Update 29-12-15: Por incoherencias cronológicas.
Capítulo 3: ¿Qué heridas? No veo ninguna...
Corrió hacia el patio interior de ese complejo de apartamentos donde vivía, ese día su madre había salido muy temprano y regresaría a la noche, aunque eso significara que no comería hasta entonces, también significaba que era libre de jugar con sus amigos hasta que sus padres los obligaran a meterse a sus casas.
–¡Hey!– saludó al par de chicos que corrían por el patio, uniéndose a ellos.
–¡Llegó Shuuya, podemos jugar a las escondidas!– exclamó uno de los niños sonriendo –¡Paso de contar!
–¡También yo!– levantó la mano el otro chico no dejándole alternativa más que ser quien los buscara.
Siempre le tocaba buscar...
–¡No me importa, ya verán que los encontraré!– les advirtió yendo hasta una pared para apoyar su brazo en ella, cerrar sus ojos y comenzar –¡Uno!
Hasta el mediodía todo fue juegos y diversión, se sentía muy orgulloso, era muy bueno buscando, y también escondiéndose, todo eso compensaba su falta de velocidad.
Entonces esa señora, la madre de uno de sus amigos salió a buscarlo –¡A almorzar!– le gritó desde unos metros.
–¡Ya voy mamá!– gritó frustrado, siempre debían llamarlo a comer cuando el juego se ponía más interesante.
–¡Vamos que se enfría!– se acercó la mujer sabiendo que como siempre tendría que arrastrar a su hijo dentro. Pero al tomar el brazo de su pequeño se quedó viendo al rubio con una expresión indescriptible.
Una pequeña gota de sudor bajó por la frente de Shuuya, ya conocía esa mirada. En el peor momento la otra madre apareció gritando el nombre de su hijo, y este corrió obedientemente hasta ella.
Pero la primer mujer la llamó –Ven a ver esto– le hizo una seña, en cuestión de segundos ambas lo observaban analíticamente intercambiando miradas –. ¿Volvió a golpearte?– le preguntó al niño inclinándose y acercando su mano para mover uno de los mechones rubios que cubría parcialmente su ojo.
Pero él retrocedió impidiéndoselo –No sé de qué habla señora– rió nerviosamente –Esto...- señaló su ojo morado –Me lo hice...– se maldijo por no haber pensado una excusa antes de salir de la casa. ¡Oh, eso era! –¡Me lo hice con la puerta al salir a jugar! Jejeje, soy muy torpe.
–¡Encima lo obliga a mentir!– exclamó la segunda señora viéndose tan ofuscada como la primera –¡Esa mujer no tiene vergüenza!
–¡Mierda!– pensó sabiendo que había arruinado todo, y sin saber qué hacer huyó, encerrándose en la casa por el resto del día.
¿Por qué no podía ocultar esas marcas? ¿Por qué sus mentiras nunca eran convincentes? ¿Por qué por su culpa su mamita debía sufrir las acusaciones de esas viejas brujas?
Se sentó en el piso en un rincón viendo la pared, aplicándose él mismo, parte del castigo que merecía por mal hijo. Desde que nació sólo le dio problemas a su mamá, preocupaciones y malos ratos uno tras otro...
Odiaba parecerse tanto a su padre... Su apariencia, su forma de hablar, su maldad innata... Nunca lo conoció, sin embargo su madre se ocupaba de recordárselo cada día...
"Malo malo malo malo... Eres un mal hijo, serás un mal padre, un mal esposo... Abandonarás a tu mujer como él me abandonó a mi, la golpearás como él me golpeaba... ¡Eres escoria como él! ¿Por qué tuvo que tocarme criar algo así? ¿Por qué no fuiste un hijo normal? ¿Como los otros hijos?" esas fueron textualmente las palabras que le dijo la noche anterior mientras le daba los golpes que dejaron esas feas marcas en su cuerpo y rostro. Él no olvidaría esas palabras, al igual que no olvidaba las demás...
El atesoraba cada una de las palabras que su madre le dedicaba.
