El hijo de un extraño
—¿Es necesario que vayas? —Murmura Tigresa, con un pequeño puchero, rodeando la espalda del panda con sus brazos y apoyando la frente entre sus omóplatos.
Le acaricia el pecho, con mimo, y besa tiernamente el suave pelaje del panda. Se siente tan relajada, por primera vez en tantas semanas, que le tomó muy poco aceptar que Po tendría que viajar en aquella misión. Víbora le ha dicho que es por aquel té, tan dulce, que le da por las tardes. Es una receta de familia, le ha dicho, con una sonrisa un tanto misteriosa, negándose a revelar realmente qué contenía.
Nunca se termina la taza entera. Es demasiado dulce y tiene cierto efecto sedante, por lo que opta por tomarse solo la mitad del preparado, alegando luego estar satisfecha y que simplemente ya no le apetece. Los mareos han cesado, así como el dolor por las noches y las pesadillas.
Y aún no hay señales de su bebé.
Hikari le ha dicho que, con seis meses, ya tendría que sentir leves movimientos. Pero nada. Tuerce el gesto al recordar esto, sus manos tensas de repente. Po parece notarlo, porque gira en sus brazos y deposita un suave beso en su frente.
—Sí. Pero será por poco tiempo —Promete.
—¿Y si patea cuando tú no estás?
Y el puchero que la felina esboza es tan infantil, que él no puede evitar sonreír. Aquella sonrisa tan jovial y despreocupada. Se encoge de hombros.
—Pues que niño tan inoportuno, eh.
—Po, estoy preocupada.
—¿De qué?
—Aún no patea… Ni siquiera le siento moverse. No sé, tengo un mal presentimiento.
Po le acaricia con mimo la mejilla, deslizando el pulgar por el contorno de su pómulo… extrañamente, encuentra aquel pequeño rasgo mucho más pronunciado de lo que recordaba.
Lo pasa por alto.
Se inclina y besa los labios de su pareja. Un beso tierno, suave y lleno de cariño.
—Tal vez se mueve mientras duermes —Intenta reconfortarla— No te preocupes, todo está bien.
Pero él también está preocupado.
No precisamente porque el bebé no patee, realmente no entiende mucho de eso, ha oído que los niños pueden ser muy quietos dentro del vientre de su madre. Pero le preocupa otros pequeños detalles, como aquellos pómulos, que resaltan más de lo que deberían, o sus mejillas levemente ahuecadas y las clavículas que se remarcan contra la tela de la yukata.
Tigresa está perdiendo peso y es demasiado notorio. Está mucho más delgada de lo que Po recuerda y cuando la acaricia, sus manos se tensan al acariciar las vértebras de su columna por sobre la piel. Algo que no recuerda haber notado semanas antes y que no se explica cómo es que pasó tan rápido.
Está embarazada. Debería subir de peso, no bajar.
Cuando se acuestan, la siente pequeña y frágil contra su cuerpo. El abdomen con los seis meses ya cumplidos no es más una "curva prominente", sino una pequeña pelota, como ella misma lo ha llamado una tarde después del almuerzo. Lo acaricia y disfruta de oírla ronronear, suave y bajo, como un leve murmullo en su pecho. También disfruta cuando la siente amoldarse a su pecho, pegarse a él y acurrucarse, de una manera tal que cierta parte de su anatomía se ve comprometida.
—Tigresa… —Susurra.
—Shh… Déjame. Es un antojo.
Y, oh, santo demonio, esas palabras, susurradas por su voz suave y adormilada, fue demasiado para su extenso periodo de abstinencia.
Entierra el rostro en el cuello de ella y la deja… hacer. Hablado vulgarmente, la deja restregarse, como la felina que es, porque le gusta la sensación opresora en sus pantalones y porque su mano ha cobrado vida propia y lentamente ha descendido hacia abajo, traspasando los límites impuestos por la ropa.
Tigresa gime bajito, mordiéndose el labio, con una juguetona sonrisa en sus labios. El toca, juega, explora. Ella se deja y lleva su mano hacia los pantalones de él, abriéndose paso dentro con una facilidad que le hace preguntarse al panda si no tenía ya planeada todo aquel numerito.
La idea de Tigresa planeando un asalto sexual le hace sonreír casi con cierta satisfacción.
Pero a pesar del tiempo negándose a sentir al otro y del tiempo que, saben, aún les queda por aguantar, no hay nada desesperado en sus caricias. Ella lo hace con torpeza y él con suavidad, arrancando leves suspiros de sus labios… Y realmente no están pendientes del tiempo, pero saben que se pasan gran parte de la noche de aquella manera. Besos, caricias. Susurran palabras tiernas.
Y de la nada sonríen.
Como aquellas noches en las que aún eran noviecitos de manitas transpiradas y besos de pico, cuando no se atrevían a pasar más allá de aquellas caricias indecorosas, cuando ella no estaba lista y él temía lastimarla. La intimidad, el cariño, la necesidad de más y al mismo tiempo aquel placer solo de haberlo hecho.
