Capítulo II: "Argusthat, el Bosque Embrujado"


La Dama Blanca tomó una larga y onda bocanada de aire al mismo tiempo en el que cerraba los ojos, tratando de decidir por dónde comenzar su relato:
-Hace mucho, mucho tiempo, cuando la magia era algo que sólo los más sabios poseían y que sólo los mejores podían controlar, nació Argusthat: el hogar de todo ser mágico.
»En un principio, casi todo en el mundo fue bondad y tranquilidad; los seres mágicos y los no mágicos vivíamos en paz y armonía, ayudándonos unos a otros, porque todos teníamos magia en nuestro ser, inclusive los no mágicos.
»Pero a veces, la avaricia y el poder pueden más en el corazón de una persona que la paz y el amor al prójimo; aquel fue el principio de las barreras que nos separan hasta hoy en día.
»Momentos oscuros atormentaron al mundo entero... Sólo bastó la ambición y las ansias de poder para que todo cambiara... para siempre. Muchos humanos mágicos se creyeron más importantes que los no mágicos; no quisieron entender que cada uno forma parte de este mundo y que nadie valía más que otro sólo por hacer lo que llamaban: "trucos de magia". El peso de su ego los cegó hasta tal extremo que se olvidaron de lo que estaba bien y de lo que estaba mal; de lo que es bueno y de lo que es malo.
»El corazón de muchos se oscureció y esparcieron el terror en este mundo sin importarles el daño que podían llegar a hacer.
»Mucha sangre inocente se derramó.
»Los primeros magos y criaturas mágicas que se alzaron en contra de las fuerzas oscuras fueron aniquilados cruelmente, muertos por la maldad. Cada vez que un nuevo grupo de guerreros trataba de hacerle frente a aquellos seres corrompidos por la oscuridad, sus familias y ellos mismos amanecían muertos. Era el poder y la crueldad los que se alzaba en contra de la libertad y el derecho a vivir. Los diversos seres, entendiendo que perderían si decidían combatir contra la maldad, decidieron unir fuerzas y ayudar a todo aquel que era lastimado.
»Juntaban comida y la repartían al amanecer a las familias más afectadas; acogían a niños y niñas cuyos padres habían muerto y a todo aquel que quisiera unírseles. Eran todos seres de diversas razas y especies: Humanos mágicos y no mágicos, elfos, hadas, gnomos... Tantos seres luchando por las mismas causas... Todos estaban involucrados, todos habían sufrido los daños de la avaricia de la sociedad mágica oscura.
»Entrenaban en bosques y lugares lejanos para mejorar su condición tanto física como mágica. Querían luchar por la libertad del mundo mágico y no mágico, pero entendían que nada lograrían si no se preparaban con anterioridad. Y aunque era un grupo considerable de seres, aún seguían siendo muy pocos en comparación con los Tenebrae: los seres de la oscuridad.

»Los Tenebrae tenían espías por todas partes, y fue así como se enteraron de la existencia de los Lumenari, aquellos revolucionarios que estaban dispuestos a darles la lucha con tal de liberar al mundo antes de que la maldad se siguiera propagando más y más. Y aunque el poder y la experiencia en lucha de los Tenebrae superaban con creces la de los Lumenari, aquellos Seres Oscuros mataron al líder... al líder de los únicos que luchaban contra ellos. Fue una advertencia, una advertencia para todo aquel que decidiera interponerse en el camino de los Seres Oscuros y sus planes. Fue así como todos aquellos que pensaban que mágicos y no mágicos debían vivir en armonía, se refugiaron en un pequeño bosque, al cual bautizaron como Argusthat.
»Aquel bosque era un lugar acogedor, lleno de sonrisas y alegrías de parte de todas las criaturas que habitaban en él. Los humanos que lucharon por los derechos que teníamos todos por este mundo encontraron la paz en la naturaleza, en Argusthat.
»Los años pasaban y el lugar se volvía más y más próspero; sin riñas ni confrontaciones, y cada día, los guerreros Lumenari de todas las razas se volvían más y más fuertes. Pero en el mundo externo al Bosque se seguía sembrando el odio y la desesperanza, y los corazones oscuros y llenos de odio lograron dar con Argusthat. Y un día, irrumpieron en él, destruyendo todo a su paso.
»Los habitantes lucharon por lo que siempre creyeron más importante que sus propias vidas: la paz por sobre las discordancias, la libertad por sobre la esclavitud, la tolerancia por sobre las diferencias. Y sólo cuando atacantes y defensores pudieron perdonarse, la magia existió en Argusthat.
»La pureza de los seres fue lo que realmente dio magia a Argusthat, una magia como la que muy pocos poseen, y que casi nadie sabe compartir.
»Y, aunque algunos fueron capaces de perdonarse, la maldad siguió existiendo. Y fue aquella maldad lo que atacó a Argusthat, porque los corazones oscuros también poseen magia; y aquella magia negra atacó al espíritu del Bosque... Porque el Bosque no es más que un espíritu que nació del perdón, un espíritu que vive en cada uno de nosotros: sus habitantes y los que aún creen en la magia.
»Argusthat se ha vuelto maldad y bondad al mismo tiempo... Al poseer una magia tan pura, no pudo evitar recibir parte de aquella maldad que vive en cada corazón... Y ese mal, con los años, ha ido creciendo y creciendo, dando origen a diversas criaturas nacidas de la Oscuridad, el reflejo de lo peor que puede existir en cada uno de los seres que habitamos este planeta, y, ¿quién sabe? Tal vez, de muchas partes lejanas en el universo.
Titania tomó otra bocanada de aire; le costaba mucho contar todo aquello, y sabía que no lo estaba relatando con lujo y detalle, pero esperaba que, tarde o temprano, los seres mágicos que tenía enfrente tuvieran la oportunidad de ver el nacimiento de Argusthat con sus propios ojos.

-Esta noche, ustedes han sido escogidos para liberar el mal de Argusthat –habló nuevamente la Dama Blanca-. Deben aniquilarlo antes de que el mal los aniquile a ustedes.
»El mal ha despertado en el mismo momento en el que cruzaron la barrera que separa este Bosque con el mundo mágico.
-¿Y qué tengo que ver yo y esta... Weasley con toda esa historia?- preguntó Draco, quién no había entendido ni la mitad de la historia, concentrado en que Ginny no hiciera nada sorpresivo.
-Mucho, Draco, mucho- respondió Titania, con solemnidad-. Desde que ellos fueron apresados por el mal del bosque en un sueño eterno, Argusthat busca a sus salvadores... y, esta noche, los ha encontrado en ustedes.
-¿A nosotros?- inquirió Draco con ingenuidad- ¿Por qué a nosotros?
-Eso no me lo debes preguntar a mí, Draco Malfoy. La magia que posee este bosque es quien los escogió a ustedes, no yo. Yo sólo soy uno de los tantos seres que habitan en este bosque.
-No... no comprendo- dijo Ginny con voz apagada-. Nadie tiene antecedentes de Argusthat, ninguna sola prueba de que el bosque exista. Sólo se le nombra en leyendas absurdas y en algunos cuentos. No veo por qué razón, si según usted Argusthat ha existido hace tanto tiempo, nadie antes había podido dar con él.
-Hace siglos, Argusthat fue encadenado por la propia magia oscura que posee cada uno de los seres de este planeta; ha llegado la hora de liberar este bosque. Si ustedes no lo hacen, Argusthat seguirá buscando hasta encontrar a las personas indicadas; y mientras esto no ocurra, mientras el bosque no sea liberado del mal, ustedes se quedarán en Argusthat hasta el final de los tiempos y no regresarán más nunca a su mundo.
-¿Y quién lo va a impedir? -Draco, que ya se había cansado de escuchar cuentos locos sobre bosques embrujados inexistentes, se paró violentamente para encarar a Titania.
-El Bosque -respondió la Dama Blanca con una mirada que denotaba una seguridad tan convincente que daba miedo.
-"El bosque, el bosque, el bosque..." -repitió Draco irritado- ¿No tiene otro tema de qué hablar? ¿Qué tal si ahora nos cuenta algo como: "Fueron digeridos por una lechuza gigante y ahora se encuentran en su estómago"?
-Si lo desean, no me crean. De todas maneras, tarde o temprano, lo harán; terminarán creyendo todo lo que les he contado –le respondió Titania con una sonrisa muy poco convincente, que parecía mucho más una mueca que una sonrisa.
-Mire, vieja loca, si se escapó de San Mungo, le sugiero que vuelva; usted representa un gran peligro para la comunidad mágica...
-¡Miren quien habla de peligros para la comunidad mágica! –chilló Ginny, que se acababa de parar también.
-¡Cállate, traidora a la sangre! – gritó Draco volteándose hacia ella-. ¡Nadie te ha dado permiso para hablar!
Los ojos de Ginny se abrieron aún más, mientras que apretaba sus puños y contenía las ganas de golpear al mortífago que tenía en frente.
-Yo... no necesito... el permiso... de nadie... para... hablar... –articuló la joven pelirroja, apretando sus dientes y a punto de tomar cualquier cosa del suelo para lanzársela en la cabeza al engreído sangre limpia.
Los ojos de ambos destellaban ira y un profundo odio que hubiese sido capaz de asustar a cualquiera, menos a ellos.