Cerró sus ojos apretando con fuerza los párpados intentando en vano que las lágrimas no salieran, quería ser un buen hijo, realmente lo intentaba... Porque él la amaba... Amaba a su mamá más que a cualquier otra persona en el mundo.
Y odiaba a su padre, ese hombre que tanto daño le había hecho, deseaba con intensidad que estuviera muerto... Y él que también la dañaba... debería morir también, ¿verdad?
No...
Él se lo preguntó una vez, y ella lo miró como si un halo de cordura la hubiera alcanzado. Lo abrazó con fuerza haciéndole daño, pero ese daño era lindo, era cálido... "No mi niño... Eres lo único que tengo, no puedo perderte a ti también... ¡Por favor no vuelvas a decir o pensar en eso Shuuya!"
Pero hace un momento lo había pensado... De nuevo la desobedeció... ¿Por qué no podía dejar de ser tan mal hijo?
–No volveré a salir mami– sollozó su juramento aunque ella no estuviera ahí –. Ojalá fuera capaz de engañarlos a todos... Ojalá pudiera lograr que todos me vieran como yo quiero...– suspiró yendo al colchón en el piso que él llamaba cama.
Tuvo cientos de pesadillas, una tras otra, en las cuales su madre se marchaba, o nunca regresaba, en las cuales se quedaba solo... En las cuales no volvía a verla.
Despertó varias horas después cuando ya era de noche, sollozando, justo en el momento en que la puerta principal era abierta.
–¡Mami!– exclamó feliz secándose las lágrimas y corriendo a recibirla –¡Hola mamá!– la saludó abrazándose a sus piernas.
–¡Estoy cansada! ¡No estorbes!– le ordenó viéndolo con molestia siendo obedecida de inmediato por el niño que se alejó unos pasos de ella pero sin perder la sonrisa.
La mujer se sentó en una de las sillas dejando una bolsa sobre la mesa mientras se quitaba los tacones –Odio ese maldito trabajo– murmuró inclinándose hacia atrás intentando encontrar una posición cómoda –. Shuuya, toma una hamburguesa de la bolsa, esa es tu cena...– murmuró cansadamente.
–¡Gracias!– exclamó subiendo a una de las sillas para alcanzar la bolsa y rebuscando en ella su preciada comida, su estómago ya dolía por el hambre.
La mujer se estiró en busca de la hamburguesa que había comprado para ella cuando alguien golpeó la puerta. Ambos miraron en esa dirección, ella entrecerrando los ojos y él dejando su comida aún intacta sobre la mesa con temor, recordando lo sucedido al mediodía.
–¿Quién será a esta hora?– se preguntó levantándose cansadamente a atender –Ustedes...– murmuró con odio al ver al par de viejas brujas, como ella las llamaba, con sus maridos acompañándolas.
Shuuya bajó su mirada cerrando sus pequeños puños sobre la mesa... Esas malas personas volverían a atacar a su mamá por su culpa.
–¡Debe dejar de golpear a su hijo!– habló una de las mujeres sin rodeos –Todo el barrio lo sabe ya, haremos la denuncia.
–¡Yo no golpeo a mi hijo! ¡Y nadie les da derecho de meterse en mi vida!– mintió su madre como siempre lo hacía.
Entonces los gritos e insultos comenzaron a ir y venir. Mientras esas mujeres y hombres intentaban darle lecciones de maternidad, y demostrarle que el ojo negro del pequeño era una prueba más que suficiente para quitárselo y que ella fuera apresada un buen tiempo, su madre les gritaba que dejaran de entrometerse en sus asuntos, que si continuaban molestando llamaría a la policía.
Cerró sus ojos mientras apretaba los dientes, odiaba esas situaciones, no podía hacer más que escuchar ya que su mamá le tenía terminantemente prohibido que se metiera en asuntos de adultos.
Era un inútil... No podía ayudar... Sólo le hacía daño a la mujer que tanto amaba...
Abrió los ojos cuando sintió el fuerte portazo, miró a su madre con los ojos llorosos, sabía lo que venía a continuación... Y aunque no le gustara y le doliera... También sabía que lo merecía.
–¿Cómo vieron tu ojo?– le preguntó la mujer observándolo con esa expresión de locura que él tanto conocía.
