Capítulo 5: Un abrazo para el tierno, una flor para el tonto.
Fue el primer monstruo en llegar a ese lugar…
Y así precisamente, era como esos niños la hacían sentir.
Cuando la cuidadora, que a pesar de su empleo parecía saber muy poco de niños, al fin abrió la puerta por orden del director a quien le molestaban esos gritos incesantes, observó atónita una de las escenas más traumatizantes de su vida.
Un par de ellos saltaban sobre ese pequeño bulto en el suelo, que cubierto por una sábana ya no se movía o quejaba siquiera… El resto de los niños estaba a su alrededor animándolos como si se tratase de un perverso ritual. Lo único que se veía de la niña era una de sus manos que parecía haber estado pidiendo ayuda sin ser auxiliada por largo rato.
Aún así esa mujer no le habló luego de que ella despertó en ese cuartito del hogar que usaban como enfermería a veces, simplemente la observó de pies a cabeza, como asegurándose de que estuviera viva, y luego se marchó.
Sola nuevamente, y con su cuerpo doliendo como el infierno lloró desconsoladamente abrazando la almohada. Sabía que su vida allí sería un verdadero infierno, extrañaba a su hermana, su antigua casa… incluso a su padre…
Extrañaba a esa familia que al igual que su mamá unos años atrás, se había ido de su vida para siempre...
Fue un mes muy duro, el más duro de su vida…
Durante ese tiempo no intercambió palabras con una sola persona en ese lugar, sin embargo todos la odiaban. Siempre que podían la golpeaban, tiraban de su cabello y ponían insectos asquerosos en su cama. Por lo que en cierta forma eso que la hacía tan rara, también era una bendición… Podía pasar desapercibida por mucho tiempo, a veces días enteros…
El problema era que ella no lo controlaba, a veces su poder se activaba solo porque sí, y otras veces en los momentos más inoportunos ella se volvía visible nuevamente y se convertía en un blanco fácil.
Cada día era una maldita tortura, y ella suplicaba por las noches que sucediera algo que hiciera cambiar las cosas…
Ese algo sucedió el día en que ese chico rubio llegó y desafió al más grande del grupo.
–¿Por qué tus ojos son de ese color?– le había preguntado.
–¿Y por qué tu rostro es tan feo?– esa respuesta se le hizo grandiosa, al fin alguien le respondía como se merecía ese cara de sapo.
Si, ese chico en su opinión tenía cara de sapo y se parecía mucho al mayordomo de su antigua casa. Pero luego de unos segundos reparó en el gran error que ese niño había cometido, hacerlo enojar era una sentencia de por vida, ella lo sabía bien…
Ellos lo molestaban por tener ojos como los suyos, se sintió responsable, y no quería ser testigo de que le hicieran al recién llegado lo mismo que a ella, así que se puso en medio sin saber qué hacer a continuación.
–¡N-No lo golpees!– había tartamudeado, se sentía asustada y decepcionada de sí misma, sin detenerse a pensar que siendo las primeras palabras que decía en un mes, era un milagro que se hubieran escuchado tan claras.
Pero todo eso dejó de importar cuando ya preparada para otra paliza, el nuevo tomó su brazo.
–¡VAMOS!– gritó él y se sintió arrastrada.
Corrió tras ese chico, sentía como los demás les pisaban los talones, así que no pudo evitar preguntar –¿A- A dónde vamos?– ahí iba de nuevo ese maldito tartamudeo.
–¡A un gran lugar!– esa respuesta y la sonrisa del rubio encendieron algo en su interior…
Desde las charlas con su hermana, nadie le hablaba así…
Nadie le daba esperanzas…
Nadie le sonreía…
Tan emocionada estaba, que tardó unos minutos en darse cuenta de que daban vueltas en círculos… Él acababa de llegar, no había forma de que conociera la casa.
Entonces, ¿por qué había dicho eso...? ¿Le había mentido?
–¿N-No sabes a d-dónde ir?– esta vez podía atribuirle el tartamudeo a la falta de aire por correr diez minutos a toda velocidad sin rumbo.
–¡Claro que sé!– aseguró él volviendo a recorrer el mismo lugar por el que ya habían pasado tres veces.