Mientras los dos jóvenes procuraban decirse todo lo que se detestaban con la mirada, Titania intentaba encontrar las palabras exactas con las cuales continuar:

-El odio no les servirá para salir de aquí. Ya están conectados, aunque no lo quieran.
-Usted... usted... –habló Draco tratando de buscar las palabras exactas con las cuales definir a la Dama Blanca-. ¡Usted está loca! ¡Y tú! –se acercó a Ginny, quien se envaró ante la posibilidad de un nuevo ataque- ¡No vuelvas a seguirme! No tengo las respuestas que estás buscando, así que deja de jugar a la guerra y regresa de donde viniste.

-No te creo –le espetó ella, con rencor.

-¿Lo estás buscando, no es cierto? –preguntó él, pero no necesitaba respuesta- Tal vez tengas suerte y te reúnas con él, todos saben que a esta altura debe estar enterrado bajo tierra –se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la arboleda-. ¡Me voy de aquí!
Ginny miró por un momento hacia donde Draco se dirigía, tratando de digerir la información que le había dado. Ella tampoco se podía quedar allí y, apretando los puños, se volvió a mirar a Titania:
-¡Yo igual me largo de aquí! –y se encaminó hacia el lado opuesto de donde había visto desaparecer la silueta de Draco.
Antes de que Titania lograra reaccionar, ambos jóvenes se habían perdido de vista.
Su rostro sereno y comprensivo se nubló en una amarga sonrisa que hizo notar aún más el agotamiento de su cuerpo. Su rostro reflejaba parte de lo que había sido en años anteriores: una joven feliz, llena de sueños por cumplir, todos ellos, rotos con el tiempo, marchitados por el deber.
Sus ojos se quedaron perdidos en la tierra, incapaz de moverse para ir en busca de alguno de los dos jóvenes que se habían adentrado en el bosque.
Una pequeña luz apareció al lado de Titania, parpadeando, como si la luz no se decidiera a quedarse allí o desaparecer; el resplandor fue creciendo y creciendo hasta que decidió desaparecer y, en su lugar, apareció el cuerpo de un niño de once años que aterrizó a pocos centímetros de la Dama Blanca:
-No lo entendieron, ¿verdad? –preguntó el niño mirando a Titania con preocupación.
-Los sabios me advirtieron que no sería fácil –respondió Titania con una sonrisa irónica en los labios.
-Desde que te enteraste, tú siempre supiste que no sería fácil, Ania.
-Estoy maldecida, ¿verdad? –preguntó Titania transformando aquella sonrisa irónica y triste en una mueca de profundo dolor.
-Bien sabes que no es así, Ania –respondió el niño con una mirada de reproche hacia la mujer que estaba a su lado.
La Dama Blanca soltó un pequeño resoplido ante aquella respuesta. Si no era una maldición, entonces, ¿qué era?
Cerró sus ojos, tratando de calmarse para pensar con claridad, y respiró profundamente antes de volver a abrirlos. Dirigió, inconscientemente, su mirada a uno de los tantos árboles que habían en el lugar; en su rostro se formó una débil sonrisa: ya sabía a quién más pedir ayuda.
Levantó el dedo índice de su mano derecha, cerrando nuevamente sus ojos para luego susurrar algo tan imperceptible que ni siquiera el joven niño que estaba a su lado pudo oírlo. En el momento en que Titania volvió a abrir sus ojos, de su dedo índice comenzó a elevarse una pequeñísima lucecita, que se mantuvo en el aire luego de alzarse unos catorce centímetros por sobre el dedo de la Dama Blanca. Casi de inmediato aparecieron otras dos luces detrás de un árbol cercano, ambas un poco más grandes que la luz que flotaba sobre el dedo de Titania:
-Se dirige hacia uno de los pantanos -explicó la Dama Blanca a las dos luces que se encontraban flotando junto al árbol-. Ya saben qué hacer –agregó Titania con una sonrisa.
Ambas luces revolotearon alegremente, y, en un abrir y cerrar de ojos, habían desaparecido por el camino que, unos minutos antes, Ginny había tomado.
-Tú me acompañarás a buscar al muchacho, ¿de acuerdo? –dijo Titania mirando al niño que estaba a su lado, quien asintió con la cabeza.

Draco caminaba a regañadientes, evitando arbustos y zarzas que de vez en cuando se calaban en su túnica haciendo que diera pequeños respingos de dolor.
-Bosques embrujados... ¡Vieja loca! –regañaba Draco mientras su pierna izquierda se enredaba en las zarzas-. ¡Maldita sea! –gruñó, intentando zafarse de lo que ahora apresaba a su pierna-. ¡Ahg! ¡Malditas ramas! –todas aquellas zarzas y ramas estaban comenzando a irritarlo, pero su mal humor no se debía precisamente a la cantidad de ramas que rasguñaban su cuerpo, sino a la inseguridad de no saber en dónde se encontraba, el coraje de haber perdido su varita y la rabia que sentía al darse cuenta de que la joven pelirroja había logrado escapar nuevamente con vida.
Ni siquiera se daba cuenta hacia donde se dirigía, estaba demasiado ocupado gruñendo, maldiciendo y zafándose de las zarzas y ramas que atrapaban su túnica.
La arboleda se hacía cada vez más y más espesa, evitando que la luz pudiese colarse para iluminar el camino; antes de que Draco se diera cuenta, todo a su alrededor era sombra.
Unas pequeñas luces parpadeantes comenzaron a aparecer entre los árboles; Draco tardó pocos segundos en darse cuenta de que aquellas luces en los árboles no eran sino ojos, y muchos pares de ojos.
Su respiración se agitaba cada vez más, haciéndose más pronunciada, como si respirar de pronto resultara una tarea muy difícil y casi imposible de cumplir; a su respiración le seguía el sonido de algo muy grueso arrastrándose por el suelo, que, para su desgracia, se acercaba a él cada vez más.
Draco comenzó a retroceder, y hubiese corrido sino hubiese sido porque su espalda chocó con uno de los árboles.
Por primera vez, en mucho tiempo, se sintió acorralado.
Sentía como aquel ser que se arrastraba se acercaba cada vez más a él, mientras escuchaba pequeños aleteos provenientes de los árboles.
-Sangre fresca... –una voz tétrica y sedienta atravesó los oídos del joven mago, trató de huir, de correr lejos de todo aquello, pero algo se lo impidió; su pie derecho había sido atrapado por aquella cosa que antes había estado arrastrándose en el suelo. Forcejeó mientras veía con horror como los ojos que antes estaban repartidos por todos los árboles que tenía cerca se acercaban más y más a él; escuchaba sus aleteos presurosos por llegar a su presa, mientras sentía como lo que apretaba su pie ahora iba subiendo por su pierna, estrangulándola de tal manera que Draco la sentía adormecerse. En sus ojos brillaba la desesperación, y el miedo crecía de tal forma que comenzó a recordar cosas que muchas veces intentó olvidar. Cerró los ojos y, por un momento, el tiempo pareció detenerse para él, mientras en su mente aparecían fragmentos de su pasada vida.

