Capítulo V: "Heridas de guerra"
"Las almas de aquellos caídos los acompañaban en sueños y en pesadillas,
calando profundo en sus propias almas ya rasguñadas por el dolor.
Tal vez, algún día, se cansarían de atormentar a los aún vivos,
cesarían sus ecos, perdonando así todo el mal alguna vez hecho."
La humedad del lugar, el frío que sentía y algunas cuantas gotas que caían sobre su anciano rostro le eran suficientes para saber que se encontraba apresado bajo tierra. Sus esqueléticos dedos ya habían tocado cada rincón que su cuerpo le había permitido, leyendo así, con sus yemas, relatos de antiguos prisioneros, relatos que sus cegados ojos no podían leer. Todo siempre fue más claro desde que sus ojos se cansaron de ver.
Estaba solo en aquel lugar y comprendía que la magia que antes lo había protegido se había extinguido. Las fuerzas oscuras que lo habían apresado eran las mismas que él había ayudado a capturar años atrás: un antiguo sacrificio para poder mantener a raya a la oscuridad hasta que los nuevos elegidos llegaran.
Su propia magia ya no era suficiente, sentía como sus pocas fuerzas se iban apagando y aún así se había negado a dormir desde que lo habían apresado. Si lo hacía, entonces su mente estaría débil a cualquier ataque, y él debía resistir lo más que pudiera, al menos hasta recibir alguna señal. Su mano se posó casi por instinto en uno de los cuantos collares que llevaba. No sabía con exactitud cuántas horas habían transcurrido, pero el recuerdo de la última noche en su morada volvía una y otra vez.
Una muchacha de largos y alborotados cabellos rojos corría con cierta dificultad en su propio sueño para dejar atrás a una figura encapuchada que cabalgaba sobre una bestia negra. Sombras que aguardaban en los árboles se dirigieron a toda velocidad hacia ellos para trasladarlos a otro lugar. Primero a ella, luego a él. Todo ocurrió muy rápido, pero sabía muy bien lo que todo aquello significaba. Lo último que Tapio divisó antes de despertar fue una luz acercándose a sus cuerpos inconscientes para luego desaparecer.
Sus ciegos ojos se habían abierto, sin percibir la diferencia entre la oscuridad de su sueño y la negrura de su propia ceguedad, su corazón estaba sobresaltado y latía de una forma que ya no recordaba. Los sueños, aunque a veces terribles, siempre le dejaban un dulce sabor, era en ellos y en sus recuerdos en que podía percibir las imágenes otra vez.
Desde que cruzaron la barrera, supo que en algún momento vendrían a por él. No iba a escapar, no había razón. Su misión en el Bosque ya se había cumplido. Casi. Debía ser rápido.
Buscó su báculo y con él se dirigió a la parte más despejada de su árbol. Golpeó el suelo una vez, susurrando palabras que habían estado dormidas en su mente por años. Golpeó otra vez. Recordaba cada camino andado, cada morada y cada enemigo; sabía de las antiguas trampas y de los árboles guías, no olvidaba a ningún aliado ni a quienes estaban dispuestos a ayudar. Al tercer golpe, el suelo se iluminó con líneas y dibujos que parecían hechos de tinta azul brillante.
Estaba por terminar el hechizo cuando los escuchó venir.
Supo que no podría terminarlo sin que la oscuridad obtuviera el mapa. Confió en que fuese encontrado por la persona correcta y pronunció el último hechizo pensando en el único ser que sabía le era fiel.
Ahora yacía tendido en aquella mazmorra, sintiendo como su magia era opacada por la fuerte presencia de la oscuridad. A veces sonreía, pero sólo porque le hacía gracia la ironía de terminar sus días allí. Morir no le asustaba, lo que le inquietaba era la información que le pudiesen sacar antes de morir. Sin su báculo no podría protegerse de la magia oscura que inundaba aquel lugar por mucho tiempo.
Cerró sus ojos una vez más. El mapa estaba bien guardado, pero alguien debía encontrarlo. Con la mano aún en el collar, lo invocó en sus pensamientos una vez más, esperando que la conexión que había entre ellos dos fuera suficiente para que comprendiera lo que debía hacer.
