Título: El chico de la parada
Resumen: John no toma muy seguido el autobús, y cuando finalmente lo hace descubre que es mucho más divertido e interesante que ir en taxi, se encuentra con el chico misterioso de la parada y su vida cambia.
Notas: Los personajes no son míos y espero que disfruten del relato
Regreso parte I: El rey en las sombras
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Tres años después, John fue el primero en actuar cuando, dormido en su departamento escuchó un ruido, eran pasos, suaves, leves, discretos, quizás ladrones, fue su primera deducción, él era ante todo un soldado y seguramente podía sacarlos a patadas, pero de todas maneras sacó del cajón de su mesa de luz su pistola, por si los ladrones iban armados.
Se preocupó un poco por su perro, Glandstone ladraba cuando desconocidos se metían en la casa, ¿Y si lo habían envenenado? Su único compañero...
Con toda la discreción que pudo, salió de su pieza con el arma en la mano, y volvió a escuchar, era abajo, en la sala, donde pisadas se escuchan, tan leves, John casi podía jurar que eran las pisadas de un fantasma.
Bajo, y prendió la luz, no podía ver nada, siempre con la pistola frente a él, apuntando, su mano nunca tembló, para ir al ejército necesitabas pulso firme, cuando se encontró al mismísimo Sherlock Holmes, mirándolo con curiosidad, entonces sintió que su mano temblaban y sus piernas, y soltó el arma, pero se acercó, y con fuerza descargó la ira que sentía con un simple golpe, una piña en la cara y un ojo morado es todo lo que Sherlock Holmes recibió, era mejor que una bala en su cabeza, seguro.
— Tú estabas... ¡Estabas muerto!
— En realidad nunca estuve muerto, John, yo...
— ¡No! Cállate, sólo, cállate. — John tuvo que tomar asiento para serenarse un poco.
— Seguro tenías alguna sospecha de que yo vivía, John.
Por primera vez el rubio sintió odio. Odio hacia una persona, el detective consultor, que admiro muchas veces por sus capacidades deductivas, que logro que dudara de su sexualidad, que jugó con la misma muerte, y venció. Lo odió, John sabía que tenía que salir de esa casa. Pero entonces se acordó de su compañero.
— ¿Qué pasó con Glandstone?
— ¿Glandstone?
— El perro, el maldito perro Sherlock.
— Ah, note que iba a ladrar y antes de que lo hiciera le inyecte algunos sedantes.
— ¿¡Drogaste a mi perro!? — buscó con su mirada a su can, que se encontraba echado en el piso, y respiraba, gracias a dios, su pulso era lento y pausado pero, carajo, respiraba, por suerte.
— Sólo un poco.
— ¿¡Sólo un poco!? Creó que te excediste con la puta dosis, Sherlock.
El enojo pasó a ser rabia contenida y el odio en su cuerpo creció mucho más.
— Claro que no, no fue lo suficiente para provocarle algo, al menos grave...
— Vete al infierno. O, espera, cierto, acabaste de volver de ahí.
John salió, más que ofendido de aquel lugar, olvidando su abrigo, pero que más daba, prefería morir de frío congelado a volver a esa maldita casa.
Dejando ahí a Sherlock, quien no se sorprendió de ver a John en esa casa, Mycroft le había puesto al tanto, pero claro, él podría haberlo deducido sólo.
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— Puedes decirme el rey en las sombras, Johnny-boy.
Como odiaba que le digan por ese apodo, como lo detestaba. Le recordaba a su hermana, a la que no pudo rescatar de su alcoholismo.
— ¿Quién eres?
Esa afiliada voz volvió a escucharse, resonando en sus oídos, la voz de aquel hombre. John trató de mover sus manos, atadas, por supuesto, había perdido la conciencia y no sabía ni que hora ni que día era, por la venda en sus ojos ni siquiera podía guiarse por la luz que entraba por la ventana, si había alguna maldita ventana en ese lugar.
— ¿Quién eres?
— Ya te dije, el rey en las sombras... O solamente el rey, si quieres abreviarlo, Sebby quitale la venda.
Sintió que la venda desaparecía y ya pudo ver, tardó unos minutos en acostumbrarse a la luz, que no era tanta, pero podía ver claramente las facciones de aquel hombre, era más o menos de su tamaño, usaba un traje costoso y era castaño, con una pequeña barba, a medio crecer, unos ojos, en los que no se podía ver ni alma, oscuros, pero una luz resplandecía en ellos cuando gritaba emocionado alguna ocurrencia, y una sonrisa maliciosa deslizándose por su rostro. Un rostro que ya había visto, en los periódicos. Estaba atónito.
— James Moriarty.
— El mismo, Johnny-boy.
— No puede ser, tú estabas-
— ¿Muerto? — interrumpió, riéndose a carcajadas, y ese brillo descarado reapareció en sus ojos que cobraron vida por unos segundos, nada más — Sherlock Holmes también estaba muerto, y sin embargo, ahí lo tienes. Engaño a la muerte, ¿A caso crees que yo no soy tan inteligente como él, como para vencer a la misma muerte?
— No te conozco Moriarty, y las cosas que escuche de ti, dios, no quieres saber, pero algo si se, y es que eres un maldito inestable mental e impredecible y podrias matarme si quieres.
— Ya veo que te ve Sherlock — el brillo volvió, y gimió emocionado, casi soltando un grito, y se rió con ganas —. El nuevo Sherlock Holmes, ¿Eh?
— No me hables de ese imbécil. Podrá ser un genio pero también un idiota.
John se dio cuenta que no era el momento exacto para empezar a quejarse del detective. Se quedó callado, solamente mirándolo, con cuidado, tratando de no hacer el más mínimo ruido.
— Te dejaré ir, Johnny-boy, sólo esta vez, no me voy a divertir tanto contigo — sonríe —. Pero ¡Shh! Johnny, no le digas nada al virgen.
— ¿El virgen?
— Sherlock, ¿Quien más? — riéndose.
John estuvo apuntó de reírse, si Sherlock era virgen con treinta y pico de años, era aún más patético que John llevándole rosas azules a la falsa tumba del detective.
— Esperó que seas mucho más que un peón en mi juego. No te olvides de quien es el rey, Johnny-boy. — le guiño el ojo.
Luego, perdió la conciencia, mucho tenía que ver un pañuelo con cloroformo que le pusieron en la boca.
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Despertó en su habitación, pensó que todo había sido un sueño, corrió escaleras abajo a contarle a Víctor.
El problema fue cuando, en el sillón, estaba Sherlock, con solamente una toalla, en una pose de «no hablen, que estoy pensando» con sus dos manos, juntas, apoyada en su barbilla como si estuviese rezando.
— Buenos días.
No recibió alguna respuesta, y fue a hacer té, todo es mejor luego de té, hablarían tranquilamente como personas decentes. Le puso la taza de té en la mesa frente al sillón en el que estaba, casi inocentemente Sherlock alzó la taza y probó el té.
— ¿Siquiera tienes pantalones? — preguntó John.
— No.
Ambos empezaron a carcajearse y miro de nuevo a Víctor la calavera, y aunque no sabía mucho de cómo empezar a hablar de esto con Sherlock, recientemente aparecido después de su supuesta muerte, pero este era un gran comienzo.