–¡Es men.-mentira, n-no sabes!– aseguró –¡L-las escaleras!– le señaló y él sin decir palabra subió por ellas.
Con sus indicaciones lograron esconderse en el ático, no era un lindo lugar, estaba oscuro, muy oscuro, había polvo, telarañas y bichos. Pero estaban a salvo, ningún niño se atrevía a subir a ese lugar.
Cuando ya no se escuchaba el bullicio y se sintió a salvo comenzó a hablarle.
–E-Esos niños s-son muy malos… N-No los ha-hagas enfadar po-por favor– le aconsejó, pero a pesar de haber esperado varios segundos no obtuvo respuesta.
El lugar estaba tan oscuro que no podía verlo, ni siquiera sabía si él seguía allí.
–N-Niño…– lo llamó comenzando a asustarse, una cosa era esconderse con él de los demás en un lugar oscuro, y otra muy diferente era hallarse sola en ese ático que todos decían que estaba encantado. Ella podía ser llamada "fantasma" pero no lo era, y le tenía pánico a los fantasmas de verdad.
–N-Niño…– volvió a llamarlo pero esta vez sollozando por el miedo.
–¡Me gustan los problemas! Por eso llamé así al niño ese– lo escuchó decir con una jocosa voz, parecía estar disfrutándolo.
–P-Pero eso no es m-muy inteligente…– murmuró más tranquila, si él estaba tan feliz era porque no había de qué temer, ¿cierto?
De nuevo hubo silencio –P-Por qué no ha-hablas…
–Porque sólo dices tonterías.
–Ahh…– exclamó sorprendida, no esperaba esa respuesta –L-Lo siento…– murmuró tristemente…
Eso significaba que en un futuro cercano ese sería uno más de los que la molestaban. Era muy triste saberlo… Tanto que las lágrimas comenzaron a caer y tuvo que cubrir su boca para acallar los sollozos.
–¡Odio el helado!– lo escuchó decir, no entendía por qué él estaba hablándole, pero de alguna forma la tranquilizaba.
–Y a los payasos– continuó diciendo.
–Y-yo también…– murmuró ella muy suave, temiendo que él volviera a atacarla.
–¿Por qué?– lo escuchó preguntar.
–P-Porque… M-Me dan mucho miedo…– confesó secando sus lágrimas, pero él no volvió a responderle –¿V-Volví a decir u-una tontería...?– preguntó con sus ojos un poco más acostumbrados a la oscuridad viendo su silueta.
–¡Si!
Ante esa respuesta bajó la mirada y se quedó en silencio, era triste… Le hubiera gustado hablar un poco más después de tanto tiempo sin hacerlo.
–¿Cómo te llamas...?– lo escuchó preguntarle.
–T-Tsubo-mi…– respondió insegura.
–Ese nombre apesta!– exclamó él bufando.
–¡L-Lo siento s-si no te gu-gusta…!– no se enfadaba con facilidad, pero ese chico en unos minutos la había sacado de sus casillas –¡P-pero es el no-nombre que mi mamá me pu-puso y a m-mi me gu-gusta!
–¡Deja de tartamudear pareces tonta!– le gritó.
Ese fue el colmo, se levantó ofendida corrió hacia la portezuela en el piso por la que habían entrado, la abrió pero al momento de bajar pisó algo que había tirado y cayó escaleras abajo.
Cerró sus ojos esperando el golpazo, si ese niño quería llamarla tonta, después de eso tendría motivos más que suficientes. Sin embargo el golpe no llegó, sintió una mano sosteniendo con fuerza su brazo, al mirar hacia arriba pudo ver con claridad esos intensos ojos rojos que la observaban con pánico.
La subió y después de asegurarse que estuviera bien, bajó corriendo por las escaleras y desapareció en el pasillo. Ella se quedó allí sentada con sus pies colgando, sabiendo que ese niño se perdería por los pasillos durante un buen rato antes de llegar a su destino.
Pero más importante aún… No entendía qué pasaba con él, era como si fuera un buen chico y al mismo tiempo sólo salieran cosas malas de su boca, y no era sólo su boca, toda su actitud era fanfarrona.