Se acurrucan contra el cuerpo del otro, en silencio, aún demasiado espabilados. Él boca arriba, la mirada en el techo, una mano tras la nuca a modo de almohada, y ella con su cabeza sobre el pecho de él, cómoda y reconfortada. Es la primera noche que Tigresa simplemente no tiene sueño. No por una pesadilla, ni por los dolores o por alguna molesta. Simplemente no le apetece dormir, porque quiere estar con Po, quiere disfrutar aún más las tiernas caricias que se extienden por su espalda y que, aún en contra de su voluntad, comienzan a adormecerla.
—Te voy a extrañar demasiado —Murmura.
—No será mucho tiempo —Vuelve a prometer Po— Volveré antes de que siquiera te des cuenta.
—Me daré cuenta mañana… a la noche.
Y la sonrisa pícara les curva los labios a ambos.
—Eres un caso —Ríe él— ¿Cuánto dices que falta para que nazca?
—Tres meses.
—Ammm…
—Más cuarentena.
—Oh.
—Más las noches en vela.
—Ah…
—El llanto por las noches, los pañales, las comidas… —Tigresa eleva la cabeza, mirando hacia Po— ¿Te crees que yo haré todo? ¡Oh, no señor!
Y Po ríe, echando atrás la cabeza sobre la almohada y estrechando el delgado cuerpo contra el suyo todo lo que el pequeño vientre se lo permite… Por un momento, el asunto de los rumores queda olvidado. Por un momento, porque no es como si aquello no vuelva a sus pensamientos, sino que elige ignorarlo. No, él no puede hacerle eso a Tigresa. No puede lastimarla de esa manera.
III
La mañana se siente fría o es tal vez que ella se siente demasiado adormilada. Realmente no está segura, pero cuando se levanta para despedir a Po, junto a las Mil Escaleras, lo hace con una manta cubriéndole los hombros y bastante abrigada. Se deja abrazar y entierra el rostro en el pecho del panda, aspirando el suave aroma de este, sintiéndose de antemano vacía y abandonada. No, no quiere que se vaya, no va a soportarlo por tanto tiempo (vaya a ver por dónde, que una semana es demasiado para ella) y en un capricho más propio de sus hormonas que de ella, unas cuantas lágrimas caen por sus mejillas y le nublan la vista.
Po sonríe, enternecido, y sus manos frotan con suavidad la espalda de ella, en un abrazo tierno y protector. No, él tampoco desea soltarla. Susurra dulces palabras de consuelo, promesas que se asegurará que cumplir y alguna que otra picardía que logra provocar el sonrojo en las ahuecadas mejillas de la felina.
Entonces, cuando Tigresa cree que se ha tranquilizado lo suficiente como para apartar el rostro de su pecho y mantener un semblante mínimamente digno delante de los demás, ve al panda hincarse frente a ella y posar delicadamente los labios sobre el bulto que forma su abdomen por debajo de la ropa.
Eso es demasiado.
Sonríe, se muerde el labio y sus ojos vuelven a llenarse de lágrimas. Se siente una adolescente, toda emoción y sonrisas tontas, y su mano tiembla cuando la desliza sobre la mejilla de Po.
—Te voy a extrañar —Dice— Y mucho.
—Yo igual —Ya de pie, se inclina y la besa. Suave, despacio— Prometo volver pronto.
—Lo sé.
—¡Vamos, vamos, no tenemos todo el día! —Les llama la atención Mantis, ya listo para partir— Anda Romeo, no creo que a Julieta se le ocurra parir mañana.
Tigresa mira al insecto, un bajo gruñido vibrando en su garganta, lo cual es aviso suficiente para que nadie vuelva a decir algo. La relación de Tigresa y los chicos siempre se basó en una mezcla de medio/respeto bastante homogénea, donde no se sabía dónde empezaba uno y terminaba el otro. Relación que pareció ir tirando más hacia el miedo desde que el embarazo se dio a conocer. Conclusión; si antes era peligroso, ahora podías morir. Y no eran exageraciones.
Un último beso. Un último adiós. Po vuelve a hincarse y besa el vientre de su amada, para finalmente partir… Y Tigresa siente el nudo en su garganta más real y asfixiante de lo que creyó sentir hasta hace unos minutos. Sabe que solo está sensible, que no es para tanto, pero de repente, hace demasiado frío y la manta no es lo suficientemente abrigada como para protegerse del mismo.
—Venga, entra. Te preparo un té —Ofreció Víbora— Hace frío aquí.
Tigresa no dijo nada y se dejó guiar. Shifu las siguió.
