Título: El chico de la parada

Resumen: John no toma muy seguido el autobús, y cuando finalmente lo hace descubre que es mucho más divertido e interesante que ir en taxi, se encuentra con el chico misterioso de la parada y su vida cambia.

Notas: Los personajes no son míos y espero que disfruten del relato.

El hombre del paraguas

.

Era tarde por la noche, una noche despejada como pocas que se pueden descubrir en Londres, en primavera, su estación más seca, a fines de marzo, aunque no se podía decir que estaba cálido, era una temperatura aceptable. John, quien se encontraba en la parada de autobús, no tenía en otra cosa que pensar más que en el clima, y el misterioso chico de la parada, claro estaba.

Tenía que hacer un viaje y para eso necesitaba ir al aeropuerto, y un taxi hasta allá solía ser bastante caro, cuando podía, en realidad, viajar con EasyBus, una manera más fácil de llegar directamente al aeropuerto. Sin olvidar quizás, el inconsciente pero profundo deseo de volverse a encontrar con aquel hombre. Se encontraba en la calle Gloucester Place, calle paralela a la Baker Street, y aunque sólo fuese una coincidencia porque a él le convenía esperar ahí mismo el ómnibus, John no podía negar su emoción y ansias, incluso sabiendo que lo más posible es que ni siquiera lo mire esta noche. Por ese mismo motivo, cuando de un departamento vio salir a un hombre con un abrigo largo, grueso y negro, con una característica bufanda azul opaco, unos ojos de un color profundo, incapaz de ser reconocido, unos pómulos de infarto, unos labios sin dudas apetitosos y una mirada que busca entrar en ti, se quedó de pie, helado, tenso, congelado, no había reacción. Hasta que sus miradas se encontraron, y finalmente el soldado pudo procesarlo, estaba justo frente a él.

— Esperas el autobús — eso, en vez de sonar como una pregunta sonó como una afirmación —, viajas a algún lado, aquí sólo se espera al autobús que te conduce hasta el aeropuerto. Viajas a darles las malas noticias a tus parientes, por la muerte de tu hermana.

John se hubiese sentido decaído, que le recordarán acerca de su hermana no era algo que le encantará, pero la sensación de impresión y admiración se hicieron un espacio en la mente de John y le ganaron a la nostalgia, a la tristeza y al recuerdo de su difunta hermana.

— Hace un mes que tendría que haber ido, pero no tuve el tiempo.

— Ni el coraje. — agregó seguro, el hombre.

John sonrió, debería sentirse ofendido por el comentario, pero era la verdad, no podía enojarse con alguien que sólo era sincero. Él había ido a la guerra, había sido un excelente soldado y no había tenido miedo al apretar el gatillo y acabar con la vida de un enemigo, pero tenía pavor al encontrarse nuevamente con sus padres y hablarle sobre lo que le había pasado a Harriet.

— Tu deducción, como siempre, perfecta, fue brillante.

Ese pequeño brillo en los ojos del hombre, John se sintió tremendamente orgulloso consigo mismo por conseguir aquello.

— Y... Entonces, déjame entenderte. ¿No sientes ni un poco de ganas de golpearme, insultarme, humillarme? ¿No te sientes vulnerable debido a que pude deducir tu vida, tus sentimientos?

— ¿Cómo? ¿Cómo iba a poder? Si todo lo que dijiste es cierto, — riéndose, contestó a sus preguntas, el doctor — tus habilidades son maravillosas, y el hecho de no apreciarlas y admirarlas sería estúpido por parte de todos, yo nunca había visto a alguien tan inteligente, y observador como tú, y ni siquiera recibiste una capacitación antes porque me dijiste que no eras parte de la policía.

— Bueno, no es del todo cierto que no recibí ayuda. — prácticamente gruñó — Fue mi hermano quien me asesoró por un gran tiempo — se podía ver que el hombre no estaba conforme con decirle aquello, admitía una realidad que odiaba. —. Pero, él es muy aburrido hoy.

— No creo que sea tan inteligente como tú.

— Tal vez más. — susurró sin ganas.

— ¿Alguien más inteligente que tú? — a John le costaba creer aquello.