Y podía sonar estúpido… Pero se había sentido bien ser salvada de caer...
No pasó mucho tiempo antes de recordar dónde estaba y a los fantasmas, para que bajara corriendo ella también.
Era día de helado, no se parecía en nada a los que comía en la mansión donde vivía, pero estaba muy rico, lástima que se hubiera derretido un poco mientras buscaba un buen escondite, al parecer nadie la veía esta vez así que esa esquina soleada y calurosa del patio era un gran sitio, nadie iba a sentarse allí a comer o descansar.
Nadie excepto el rubio, quien hacía unos días escuchó que se llamaba Shuuya, ese tonto, porque él sí lo era, se sentó en el pasto a escasos centímetros de ella. Con una enorme sonrisa devoraba su helado, ¿no que no le gustaban? Claro, había sido otra mentira.
Era un mentiroso, no sólo con ella, a todos les decía cosas raras, y siempre les sonreía de esa forma tan falsa. Pero a ninguno lo trataba tan mal como la había tratado aquella vez. Y lo peor era que siempre hacía eso de sentarse a su lado cuando estaba invisible. Se le hacía muy extraño, pero no era posible que él si pudiera verla, ¿verdad?
–Eres horrible fantasma– lo escuchó decir de la nada.
En ese momento no le prestó atención al insulto, volteó a verlo soprendida y él la miraba fijamente a los ojos, con esa estúpida sonrisa, pero… ¡la estaba viendo! ¡Él podía verla!
Huyó asustada dejando olvidado su helado, si podían verla entonces la atacarían, sin embargo nadie estaba siguiéndola, nadie le gritó o hizo una zancadilla cuando pasó a su lado... Al llegar a la habitación donde unas niñas jugaban sin percatarse de su existencia lo comprendió…
Él podía verla en todo momento…
Eso significaba que no podía esconderse de él, que si lo quería podía indicarle a los demás donde estaba. Se sentó en su cama comprendiendo resignadamente que la tenía en sus manos, y luego recordando las palabras que el tonto le dedicó en el patio, ese se cruzó de brazos ofendida…
Algún día le daría un golpe si él continuaba insultándola.
Algunos niños nuevos llegaron después del rubio, sin embargo si sus ojos no eran rojos, eran bien recibidos. Y el rubio tenía una posición especial, ya que a pesar de ello, había asustado tanto a los niños que pocos se metían con él. Comenzaba a pensar que el problema era ella, cuando ese nuevo niño llegó.
Le preocupó desde el primer momento, se veía muy frágil…
–Pobre chico…– pensó al ver su cara asustada y sus ojos llenos de lágrimas.
Y no hizo falta que nadie lo amenazara o insultara, ni siquiera le habían dicho palabra alguna cuando él cayó en cuclillas llorando desconsoladamente.
Pudo notar la sonrisa del niño sapo, esa mirada en sus ojos… para él era otra presa fácil, igual que ella…
Se agachó a un lado del niño y lo abrazó, podía entender que él la mirada desconcertado, después de todo desde su óptica ella había salido de la nada, pero no era lo importante en esos momentos.
–No llores…– le dijo al oído, mirando seriamente al que se acercaba a ellos –¡Déjalo en paz!– le ordenó al agresor, hacía unos días que gracias a las pocas palabras que intercambiaban con el rubio tonto, ya casi no tartamudeaba.
–¡De nuevo defendiendo a uno de esos monstruos!– le molestaba muchísimo que los llamara así, el rubio podía ser muy raro pero no era un monstruo y ella tampoco –¡Me las pagarás fantasma!– le gritó con su puño listo para golpearlos.
Lo único que podía hacer era proteger al niño con su cuerpo, le partía el alma escucharlo llorar de esa forma… y en unos segundos le partirían una costilla probablemente… Era una pena, ahora que estaba teniendo tan buena suerte; desde que el rubio había llegado no habían logrado golpearla una sola vez, sus heridas incluso estaban sanando…
–¡Amo esto!– y hablando de él… Allí estaba, como siempre robándose la atención de todos…
Siempre tan idiota, siempre tan burlón, teniendo que meter sus narices en todo…
No le prestó atención a lo que él decía, seguramente eran tonterías, y se sintió estúpida cuando luego de casi un minuto recapacitó en que si todos lo observaban a él… Entonces ellos podían escapar.