-El Señor Oscuro ha regresado, Draco –informó la fría voz de un hombre de cabello largo y platinado que miraba por la ventana un cierto punto en la oscuridad.
-Lo sé, padre –respondió la voz pedante de un muchacho que observaba al hombre a dos metros detrás de él.
-¡Ya sé que lo sabes, muchacho! –dijo el hombre en un tono que exigía más respeto, mientras se volteaba para ver a la cara a su único hijo.
Draco hizo una mueca y se aguantó las ganas que tenía de replicar.
-Un día de estos, cuando estés más preparado, tú también le servirás al Señor Tenebroso –informó Lucius Malfoy a su hijo con una sonrisa de orgullo que a la vez se mostraba amenazante.
Draco no dijo nada. Nada tenía que decir. Siempre supo que, lo quisiera o no, debía servir al Innombrable. Pero la noticia le molestaba. Quería servir al Señor Tenebroso con todas sus fuerzas: ser poderoso, sembrar respeto. Y aun así, le molestaba. Era su padre quien tomaba la decisión y no él. Era su padre quien estaba construyendo su futuro y no él.

No lo sabe. Pensaba Ginny, mientras caminaba cojeando ligeramente y con sus puños apretados. Si lo supiera no hubiese dudado en restregármelo en la cara.

Tocó el bolsillo izquierdo de su túnica y supo que el libro seguía allí. Esa era su última esperanza, si aquel diario no le decía lo que había pasado, y si Malfoy tampoco lo sabía, entonces tendría que resignarse a que Harry no quería ser encontrado. La otra opción no tenía cabida en la mente de Ginny. Sabía que no estaba muerto, no podía estarlo.
Los pensamientos agobiaban su mente y la joven pelirroja sólo seguía el camino de tierra en el que iba; sabía que si seguía derecho no se toparía con Malfoy, o, por lo menos, eso esperaba. Mientras que a unos dos metros detrás de ella la seguían las dos pequeñas lucecitas que Titania había enviado, revoloteando rápidamente para alcanzarla.
Ginny se detuvo, el camino que había estado siguiendo ahora se separaba en dos. Fue ahí cuando se dio cuenta lo torpe que había sido: había estado siguiendo un camino sin siquiera saber dónde la llevaría.
-¡Ahg! –Ginny dejó escapar un pequeño alarido de dolor antes de tomarse la pierna izquierda-. ¡Malfoy! ¡Maldito bastardo! –maldijo Ginny por lo bajo mientras el dolor en su pierna aumentaba.
La muchacha recordó con odio la noche anterior, en donde uno de los hechizos de Draco había alcanzado su pierna izquierda; cuando corría para escapar de él, se había esforzado por evitar sentir el dolor, por hacerlo a un lado y tratar de focalizar todas sus fuerzas en un sólo objetivo: escapar del enemigo. Era obvio que no lo había logrado.
Y, como un reclamo de su ahora débil cuerpo, la herida comenzaba a dolerle nuevamente. Pero no era el mismo dolor que había sentido la noche anterior, ahora era un dolor más agudo, más intenso.
Ginny se sentó en el pasto con el fin de revisar la herida por primera vez, sin prestarle la más mínima atención a las dos pequeñas lucecitas que revoloteaban por sobre su cabeza.
Se subió un poco la túnica y arremangó su pantalón antes de soltar un pequeño chillido al ver su pierna: tenía un tajo en diagonal de no más de diez centímetros, pero eso no era lo que la asustaba. Lo que realmente la asustaba era el color verde oscuro que tenía la herida alrededor. Ni siquiera había sangre, sólo ese color mohoso que lentamente parecía querer teñir su pierna entera. No era mucho lo que había logrado avanzar, tan sólo uno o dos centímetros, pero, viniendo aquel hechizo de Draco Malfoy, de seguro no era nada bueno.
Ginny desvió su mirada de la herida y respiró profundamente, tratando de tranquilizarse para pensar con claridad la mejor forma de salir de ese lugar. Sus ojos se posaron en lo que más había a su alrededor: árboles.
-¡Eso es! –susurró Ginny, mientras se paraba cuidadosamente. Miró a su alrededor, buscando el árbol más grande, trabajo que no tardó mucho. No muy lejos de allí, se erguía con majestuosidad un hermoso castaño. Se acercó a él cojeando, admirando su belleza –Bien, Ginny, tendrás que subir lo más alto que puedas si quieres salir de aquí –se dijo a sí misma antes de apoyar sus manos en dos gruesas ramas y ayudarse con el pie derecho a subir al hermoso árbol.
¿Hace cuánto que no trepaba un árbol? Desde hace mucho, sin duda. Cuando era pequeña, no hubo ningún árbol en la Madriguera que ella no hubiese logrado trepar. Pero hace años que había dejado de hacerlo. Desde que comenzaron los ataques no había mucho tiempo para entretenerse, y mucho menos como para subirse a los árboles o jugar al Quidditch. Pero la habilidad no la había perdido. Rama tras rama iba ganando más y más altura; sólo un poco más y tendría una vista perfecta de todo el lugar. Pero ella no subía sola, desde abajo la seguían las dos lucecitas, atentas para que a la muchacha no le pasara nada.
-Cuando está la luna sobre el horizonte, muchos enanitos juegan en el bosque... –susurraba Ginny, muy bajito, con el fin de pensar en hermosos tiempos pasados, y no en el incesante dolor que le causaba la herida en su pierna-. ¡Vamos! Unas cuantas ramas más y podrás tener una mejor vista, sólo unas cuantas ramas más y... ¡AHHHHH! –la rama se había quebrado. Quizás había pisado demasiado fuerte o, tal vez, la rama no aguantó su peso; lo cierto era que ahora Ginny Weasley caía de una altura de más de ocho metros, con ramas golpeando su cuerpo por cada metro que descendía. Trató de afirmarse de alguna otra rama, pero era inútil; caía con demasiada violencia como para poder afirmarse de algo.
De los árboles, muchas pequeñas lucecitas, como las que habían estado siguiendo a Ginny, aparecieron, adornando el paisaje de destellos dorados. A unos centímetros del suelo, aquellas luces tomaron a la joven pelirroja de la túnica, evitando lo que hubiese sido un violento aterrizaje.
Suavemente, depositaron en el verde pasto el cuerpo inconsciente de Ginny Weasley, mientras que su cabello pelirrojo se teñía poco a poco de sangre.