III
Era temprano y no había mucho que hacer, pero tampoco veía una opción el quedarse sentada todo el día. No se la iba a pasar de floja durante toda es semana. Por eso, sin decir nada, comenzó a caminar. La manda le cubría los hombros y brazos, a modo de chal, por encima de la camiseta de mangas largas, y ella la aferraba con ambas manos por encima del abdomen. El pantalón se sentía extraño, sujeto a la altura de sus caderas por las vendas ya no tan ajustadas. Toda ella se sentía extraña. Todo su cuerpo era un manojo de sensaciones desconocidas a las que se tenía que habituar día a día.
Tararea una melodía que no recuerda haber aprendido.
Sus manos, flacas y frágiles, estrujan la manta entre sus dedos.
Sus pasos arrancar leves rechinidos a la madera del suelo. El pasillo se encuentra desierto y por sobre todas las cosas, tranquilo. ¡Y no es para menos! Mono y Mantis no están. Hay una paz simplemente indescriptible cuando aquel par no se encuentra presente. El pensamiento le arranca una risilla. Últimamente, se encuentra muy risueña también.
Sale de las barracas y se dirige al Salón de los Héroes, sin motivo alguno, solo porque sí. Tal vez porque le apetece algo de charla y sabe que Shifu se encuentra en aquel lugar.
Sin embargo, cuando se encuentra en el lugar e intenta abrir las puertas, esto le resulta imposible. El entrecejo se le arruga y sus labios se tuercen hacia un lado, en una mueca no del todo convencida. Ella jamás tuvo problemas con abrir esas puertas. Toma de estas, empuja… Pero son demasiado pesadas y no ceden aun cuando está segura de usar toda su fuerza.
¡¿Qué carajos…?!
Entonces, cuando retrocede un paso, ambas puertas simplemente se abren… Así, de la nada, sin que siquiera las toque. Se queda parada en el lugar, recelosa, sin animarse siquiera a asomar la cabeza.
Desde el interior, emana un olor fuerte a incienso, que le hace picar la nariz y le revuelve el estómago.
—¿Shifu? —Llama— ¿Víbora?
Pero no hay respuesta.
III
Despierta tendida en el suelo del Salón de los Héroes.
No recuerda cómo es que llegó allí.
Se endereza.
Ve a su alrededor y se encuentra con las puertas abiertas de par en par, el gélido viento de la noche corriendo a su alrededor y las penumbras llenándolo todo.
No recuerda cómo llegó, ni en qué momento se durmió.
Apoya el peso del cuerpo sobre su codo e intenta reincorporarse, pero un fuerte dolor en su abdomen le obliga a doblarse sobre sí misma.
Un maullido, corto y lastimero, mana de entre sus labios y sus ojos se vuelven vidriosos en pocos segundos. El dolor es fuerte, punzante y agudo, como miles de agujas hincando en lo profundo de su vientre. Se reincorpora y gime, bajito, mordiéndose el labio para no hacer mayor ruido. El nombre de Po brota por acto reflejo de entre sus labios, pero rápidamente recuerda que él no está. Estoy sola, se dice, recorriendo una vez más el lugar con la mirada, ya más acostumbrada a la oscuridad de la noche.
La manta yace tirada a un lado. La toma de un manotazo y se la echa encima, acurrucándose casi con cierta urgencia debajo de esta, logrando enderezarse lo suficiente como para quedar sentada. Pronto se da cuenta de que está llorando. Se lleva las manos al vientre y lo acaricia, despacio, tomando largas y profundas respiraciones. Ya, ya, mi niño. Tranquilo. Sabe que el dolor mermará, sabe que pasará, pero mientras, este le arranca varias lágrimas y algún que otro quejido.
Finalmente, muy lentamente, se coloca de pie… Sus piernas tiemblan, débiles, y por unos segundos hasta se siente mareada.
Está anonada.
No lo tiene tan en cuenta, pero es una especie de resaca. Como beber lentamente y luego de un par de horas (y muchos vasos), levantarse del asiento e intentar caminar como si nada. Le recuerda mucho a cuando era pequeña y tomaba algún medicamento, aquella sensación adormilada, casi como si la hubieran sedado.
Se dice que es por el mareo. Sí, eso tiene que ser. Toma aire. Lo retiene. Lentamente lo exhala.
Shh… Se acaricia el vientre, en círculos, acunándolo entre sus manos, mientras que a pasos lentos y precavidos se dirige hacia la salida. Tranquilo, mi amor. No pasa nada.
La manta se desliza por sus hombros. Alguien la toma, unas manos grandes y gruesas, y la acomoda a su alrededor. Sus pies son torpes y pesados, sus piernas débiles. Son aquellas manos las que le toman de ambos brazos y la conducen fueran del Salón, hacia las barracas.
Pero Tigresa, en su estado, apenas si es consciente de ello. No nota el cuerpo que se mueve detrás del suyo, ni las manos que le quitan la ropa cuando llega al cuarto, mucho menos nota quien le arropa en la cama. Tigresa no es consciente de que no se encuentra sola en la cama, así como tampoco nota que no es Po quien se arrima a su espalda y posa la mano sobre su abultado vientre.
No, no es Po… jamás fue Po.
Continuará…
