezosamente entrelazadas. Tigresa siente sus ojos ligeros y somnolientos, le apetecía tanto quedarse y dormir, pero se obligó a cumplir con aquello. El Sr. Ping era un padre más. Ella más que el mismo Po conocía aquel amor que el ganso prefería hacia los niños y el anhelo de llegar a ser abuelo algún día, ella más que el mismo Po sabía lo mucho que significaba aquella noticia. No quería retrasarlo más, no podía.

Para alguien como Tigresa, siempre en forma y con un cuerpo menudo y delgado, algo como un embarazo, por más corto y reciente que sea, es algo que sobresalta ante la primera impresión. La redondez de su estómago sobresale al primer vistazo. Pequeña y delicada, pero notoria… y eso es un detalle que las más experimentadas del valle, como las abuelas y quienes ya han pasado más de una vez por la dicha de ser madres, es algo que no pasan por alto. Aquella hembra está en cinta, comentan, susurran entre sus amigas, con sus miradas fijas en la pareja.

¿Cómo no notarlo?

Miren el brillo en su rostro, miren lo bella que se ve, lo joven y fresca que es su sonrisa. Mírenla. Ella observa a su pareja y sonríe, enamorada, porque ahora más que nunca tiene una razón para amarlo…

La sonrisa de Tigresa se vuelve ancha y radiante al llegar al restaurante del Sr. Ping. Siempre le gustó aquel lugar. El ambiente, la cantidad de personas, el aroma a comida recién hecha… La boca se le hace agua y estómago le gruñe, pero se repite mentalmente que no es momento para eso. Sus antojos pueden esperar.

Po también se toma la libertad de una pequeña sonrisa al ver a su padre.

Hace semanas que no le ve. No porque no quiera, sino porque está demasiado ocupado. Si no es el entrenamiento, es Tigresa. Y que no se mal interprete. No es una carga cuidar de ella, es que no quiere dejarla sola, ni siquiera con Shifu se siente lo suficientemente confiado.

Como es costumbre, el viejo ganso saluda a su hijo con un tierno y cálido golpe de su cucharón de madera a la cabeza, un cariñoso monólogo sobre lo que es tener un hijo desagradecido y poco considerado, para luego regalar un muy tierno abrazo hacia su amada nuera… Sí, esto último tómese en serio. Tigresa es la hija que nunca tuvo, palabras dichas por el propio Sr. Ping, y como tal, siempre hay una sonrisa y un abrazo para ella. Pero Po no dice nada. Su padre es todo un caso.

—Oh, Po… ¡Llegas justo a tiempo!... Mesa cinco, seis y diez. ¡Vamos, vamos!

Y segundos más tarde, Po se encuentra haciéndose sitio entre el reducido espacio del lugar con varios platos pobremente equilibrados en sus brazos. Resopla, preguntándose por qué los padres no pueden mantener a los niños sentados en sus sillas, y se jura a si mismo que su hijo no será ningún revoltoso.

No, no, no… Su hijo no será ningún malcriado. Sonríe bobamente ante la idea. Lo más seguro es que su hijo sea el niño más mimado de toda China. Pero eso ya no será su culpa.

Tigresa toma asiento en un pequeño banquillo que es ofrecido por el Sr. Ping, quien parlotea muy alegremente sobre lo bien que le va últimamente. Oh, las alegrías que llegar a viejo… Dice y la felina ríe, sin creerlo en realidad que aquel ganso haya llegado aún a la edad que dice tener. Tan enérgico, siempre de un lado para el otro, el Ping parece estar lejos de sus años de descanso.

Pero toda apariencia puede engañar…

Po entra a la cocina y tanto él como Tigresa saben que no tienen ninguna excusa para demorar más la noticia. No hay mucha ceremonia. Sonriente, con aquel aire casual tan propio en él, el hijo pide a su padre tomar asiente. Vamos a contarte algo, le dice, solo para pincharle en la curiosidad. Sabe lo curiosos que es el ganso, tanto como aquellas señoras que se reúnen cada mañana en los puestos de verduras, y le causa hasta cierta gracia.