Abrió los ojos con fuerza, volviendo al presente que estaba viviendo.
Su vida siempre había estado arreglada; muy pocas veces había formado parte de las decisiones de su vida. Lucius Malfoy le mostraba el camino a seguir, y él, simplemente, lo tomaba. ¿Es que acaso tenía otra opción? Sí... y vaya que las tuvo.
¿Qué importaba perder la vida ahora si lo habían manipulado hasta el punto de sentir que su vida ya no le pertenecía?
-Estarás bien –una voz... una voz que parecía susurrar con el viento-. Confía en mí.
Sentía el aleteo de las alas de aquellos seres que ahora lo rodeaban a él y al árbol en el que estaba apoyado, mientras que lo que estaba apretando antes su pierna, ahora se apoderaba de su cintura, inmovilizándolo aún más como para correr.
"¡Voces!" pensó Draco. "Debo estar delirando..."
La desesperación lo estaba invadiendo. Trató de jalar para librarse de lo que ahora comenzaba a quitarle el aire, de batir sus brazos para alejar a todas aquellas criaturas que rechinaban y volaban a su alrededor... pero todo parecía inútil. Sin darse cuenta, el miedo se apoderaba de él, pero seguía jalando y tirando manotazos a diestra y siniestra con el fin de librarse del peligro.
-Confía en mí –volvió a susurrar la voz. Venía de tantas partes…
Draco cerró los ojos, tratando de convencerse de que era producto de su imaginación, de la desesperación que comenzaba a sentir. Trató de tranquilizarse, pero no pudo; todas aquellas criaturas a su alrededor aleteaban y aleteaban, era desesperante; rechinaban y casi podía escuchar "Sangre fresca" con cada aleteo.
Sintió como algo atacaba uno de sus brazos, apresándolo de igual manera que su cintura; el miedo era tan grande que, en vez de mantener sus ojos cerrados, los abrió tan grandes como pudo.
"Esperanzas. Dame esperanzas..."
Un momento feliz, sólo uno y podría volver a sonreír. Sólo uno y tendría ganas de vivir.
Buscó entre sus recuerdos; golpes, destellos, garras... Y el rostro de la única persona que le hacía sonreír apareció de pronto tan claro entre las tinieblas, en su mente, sonriendo. A pesar de todo lo que le había hecho, aún sonreía.
"Esperanzas. Dame esperanzas..."
Una lágrima recorrió su mejilla derecha, acariciando sus culpas y pesares. Llorar... llorar y ahogarse en lágrimas de dolor. Gritar y enmudecer al viento con su rencor. Mientras aquella lágrima silenciosa rozó el aire, perdiéndose al llegar a la tierra húmeda.
Se sintió tan puro, tan inocente que se olvidó, por un momento, de todos sus temores.
Una lágrima... era como si aquella lágrima, al llegar al suelo, enterrara toda culpa, toda mentira, ¡todo! Como si todo, por un momento, hubiese sido perdonado.
Sentía como el aire le faltaba mientras el dolor se apoderaba de su cuerpo, pero no le importó. Quería seguir luchando; vivir, sólo eso: vivir.
Y allí estaba, enfrente suyo. Una pequeña luz crecía y crecía, dando, poco a poco, claridad al lúgubre lugar. No supo cuánto tiempo pasó, pero desde el momento en el que la luz apareció en frente suyo, fue lo único que Draco observó. Iba venciendo a la oscuridad, y a su vez venciendo a la muerte.
No tardó mucho tiempo para que la luz lograra tomar forma: parecía un Patronus más grande de lo normal, un Patronus con la figura de un caballero.
Ni siquiera miró a Draco, pero parecía saber muy bien que él estaba allí. Desenvainó su espada, llenando con un rayo de luz plateada el lugar. Los seres que habían estado aleteando y acechándolo comenzaron a chillar y a batir sus alas de una manera mucho más desesperada, intentando escapar.
Draco alcanzó a ver lo que parecían murciélagos, con un tamaño mucho más grande de lo normal, antes de que éstos se transformaran en negras cenizas que cayeron al suelo como una tupida lluvia negra.
Rápidamente, el caballero se volteó hacia él con la espada en alto. Por un momento, Draco pensó que le iba a asestar un golpe, pero aquellos pensamientos se vieron opacados cuando el muchacho vio, con cierto estupor, lo que le estaba quitando el aire: Lazo del diablo.
La planta soltó a Draco rápidamente cuando el caballero le asestó un golpe con la espada. Aunque no podía cortarla, el simple contacto con la luz hizo que la planta retrocediera, buscando oscuridad.
Draco tomó una gran bocanada de aire, antes de que sus pies cedieran y su cuerpo se deslizara por el tronco del árbol. Su boca devoraba todo el aire que podía, entumeciendo su garganta, mientras que su pecho dejaba en evidencia la desesperada forma en que respiraba.
Draco alzó la cabeza para encontrarse con la figura del caballero, que seguía sin envainar su espada, y aunque no podía ver con claridad sus ojos, el joven mortífago hubiese podido jurar que lo estaba mirando: con su mano izquierda, el caballero se sacó el casco, dejando al descubierto, un joven rostro plateado. Le sonrió con caballerosidad antes de llevarse la espada al pecho y dedicarle una breve reverencia de despedida.
El joven caballero volvió a ponerse el casco que había sujetado entre su brazo y su armadura, para luego envainar su espada. Cuando lo hizo, el caballero se transformó en una indefinida luz plateada que pareció estallar, inundando de luz todo el lugar, para luego ir desapareciendo poco a poco, con suaves destellos plateados. Draco sintió como la luz llegaba a su agotado cuerpo. Paz, sólo un momento de paz. Cuando no quedó más que una pequeña esfera de luz flotando e iluminando el lugar débilmente, el joven muchacho pareció reaccionar.
La pequeña luz aún brillaba, tan bella, tan hermosa. Draco despegó su espalda del árbol, mientras apoyaba sus rodillas en la tierra, y estiró su brazo derecho lentamente; quería alcanzar aquella luz, sentir la paz entre sus dedos. Y, ¿si todo era una trampa? El sólo hecho de pensarlo hizo que Draco retrocediera su brazo, como si la pregunta, de pronto, le quemara los dedos.
Tócame. Siénteme.
Pero, ¿qué más le podría suceder? Sólo tocaría la luz por un instante, un pequeño y mísero instante. ¿Podía eso causarle daño?
Tócame. Siénteme.
Volvió a estirar su brazo, decidido a tocar la luz que, con cada destello, le incitaba a que se acercara. Sólo un poco más y sentiría la luz entre sus dedos, sólo un poco más... Sintió un pequeño roce eléctrico al tocarla, un roce que pronto recorrió todo su cuerpo. Sin dolor, sin miedo, sólo un pequeño escalofrío y la luz ya no estaba.
Oscuridad. Sólo oscuridad, y un pequeño collar cayó en la palma de su mano.
Lejos, muy lejos, un noble caballero despertaba de su sueño. Tan real, tan lejano.