Tiró del niño a quien continuaba aferrada, y cuando éste pareció comprender el mensaje ambos huyeron de la habitación. Sabía que pronto los perseguirían, y al girar en uno de los numerosos pasillos escuchó la alegre voz del rubio gritando "Vamos tras ellos".
¡Realmente odiaba a ese tonto!
Se ocultaron en el baño del director, era un buen lugar, con cerrojo y en la zona restringida a los niños. Lo ayudó a meterse en la bañera y cerró la cortina, sabía que no tenía sentido hacerlo pero ninguna precaución estaba de más.
Miró al chico nuevo y su corazón volvió a dar un vuelco, parecía un cachorrito perdido, lloraba intensamente abrazándose a si mismo. Se arrodilló frente a él y le pidió que hiciera silencio o los encontrarían, pero él no hacía más que llorar.
Estaba como en trance, definitivamente no la escuchaba. Puso sus manos en los hombros de él y lo sacudió levemente suplicándole que hiciera silencio. Ella misma comenzó a llorar al escuchar voces a lo lejos, los encontrarían y les darían la paliza del siglo…
A ella por ser ella y a él… por tener ojos rojos como los suyos.
Cuando los sonidos se alejaron y pudo tranquilizarse un poco, alguien golpeó la puerta, se tensó por completo, y entonces escuchó esa irritante voz.
–¡Los encontré! ¡Voy a divertirme con ustedes!– y luego un golpe más que se escuchó un poco diferente a los otros.
No podía ser… habían burlado a los demás, pero él siempre la encontraba… Y ahora quería torturarlos a ambos. Soltó al niño y se abrazó a sí misma mirando hacia la puerta, siempre que intentaba confiar en él, hacía algo que le demostraba que era una mala persona.
–Creí que él era diferente…– pensó con decepción, mientras el chico nuevo se bajaba de la tina –¡No, por favor!– exclamó al darse cuenta de lo que planeaba hacer, él no lo conocía, no sabía de lo que esos chicos eran capaces.
–Él es diferente– le aseguró el niño dejándola sin palabras, y le abrió al rubio, que después de decir y hacer un par de estupideces más, volvió a cerrar la puerta y mantuvo el llanto del nuevo y a su propia boca bajo control, mientras el grupo de cacería estaba cada vez más cerca.
Pudo escuchar como el director regañaba a los niños afuera y estos se marchaban de inmediato a su habitación, más tranquila observó a los dos frente a ella. El nuevo se llamaba Kousuke… él intentaba explicarle algo del rubio que no pudo entender. Ambos se miraban, decían cosas raras, y la dejaban en ascuas…
Finalmente se cansó de todo eso y se marchó ofuscada topándose al salir con el director quien la regañó muy feo y la envió a su habitación sin cena. El regreso no fue lindo, los niños la recibieron lanzándole objetos e insultándola, pero luego del regaño del director ninguno se atrevió a hacer más que eso. Por fortuna el rubio y el nuevo llegaron un rato después y todo se tranquilizó.
Luego de un tiempo comprendió que Kousuke era un buen chico, tal como ya lo había notado era muy sensible y solía estar demasiado triste por momentos, se parecían un poco, sólo que él no temía demostrarlo. El niño que a pesar de tener la misma edad que ella parecía más pequeño, le inspiraba mucha ternura, era dulce y franco de corazón, le hacía feliz poder llamarlo amigo.
Los demás niños disfrutaban de molestarlo también, sin embargo él nunca estaba solo, cuando no era ella quien lo protegía era Shuuya… Le resultaba sorprendente como Kousuke y Shuuya habían congeniado tan bien, y como el rubio lo protegía todo el tiempo aunque sus palabras nunca tuvieran relación con sus acciones.
Kousuke le había explicado varias veces que Shuuya no lo hacía a propósito, que él intentaba ser bueno pero las cosas nunca salían como estaban en su cabeza… Que él mentía sin quererlo… Pero a ella aún le costaba mucho creerlo, y las palabras que el rubio le dedicaba eran demasiado dolorosas como para poder perdonarlo tan fácilmente.