— Cuidado, puedo volverme adicto a tus halagos.

— No me importaría que te vuelvas adicto a mí. — esperen, alto, John le estaba coqueteando.

¿Pero porque? John no era gay, nunca le había gustado antes un hombre. Sólo aquel excéntrico ser humano.

— La debilidad del genio... Necesita público — le dijo, sonriendo, haciendo que sus pómulos parezcan todavía más afilados, y a John le parecía tonta y ridículamente encantador. —; pero, lo más probable es que tú te vuelvas adicto a mi antes.

— Explícame, ¿Porque?

Alcanzó a decir, John, cuando llegó el autobús.

— Debo subir. — dijo John.

— Voy contigo.

Cuando escuchó esa respuesta le dio un vuelco en el corazón, John subió y se sentó, a su lado, el asiento vacío fue ocupado por el hombre más alto. El ómnibus arrancó, John miro con curiosidad al chico, no podía creer su buena suerte, aquel hombre tenía que ir al aeropuerto.

— Contestando tus dudas, — empezó — te volverás adicto a mí por mi forma de vida, eres adicto a la adrenalina, desde que fuiste a la guerra, no creas que no note la última vez que nos vimos cuando yo te contaba acerca de mis casos, me veías como si quisieras de verdad ser parte de mis casos, de mi vida, porque perseguir criminales te encantaría.

John se carcajeó, no porque le hacía gracia, si no, porque su acompañante tenía razón. Después de escuchar todo lo que salía de esa boca, todavía seguía sorprendiéndolo las deducciones que hacía, lo inteligente que era, lo mucho que sabía con verlo. No, no con verlo, con observarlo, que no era lo mismo, varias veces el chico de la parada le había explicado. El misterioso hombre le habló y le habló, todo el camino hasta el aeropuerto, a John le gustaba escuchar. Le habló acerca de un némesis muy importante, Moriarty, quien tenía un coeficiente intelectual muy elevado, tanto como el del detective consultor, John se hartó de escuchar la mente prodigiosa de aquel potencial criminal consultor. John nunca se hartaba de escucharlo, había un motivo, tenía celos, de la apetecible boca del hombre sólo salía un nombre: James Moriarty. Finalmente se calló, quizás notando la evidente irritación del médico, cuando John notó el silencio en el que se sumergió, giró para verlo, le dirigía esa mirada, aquella que quería desnudar su alma.

— ¿No tienes sueño? — habló John, sintiéndose incómodo por el repentino silencio.

— Estoy acostumbrado a no dormir.

— Y parece que tampoco a comer. — contestó con reprobación John, reprochándole.

— El cuerpo es sólo un transporte para la mente, comer, dormir, son cosas aburridas, sólo como y duermo lo necesario para que mi transporte funcione correctamente.

— Eres tan peculiar — con una sonrisa, comentó —. Ahora vas a dormir.

Obviamente el hombre se rehusó pero John insistió, incluso le ofreció el hombro. John tenía que admitir que los rizos en su cuello le daban cosquillas y tenía una sensación agradable en el pecho, a sus fosas nasales llegaba el olor a miel que tenía Sherlock en el pelo, sentir su aroma hacia que en su estómago sintiera aquellas "mariposas" que la gente, supuestamente sentía cuando se enamoraba, y su cara se sentía caliente, avergonzado por estar pensando aquellas cosas.

Pasaron aproximadamente cuarenta y cinco minutos hasta llegar a destino, a John le dio pena tener que despertarlo, cuando se veía tan tranquilo, y era tan pálido, parecía un ángel, movió suavemente su hombro, dando unos suaves empujones, logrando así que se despertara y mirara a John, tardó unos pocos segundos en recordar donde se encontraba, se alejó de John, mientras que este se encontraba a el mismo sintiéndose triste por la lejanía de ese cuerpo del suyo. Ambos bajaron, el mismo destino, caminaron juntos y en silencio, un silencio sin embargo no incómodo.

De repente, Sherlock se escondió detrás de él, lo que se veía divertido porque era casi dos cabezas más alto que el casi y el trataba que su existencia no se notara, John se giró sobre su hombro sólo para ver con curiosidad lo que le pasaba.

— ¿Sherlock, que tienes?

