¡Altos forros ustedes, eh!
Ahno, los amo…
En fin… ¡A leer!
No, que va, veamos… ¿Alguna vez un amigo/a suyo les pidió encarecidamente que leyeran lo que habían escrito?... Es decir, mi amiga sí y, ¿Cómo no?, acepté gustosa. Solo un par de hojas, ¿Qué mal podría causar?
Lo que yo no sabía era que… ¡Joder, escribe más pal izquierdo que pal derecho?
No se entendía nada, todo estaba mezclado… Y no, no es una crítica, es una queja, porque yo tuve que leerlo, interpretarlo y decirle "amablemente" que si publicaba eso donde sea que iba a publicarlo no esté esperando que yo vaya a promocionarlo…
¿Qué pasó?
¡La muy yegua se ofendió!
O sea… Ella me vive diciendo que "no comprende mi modo de escribir" o que "Mi manera de escribir aburre, no entretiene o no describe correctamente las cosas"… ¡Y ahora se enoja por la opinión que ella misma pidió!
¡No, chicas, así no se puede!
Ahora así… ¡A leer!
Rumores
La luz del día ilumina la habitación y el sol se siente cálido contra su piel. Sonríe. Sus manos acarician un abultado vientre, enorme, tanto que es imposible de cubrir con la ropa. Se encuentra sentada en una mecedora y el silencio en la habitación es tal que puede oír hasta el mínimo crujido de la madera. El suave vaivén le relaja y los párpados comienzan a pesarle, cuando un suave golpecito contra la pared de su abdomen le hace enderezarse en la silla…
Es tan difícil acostumbrarse… No importa cuánto tiempo pase, la sensación siempre es nueva, extraña, y la deja en un estado de alerta. Quiere reír. Se relaja nuevamente contra el respaldo, su mano deslizándose sobre la prominente curva.
Su bebé patea duro… y duele mucho. Pero es un dolor al cual ha tenido que habituarse.
Pero entonces, el dolor se hace más fuerte… y más… y más… y un quejido escapa entre sus labios. Sus piernas tiemblan cuando intenta levantarse de la mecedora, por lo que llama a Po y espera, sujetándose el vientre entre sus brazos. Lo que son suaves golpecitos pasa a ser un escozor en lo profundo de su vientre, como fuego naciendo en sus entrañas, quemando todo en su interior.
Las lágrimas caen… y entonces cae en cuenta que no es silencio lo de la habitación. Es ella, que no escucha nada.
La puerta se abre en un silencioso azote.
Po entra.
Shifu.
Hikari.
Víbora.
Sr. Ping.
Todos… Los labios se mueven, desesperados, todos están alterados. Gritan. Ella no puede moverse. Sus manos se aferran a los posa brazos, clava las garras en la madera cuando aquel dolor se expande por su cuerpo. Ella también quiere gritar, pero no puede. Su garganta esta seca y no encuentra voz siquiera para sollozar. Entonces…
III
Entonces se despierta en su cuarto, en su cama, al lado de su pareja. Exaltada, se encuentra jadeante y sudada. Se endereza en la cama, una de sus manos jala de la sábana y la otra se sujeta el pequeño abdomen, casi hasta lastimarse con las garras… y esa es la última noche que Tigresa duerme.
De a poco las noches de sueño se van acortando y transformando en largas horas en vela. Lo que comienza con una pesadilla, corta e insignificante y de la cual usualmente no le tomaba demasiado recuperarse, no tarda en convertirse en largas caminatas por los largos pasillos a deshoras de la noche. Po no se entera. Ni él, ni Shifu, ni nadie. Ni siquiera se atreve a decírselo Hikari, que sube a verla todos los sábados para controlar su estado.
Pero no es de roca y el sueño pronto comienza notarse. Las ojeras, la falta de atención la desganas, el cansancio cada vez más preocupante. Pero por más cansada que esté, llega la noche y Tigresa no puede dormir. Se la pasa en su cama, dando vueltas y acariciándose el creciente vientre.
Se cumplen los cinco meses… y ya no recuerda la última vez que ha dormido de corrido, sin sueños ni interrupción de ningún tipo.
Al Sr. Ping no ha vuelto a verlo y tampoco desea hacerlo.
Shifu se mantiene bastante apegado a ella.