Una noche entró al baño a cepillar sus dientes, desde que tomó su cepillo del soporte sintió que algo no andaba bien, sabía que estaba en ese modo invisible, y que nadie podría percatarse de su presencia ya que las cosas que tocaba también se volvían invisibles para todos. Sin embargo escuchó a esas chicas cuchicheando y riendo… Una de ellas en particular.
Tenía unos diez años y claramente quería que el niño cara de sapo la mirara todo el tiempo, ella solía hacerle zancadillas y jalarle del cabello frente a él, sólo para conseguir su atención. Cuando esa niña señaló el soporte de cepillos en el cual faltaba el suyo, supo que planeaban algo.
Intentó lavar sus dientes lo más rápido posible para salir sin complicaciones, pero entonces una niña a su lado la empujó "accidentalmente", volviéndola visible para todas. Lo siguiente que sintió fue como la chica grande la sostenía por detrás inmovilizándola y otra tomaba el cepillo en su boca y lo empujaba hacia adentro haciéndola casi tragarlo.
–¡Vamos lávate bien los dientes, rarita!– exclamó una de ellas mientras las demás reían.
Pataleó e intentó liberarse pero quien la inmovilizaba era más grande y fuerte.
–Duele– pensó con lágrimas en los ojos sintiendo como ese cepillo lastimaba su garganta. Y entonces cuando esa chica le quitó el cepillo y pensó que la tortura había terminado comenzó a golpearle el rostro con él.
No se preocupó en escuchar lo que le gritaban, sólo en moverse intentando esquivar los golpes, y entonces el mundo se volvió negro para ella. Tardó apenas unos instantes en saber que había una bolsa en su cabeza y sentir como levantaban sus piernas y la movían.
–¡A dónde me llevan!
–¡A la una...!– las escuchó cantar a coro.
–¡¿Qué harán conmigo ahora?!
–¡A las dos...!
–¿Por qué siempre me atacan?– para ese entonces ya estaba llorando.
–¡Y a las… TRES!– le quitaron la bolsa de la cabeza, apenas pudo notar que estaba dentro de uno de los baños individuales frente al inodoro cuando empujaron su cabeza hasta abajo, enterrándola en la taza
Vaciaron la cisterna una vez riendo por sus intentos de gritos y cómo se sacudía pero impidiéndole levantar su cabeza. También se rieron cuando escupía y lloraba asustada… Después de unos pocos minutos el juego se tornó tan sádico que la vaciaban constantemente no dejándole más que unos pocos segundos que no le alcanzaban para llenar sus pulmones.
–No puedo… respirar…– sentía que en cualquier momento moriría por la falta de oxígeno.
Segundos después escuchó un fuerte sonido seguido por algunos gritos, pero tenía cosas más importantes en las que pensar para prestarles atención. Entonces esas niñas la dejaron en paz, pero se sentía demasiado cansada, adolorida y consternada para poder levantar la cabeza. El esfuerzo por volver a llenar de aire sus pulmones estaba consumiendo todas sus energías.
–¡Tsubomi!– escuchó esa lejana voz que la levantaba y la sentaba en el piso viéndola con preocupación.
Veía borroso e intentaba por volver a respirar correctamente, sus pulmones dolían... Se sentía demasiado confundida y asustada para poder preguntarse siquiera quien sería esa chica que acababa de rescatarla.
El tiempo que pasó desde que fue salvada hasta que se encontró a mitad del patio siendo sacudida por Kousuke, sufriendo en ese momento un repentino ataque de tos que le permitió escupir parte del agua que tragó, siempre sería un misterio para ella.
Su amigo se veía preocupado y emocionado a la vez, le contó que esa chica en realidad era Shuuya, que él había podido controlar su poder por unos segundos para salvarla... Ambos estaban haciendo avances para convertir esa maldición en algo útil...
–Y-Yo… no he podido… controlarlo…– murmuró tristemente, ellos habían podido adaptarse de alguna forma y ahora iban en camino de controlar sus habilidades, sin embargo ella...
Ella nunca podía lograr nada...