Forbes miró una vez más al cielo nocturno. Ya era medianoche. Su última esperanza se avivó cuando vio surcar una sombra en el cielo: uno de sus hombres llegaba. Lo observó planear unos segundos antes de descender a escasos metros de él. Bajó presuroso de su Thestral y antes de que se atreviera a hablar, Forbes ya sabía la noticia:
-Señor, no hemos podido encontrarlo –el hombre se dirigió a él mientras se quitaba la capucha negra que le ocultaba el rostro. Era joven, de rostro sereno y tostado. Sus ojos café oscuro lucían negros a la escasa luz de aquella noche, al igual que su cabello.
Forbes comprendió lo complicado de la situación.
-¿Dónde están los demás? –preguntó con seriedad, intentando ocultar su preocupación.
-Intentan seguir el rastro antes de que las señales se pierdan. Es imposible que ya hayan llegado a Forlorn con él. Aún debe estar en alguno de los calabozos del límite, en nuestro territorio no puede estar. Hemos recorrido todo lo que hemos podido y hablado con todos los jefes de las comunidades que encontramos.
-Bien. Gracias, Drostan. Ve a descansar, mañana recibirás nuevas órdenes.
El joven hombre inclinó su cabeza antes de retirarse. Había recorrido algunos pasos cuando se volvió, angustiado. Dudó, pero aún así decidió hablar:
-Señor, ¿qué pasará ahora?
Forbes lo observó, intentando formular una respuesta que aún era muy dura de aceptar.
-Algunos… -continuó el muchacho- las teorías de algunos son… alentadoras. Las historias de otros no lo son.
-Ahora es cuando hay que ser fuertes, Drostan. Tú sabes lo que ha pasado, pero no te puedo decir lo que pasará. Eso no lo sé.
Los ojos de Drostan se nublaron por un momento, mientras un escalofrío recorría su espalda. Se marchó con una pequeña reverencia, con la esperanza de que el sueño tranquilizara sus temores.
Forbes caminó entre la oscuridad, haciéndose paso entre aquellos árboles que bien conocía. Sus hombres lo esperaban y cada paso que daba lo hacían sentir más desolado. La lentitud de sus pasos no ayudaba a dejar atrás la preocupación, pero tampoco lo haría caminar más rápido.
Llegó a un claro, iluminado por un azul fuego mágico y allí estaban: seres de distintas razas, distintos tamaños, distintas formas, seres de magia. No pudo más que sentirse orgulloso de ellos, de sus luchas, de sus victorias y de todo lo que sus corazones habían aprendido. Los miró uno a uno, como solía hacer, antes de comenzar a hablar:
-Nuestra parte del bosque, como ustedes saben, ha estado protegida desde que los últimos elegidos fueron capturados –su repentina aparición causó un leve sobresalto, pero no tanto como sus palabras-. La protección sólo podía durar hasta que los nuevos elegidos llegaran.
Hubo un silencio expectante, si bien aún no sabían con certeza la llegada de Draco y Ginny, todos habían caído en la cuenta de que la noche anterior había sido la más despejada desde hacía años.
-Nuestras criaturas detectaron magia poderosa acercarse a Argusthat–Forbes hizo una pausa antes de continuar-. Los elegidos ya están aquí.
Se miraron unos con otros, sin saber si sonreír o mantenerse serios. Forbes detuvo cualquier decisión que hubiesen tomado para hablar nuevamente:
-Han cruzado la barrera, lo que alguna vez durmió en nuestra parte ha despertado –entonces supieron que lo correcto no era sonreír-. Nuestra tarea es y seguirá siendo proteger el bosque, no lo olviden.
Los caballeros asintieron en silencio, confusos.
-Se han llevado a Tapio –dijo por fin, evitando un par de ojos en especial. Todo pareció aún peor para todos, la realidad se les abalanzaba: comenzaban a llevarse a los suyos-. Cada uno de ustedes recibirá órdenes esta noche. Nuestra parte del bosque los necesitará, ahora más que nunca.