Una luz no muy intensa apareció a un lado de Draco, iluminando parte del lugar: tétricas siluetas de árboles que aún luchaban por mantenerse en pie, no habían hojas, sólo ramas calvas que parecían garras.
-Era... era cierto... –Draco, aún hincado en la tierra y con el collar en sus manos, volteó su cabeza rápidamente hacia la persona que acababa de hablar. No muy lejos de él estaba Titania, mirando en la dirección en donde había estado la figura de aquel hombre que le había salvado.
La Dama Blanca parecía a punto de derrumbarse en el suelo, y sus ojos denotaban emoción e incredulidad, como si hubiese visto a alguien que había pensado no ver nunca más. Susurró algo, y moviendo apenas sus labios parecía que nombraba a alguien.
Titania volteó su cabeza lentamente, como si le costara un gran trabajo despegar los ojos del lugar en donde antes había estado el joven caballero, y con una voz débil, llena de esperanzas, se dirigió al pequeño niño que iba con ella:
-Newt... ¿tú también lo viste?
El pequeño niño tenía su brazo derecho estirado, y de la palma de su mano, brillaba una pequeña luz azul eléctrico que ayudaba a iluminar el lugar. Miró a la Dama Blanca con una débil sonrisa, asintiendo, suavemente, con la cabeza.
-Era... era él, Newt, era él... –los ojos de Titania brillaban de la emoción, tan confundida, tan extrañamente feliz.
El niño llamado Newt le dedicó una amplia sonrisa de comprensión antes de desviar la mirada hacia Malfoy, quien ahora apretaba el collar con su mano, y observaba la escena con el ceño fruncido, mientras sus ojos buscaban respuesta a todo lo que estaba sucediendo.
-Ania... el muchacho –Newt jaló suavemente el vestido de la Dama Blanca, para que ésta le prestara atención a Draco.
Titania pareció salir de pronto de su ensimismamiento, borrando su sonrisa y girando rápidamente en dirección a Draco.
-¿Te encuentras bien? –preguntó con preocupación mientras se acercaba a su lado.
Draco la miró con una expresión de sorpresa, mezclada con el toque de arrogancia tan característico de él, antes de contestar:
-¡Por supuesto que no! –soltó, indignado, como si la sola pregunta fuera un grave insulto- ¡Una planta casi me mata y unos... "bichos" casi me comen vivo! ¡Muchas gracias por su preocupación! –estaba furioso, cansado de que le pasaran cosas tan extrañas en ese estúpido lugar. ¡Y todo por culpa de aquella maldita pelirroja! Desde que se había entrometido en sus planes no hacía más que causar problemas.

La extraña sensación de felicidad y emoción que había sentido Titania hacia algunos momentos se desvanecieron. Quizás era momento de dejar los sueños atrás y dedicarse por completo a la misión que le habían encomendado. Él ya no regresaría. No podía verlo más que en fantasmagóricas luces plateadas que no le traerían su calor, sólo vagos recuerdos de lo que se debe olvidar, pero que el corazón sigue guardando. Una lucha constante por mantener lo que nos hace sentir completos, pero que aun así nos va destruyendo.
-Con su permiso –dijo Draco parándose del suelo, reteniendo fuertemente el collar en su mano-, yo me largo de aquí. De seguro hay más de esas cosas hambrientas, y no estaré aquí cuando vuelvan a atacar –pasó altivamente por el lado de Titania, sin siquiera mirarla, y no le prestó la más mínima atención al niño que seguía sosteniendo la luz con la palma de una de sus manos.
-¿Y adónde piensas ir ahora, joven mago? –preguntó la Dama Blanca, volteándose hacia él.
-Eso no es asunto suyo, vieja loca.
-Bien, entonces creo que esperaré aquí –anunció Titania con la voz más comprensiva que pudo sacar-. De seguro los demás seres del bosque traerán tu cadáver –Draco dejó de caminar, para volverse lentamente hacia Titania.
-¿Qué es lo que quiere? –preguntó Malfoy con una mueca de desagrado que no se molestó en ocultar.
-Lo único que les he pedido es que me escuchen; que traten de comprender, aunque sea un poco –confesó la Dama Blanca. Sí. Esa frase ya la había escuchado antes, muchas veces, quizás demasiadas. Su mirada pareció nublarse con los recuerdos que llegaban a su mente, o tal vez era por el hecho de que nunca se imaginó tener que escucharlas salir de su propia boca.
Escuchar y comprender. Muchas veces sólo se logra cumplir con la primera.
Draco la miró fijamente, mientras que una mueca de arrogancia y duda se dibujaba en su joven rostro. Iba a replicar cuando muchas lucecitas pequeñas comenzaron a revolotear a su alrededor.
-¿Pero qué...? ¡Ahg! –chilló el joven mortífago, mientras trataba de alejar a las diminutas luces con sus brazos-. ¡Malditas... luces voladoras!
Newt soltó una sonora carcajada al ver al arrogante muchacho tratando de deshacerse de los diminutos seres, algo que, francamente, molestó a Malfoy.
-¡Mantén tu boca cerrada, mocoso! –gritó Draco, quien seguía aleteando mientras que, sin darse cuenta, había lanzado el collar lejos de él al tratar de alejar a las lucecitas.
Titania, quien o no podía o no quería hacer nada para alejar las pequeñas luces de Malfoy, le hizo una seña a Newt para que recogiera el collar mientras que Draco seguía aleteando.
El pequeño niño se acercó silenciosamente hacia el lugar en donde había caído el collar y, cuando estuvo lo suficientemente cerca, estiró el dedo índice de su mano izquierda, apuntando hacia el hermoso objeto, mientras que con un leve movimiento, lo hacía levitar hacia él, evitando tocarlo, pues sabía lo que pasaría si se atrevía a hacerlo. Retrocedió lentamente, tratando de no hacer ningún ruido que llamara la atención del mortífago, lo que hubiese sido bastante difícil, pues Draco tenía puesta toda su atención en tratar de ahuyentar a las pequeñas luces, además de maldecir fuertemente.
-Si te calmas, ellas no te atacarán –explicó Titania, quien se esforzaba para no reír.
-¡Esto es obra suya! ¡Sáqueme sus estúpidas lucecitas de encima! –gruñó Draco mientras fulminaba a la Dama Blanca con la mirada.
-Ya te lo dije; si quieres que te dejen en paz, tienes que calmarte primero –volvió a explicar Titania, con una sonrisa que más que comprensión, expresaba burla.
Draco soltó un respingo antes de dejar de aletear para quedarse tranquilo, en una posición bastante incómoda. Las diminutas lucecitas dejaron de atacar a Malfoy y se dirigieron hacia Titania, dando pequeñas volteretas.
Newt las observó atentamente antes de darse cuenta de lo sucedido.
-Ania, ¡la muchacha! –advirtió el niño.
-¿Qué le pasó a la muchacha? -preguntó Titania, con preocupación.
-Al parecer, está problemas.
-¡Fantástico! –soltó Draco, mientras se erguía, con una desagradable sonrisa en sus labios-. Algo bueno que pase.
La Dama Blanca se volteó hacia él, mirándolo con reproche.
-Te tragarás tus palabras, Draco Malfoy –le advirtió Titania, seriamente.
-No veo cómo –declaró Draco, con voz desafiante, mientras arqueaba una de sus cejas.
-Muchas veces, las personas más inesperadas terminan forjando nuestro propio destino, formando parte de nuestras vidas.
Draco no contestó, sabía muy bien que Titania decía la verdad. Recuerdos, ¡cómo dolían! Sí. A Draco Malfoy le dolía saberlo por experiencia propia. Saber que las personas menos esperadas se transformaban en entes demasiado importantes en nuestras vidas, y sin las cuales el mundo parece perder todo su encanto, dejándonos míseras sombras de lo que alguna vez nos hizo sentir felices.
-¡Escúcheme bien! –habló el joven mortífago, por fin-. Ella jamás será parte importante de mi vida –declaró Draco, amenazante-. ¡Jamás! –Y dicho esto, se dio media vuelta para marcharse.
-Pero si ya lo es, Draco Malfoy –murmuró Titania, con una sonrisa, en un susurro que Draco no alcanzó a oír-, ya lo es.