Una vez que él le dio ánimos y sugirió ir a dormir, caminaron lentamente por la casa de la mano, a ambos les asustaba la oscuridad. Al llegar a la habitación Shuuya no estaba en su cama... Y eso aunque jamás lo admitiría... Le preocupaba.
Podía ser tonto, raro, necio, burlón, y exasperarla como nadie más... Pero desde que él llegó las cosas definitivamente habían cambiado, y de una forma u otra con sus estupideces siempre evitaba que la lastimaran.
–¡Iré por él!– decidió en ese instante y corrió fuera del cuarto a buscarlo...
Esa noche en particular...
No quería dejarlo solo...
Recorrió la casa entera, cada rincón en el cual pudiera estar, pero no... Él no estaba ni en la casa ni en el patio... Sólo quedaba un lugar por explorar... El aterrador ático.
–¡N-No... no puedo subir ahí...!– pensó aterrada frente a la escalera...
Ese lugar era atemorizante a todas horas, pero de noche se ponía mucho peor.
Podría esperarlo abajo, pero... ¿Y si él no estaba ahí? ¿Y si algún fantasma decidía bajar por ella...? ¿Y si los fantasmas lo habían atrapado...?
Con el rostro pálido y conteniendo la respiración subió lentamente... Peldaño por peldaño todo se volvía más oscuro... Más tenebroso...
Sin embargo reprimiendo su miedo lo logró, y al llegar arriba pudo divisar a quien buscaba, él estaba sentado en un rincón del sucio suelo abrazando sus rodillas. La luz de la luna que se metía por la pequeña claraboya en lo alto le dejaba ver su rostro... Se veía triste y pensativo.
Nunca lo había visto así.
Se acercó en silencio, como si no quisiera romper el encanto, se sentó a su lado y se quedó unos minutos quieta... sin saber qué decir.
Finalmente exhaló y lo miró decidida.
–Shuuya...– llamó su atención, casi parecía un niño normal en esos momentos, uno que no necesitaba estar sonriendo como idiota todo el tiempo –Gracias por salvarme...
Él la observaba con cierta desesperación en su rostro, y por fin lo comprendió... Ese rubio tonto tenía miedo de hablarle... De arruinarlo como siempre.
Le sonrió –No tienes que decir nada– susurró mostrándole una flor silvestre que había recogido mientras lo buscaba por el jardín, la pobre estaba un poco aplastada por haber estado en su bolsillo, pero se entendía el mensaje.
Él miró la flor con intriga –Tómala...– le pidió, y él obedeció –No te vayas a dormir muy tarde...– le susurró antes de darle un beso en la mejilla y bajar de ese lugar que tanto la asustaba y regresar a la habitación.
Cuando estaba callado se veía menos tonto...
Continuará.
Hola, hola... espero que les haya gustado este capítulo, no están teniendo una gran cantidad de contenido pero están saliendo rápido lo cual es bueno.
Pido millones de disculpas por el error cronológico con las muertes, ya edité los anteriores para que todos perdieran a sus seres queridos el mismo día, el 15 de agosto. Muchísimas gracias a Yin-princesa-del-olvido por el aviso.
Hoy no estoy muy inspirada para las notas así que paso a responder comentarios.
Yin-princesa-del-olvido: Una vez más, muchas gracias por el aviso, y también amé que Kano pudiera controlar su poder al menos un poquito. De a poco los niños van creciendo. Muchísmas gracias por los comentarios. Besos.
Jeffy Iha: Yo también lo imagino como Chessire, y sí era una buena imagen, él sentado en lo alto de los niños rata... Lo que le hicieron a Kido aquí quedó explicado, esas niñas son unas bestias... Los encargados del orfanato van a terminar presos el día que los "juegos" de los niños maten a alguno. Respecto a la insinuación SetoKido... no fue mi intensión, y supongo que la verás bastante ya que Seto la admira, y Kido lo adora. Creo que su relación se distanció bastante cuando las hormonas hicieron lo suyo; Seto tuvo alguien más a quien mirar todo el tiempo, y cierto rubio comenzó a llamar la atención de nuestra niña. Espero que este te haya gustado. Besos.
Gracias por leer.
Nos vemos en el siguiente.
Trekumy.