Cada uno, en silencio, espero por sus órdenes. Los más expertos debían seguir con la búsqueda de Tapio, sólo ellos tenían posibilidades de sobrevivir en donde las fuerzas oscuras eran más poderosas. Los demás caballeros fueron encomendados a diversos lugares, para proteger al resto de los seres de cualquier ataque. Sólo dos caballeros fueron escogidos por Forbes tras la petición de Titania, por sus conocimientos, por su paciencia y porque en su corazón sentía que eran los correctos. Aidan aceptó su tarea en silencio, para luego retirarse. El otro caballero no fue tan fácil de convencer.
-¡No lo haré! –gritó el muchacho de melena larga y ojos grises a Forbes.
-Es una orden, Benrik –su voz era calmada, pero decidida.
-¡Tienes a más de una docena de seres que podrían hacerlo mejor que yo y me mandas justo a mí! –Benrik no lo entendía, pero tampoco quería entenderlo- ¿¡Por qué!
-Porque es lo más importante que podemos hacer ahora –aquella era la verdad, y Benrik tendría que aceptarla.
-¿Más importante que proteger lo que aún no ha sido contaminado?
-Sabes muy bien la respuesta, Benrik.
-¡Tú sabes lo que Tapio significa para mí! ¡Ha sido mi maestro, mi amigo! ¡Es como un…! –Benrik se detuvo. Esperaba que Forbes, su padre, entendiera el dolor que sentía al saber que Tapio estaba en grave peligro.
-¿Como un padre? –preguntó Forbes intentando no despegar sus ojos de los de su hijo. Había golpes que aún podía recordar de aquellas noches oscuras en las cuales fue enviado para mantener a los Tenebrae a raya, pero la herida causada por la predilección de Benrik hacia Tapio era una herida que jamás cesaría de doler. Él sabía que era como un padre para muchos de quienes los habían perdido luchando, pero el miedo a irse de aquel mundo sin haber sido un padre para su propio hijo era una de las pocas cosas que lo hacían aferrarse a la vida cada vez que debía enfrentar a los enemigos.
-Padre, por favor… -pidió una vez más Benrik, acercándose a él, sin contestar la pregunta-. Déjame unirme a los demás para buscarlo.
Forbes lo miró, sabía que sus deseos eran sinceros, pero su corazón le decía que lo correcto era que su hijo se quedara. Él era el indicado para ello:
-Te necesito aquí.
Benrik abrió la boca para protestar nuevamente, pero Forbes volvió a hablar:
-Mañana, a penas el sol salga, irás junto con Aidan. Esa es tu misión, y quiero que la cumplas.
El muchacho miró una vez más a su padre antes de marcharse con paso firme. Caminó hacia el campamento, pero no alcanzó a llegar, su preocupación y su deber lo detenían. Se sentó entonces apoyado en el tronco de un árbol. Cerró sus ojos y pidió por sabiduría. Palpó el suelo mientras levantaba el rostro para sentir la suave brisa que se colaba por los troncos. Intentó encontrar en su corazón el camino correcto, sabía que su tarea era importante, pero no podría llevarla a cabo si no recibía noticias de Tapio.
Allí sentado, los minutos pasaron. Escuchó a los demás caballeros marcharse y se obligó a mantener los ojos cerrados: si los abría, los seguiría sin importar lo que dejaba atrás.
Su mente divagaba entre recuerdos, sonrisas y algunos llantos, cuando decidió levantarse. Marchó con paso firme hacia el claro, guiado más por el corazón que por su propia mente.
-¿Benrik? –el muchacho no se volvió al escuchar su nombre y tampoco respondió. Siguió caminando a paso firme hasta llegar a su Thestral-. ¡BENRIK! ¿A dónde vas?
Benrik sólo se volteó hacia quien lo llamaba cuando ya había montado a la bestia.
-Tendrás que ir tú solo, Aidan.