La felina, aún sentada en su lugar, presiona el labio inferior entre sus dientes para contener la risotada al ver el cucharón de madera de su suegro apuntar amenazante hacia el panda.

—Oh, Po… ¡¿Qué has hecho esta vez?!

—¡Pa'!

—Sr. Ping… —Llama ella, salvando a su novio de un golpe seguro en la cabeza— Po y yo tendremos un hijo.

Bueno, no había por qué darle gran ceremonia… pero tampoco por qué ser bruscos.

El silencio se instala unos segundos. Tigresa carraspea para llamar la atención de ambos machos y el ganso, cuyo cucharón se ha quedado peligrosamente suspendido sobre la cabeza de su hijo, se endereza con una tierna sonrisa en su rostro.

—Eso es… bueno. ¡Si! Muy bueno —Dice. Hay cierta confusión— Adoptarán.

—¿Eh?... ¡No!... No, no… —Se apresura a negar Po— Tigresa está embaraza.

No se ha dicho nada malo (ni bueno), pero el cambio en el ambiente es perceptible por los tres presentes. Tenso, pesado. Una mirada preocupada, otra confundida y una sonrisa forzada. Algo por decir que se mantiene en silencio… Po sujeta la mano de su novia, sin comprender del todo.

—¿Papá?... —Llama, despacio— ¿Qué sucede?

—¡Oh, nada!... Solo… ¡Felicidades! —Ensancha la sonrisa— Me sorprendí. Esto… ¡Esto es increíble!... Sí, eso, increíble.

Pero nadie sonríe.

III

Po no es alguien que se enoje con facilidad.

Po no es alguien que alce la voz.

Po no es alguien que se tome a mal la reacción de las personas, sea cual sea, sea quien sea.

Pero Po últimamente tiene mucho con lo cual lidiar. El embarazo de Tigresa es delicado, demasiado, y se siente bajo la continua presión de cuidarla. Ella no está tranquila y él tampoco. Si ella se altera, él también. Por eso, cuando ve a Tigresa agachar la mirada por la reacción de su padre, no puede evitar sentirse directamente herido. No se lo dice en el momento, pero si en cuanto quedan solos.

Tigresa dice no sentirse muy bien y con la excusa de usar el baño, se va de la habitación. Sus pasos se alejan por las estrechas y ya maltratadas escaleras hacia el piso de arriba y el panda espera hasta que estos dejen de oírse para dirigirse hacia su padre. El Sr. Ping se mantiene sereno mientras su hijo, yendo y viniendo por el reducido espacio de la cocina, reclama en exasperados susurros sobre aquel comportamiento tan poco considerado.

—No comprendo qué te molesta, hijo —Responde el padre— Les felicité y les desee suerte. Me alegro por ustedes.

—¡Papá!... A ver si avisas a tu cara.

—Tigresa está sensible, Po. Te recomiendo no tomarte tan a pecho todos sus cambios de humor.

Po se restriega el rostro con las manos, tal como viene haciendo demasiado seguido.

—No es eso —Murmura— Ella tenía ilusión en darte la noticia. Creyó… Agh. Déjalo.

—Po…

Y el silencio es mucho más que eso.

Po mira a su padre y ve preocupación en sus ojos, en sus gestos. La misma preocupación que vio el día que se marchó hacia Gongmen. Es entonces, cuando la edad cobra factura al ganso. El cansancio encorva su espalda y los años se hacen notar en sus ojos.

—¿Qué dijo el médico?

—¿Hum?

—Del embarazo. Supongo que fue al médico, ¿Qué le dijo?

Po arruga el entrecejo.

—Está bien —Miente— Todo está bien.

—Cuídala, hijo. Solo eso, ¿Si?

Continuará…