–Salí de la casa...– murmuró, él nunca le mentía, no a ella...
–¡Te dije que no salieras marcado!– gritó furiosa tomándolo del brazo y bajándolo de la silla a la fuerza –¡¿Por qué siempre me haces esto?!
–¡Lo siento mamá!– chilló llorando con fuerza sin poder evitarlo, se sentía tan mal –¡N-no s-sabía...!– intentó explicar pero le faltaba el aire debido al llanto.
–¡Si sigues cometiendo este tipo de errores tendremos que irnos!– seguía gritándole mientras lo sacudía violentamente apretando su brazo sin consideración –¡Y no puedo pagar otro alquiler! ¡Eres un mal niño! ¡No haces más que darme problemas!– lo soltó sin medir su fuerza, y el rostro del niño chocó con la pata de la mesa.
–¡Buaaaaaaaaaaaaa!– estalló en llanto por el insoportable dolor, su madre se acercó sólo para ver la sangre sobre el piso de madera, y un diente de leche allí.
–¡Estúpido! ¡¿Qué vamos a decir ahora?!– le gritó tomándose la cabeza con desesperación, una vez más había perdido el control de la situación.
Shuuya la miraba aterrado, su mano sobre su boca que seguía sangrando y su rostro pálido con sus ojos felinos bien abiertos, la volvieron a la realidad. Corrió al baño y regresó con unas gasas, debía tener bastantes en casa ya que las necesitaba muy a menudo, lo levantó sentándolo en sus piernas y apretó la gasa contra la herida en un intento por detener la sangre, él se removió adolorido pero ella lo abrazó meciéndolo.
–Shh... shh... Ya pasó mi niño... ya todo pasó...– le habló suavemente, él intentó dejar de llorar y disfrutar el momento, esos momentos eran muy escasos, no podía desperdiciarlos –Saldremos de esta Shuuya... Lo prometo...
Él asintió, esa gasa en su boca no le permitía verbalizar, así que la abrazó con fuerza intentando transmitirle en ese gesto cuando la amaba.
Esa noche durmió feliz en la cama de su mamá, en sus brazos...
Los rayos del sol lo despertaron, la encontró viéndose al espejo mientras se maquillaba, en unos minutos debería salir al trabajo. Ella se giró cuando él bostezó y se le acercó.
–Muéstrame tu boca– le pidió observando el incisivo faltante –. En un tiempo comenzarán a crecer los verdaderos– comentó –. Mientras tanto debemos cuidarnos de esas brujas... no creerán si les decimos que ya lo tenías flojo.
–No te preocupes, no saldré– le aseguró sonriendo, su madre no pudo evitar reír, se veía demasiado gracioso sin ese diente.
Adoraba verla reír, sonreiría todo el tiempo de ahora en más para hacerla feliz.
Luego de las indicaciones de rutina la mujer salió a su trabajo, y él corrió a la mesa donde aún descansaba la hamburguesa que no pudo comer la noche anterior, realmente moría de hambre. Después de comer se dedicó a mirarse en el espejo del baño, se veía tan ridículo sin ese diente, le daba mucha risa verse de esa forma.
Esa tarde, mientras jugaba con un par de autitos baratos que su mamá le regaló por su cumpleaños, escuchó unos ruidos en su puerta, ¿alguien intentaba abrirla a la fuerza? Haciendo uso de su instinto de supervivencia se ocultó en la cocina, dejando la puerta apenas abierta para poder ver lo que sucedía. Ese par de tipos finalmente fueron capaces de romper el cerrojo y entrar a la casa.
–Al parecer la información era correcta, esa mujer no regresará hasta la noche, así que tenemos tiempo– escuchó decir a uno de ellos.
Sentía miedo, pero no del mismo tipo que a veces le daba su mamá, este era miedo de verdad, miedo de esas personas desconocidas que en esos momentos se movían por la casa desordenándolo todo en busca de algo.
¿Dinero...? No, ellos no tenían eso, su madre siempre lo decía.