Aidan meneó la cabeza de un lado para otro mientras veía a Benrik desaparecer a la sombra de los árboles. Sabía que nada sacaba con seguirlo. Suspiró, esperando que por lo menos él tuviese mayor suerte que los demás para encontrar algo.
Benrik cabalgó entre hojas caídas, angustias y la débil luz del cielo. Cabalgó porque a veces creía haber nacido para aquello, porque volaba sin hacerlo, porque parecía ser libre aún sintiendo las cadenas del deber. Cabalgó porque en su corazón sentía que era lo correcto, porque al hombre que habían capturado le debía más de la mitad de sus sonrisas. Cabalgó entre los árboles de aquel bosque que amaba y que lo apresaba, aquel que engañaba con promesas de libertad, aquel que parecía consumirse en una oscuridad tan profunda que a veces lograba apagar las esperanzas, así como las vidas.
Su corazón latía al trote de su propio Thestral, quien sentía su temor y su dolor y se apresuraba esquivando troncos viejos y ramas de árboles juguetones. Ágil, como solía ser, sigiloso, como debía ser, la negra criatura se detuvo sólo cuando llegaron a su destino.
Benrik la acarició en señal de agradecimiento y bajando de ella supo de inmediato el error de su padre. Se preguntó si también Titania, al igual que Forbes, sabía ya de la desaparición de Tapio cuando llevaron a los humanos allí.
-Quédate aquí –le indicó el muchacho a su Thestral una vez que pisó tierra firme-. Y no hagas ruido –dijo como última advertencia antes de desaparecer en un árbol.
Tapio luchaba con sus últimas fuerzas para no sucumbir ante el cansancio, todo su cuerpo le exigía dormir, pero él seguía firme. Sintió como algo en su pecho se calentaba levemente. Tomó el collar que parpadeaba con una leve luz azul que él no podía ver. La pequeña roca que colgaba de la cadena que se enredaba en sus dedos aumentó levemente de temperatura. Sonrió. Benrik tenía el mapa. El verdadero mapa.
Draco bajó las escaleras de su árbol cuando aún no amanecía. Acostumbrado a dormir pocas horas, se había despertado de golpe, como siempre solía despertar: con aquella sensación de que en cualquier momento algo o alguien lo atacarían. Solía dormirse sólo cuando el cansancio era más grande que sus propios miedos, mientras que su mente no evitaba formularse la misma pregunta cada vez, antes de cerrar los ojos: ¿Volvería a despertar? La única sensación de alivio que solía sentir era la que le brindaba el saberse vivo cada vez que abría los ojos, y una vez abiertos se negaba a cerrarlos hasta que, con las horas, el cansancio lo obligaba. Sentía miedo, miedo a morir. Tal vez fuese porque creía que los crímenes cometidos le perseguirían incluso más allá de la muerte. Se aferraba con todo lo que le quedaba a aquella vida, porque el miedo a la muerte era casi tan grande como el miedo a que le arrebataran aquella alma que se había obstinado a conservar, porque de las muchas cosas que él pudo haber tenido, descubrió que muy pocas habían sido realmente suyas.
Los mortífagos como él sólo tenían un destino al ser atrapados: el beso del Dementor. No estaba seguro de poseer aún su alma, o si la había perdido junto con alguna de las tantas vidas arrebatadas, pero aquel era un escape que no estaba dispuesto a aceptar. Aquel era un infierno, un infierno que le aterraba dejar.
Aquella mañana había sido más confusa que las demás. Por un momento no supo en dónde estaba, hasta que recordó: hechizos, escapes, seres mágicos, más escapes. Miró a su alrededor y se sintió atrapado, necesitaba respirar en un lugar más abierto, y es que el tiempo era algo horrendo cuando lo ves pasar dentro de una jaula que parece estar hecha sólo para ti.
Jamás le habían gustado los espacios reducidos, aquellos que lo hacían sentir apresado, prefería las grandes mansiones, con sus altos techos y sus grandes puertas, pero sabía muy bien que pasaría mucho tiempo antes de que él pudiese siquiera volver a pisar alguna. Aquel era el precio de todas las decisiones que había tomado y de todas las que no quiso tomar.