— Ahí está.

— ¿Ahí está quién?

— Mi peor enemigo.

Lo primero que piensa John es en Moriarty, pero no pensaba que se tratara de él, no cuando a quien miraba Sherlock tenía... Ese perfil. Traje de tres piezas muy costoso, un cabello cobrizo, peinado de una forma elegante hacia atrás, una piel pálida, y unas pecas que se disimulaban bien, casi invisibles, pero estaban esparcidas por su rostro de manera dispareja y desorganizada, siendo el tipo del hombre organizado que parece, es obvio que no le agraden sus pecas, haciendo juego con ellas habían un par de ojos de un color bastante bonito, según John, aunque nada comparados con los ojos del chico de la parada, estos ojos no eran infinitos, como se atrevería a describir los ojos del detective consultor, los ojos de este hombre eran serenos, pero podía notarse el poder que tenía en la mirada, sin dudas un caballero inglés con un buen trabajo, en el cual seguramente le pagaban bien, sin olvidarse de un detalle, un característico paraguas que sujetaba con fuerza en su mano, a pesar de que el clima estaba lindo por extraño que parezca allí en Londres, un paraguas eficiente y fino, muy elegante, combinaba con todo lo que ese hombre representaba a simple vista.

— ¿Y ese es tu peor enemigo?

— Por supuesto.

— ¿Y tiene algún súper poder?

— ¿Súper poder?

— Si, bueno, se supone que tus enemigos tienen algún súper poder que puedan utilizar en tu contra.

— Oh, por supuesto que lo tiene.

— ¿Y cuál es?

— Puede aburrirte hasta la muerte, llevándote a sus horrorosas y pomposas fiestas de gente importante e hipócrita, o hablándote de la buena amistad que tiene con la reina.

Las risas no se hicieron de esperar, captando la atención inmediata e indeseada de aquel elegante hombre. La verdad es que John se había sorprendido por aquella respuesta, se hacía una idea de que el hombre misterioso no estaba muy acostumbrado a las bromas, pero supo hacer una, sin embargo. Con un sonido profundo arrancado de la garganta, el hombre del paraguas, llamó su atención.

— Buenas noche caballero, un gusto — dijo, extendiendo la mano para estrecharla, John respondió educadamente como se le enseño y agarró su mano —. Mycroft Holmes, a sus órdenes.

— Un gusto. — dijo John con una sonrisa. — John Watson.

— No es un gusto conocerlo, John, no mientas.

— Mi querido hermano, sería mejor que no te portarás tan infantil — aquel hombre parecía acostumbrado a esa actitud.

Por su parte, John, se sorprendió al escuchar que era el hermano del chico misterioso. Mientras que el chico sólo giraba los ojos, aburrido por el comportamiento del chico de la sombrilla, o Mycroft, que nombre tan peculiar.

— ¿Porque no nos vamos?

— Sálvame John, no quiero soportar el aburrimiento sólo.

— El doctor Watson seguro tiene cosas más importantes que hacer, Sherlock, no queremos distraerlo.

Sherlock, un nombre todavía más excéntrico. John nunca le había contado a Mycroft que era un doctor, seguramente tenía la misma habilidad interesante que Sherlock.

— John... — empezó a quejarse.

— Esta bien, está bien. — dijo, mirándolo — ¿Sabes si tu enemigo tiene alguna debilidad ?

— Por supuesto que la tiene, ¿No ves lo gordo que esta? Son las galletas con chispas de chocolate.

Otra vez una carcajada sincera salió del pecho de ambos hombres, que se dieron la mano, sabiendo que tenían que despedirse, no era necesario voltearse a ver a Mycroft para saber que no estaba muy divertido ni feliz por lo que su hermano había mencionado, pero lo aguantaba, con mala cara pero lo aguantaba.

John se despidió de ambos, y vio cómo su chico de la parada y aquel hombre de cabello cobrizo con un paraguas se alejaban, antes de irse por su propio camino. Ahora no tan solo existía el chico de la parada, si no, también, su hermano, el hombre del paraguas. Su terapeuta seguramente le daría como ejercicio dejar de ponerle esos apodos extraños a cada persona que conoce.