Hikari comienza a subir al Palacio de Jade también los miércoles y luego de cada chequeo, se queda un par de horas a hablar con ella. Tigresa se sorprende al encontrarse a sí misma confesándole a la panda rojo sus miedos a ser una mala madre, a no saber qué hacer, a ser una decepción para su propio hijo, a hacer lo mismo que Shifu hizo con ella.
Cuando inicia el sexto mes, se sorprende al descubrir la confianza que ha desarrollado con su doctora y la cantidad de cosas que le ha contado. No solo relacionadas con el embazado, sino también con su vida en general. Hikari es buena escuchando y hablando, especialmente en esto último, y sus consejos son siempre maternales y sabios, hacen a Tigresa sentirse segura y comprendida.
Por un momento de inevitable sentimentalismo, de esos que se le han pegado mucho en los últimos días, descubre también que extraña a Víbora.
Su confidente, su amiga, su hermana. Extraña tener con quien criticar a los chicos, quien le hable de maquillaje (aunque ella no entendiera nada), quien intente vestirla cual muñeca (aunque no la dejara), quien siempre le estuviera instando a sonreír… Sí, por más que lo niega, extraña su amistad con la serpiente.
III
Está anocheciendo y el viento sopla con fuerza, perdiendo este el calor del sol a cada minuto que pasa. Se encuentra sentada en el suelo junto al árbol sagrado de duraznos, con las piernas cruzadas entre sí y cubiertas por una delgada manta, entre sus manos hay una pequeña taza ya vacía, que hasta hace un par de horas contenía té. Le apetece otro, pero no le apetece levantarse a por este. Le gusta demasiado ese lugar. Los aromas del valle se mezclan con los del bosque, acarreados por las brisas, y el horizonte es una vista preciosa. Pero por sobre todo, le gusta la soledad. Verse libre del continuo acoso de los chicos, de los cargosos mimos de Po, de las hirientes miradas de Víbora, de la obsesiva preocupación de Shifu.
Lo agradecía, vaya que lo hacía, pero la falta de sueño no solo la cansaba, sino que le afectaba demasiado al estado de ánimo y se sentía demasiado estresada como para soportar a Shifu en aquel estado tan raro de "padre preocupado" o a Po preguntándole cada cinco minutos si se encontraba bien o si necesitaba algo. Le hacía sentirse inútil.
Es decir, si necesitaba algo, ella solita podía levantarse y alcanzarlo, ¿No?
Deja la taza a un lado, en el suelo, y extiende la manta entre sus manos, pasándosela por sobre los hombros luego y envolviéndose con ella. El calor de la tela se siente reconfortante contra el frío del viento.
El susurro contra el suelo le avisa que alguien se acerca, pero ya sabe quién es y no se toma la molestia de voltear. Tan solo la mira de reojo.
Víbora se detiene a su lado, observándola de arriba abajo sin expresión reseñable en su rostro. Tigresa no pasa por alto que el escrutinio de la mirada parece centrarse en su vientre, oculto bajo la manta y protegido por sus manos.
Una manía que ha adquirido desde aquella noche es la de siempre cubrirse el abdomen con las manos. Le hace sentir segura.
—¿Qué quieres, Víbora?
Y luego de lo que parecen segundos eternos, los ojos celestes se apartan de ella para mirar hacia… hacia donde sea que miren, realmente no le presta atención.
—Solo hablar.
—¿De qué? —Medio gruñe.
Es aquel gruñido grave y amenazador que usa con los chicos en las misiones. Su voz de líder, tan impersonal y carente de alguna emoción.
Víbora traga grueso.
—Te traje un té —Murmura, suave— Últimamente los tomas como agua y pensé que te gustaría uno.
—Acabo de terminar uno.
—Llevas tres horas aquí, Tigresa.
La felina le mira de reojo, recelosa.
La serpiente sostiene una taza humeante, la infusión recién hecha, y lo cierto es que el aroma dulzón le quema la nariz a Tigresa y a la vez le hace agua la boca.
Conoce a Víbora y sabe que el orgullo le puede incluso más que a ella misma, lo cual es mucho decir, por lo cual se repite mentalmente que si quiere hablar nada pierde con escucharle. Además, ese té huele tan bien… asiente, una discreta sonrisa en sus labios, y una de sus zarpas asoma por entre los bordes de la manta para tomar la taza que le ofrecen.