Malfoy sólo logró caminar unos cuantos pasos antes de que la Dama Blanca volviera a hablar.
-Tienes que venir con nosotros –anunció Titania.
-No veo por qué –se detuvo Draco.
-Porque no puedes andar vagando por el bosque sin saber hacia dónde ir, te perderás.
-Ese es mi problema.
-No tienes idea qué clase de criaturas habitan en este bosque, Draco Malfoy.
-Bien, entonces, esperaré aquí –anunció Draco cruzándose de brazos, apoyando su espalda y su pie derecho en el árbol más cercano.
-¿No piensas ayudarla? –preguntó Titania, con ingenuidad.
-¿Qué? No desperdiciaré mi tiempo salvando a una pobre e inmunda traidora a la sangre –continúo el mortífago con una mueca de asco dibujada en su pálido rostro-. Además, de seguro los demás seres del bosque traerán su cadáver –terminó Draco, con una sonrisa irónica en sus labios.
Titania abrió la boca para responder, pero Newt habló primero:
-Él no vendrá –interrumpió el niño, caminando hacia Draco con arrogancia, tratando de imitarlo.
-¿De qué hablas, mocoso? –se volteó Draco, arqueando una ceja.
-Él no te volverá a salvar –se detuvo Newt, dibujando una sonrisa en su rostro que incomodó a Malfoy-. No sin esto –el pequeño niño, que mantenía su mano izquierda detrás de su espalda, mostró el collar que Draco había tenido en sus manos.
-¡Dame eso, mocoso! –Malfoy trató de tomarlo, pero el niño levitó el collar, rápidamente, lejos del joven mago.
-Si vas con nosotros, lo tendrás –volvió a sonreír Newt.
-Y si no, ¿qué? –preguntó Draco.
-Bien, como quieras –desistió Titania-. Pero tú tendrás que cuidar a las "lucecitas" –y dicho esto miró a Newt, quien, moviendo levemente su cabeza, les indicó a las pequeñas luces que fueran hacia el mago.
Las luces no esperaron otra señal antes de volar rápidamente hacia Draco, atacándolo con mayor ferocidad que antes.
-¡Ahg! –soltó Draco, volviendo a aletear para zafarse de las "lucecitas voladoras"-. ¡Está bien, está bien! –gritó, mientras que Newt silbaba para que las luces dejaran de atacar a Malfoy- Iré con ustedes –anunció el mortífago de mala gana.
-¡Perfecto! –sonrió Titania.
-Pero quiero que sepa que sus malditas luciérnagas me mordieron –gruñó Draco sobándose una oreja, mientras caminaba para acompañar a Titania y Newt.
-No son luciérnagas –replicó Newt con ingenuidad, a lo que Draco contestó con una mirada de pocos amigos.

Gracias a las luces, que les indicaban por donde seguir, no tardaron mucho en llegar al mismo camino que Ginny había tomado. Titania y Newt iban adelante, mientras que Draco los seguía unos pasos más atrás, tratando de hallar desprevenido al niño para quitarle el collar.
-¡Esto es mío! –dijo Draco cuando logró tomar el collar que había estado levitando todo ese tiempo por encima de la mano de Newt.
-¡Hey! –soltó el niño, dándose vuelta para ver a Draco.
-Ya los estoy siguiendo, ¡el collar es mío! –exigió el muchacho, apretando fuertemente el hermoso objeto.
-Como quieras –siguió caminando Newt-. De todas maneras, quitártelo nuevamente será fácil –se burló el pequeño.
-¿No piensan explicarme qué era ese hombre plateado? –preguntó Draco, sin tomar en cuenta las palabras del niño.
-No –soltaron Newt y Titania al unísono, sin siquiera mirarlo.
Draco abrió la boca para discutir aquella decisión, pero sus ganas de replicar fueron interrumpidas cuando Newt habló:
-¡Allí está!
A unos cuantos metros, yacía la joven cuyo cabello pelirrojo tenía ahora matices de rojo sangre, su propia sangre.
Titania se acercó rápidamente al cuerpo inerte de Ginny, hincándose para revisar mejor su estado.
-¿Está muerta? –preguntó Draco.
Titania no le contestó, tenía puesta una mano sobre la cabeza de Ginny y al instante sintió la tibieza de la sangre.
-Debió haber caído del árbol –infirió Newt, mirando hacia el castaño.
-Está sangrando... –susurró la Dama Blanca.
-Está viva, ¿verdad? –esta vez fue Newt quien preguntó por el estado de Ginny, mirando asustado hacia ella.
-Sí, aún respira –informó Titania -. Pero está inconsciente, y la herida en su cabeza no se ve nada bien.
Newt tragó saliva:
-¿Qué vamos hacer?
-Debemos llevarla con Nuria –contestó Titania, de inmediato, sin despegar su mirada de Ginny.
-Ania, ya sabes las reglas –le recordó Newt.
-Eso no importa ahora. La muchacha está mal, y las reglas no se aplican si eso conlleva la pérdida de vidas inocentes.
-No, tú no las aplicas si eso conlleva... –comenzó a alegar Newt, pero se calló al ver la mirada de reproche que la mujer le dedicó.
-Joven mago –llamó Titania, volteándose hacia Draco, que se encontraba a unos cuantos metros, observando inexpresivamente la escena-. Tú tendrás que llevarla –explicó.
-¿Qué? –el rostro de Draco se distorsionó en una mueca de sorpresa y horror.
-Lo que oíste. Tú tendrás que llevarla durante el viaje.
-Debe estar bromeando –soltó el joven mortífago, con perplejidad.
-¿Te parece que todo esto es una broma? –preguntó Newt, con un toque de ironía e incredulidad, indicando a Ginny.
-No voy a tocarla... –alegó Draco, retrocediendo, como si sospechara que las personas que tenía en frente lo fueran a obligar a hacerlo.