Uno de esos tipos se dirigió hacia la cocina, dónde él estaba escondido, reprimió un chillido al notarlo y corrió en círculos sin saber qué hacer, no había buenos lugares donde esconderse. Justo a tiempo se ocultó debajo de la mesa, esperando que ellos no revisaran. Vio al tipo abriendo cajones y frascos, cerró sus ojos intentando calmar sus temblores, pero un suave y tembloroso gemido salió de su boca...
Ese fue su peor error...
El tipo lo escuchó y miró bajo la mesa, tomándolo del cabello y sacándolo a rastras –¡La casa no estaba tan sola!– le gritó al otro maleante quien apareció frente a ellos en cuestión de segundos.
–Jeje, sólo es un niño– dijo éste burlándose del pequeño que pataleaba y lloraba intentando liberarse sin éxito –. Di vuelta el dormitorio y no encontré nada, tal vez él sepa algo– comentó tomando a Shuuya del cuello de su remera dejándolo suspendido en el aire –. Anda, dinos donde guarda el dinero tu madre o te haremos daño– le habló sombríamente, acercando su rostro para darle más miedo –Vaya...– levantó una ceja –Parece que alguien se nos adelantó– se rió observando su ojo negro –. Parece que los rumores acerca de la perra maltratadora eran ciertos– le comentó al otro tipo quien sacaba una cuchilla enorme de uno de los cajones.
–El mundo está lleno de zorras malparidas– comentó éste acercándose al niño con la peligrosa arma.
Ellos, esos horribles tipos se atrevían a hablar así de su mamá... Le dolía e indignaba, ¿por qué siempre era igual? ¿Por qué no podía ocultar aquellas heridas de quienes no tenían por qué verlas?
–¡Mi mamá no es nada de eso! ¡Ustedes no saben nada!– les gritó intentando patear al tipo que lo sostenía, pero sus piernas eran muy cortas.
No servía ni para cuidarse a si mismo...
–¡Deja de decir estupideces!– exclamó el de la cuchilla golpeándole el rostro con el mango de ésta –¡Habla! ¡¿Dónde está el dinero?!
Lo miró con odio escupiéndole en la cara la sangre que se había acumulado en su boca.
–¡Maldito niñato!– exclamó ese tipo levantando la cuchilla, acabaría con él y luego terminarían de buscar sin interrupciones.
–¡Shuuya!– ambos hombres y el niño miraron en dirección a la mujer que en la entrada los observaba aterrada.
Aún no anochecía, entonces; ¿por qué su mamá había regresado ya? Jamás lo entendería, en lo que restaba de su vida se lo atribuiría a su horrible suerte.
Ojalá ella nunca hubiera llegado...
–¡Aléjense de mi hijo!– les ordenó con lágrimas de impotencia en los ojos.
De nuevo hacía llorar a su mamá... ¿Por qué ni siquiera en esos momentos podía dejar de ser un mal hijo?
–Danos el dinero– murmuró el hombre que lo sostenía –. Si no cometes ninguna estupidez nos iremos sin hacerles daño– aseguró, indicándole a su compañero que bajara el cuchillo.
–¡N-No tengo dinero...! ¡S-Solo...!– abrió su cartera torpemente por los nervios sacando de ella el poco dinero que llevaba... Unos cuantos yenes.
–¡¿Qué podemos esperar de una maldita que no quiere ni a su propio hijo?!– exclamó el de la cuchilla suponiendo que ella intentaba engañarlos, y antes de que nadie pudiera mover un músculo hizo un corte que iba desde el hombro hasta la muñeca de Shuuya –¡Esto es para que veas que hablamos en serio, perra!
Su grito de dolor se vio opacado por el de su madre quien olvidando su propia seguridad corrió hacia los tipos en un intento de matarlos con sus propias manos por herir a su pequeño... Su niño... Su vida... Su dulce Shuuya...
El niño fue lanzado lejos, y antes de que chocara con el duro suelo, quien lo sostenía era arañado en el rostro por las filosas uñas de su madre, mientras él apoyaba el frío cañón entre sus pechos y apretaba el gatillo.
Ese sonido que nunca olvidaría...
El cuerpo de su madre cayendo de rodillas con sus ojos bien abiertos...
Ojos que perdieron el brillo antes de poder cerrarse...