Sin embargo, apenas si roza la cerámica con los dedos, cuando un fuerte y punzante dolor comienza en la zona baja de su abdomen y se expande hasta su estómago. Se queja, en silencio, mordiéndose el labio para no emitir ruido alguno.
¿Por qué lleva tantas noches en vela?... Esa es otra respuesta en la cual no quería pensar; duele, a veces demasiado.
—¿Estás bien? —Murmura Víbora— Tigresa, ¿Te sientes bien?
—Sí, si… no es nada —Pero su voz es demasiado ronca— Es este niño…—Ríe, la pulsión del dolor aun recorriéndole entera— Sabes, creo que será un niño.
Su sonrisa resulta débil y temblorosa, rota, pero sus ojos brillan de una manera tal que Víbora no puede evitar sonreír también. Ay, Tigresa… Sin decir nada, coloca la taza en el suelo y acomoda la manta alrededor de los brazos de su amiga. Realmente no hace demasiado frío, realmente el clima no es lo suficientemente fresco como para buscar abrigo, pero no lo menciona. Vuelve a tomar la taza y la coloca en la mano de su amiga.
Bebe, murmura, apremiante. Su voz es suave, tierna… Y Tigresa no quiere beber, porque el dolor vuelve, fuerte y constante. Sin embargo, no dice nada. Ha aprendido a no quejarse demasiado. Si hace una mueca, Po se alarma. Si dice algo, Shifu se pone histérico. Si emite sonido alguno, los chicos se alteran. Ha aprendido a guardar silencio y esperar a las visitas de Hikari para comentarlo con ella, más serena.
—Anda, Tigresa, bebe… No tiene veneno. Es solo un té —Ríe Víbora— ¿Y por qué crees que será niño?
Tigresa sonríe a la broma y acerca el borde de la taza a su boca. El líquido caliente le roza los labios, dulce, más no lo toma.
De repente, no le apetece.
—Delicioso —Susurra— Es… No sé, un presentimiento. Lo siento niño, es eso.
—¿Y cómo se siente un niño?
—Como si tuvieras algo presionándote la vejiga las veinticuatro horas del día.
Ambas guardan silencios unos segundos y Tigresa vuelve a fingir que toma del té, para luego oír la risa de su amiga.
Ríen y son sinceras.
Siempre es fácil reír cuando están juntas. Son como hermanas; no importa cuánto peleen, no importa qué se digan o qué hagan, siempre estarán ahí cuando la otra lo necesite.
—Wou. Me has iluminado la vida.
—No, en serio… —Tigresa finge seriedad— Voy al baño más veces de las que bebo agua.
—¿Y ya patea?
Niega.
—Hikari dice que lo hará pronto —Hay cierta ilusión en su voz— Pero como soy primeriza, tal vez tarde un poco más en aprender a distinguirlo.
—¿Cinco meses?
—Seis… casi.
—Ammm… —Víbora asiente. Su mirada pasa de la taza a Tigresa y de Tigresa a la taza, parece ansiosa— ¿Y ahora cómo te sientes? Recién te veías algo… agitada.
Tigresa guarda silencio unos segundos. Su mente divaga y sin siquiera ser consciente de ello, da un pequeño trago al té. El sabor dulzón le llena la boca y le calienta el estómago. Le gusta. Da otro trago y cuando menos se da cuenta, se ha tomado la mitad de la taza. Sus párpados pesan, pero lo atribuye al sueño de las malas noches.
Apoya la cabeza en el tronco del árbol y cierra los ojos unos segundos, sin siquiera proponérselo. El vientre duele, no tanto, es un dolor fantasma, como el recuerdo del mismo. Comienza a relajarse. Se lleva la taza a los labios y toma otro trago… solo uno más.
—¿Tigresa?
Pega un bote, despertando de repente.
Se había quedado dormida o… No, solo fue un cabeceo. Mira a Víbora, aún a su lado, y luego a la taza en el suelo y lo poco que quedaba dentro regado. Ríe, apenada.
—Lo siento. No he dormido muy bien —Se excusa.
La serpiente asiente.
—Lo sé. Te escucho levantar todas las noches.
—Es… difícil.
