Título: El chico de la parada
Resumen: John no toma muy seguido el autobús, y cuando finalmente lo hace descubre que es mucho más divertido e interesante que ir en taxi, se encuentra con el chico misterioso de la parada y su vida cambia.
Notas: Los personajes no son míos y espero que disfruten del relato.
la chica de los ojos avellana, y al hombre de uniforme.
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Sentado en el sillón de su apartamento, John tenía en sus manos el periódico.
"El suicidio del famoso detective consultor Sherlock Holmes."
Ese era uno de los titulares del diario, tenía a su perro Glandstone en sus piernas, y tuvo que reincorporarse haciendo que el perro baje de sus piernas dando un salto, no era posible. En la foto del periódico, abajo de los titulares podía verse una foto del detective, una foto inexpresiva, que nada podía decirte, una foto que ni siquiera captaba la esencia del mismo Sherlock Holmes, porque en esa foto sus pómulos no parecían afilados de la misma manera, su boca no era apetecible, los rizos oscuros que colgaban de su cabeza no tenían brillo, sus ojos no podía verlos igual, y su mirada no la sentía en el alma, una foto en blanco y negro, donde no podía ver su bufanda azul, ni sus rojos labios, ni su indescifrable color de ojos, una foto que sentía tan alejada, tan irreal, como si no fuese Sherlock al que le habían sacado la foto, si no a alguien más, porque ese no podía ser aquel excéntrico chico misterioso de la parada, que una tarde conoció, después de visitar la tumba de su hermana, y dedujo todo de su vida, lo que estaba viviendo y había vivido, sin siquiera conocerlo.
"Confesó, antes de morir, que todo fue una farsa, que él era un farsante, y le pagaba a actores, para que finjan ser los culpables del crimen, investigaba a todos antes de hacer sus supuestas deducciones. Esto dejó indignado al departamento de policía de Scotland Yard, todos los policías que han trabajado con el afirman no saber nada y haber sido completamente engañados por el nombrado 'detective consultor', sin dudas, Sherlock Holmes les vio la cara de tontos a la policía"
Eso no podía ser verdad, John no lo creía, no podía ser, él estaba más que seguro que Sherlock no lo había investigado antes de hablar con él, si ni siquiera se habían presentado, era una idea ridícula, ni por un minuto John podía creerse esa basura de que Sherlock había realizado una investigación sobre el antes de hablarle.
"Sin embargo, a pesar de que fue un fraude lo que ha cometido este hombre, tendrá un entierro digno, su funeral será el 7 de mayo, a las 5:00 p.m."
Siete de mayo, en cuatro días. Agarró un papel y lo anotó, quería estar presente en el funeral, después tiro a la basura aquel pedazo de papel que no decía nada más que mentiras.
Acarició a Glandstone una última vez antes de ir a dormir, quedó en ropa interior y se acostó en la cama, aquella noche le fue muy difícil poder conciliar el sueño, giraba para todos lados, lo que podía en esa pequeña cama con poco espacio, quedó boca arriba mirando al techo de su cuarto, sintiéndose triste, curiosamente vacío y sin ganas de tomar el autobús mañana.
No tenía idea de porqué, pero al día siguiente, para ir hasta su trabajo tomó el ómnibus, sintiendo una profunda nostalgia y melancolía desde el momento en que llegó a la parada, en la parada, había un hombre que llamó su atención y sin saber porque, no podía ver su cara, tenía un sombrero, y podía ver que algo de pelo del hombre, lleno de canas, alto, más que el, lo que es sorprendente porque nos hombres viejos suelen perder su altura, tenía una postura pésima, se acercó a él, aún con la mirada agachada, y le mostró el cigarrillo.
— Disculpe, ¿Tiene usted fuego?
El hombre tenía una voz demasiado ronca, para John la estaba forzando, pero si esa voz hubiese sonado menos gruesa, se parecería a la de Sherlock. Demonios, su cerebro estaba jugando con él, la negación.
— Oh, perdone, no fumo.
El hombre finalmente asintió y se fue.
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Al otro día, había decidido tomar el autobús, aún sabiendo que no se encontraría con el misterioso chico de la parada nunca más. Finalmente sabía su nombre, ¿De qué le servía? Sherlock Holmes era sólo un nombre, tan peculiar como su portador, un nombre de un hombre del que todavía se habla, pero no como debería ser. Deberían recordar a Sherlock como el fantástico detective consultor que es, no como el farsante que se dice ahora que fue, John era más inteligente, él no iba a creer esas mentiras.
Ese día, en la parada, había un hombre, que captó su atención, sin saber porque, de la misma manera que el anterior anciano de voz ronca, pero le faltó poco para describir porque.
Aquel hombre, tenía el pelo lacio y acomodado con elegancia hacia atrás, negro como el carbón, unos anteojos y un bigote espeso, pero sus ojos, estando detrás del cristal de las gafas le parecían tan conocidos, ojos que sólo había visto una vez en su vida, en Sherlock, inigualables, magníficos, y tenía una mirada profunda también. No había duda, John sabía que ese tenía que ser Sherlock.
No. No es cierto. Era su imaginación jugándole una broma, su cerebro jugaba de una manera cruel con él y todos sus sentidos, ponía a prueba su cordura, y John sentía que no podía más, por eso ese fue el último día que tomó el autobús y decidió ir caminando, aunque su pierna doliera horrores y tenga que usar ese estorboso bastón, o ir en taxi a pesar que le cueste más a su pobre billetera, era la única manera de deshacerse del chico de la parada.
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Su terapeuta aprobó su decisión de dejar de tomar el ómnibus y caminar para despejar su mente, o simplemente tomar un taxi si es que su pierna le daba problemas, ese día fue un tanto alborotado para John.