Draco Malfoy, siempre tan atento a lo que sucedía a su alrededor, sin prestar atención a lo que realmente lo destrozaba, sin entender que su verdadera jaula no era aquella que las paredes pudiesen formar, era aquella en la que su alma y corazón vivían apresados desde hace ya mucho tiempo.
Había aprendido a controlar sus angustias al estar despierto, pero no podía controlarlas al estar dormido, e incluso en las noches más serenas, temía por el retorno de las pesadillas. El horror venía de tantas maneras, pero siempre atacaba el mismo lugar: su pecho. En las noches oscuras solía pensar que la angustia lo ahogaría, no importaba que tan hondo intentara respirar, ella gustaba de jugar con él, de atormentarlo con miedos verdaderos e imaginarios. Pero nada era tan oscuro como su propia realidad. Había pasado los últimos meses huyendo como las ratas, ocultándose en cada cueva que encontraba, sobreviviendo a costa de los propios muggles que tanto aborrecía. Había recorrido caminos enteros, y a veces su mente le jugaba malas pasadas, imaginándose nuevamente en los pasillos de su mansión. Hacía mucho tiempo que se había dejado de preguntar cómo había llegado a aquello. Y aquella mañana, al bajar aquella escalera, se lo preguntaba de nuevo: ¿Qué había pasado para quedar atrapado de aquella forma? Porque por más que intentase abrirse camino hacia la libertad, siempre había algo que lo volvía a apresar. Casi tanto como volver el tiempo atrás deseaba poder olvidar. Olvidarlo todo para poder comenzar de nuevo, pero incluso aquello, a pesar de saberlo imposible, le daba miedo. Temía siempre volver a escoger los mismos caminos, aquellos que le habían arrebatado todo lo que alguna vez pensó sería eterno.
Había olvidado cómo llorar, o simplemente sus lágrimas se habían secado. Tal vez ya no le quedaban más lágrimas que derramar. No había podido salvar a sus padres, no había podido salvar a Pansy. No había podido salvarse así mismo.
Incluso caminando con la gracia que ni los hechizos más crueles le pudieron arrebatar, sentía lo que era: un monstruo. Consciente o no, había terminado por acabar con lo poco y nada que le quedaba, y se preguntaba, a veces con rabia y otras con temor, cuándo el mundo acabaría con él.
Los ecos de la grandeza lo ayudaban a seguir. Incluso la suciedad que pudo haber llevado por días en el rostro no le hacía agachar la cabeza.
Sus pensamientos enmudecieron al llegar al último escalón. La luz comenzaba a colarse entre los árboles, dejando ver la grandeza de aquel lugar.
Eran los árboles más grandes que él jamás hubiese visto. Alzar la mirada no bastaba para poder ver en dónde terminaban. Todos parecían unidos, entrelazándose de una manera que sus ojos no podían descifrar, porque incluso él podía darse cuenta de que los árboles estaban unidos por algo más que puentes colgantes que iban de allá para acá. Algunos eran tan minúsculos, que cubrían distancias que él podría dar con un sólo paso, y otros tan enormes, que abarcaban incluso más de diez árboles. Los decoraban lámparas hechas con hojas y corteza, iluminando con una tenue luz los lugares que no eran alcanzados por la luz de la luna o por el sol de la madrugada.
Árboles rodeados por pequeñas escaleras, mientras pequeñas luces se prendían y se apagaban en los árboles.
Puertas grandes y pequeñas los adornaban, a veces a ras del suelo y otras bien arriba. Había casas de la palma de su mano allí donde los árboles tomaban distancia. Y otras que parecían abarcar más de dos troncos.
Grandes y pequeños, gruesos y delgados. Todos parecían ser hogar de alguien, no supo por cuánto estuvo caminando, pero algo le indicó que había llegado al centro de todo aquello cuando divisó un gran árbol solitario. Era el más grande que Draco jamás hubiese visto. Supuso que ni cinco personas con los brazos extendidos hubiesen logrado rodear aquel árbol que se alzaba más imponente que cualquier otro. Estaba rodeado por rústicas escaleras que parecían nacer de la misma tierra y se perdían entre las ramas y hojas, allí en donde una luz solitaria era la única que tintineaba.