-Joven mago –Titania suavizó su voz y miró a Malfoy-, sé que no crees ni una palabra de lo que he dicho, pero, si quieres salir de aquí, necesitarás de su ayuda –dijo señalando a Ginny.
-Yo no necesito la ayuda de nadie -se indignó Draco.
-Yo sé que no eres un asesino –profirió Titania, rogando para no enfadar al mortífago con sus palabras.
-Entonces no sabe nada sobre mí –declaró Draco, con una mirada de resentimiento, no por lo que dijera Titania, sino por el recuerdo de los crímenes cometidos.
-Por favor –insistió la Dama Blanca-. No lo hagas por ella, hazlo por ti.
-¿Por mí? –se bufó Malfoy-. ¿En qué me beneficiará a mí el que yo ayude a esa... Weasley?
-Por favor, Draco Malfoy –pidió Titania-. Por favor.
-Olvídelo. No tocaré a esa traidora a la sangre.
Titania se dio cuenta, con horror, como sus opciones se iban acabando. Sólo una... y la ocuparía lo mejor posible:
-¿Quieres recuperar tu concentradora de magia? –la Dama Blanca metió una de sus manos en uno de los bolsillos del vestido, y, al sacarla, Draco pudo reconocer lo que había en la mano derecha de Titania: una varita, su varita.
-¡Démela! –exigió, acercándose y estirando la mano que tenía desocupada.
-Sé que quizás lo que te estoy pidiendo es demasiado –continuó Titania sin hacer caso a las palabras de Draco-. Pero sólo tendrás que cargarla unos minutos. Si nos apuramos, llegaremos rápidamente –explicó la mujer-. Por favor.
Draco la miró con profundo rencor antes de acercarse un poco más, lentamente, dudando intensamente de lo que estaba a punto de hacer: ayudar a una traidora a la sangre.
El rostro de Ginny emanaba una inocencia casi innata, algo que en Draco no provocó más que repulsión. Hipocresía, eso era lo que Ginny significaba para él. Aquella muchacha no era más que una maldita hipócrita. Una joven que aparentaba ser dulce y tranquila, pero en cuyo corazón sólo habitaban el engaño y la venganza.
Se hincó, lentamente, apoyando una de sus rodillas en el suelo, mientras que afirmaba, fuertemente, su pie derecho en la tierra.
Suavemente posó su mano izquierda sobre el cuello de la muchacha.
Frío. Tanto frío en su cuerpo con sólo el roce de sus dedos en el cuerpo de la joven pelirroja. Un intenso escalofrío recorrió su ser. Su respiración se fue agitando más y más. Tantos recuerdos, tantas tristezas. Y luego... Paz. Sólo paz y aquella repentina sensación de esperanza entremezclada con una extraña felicidad.
-Lo sientes, ¿verdad? –sonrió Titania.
Draco apartó rápidamente su mano del cuerpo de Ginny y miró confundido a la mujer que le sonreía.
-Ponte el collar y tómala con cuidado –explicó la Dama Blanca, con amabilidad, al pararse.
Draco dejó de apretar el collar para tomarlo con cuidado y depositarlo en su cuello. Por un breve instante, el objeto dejó escapar un pequeño resplandor plateado, para luego volver a parecer un collar común y corriente.
Con suavidad, Draco posó su mano derecha en la espalda de Ginny, tratando de levantarla un poco para así tomarla con mayor facilidad.
Frío, tanto frío... y luego un inexplicable bienestar.
Posó su otro brazo por debajo de las piernas de la muchacha y, lentamente, haciendo uso de su fuerza, pudo levantar el cuerpo de Ginny.
Frío. Calidez. Una ola de sentimientos tan distintos y tan extrañamente combinados.
Pegó el cuerpo de Ginny al suyo, evitando que se cayera. Protegiéndola.
Tan cálida, tan débil.
-¿Te has aparecido alguna vez? –preguntó Titania a Draco, mientras le tomaba la mano a Newt.
Draco, que no había hecho más que mirar fijamente a Ginny desde que ésta reposaba en sus brazos, miró a la Dama Blanca algo confundido antes de contestar:
-Sí... muchas veces.
-Sujétala fuerte, yo te sujetaré a ti –informó Titania antes de tomar fuertemente el brazo de Draco-. Bien... aquí vamos –la mujer cerró sus ojos, y frunció el entrecejo, como si lo que estuviera a punto de hacer necesitara mucha concentración.
Una fuerte brisa los envolvió y los levantó, poco a poco, del suelo.
Draco disfrutaba viajar de esa manera. La adrenalina que se sentía... cerrar los ojos y olvidarlo todo por un momento.
Pero ésta vez era diferente. Ésta vez no podía olvidar. Sentir a alguien tan cerca de él sólo lo hacía recordar:

El lugar sólo estaba iluminado por la luz de la luna llena, que se colaba por una pequeña ventana. Apoyada en una mesa, yacía la silueta de una persona que dormía profundamente: una mujer. Él la contemplaba en silencio, grabándose cada parte de su rostro antes de partir. Estaba seguro de que pasaría mucho tiempo antes de poder volverla a ver.
El tiempo le haría descubrir que ese momento estaba más cerca de lo que él esperaba.
El reloj de la habitación hizo salir al muchacho de su ensimismamiento. Ya era medianoche.
Se acercó lentamente hacia la muchacha y acarició, suavemente, su cabello.
-A ti no te pasará nada –le susurró al oído, a pesar de que ella durmiera-. Lo prometo –besó su mejilla antes de posar una carta y una rosa en las manos de la muchacha.
¡Oh! ¡Cómo deseaba quedarse con ella unos momentos más...!
Antes de marcharse, Draco Malfoy alzó la vista hacia la ventana, observando por largos segundos la belleza del cielo nocturno, sin saber que, aquella noche, sería quizás la última en que la luna llena le pareciera tan hermosa.

Aterrizaron suavemente a unos metros de un gran árbol.
-¿Estás bien, Ania? –preguntó Newt a la mujer, quien parecía ya no tener fuerzas.
-Sí, creo que sí –susurró Titania-. Entren ustedes, yo me quedaré aquí por un momento.
El niño asintió y le indicó a Draco que lo siguiera.
-Vamos, es en ese árbol –explicó Newt. Draco sólo escuchaba.
El pequeño niño dejó ver una pequeña piedra preciosa que colgaba de un collar que traía en el cuello. Un pequeño resplandor salió de la piedra y, al instante, una manija apareció en el árbol.
-¿Qué hacen aquí? –la manija giró y se abrió una grieta en el árbol, por la cual apareció una mujer de tez morena y cabellos violeta.
-Necesitamos ayuda, Nuria –explicó Newt, haciéndose a un lado para que la mujer viera a Draco y Ginny.
-¡Hadas revoltosas! -soltó Nuria mirando a Ginny -. ¿Qué le pasó a la muchacha?
Ninguno de los dos respondió.
-¡No se queden ahí! Pasen, pasen... –dijo la mujer, haciéndose a un lado –Recuéstala en esa cama, muchacho –ordenó Nuria a Draco
Draco obedeció, no sin antes dirigirle una desagradable mirada a Nuria.
-No me mires así –exclamó la mujer como si nada-. De seguro esto ha sido culpa tuya.
-¿¡Qué!? –Draco la miró sorprendido- ¡Por supuesto que no! ¡Si la pecosa ésta se lastimó fue por culpa de ella!
-Sí, sí... todos dicen lo mismo –Nuria se acercó al cuerpo de Ginny para revisar su estado-. ¿Qué haces? –preguntó cuando Draco se disponía a alejarse del cuerpo de la más pequeña de los Weasley-. Tienes que quedarte cerca de ella.
-¿Ah? –se volteó Draco, sin entender.
-Lo que oíste –dijo Nuria, exasperada- Anda, tómale la mano y no la sueltes hasta que yo te diga.
-No volveré a tocarla –respondió Draco, desafiante.
-¡O le tomas la mano o te convierto en sapo! –amenazó Nuria-. Vamos a ver si ella quiere besarte cuando despierte...
Draco la miró con una desagradable mueca en su rostro antes de acercarse nuevamente a Ginny y tomarle la mano.

El lugar era muy amplio y acogedor, aunque daba la sensación de que todo estaba muy apretujado. Por todas partes había repisas con frascos de diversas formas y colores, que tenían pequeñas inscripciones que indicaban el nombre de cada una. Cerca de la cama en la que reposaba Ginny, había un brasero que, a pesar de no ser muy grande, daba calor al lugar.
Nuria había puesto, cuidadosamente, algunas hojas en la cabeza de Ginny, cubriéndole toda la parte de la herida, mientras que Draco tenía la vista fija en la mano de la muchacha, sin siquiera prestar atención a lo que a su alrededor sucedía.
-Newt –llamó Nuria al niño-. Alcánzame una de aquellas botellitas verdes –pidió la mujer, indicando con la cabeza una de las repisas cercanas.
-¿Qué vas hacer? –preguntó Newt cuando le pasó el pequeño frasco verde.
-La muchacha está fuera de peligro, pero la sangre que perdió la ha debilitado mucho –explicó Nuria, mezclando diversos líquidos en un jarrito de cristal-. Necesita recuperar fuerzas, así que, después de tomar la poción que estoy preparando, tendrá que pasar la noche aquí.
-¿Y yo cuándo voy a poder sacar mi mano? –preguntó Draco, despegando su mirada de la mano de Ginny para posarla en la espalda de la mujer, que preparaba rápidamente la poción.
-Tú no te puedes despegar de ella hasta que despierte.
-¿Qué? –preguntó Draco, confundido.
-Mira, muchacho, no sé qué le habrás hecho para dejarla en ese estado, pero tendrás que dormir con ella esta noche –le informó Nuria, mirándolo aprensivamente.
-¡Yo no voy a dormir con ella! –informó, furioso.
-¡No me vengas con caprichos, muchacho!
-Usted no tiene idea de quién soy yo...
-¡Por supuesto que sé quién eres! –informó, Nuria, ofendida-. Eres uno de los elegidos.
-Mi nombre es Draco Malfoy –corrigió-. Y si estoy aquí es porque quiero recuperar mi varita.
-Veo que Titania no les ha explicado todo correctamente –declaró Nuria, con altanería, mientras se acercaba a Ginny con el jarro de cristal en la mano, en cuyo interior, reposaba una pócima de color violeta.
-¿Disculpe? –preguntó Draco, mientras que Nuria vertía la poción, con mucho cuidado, en la boca de Ginny.
-Joven Malfoy, no sé qué te habrá hecho ella –dijo la mujer, cambiando de tema-, pero el rencor no es la solución. Sé que no has creído en las palabras de Titania, pero si quieres saber la verdad sobre este bosque, tendrás que esperar hasta mañana.
Draco no respondió, pero aquella información quedó resonando en su mente.
-Ahora, descansa –recomendó Nuria-. Sé que hoy no has pasado un agradable día, pero Titania no te devolverá tu varita si no haces lo que te digo –y, tras estas palabras, salió de la morada, acompañada por Newt, que se había mantenido en silencio, observando la escena atentamente.
Draco dirigió su mirada hacia Ginny, observándola detalladamente. ¡Por supuesto que no compartiría cama con ella! No importaba lo que le dijeran, no lo haría. Suficiente tenía ya con haberla cargado hasta ese lugar para que ahora le pidieran que durmiera en la misma cama. Aun así, no soltó la mano de Weasley, no tenía ninguna intención de ser un sapo aunque sólo fuesen cinco segundos.