Primero que nada, tuvo que caminar hasta la clínica, con ese asqueroso y odiado bastón, mientras que su pierna dolía, después, resulta que sus pacientes eran muchos y no eran casos fáciles, no como los que acostumbraba, que eran simples resfríos. Cuando volvió, caminando también, habían unos reporteros en la calle, y parecen que hablaban de (vaya coincidencia) Sherlock Holmes.
John ni siquiera lo pensó antes de abalanzarse sobre el reportero y aparecer en la televisión, defendiendo a Sherlock como podía, al principio fue una intromisión brusca, y solo grito que se equivocaban todos, después, el reportero le preguntó qué es lo que opinaba, John se calmó, y sus palabras exactas fueron: "Yo lo concí, muy poco a mi parecer, pero sé que el hombre no me ha investigado, porque antes de saber mi nombre ya había deducido mi vida, supo cosas acerca de mí que ni siquiera yo sabía. Él me contó acerca de sus casos y lo mucho que ha ayudado a la policía, y no puedo creer que se lo devuelvan así" hubo una pausa, en el que seguramente una reportera iba a decir que el mismo Sherlock lo confesó, pero John sin permitirle la palabra continuó "seguro tendrá buenos motivos para mentirles, porque sé que ese hombre es un genio, quieran reconocerlo o no"
Eso fue lo único que John Watson le dijo a la prensa, que estuvo siguiéndolo hasta que llegó a su casa y les cerró la puerta en la cara a todos y cada uno de los hombres y mujeres que buscaban un comentario del único caballero en toda Gran Bretaña que había salido en defensa del gran Sherlock Holmes.
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Al día siguiente, no salió de su casa, en todo el día, hasta que se hicieron las 4:30 y empezó a prepararse para salir de su casa y llegar a las cinco en punto al funeral de Sherlock.
Cuando llegó, se sintió feliz, no había prensa, ningún reportero acechándolo y menos mal, porque si veía a una sola persona sacarle una foto, o grabarlo, en medio del funeral, iba a cometer un homicidio, por la falta de respeto que eso representa al cuerpo y alma del difunto detective consultor. Se enterró su cuerpo, después de hacer algunas oraciones por él. John se sintió triste, cuando sólo vio dos personas en el funeral, una mujer con labios finos, delicados, pelirroja y con unos ojos grandes, y bonitos, de color avellana, o miel, tal vez, que se mantenía callada, miraba con respeto y dolor la ceremonia, y algunas lágrimas habían caído de sus ojos. También un hombre de cabello canoso, con uniforme de policía, tenía su entrecejo fruncido, una señal de preocupación, o tal vez culpa, con unos ojos chocolates, más bien cafés, que demostraban que había sentido afecto alguna vez por el chico de la parada.
— ¿Usted era su amigo?
John se dirigió al hombre del uniforme, quien sólo agachó la cabeza apenado, pero a John le bastó.
— ¿Entonces porque no lo defendió? — acusó, con rabia, pero controlando su tono de voz.
— Sherlock no tenía amigos.
— Yo era uno. — respondió, seguro de sí.
El hombre de cabellos canosos frente a él, giro su cabeza, sin poder mirarlo a los ojos, John se giró hacía la chica de los ojos avellana, haciéndole en silencio la misma pregunta. La señorita no dijo nada, sólo hacía un esfuerzo grande por no largar más lágrimas, John escuchó sollozos, y decidió no torturarla más, después de unos segundos de seguir observándola con la mirada más acusadora y fiera que tenía, se volteo hacia la tumba, visiblemente afectado, y se prometió a el mismo y a Sherlock, que le traería flores todos los fines de semana. John sintiendo un dolor agudo en el pecho, como ya lo había sentido antes, con la muerte de su hermana, salió del cementerio, no sin antes dirigirles una mirada a la chica de los ojos avellana, y al hombre de uniforme.
Tan pronto como empezó a caminar hasta la salida, recibió una llamada, de un número desconocido.
— ¿Hola, quien habla? — susurro, pues no debía hablar muy alto por cuestión de respeto hacia los que ya no están.
— ¿Hola, doctor Watson?
Se sentía la voz de una mujer, una mujer mayor, su voz temblaba levemente, John temía porque rompiera en llanto en cualquier momento.
— Sí. El mismo. ¿En qué puedo ayudarle?
— Lo vi en la televisión, quería preguntarle si le gustaría venir a tomar el té, si gusta, soy... La cacera del señor Sherlock Holmes. Vi como usted lo defendió en la televisión y definitivamente creó que debería conocerlo. ¿Podría ser? Es en el Baker Street 221 b, va a ser en el departamento del señor Holmes, si no le molesta.
¿Cómo podía decirle que no? Si la pobre señora parecía estar destrozada completamente por la muerte del hombre. Seguro la mujer creía que era un buen amigo de Sherlock, está bien, sólo tenía que ir hasta haya y aclararle que no, que sólo era "el chico de la parada" y explicarle que no eran íntimos.
— Claro señora, me encantaría.
— ¿Mañana a esta hora le parece bien?
— Por supuesto, señora, eh... — John se dio cuenta de que la señora no se habían presentado.
— Señora Hudson, Martha Hudson.
— Entonces nos vemos mañana, señora Hudson.
— Hasta mañana querido. — John pudo escuchar algo parecido a "que lindo es ser joven" antes de que se cortara la llamada.
Bueno, al menos tenía algo interesante que hacer mañana.
Antes de irse de nuevo a su casa a no hacer nada y hundirse en sus más profundos y confusos sentimientos, se dio la vuelta, para ver que las dos personas que había visto ya no estaban ahí, y para ver, la tumba, obviamente, la tumba del misterioso chico de la parada.
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Que en paz descanse, Sherlock Holmes.
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