Su mamá se desplomó ya sin vida, y su mirada vacía era lo único que él podía ver... Lo único que existía en esos momentos, como si todo lo demás hubiera desaparecido, los maleantes, la casa, los muebles... Nada existía excepto él y lo que segundos antes fue su madre.
Despertó del trance cuando escuchó a esos tipos discutir, reclamándose mutuamente por el ruido ocasionado, alguien vendría pronto, debían salir...
Se levantó y corrió hacia la puerta pasando a un lado del cuerpo de su mamá sin volver a mirarlo, sus ojos también estaban vacíos, no había lágrimas, no había brillo en ellos... Lo único que lo mantenía en pie a pesar de la enorme pérdida de sangre era el deseo de venganza, no debía dejar salir a esos tipos, era lo único que podía hacer.
Y en esos momentos para él era una certeza... ellos no saldrían a tiempo...
Ambos hombres detuvieron su huida al ver al pequeño bloqueando la puerta con su menudo cuerpo. Uno de ellos intentó empujarlo, pero sus manos se aferraban con tal fuerza al marco de la puerta que incluso entre ambos, no fueron capaces de moverlo.
Algunas voces se escuchaban afuera, ya venían, y ellos no tenían otra salida más que la puerta principal. Ese retraso había sido nefasto, no había forma de que salieran sin ser vistos. Cuando escucharon una sirena a lo lejos supieron que de verdad estaban jodidos.
–¡Esto es tu culpa!– gritó violentamente el tipo que aún sostenía la cuchilla, y en un ataque de ira atravesó el cuello del niño con el arma.
El filo ensangrentado se dejó ver por la zona de su nuca, aún así su cuerpo se mantuvo en pie unos segundos antes de desplomarse...
El hombre extrajo el cuchillo y lo escondió entre sus ropas, como si tuviera alguna posibilidad de salir impune, de que nadie encontrara nunca el arma y por tanto sus huellas en ella.
Ambos salieron de la casa cubriéndose, intentando pasar en medio de las personas antes que llegara la policía, pero fueron atrapados a un par de cuadras de allí. Mientras tanto, en un enorme charco de sangre el pequeño cuerpecito se arrastraba... Aunque ya no podía respirar, aunque su consciencia lo estaba abandonando, aunque no veía más que un borrón rojo frente a él... continuaba moviéndose.
Extendiendo su bracito...
Necesitaba llegar a ella, a la mujer que amaba...
Tocarla... Sentir su calidez una última vez...
…
Todo terminó sin que fuera capaz de alcanzarla...
Estaba en un parque, parecía un lindo lugar a excepción de la sangre que lo manchaba todo, pasto, árboles, columpios y demás juegos. Pero eso no importaba porque estaba en brazos de su mamá quien le cantaba una dulce canción.
–Ahora Shuuya...– llamó su atención luego de terminar la canción –Necesito que hagas algo por mi.
Él la miró sonriendo con emoción, sería capaz de hacer algo por su mamá, asintió esperando por el encargo.
–Por favor, ve hasta esa puerta roja– le indicó señalándola –, y atraviésala.
Observó dicha puerta allí a mitad del parque sin detenerse a pensar en el poco sentido que tenía –¿Vendrás conmigo, mamá?– le preguntó levantándose de su regazo.
–No Shuuya, necesito que vayas tú solo– respondió obteniendo una mirada triste por parte de su hijo –. Eso me haría muy feliz amor.
Volvió a sonreír y asintió, corrió hacia la puerta no sin antes despedirse de ella con un beso en la mejilla. Al llegar se detuvo y miró a su madre, quien lo saludaba con la mano desde donde estaba, él por supuesto respondió el saludo.
Esperaba poder ocultar sus heridas de las personas que habría tras esa puerta, con ese deseo dando vueltas en su mente la atravesó.
Corrió unos segundos por ese lugar que era muy oscuro, se detuvo para mirar hacia atrás pero la puerta ya no se veía, escuchó unos pasos y volvió a mirar hacia el frente encontrándose con una mujer.
Su piel era muy blanca, y había escamas en su rostro... Se veía triste.