Sabía que ocurría algo extraño y que sólo ocurría cuando tocaba a la muchacha. Pero sentir tanto frío y luego una irremediable paz era algo que Draco Malfoy no comprendía. Por unos momentos se sentía tranquilo, libre. Pero toda su amargura volvía cuando posaba sus ojos en Ginny, recordando a quien estaba tocando.
La puerta se abrió, dejando ver el agotado rostro de Titania, quien miró con una ligera sonrisa la escena.
-¿Viene a devolverme mi varita? –preguntó Draco, con la vista fija en la mano de Ginny.
Titania sonrió, ver a Ginny durmiendo mientras Draco le tomaba la mano sin duda era algo que sabía no vería en mucho tiempo más.
-Veo que no te has acostado todavía –dijo Titania mientras se acercaba a la cama.
-Prefiero dormir en el piso antes que acercarme un milímetro más a la pecosa –soltó Draco lanzando chispas por los ojos.
-Necesitas descansar y, créeme, pueden pasar muchos días para que vuelvas a dormir en una cama confortable.
-Apenas tenga mi varita, me largaré de aquí –anunció el mortífago-. Cuando regrese a casa...
-Nadie te espera allá afuera, Draco Malfoy.
Los ojos del mago se nublaron en una expresión que Titania no pudo definir. Quizás era odio, rencor... o, tal vez, tristeza.
-Eso no es de su incumbencia...
-¿Por qué no aceptar una segunda oportunidad? –insistió la mujer.
-¿Una segunda oportunidad? –rió Malfoy, sintiendo el dolor hundirse cada vez más en su ser-. Ni siquiera me dieron la primera.
Titania calló. Sabía que no tenía derecho a insistir tanto y, sin embargo, algo en ella la incitaba a seguir.
Rencor...
-A ver si esto ayuda –dijo entonces, mientras cerraba los ojos y tocaba la cama que de pronto se hizo cincuenta centímetros más ancha-. Ahora descansa, Draco Malfoy. Descansa.
El muchacho no la miró, pero tampoco se movió del lugar en el que estaba.
-Si realmente no te importa, ¿cuál es el problema de dormir en la misma cama? –preguntó la Dama Blanca antes de salir de aquella morada.
Draco alzó la vista, pero la mujer ya no estaba.
Lo estaban desafiando, y él no sabía perder.
Observó a Ginny con una mueca surcándole el rostro.
-Debería ahorcarte con mis propias manos... –susurró Malfoy acercándose a Ginny-. Pero la soledad y el rencor son más dolorosos que la muerte, Weasley... Y te arrepentirás por haberte entrometido en mis asuntos.
Draco Malfoy, sin soltar la mano de Ginny, se recostó a su lado, tratando de no tocar más que su mano, lo cual resultaba una tarea difícil aun teniendo en cuenta los cincuenta centímetros que Titania le había dado.
Sí... aquella era su forma de probar que para él, Ginny no merecía ni su odio. No era más que una simple muchacha. ¿Cómo pudo Potter enamorarse de ella? Teniendo tantas otras pretendientes, ¿para qué escoger a la más insignificante de todas?
Draco volteó su cabeza para ver mejor el rostro de Ginny.
Ni siquiera era tan bonita. Insignificante. Pecosa, con una cabello que ahora caía sin gracia, y un rostro entristecido, con un toque de amargura.
Cada vez se iba oscureciendo más y más aquel lugar, mientras que Draco no lograba conciliar el sueño. Quizás eran los recuerdos, la culpa... O, quizás, el simple hecho de que quien lo acompañara ahora fuera una de las personas a quien debió haber aniquilado hace ya mucho tiempo.
Pero no lo hizo. Dudó... siempre dudó. Y ahora pagaba las consecuencias de sus errores.
Perdido en un bosque de dudosa existencia, sin encontrar la manera de escapar porque, entre más intentaba alejarse, más lo acorralaban. Compartiendo cama con una molesta muchacha, rozando sus cuerpos, sintiendo la incomodidad en cada movimiento, en cada roce.
"No es más que una estúpida Weasley", se decía cerrando los ojos e intentando dormir. Pero le incomodaba. Le incomodaba tener que tocarla, tener que sentirla.
Le incomodaba tenerla tan cerca suyo.

Podía escuchar su pausada respiración muy cerca. Cada ruido, cada ligero sonido lo hacía sobresaltar, mientras que tomaba con más fuerza la blanca mano de Ginny.
Se sentía tan bien, y a la vez tan confundido. El calor que le brindaba el cuerpo de Ginny, esa sensación de satisfacción, y, a la vez, una irremediable culpabilidad.
¿Cuándo fue la última vez que tuvo a alguien así de cerca? Sintiendo el calor, la tranquilidad de saber que, al abrir tus ojos, alguien despertaría junto a ti.
Miró, nuevamente, el rostro de Ginny... Apacible, inocente, carente de maldad.
Y, sin querer, le recordaba a alguien más.
Porque su vida ahora sólo se alimentaba de recuerdos, recibiendo migajas. Migajas de lo que recordaba era tener un momento de felicidad, sin poder vivirlo nuevamente, sin tener a nadie con quien compartir algo más que odio.
Una dulce melodía comenzó a sonar, una dulce composición que venía de tantas partes, como el crujir de las hojas en el exterior.
No quiso cuestionarse de dónde venía, porque ni él mismo estaba seguro de si lo que escuchaba provenía de afuera o de su propia mente.
"No. No podemos hacerte olvidar."
Cada nota resonaba en sus oídos, deleitando su mente, olvidando razones.
"Duerme."
Se acomodó con delicadeza, y pudo observar con mayor detalle el perfil de Ginny. Y, por un momento, pareció ver, una vez más, a alguien que aquella pelirroja nunca sería.
"Sueña para no recordar."
Lentamente fue cerrando sus ojos, absorto en la música.
Un dulce toque, lejanos recuerdos, música... Y Draco Malfoy dormía apoyado en uno de los hombros de Ginny Weasley.