Título: El chico de la parada
Resumen: John no toma muy seguido el autobús, y cuando finalmente lo hace descubre que es mucho más divertido e interesante que ir en taxi, se encuentra con el chico misterioso de la parada y su vida cambia.
Notas: Los personajes no son míos y espero que disfruten del relato.
La dulce señora de las galletas
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John fue caminando a casa de la mujer, haciendo un gran esfuerzo con su pierna, fue recibido con un abrazo afectuoso de la agradable mujer, una señora mayor que le sirvió té y unas deliciosas galletas.
Tenía muchas dudas, cuando fue y se sentó en el sillón de la sala sintió comodidad, una que no sentía ni en su propio hogar, y sintió ese olor, tan característico del hombre que una vez vio en una parada de autobús y que nunca más volverá a ver.
— Señora Hudson, me gustaría saber cómo consiguió mi número.
— La señora Turner, es mi vecina y su paciente, estábamos viendo la televisión juntas y me dijo «¡Mira! Ese es mi doctor» y entonces me di cuenta de que estaba defendiendo a mi Sherlock — claro que se acordaba de la señora Turner y su problema de la espalda, una muy devastada señora le dedicó una sonrisa de lo más sincera, mostrando su agradecimiento y su cansancio y tristeza, una señora dulce y maternal, casi sintió envidia por Sherlock —. Sólo lo llame para agradecerle y ofrecerle el departamento.
John se sorprendió muchísimo por lo que esta señora le ofrecía.
— Sherlock ha sido mi niño mucho tiempo, él estuvo en este departamento, me consideró una de las pocas personas que realmente lo amo y soportó tal como es — unas lágrimas se asomaron y John no creía poder ver a esa mujer llorar —; él fue mi residente por más tiempo del que esperaba, siempre pensé que moriría, pero de una sobredosis.
— ¿Sherlock era drogadicto?
John sintió que un pedacito de su corazón se destruía, junto con una parte de lo que era su admiración por ese fascinante hombre.
— Bueno, no exactamente, trato muchas veces de dejarlo, y ahora consumía en menor medida... Pero decía que era para mantener su cerebro activo. — la señora lo miro a los ojos — No pensé que tendría el valor o la fuerza para darle a nadie más este departamento, no quería mover ninguna de sus cosas... Pero si alguien debe tener este departamento, señor Watson, no me cabe duda alguna de que es el único hombre que tuvo las agallas y el cerebro para no creerle al periódico de Londres — Martha se paró de su asiento y agarró su mano, con fuerza —. Los únicos dos que siempre creímos y nunca dejamos de creer en Sherlock Holmes, John, somos nosotros.
John asintió, completamente afectado por aquellas palabras, aunque de verdad no sabía porque, Sherlock Holmes ni siquiera era un hombre al que hubiese conocido bien, es más, Sherlock conocía más de él que él de Sherlock. Pero de todas maneras, siempre sintió una conexión especial con el chico de la parada.
— Pero si aceptas vivir aquí, será en la habitación de al lado, no en la de Sherlock, no moveré las cosas de él de su habitación, puedo prometerle, Watson, que sacare los restos de partes de cuerpos humanos que hay en el refrigerador o cualquier cosa que pueda ser un experimento que Sherlock dejo, pero la calavera no se va, fue un amigo de Sherlock.
Después de unos minutos de meditarlo, John asintió, todavía no muy convencido, y pidió mirar todo el departamento, acompañado de la señora Hudson vio la cocina, la sala de estar, al lado del comedor, y la famosa calavera colocada en la encimera, con cuidado, luego quería entrar a ver el cuarto de Sherlock «Sólo ver señora Hudson, no tocare nada, lo prometo» dijo, y Martha aceptó, pero ella no iba a entrar ahí, le traía recuerdos y la hacía llorar. Cuando John entró a aquel cuarto, tenía polvo, estaba oscuro, una luz débil se asomaba por la ventana, John no quiso prender la luz, no quiso porque cambiaría drásticamente el ambiente del cuarto y eso es lo único que no quería. Todo estaba desorganizado, papeles, por todos lados, muchos acerca de casos, la señora Hudson había comentado acerca de un tal "palacio mental" en el que Sherlock guardaba la información, por eso le sorprendía encontrar papeles de lo que sea en esa pieza, pero de todas maneras, era claro que Sherlock buscaría casos con los que entretener su mente, también encontró parches de nicotina, usados algunos y otros no, encontró allí muchos tubos y frascos con contenido dudoso ahí adentro, seguro aquellos experimentos, se sentó, suavemente en la cama, sin tender, hasta que se volvió a parar, cuando sus ojos captaron entre la poca luz un objeto que no tenía polvo, estaba muy limpio, casi reluciente, un violín, de Sherlock, de una buena marca y aunque el no era el de las deducciones supo inmediatamente que el hombre le tenía mucho cariño, y que usaba constantemente su instrumento musical, claro, cuando estaba vivo. A John le tomó por sorpresa su amor por la música clásica. John habría dado todo lo que tenía solamente por escuchar a Sherlock tocar el violín para él.
Unas semanas más tarde de lo que la dulce señora de las galletas le ofreció el departamento, John empacó sus cosas y se mudó, junto a Glandstone, al 221b del Baker Street.