–Entonces, ¿tú deseas poder engañar la mirada de otros?– preguntó observando como los ojos del niño brillaban.
–¡¿Puedes enseñarme como hacer eso?!– preguntó él tomando sus manos emocionado.
Ella sonrió observándolo, sin dudas ese niño era especial... Casi sintió pena por lo que haría en apenas unos instantes...
Tal vez la más cruel de sus serpientes lo tragó por completo cuando ella cerró sus ojos.
Abrió sus ojos y se sentó de golpe, continuaba en el piso de su cocina, la sangre fresca seguía allí y las voces se acercaban, pero esos maleantes no estaban... El cuerpo de su madre tampoco.
Miró a todos lados confundido, los recuerdos de lo sucedido hacía apenas segundos continuaba fresco en su mente, al igual que la sangre que se derramaba desde su brazo y cuello.
–¡Pensarán que fue mamá! ¡Volverán a culparla! ¡Tengo que tapar mis heridas!– pensó aterrado levantándose del piso mientras escuchaba a esas personas entrar.
Los policías seguidos por algunos vecinos observaron la escena aterrados, había sangre por todo el piso, parecía una maldita escena de una película de terror... una muy "gore".
–Parece haber habido un homicidio aquí– habló uno de los agentes por el intercomunicador –. No hay cuerpos, sólo un infante que no se ve herido.
¿No se veía herido? Miró una vez más su brazo el cual dolía como el infierno, la sangre seguía fluyendo de él, y apostaba que de su cuello también, podía sentirlo... Ese policía tenía que estar ciego.
El otro policía lo tomó del brazo sacándolo de esa terrible escena, no se le hacía sano que un niño de esa edad estuviera tanto tiempo en ese lugar, y lo llevó a la patrulla para interrogarlo. Él se dejó llevar adolorido por el agarre. ¡¿No se daba cuenta de que le dolía el brazo?!
–Muy bien niño, ¿puedes decirnos qué sucedió?– le preguntó el hombre arrodillándose frente a él luego de sentarlo en el asiento trasero de la patrulla, mirando hacia afuera.
"Esos hombres entraron a robarnos" Eso fue lo que pensó, sin embargo de su boca salió algo diferente.
–¡Nada! ¡Estaba jugando y de pronto explotó la botella de ketchup!– se sorprendió al escucharse a si mismo con esa risueña voz.
¿Por qué había dicho eso? ¿Por qué se escuchaba tan feliz si estaba aterrado? No entendía nada... Sólo sabía que quería a su mamá.
–¿Dónde está tu madre?– preguntó el hombre viéndolo fijamente, claramente no había creído una palabra de lo anterior.
"No lo sé..."
–En su trabajo, llegará al anochecer– volvió a pasar, había mentido una vez más sin quererlo.
Y así continuó la charla, el hombre interrogándolo y él sin quererlo realmente, respondiendo una tras otras mentiras estúpidas e incoherentes con una alegre voz. Finalmente el agente se rindió, y hablando con alguien más por radio, desde el asiento delantero informó que el niño se veía sano pero tenía algo extraño en sus ojos, y por sus respuestas o lo habían drogado o estaba atravesando un episodio de shock postraumático.
Se miró en el espejo retrovisor, era verdad, sus ojos... ¿De dónde había salido ese rojo brillante tan diferente al amarillo natural? ¿Por qué él estaba tan raro? ¿Dónde estaba su mamá? ¿Por qué sus ojos sin vida no podían irse de su mente? ¿No podía ser eso que pasó sólo un mal sueño? Sin embargo él sabía que no lo había sido...
Lloró... Pero el resto del mundo lo vio reír.
En ese momento no sospechaba que así sería el resto de su vida...
Fue llevado a un hospital donde lo revisaron, pero no encontraron nada malo con su cuerpo, así que cuando se quedó solo en una sala robó unas vendas y algodón y se curó a si mismo lo mejor que pudo, como su mamá lo hizo tantas veces... Pero ella ya no estaba... Era él solo de ahora en más.