—Tigresa, lo siento —Dice de repente— Debería ser más… compañera, apoyarte un poco más —Parece sincera, realmente apenada— Debería ser tu amiga, Tigresa. Cometí un error, no sé qué me pasó.
Y tal vez Tigresa solo está cansada, tal vez realmente extraña a Víbora incluso más de lo que admite, tal vez solo sintió que debía perdonarla… Porque lo hace, la perdona, sin más, sin pedir más explicación. Sonríe, abraza a su amiga y aunque no quiere, unas cuantas lágrimas caen por sus mejillas.
Esa noche, después de mucho tiempo, Tigresa duerme tranquila… Y los dolores no son más que fantasmas, débiles y apenas perceptibles.
III
—El vieja es de dos días y la estadía en el lugar no superará los cuatro días—Informa Shifu, con el pergamino enrollado en sus manos— ¿Alguna pregunta?
—¿No puede ir alguien más?
—No, panda.
Y a Po no le queda más que asentir.
Es la primera misión en meses y por ende, la primera desde que Tigresa está embaraza. Al menos, la primera en la que se ve obligado a ir. No le hace gracia, pero tampoco tiene mucha opción. Sale del Salón de los Héroes con no muy buena cara, seguido por Mono, Mantis y Grulla, quienes le acompañaran en el viaje. Las chicas quedarán en palacio, junto a la compañía de Hikari, quien en las últimas semanas parece haberse mudado definitivamente al lugar.
La idea de Víbora cuidando de Tigresa no es algo que le deje demasiado tranquilo. Las ha visto muy juntas en los últimos días, pero él aún tiene presente el recelo que la serpiente tiene al embarazo y no se fía del todo a aquella actitud.
—Po… —Le llama Grulla— ¿Irás?
El panda se encoge de hombros.
—No queda de otra.
—¿Y Tigresa? —Inquiere Mantis.
Silencio.
—Realmente, no quiero pensar en eso… —Admite— Supongo que una semana o dos no es mucho tiempo. Además, Hikari está con ella.
—Y Víbora.
Pero nadie toma en cuenta el aporte de Grulla.
Mono y Mantis se miran, ambos con torcidas muecas en sus labios, no muy convencidos de la decisión del panda. La gente habla. Ellos escuchan… y no les gusta lo que vienen escuchan hace ya mucho tiempo.
—Po, no creo que sea buena idea que vayas —Dice Mono, precavido.
El panda no les ve, pero igual arquea una ceja.
—¿Por qué no?
—La gente... —Mantis carraspea— Es decir, se dicen cosas en el valle.
Po se detiene cuando llega a la puerta. No voltea porque sabe a qué se refieren sus amigos, más no quiere enfrentarlos. Su mandíbula tensa, al igual que su mano, fuertemente sujeta al picaporte de la pesada puerta de madera. Cierra los ojos y cuenta. Uno, dos, tres… Tigresa no ha vuelto a ver al Sr. Ping, pero él sí. Baja cada tantos días a visitarle y en esas visitas, también se entera de cosas.
—No importa —Murmura, su voz baja y apenada— Realmente, no importa.
—Escucha, Po, si no fuera porque conocemos a Tigresa…
—… Y sabemos que nos cortará el cuello —Interrumpe Mantis.
—También podríamos pensar lo mismo— Prosigue Mono— Es… normal. Su situación no es usual y a ella se la ve muchas veces salir del valle sola. Hace muchas misiones sola, Po.
Grulla se queda en silencio.
Po siente su respiración pesada, su boca seca… Tigresa sale mucho del valle sola. Es cierto, o al menos, lo era. Antes de quedar embarazada, cuando podía hacer misiones. Y ciertamente, a él jamás le importó.
¿Por qué nunca le importó?
Era su novia, su pareja. ¿Por qué permitía que saliera sola del valle?
—Pero sabemos que no es así —Se apresura a hablar Grulla, nervioso— Son solo rumores, Po. Pasarán.
—Por algo lo dicen a tus espaldas.
—Ya verás, les callarás la boca cuando vean a tu hijo. ¡Será igualito a vos!
Pero Po no responde. Se dice que no le importa y entra al Salón de Entrenamientos… Se siente enfermo, realmente enfermo. Pero no lo admite, porque admitirlo significaría ofender a Tigresa. Y es lo último que quiere en ese momento.
Continuará…