El caso continuó abierto durante un mes, seguían buscando el cuerpo de la mujer desaparecida, los asesinos, atrapados con un arma recién disparada y una cuchilla ensangrentada, que fueron a prisión y continuarían interrogándoles esperando a que ellos revelaran qué hicieron con su cuerpo. Y el niño cambió de institución en institución durante ese mes; otro hospital, un refugio, una clínica psiquiátrica, incluso pasó un par de días en casa de la familia de uno de los agentes. Sin embargo cuando la investigación terminó, el caso fue cerrado con el paradero de su madre desconocido y él fue enviado a un orfanato definitivamente.
Y así fue como un día fue dejado frente a esos niños desconocidos que lo observaban con detenimiento, estudiándolo, juzgándolo, mientras él los enfrentaba con una burlona sonrisa.
–¡También tiene los ojos rojos!– comentó uno acercándose lentamente.
–¿Otro fantasma?– preguntó una niña.
–¡Hey tú!– llamó su atención el más alto de los niños –¿Por qué tus ojos son de ese color?– preguntó dándole una oportunidad, no se veía como alguien fácil de intimidar, no como esa fantasma.
"No lo sé..."
–¿Y por qué tu rostro es tan feo?– se escuchó decir con voz fanfarrona, sabiendo de inmediato que estaba en problemas.
Podía escuchar murmullos y algunas risas de los otros, mientras el niño se acercaba a él tronando sus dedos. Iba a recibir una paliza y claramente la merecía.
Pero entonces algo muy raro sucedió, ese chico chocó con algo que no estaba allí, o al menos no había visto hasta ese momento.
Una chica había aparecido de la nada frente a sus ojos. "¿Un fantasma?" pensó comenzando a temblar de miedo, aunque el resto no lo notara.
–N-no lo golpees...– escuchó decir al "fantasma", con voz débil y temblorosa, claramente le tenía pánico a ese chico.
–¡Entonces recibirás los golpes por él!
–¡VAMOS!– Exclamó tomando el brazo de la niña y corriendo fuera de la habitación sin detenerse a pensar en lo que hacía.
El director había prohibido cerrar ese cuarto después de lo que dos semanas atrás le habían hecho a la extraña niña, temiendo que pudieran matarla si aquello se repetía.
–¿A... a dónde?– preguntó ella desde atrás de él, claramente muerta de miedo.
"¡No lo sé! ¡A escondernos!"
–¡A un gran lugar!– aseguró volteando para sonreírle.
Esas palabras claramente la habían tranquilizado.
Tal vez mentir... no siempre fuera malo...
Continuará.
Uff... al final no fue tan difícil como pensé, pero no sé si quedó tan bien como esperaba. Me costó bastante despegarme de la otra versión de los hechos, la que narré en "Dame tu mano", pero no quería que las cosas sucedieran así, quería que tomaran otro rumbo, aunque claramente tomé referencias de allí. No quise dejar a la mamá de Kano como una maldita, sino como una pobre mujer cansada y sola que perdía el control de sus actos... Pero en el fondo amaba a su hijo como cualquier madre.
Y no es que los poderes de Kano funcionen así tampoco, pero se me hizo interesante explorar como sería el poder de un mentiroso fuera de control.
No volveré a decir que no intento hacer llorar a nadie, este capítulo fue algo traumático, voy a subir un poco la clasificación por ello.
Sin más que decir, paso a responder comentarios:
Yin-princesa-del-olvido: Es doloroso pensar que Kido pasó mucho tiempo sola en ese lugar, pero creo que hubiera sido más doloroso si Seto hubiera sido el primero, o incluso Kano, creo que el primero no lo hubiera soportado y el segundo habría enloquecido aún más. Siempre he sentido que ella es la más fuerte de los tres, la única capaz de soportar eso, sobre todo porque su poder es de bastante ayuda para evadir niños malos. Respecto al KanoxKido claro que habrá, pero no quiero centrar la historia en ello o dejaría de lado a Seto, y creo que él es alguien muy importante en la historia, y que la relación de Kano y Kido no sería la misma sin Seto a su lado. Muchas gracias por leer y comentar, espero que este capítulo sea te tu agrado, besos.
Ahora si me despido, gracias por leer.
Saludos.
Trekumy.