Casi sabiendo que desde que pisó tierra aquel árbol lo había guiado entre los demás, se dirigió hasta él. Rozó sus dedos en el tronco y se dejó llevar por su textura. Draco pensaba en muy pocos lugares cuando escuchaba la palabra majestuoso.
Subió hasta el primer balcón, en donde el resto de aquel lugar era visible. El sol de la mañana bañaba con tonos dorados todo lo que a sus ojos llegaba, mientras que la suave brisa matinal componía melodías al batir las hojas de aquellos árboles. Por unos momentos, Draco tuvo la sensación de recordar lo que se sentía estar en paz.
Cerró sus ojos con la visión de aquel lugar latente en su mente, mientras que se dejaba acariciar por el viento y llenaba sus pulmones con aquel aire aún húmedo.
Los árboles se extendían con su majestad en todas direcciones, más allá de donde sus ojos pudiesen ver. Todo siempre se extendía más allá de donde él pudiese mirar, más allá de donde él se sentía capaz de ir, como cuando aún se ocultaba: se sentaba y perdía su mirada en los campos que se alzaban casi eternos, y la recordaba. La recordaba con deseo, con tristeza, con añoranza y con algo más que temía definir.
Había sentido la esperanza entre sus dedos, la había palpado, se había bañado en ella y se la habían arrebatado desde muy dentro, desde donde nadie debería irse jamás. Ahora yacía muerta para siempre.
Recordaba sus manos adueñarse de sus cabellos, o tal vez era que sus cabellos se enredaban con vida propia en sus suaves manos. Estaba demasiado acostumbrado a tenerla como para apreciarla. La besaba con pereza, y es que, como a muchas otras cosas, aprendió a amarla cuando ya no la tuvo. Cuando nadie se adueñaba de sus labios, cuando nadie tomaba sus manos a escondidas, entonces sus pensamientos volaban hacia ella. Y descubrió todas aquellas cosas que cambiaron. La recordó enérgica, con la cabeza bien en alto, como debía ser. Con un caminar elegante, sin mirar a nadie que no valiera la pena, excepto cuando era tiempo de molestar. La recordó reír en las mazmorras, juguetear con sus caras joyas y no mirar a nadie como le miraba a él. Porque Draco acostumbraba a tenerlo todo, incluso la mirada de la única muchacha que no le desagradaba.
La recordó alejada, mientras que sus besos eran cada vez más apagados y la fuerza de sus manos era aún más débil al posarse con las suyas. Su voz era más suave y sus ojos ya no encontraban a los suyos con la insistencia de los primeros años. Ella cambiaba, y él no hacía nada para averiguar el porqué. Había otras cosas de las cuales preocuparse y ella siempre estaría allí, no podía ser de otra manera.
Draco apretó las manos contra el barandal hasta hacerse daño. Ya no tenía nada.
Casi al mismo tiempo en que abrió sus grises ojos, una pequeña luz apareció a su lado. La observó tintinear y cuando alzó su mano para tocarla, la luz comenzó a crecer.
Cerró los ojos para no ser encandilado y cuando los abrió, Newt le devolvía la mirada.
Draco soltó un soplido de hastío antes de volver sus ojos hacia el frente. Se estaba cansando de ser perseguido a cada lugar al que iba.
Newt esbozó una pequeña sonrisa, podía ver en los ojos de Draco que él era una persona solitaria y que no gustaba de compañía, pero sabía también que el muchacho no estaba dispuesto a quedarse, y si aquella era su elección, lo justo es que le informara de las cosas.
-¿Así que ya no puedes dormir? –preguntó mientras se sentaba arriba del barandal en el que estaba apoyado Draco.
-No –respondió el muchacho en un tono que aseguraba lo mucho que disfrutaba del silencio.
Newt supo que tendría que esforzarse un poco más para entablar conversación con aquel muchacho, así que decidió que lo mejor era ir al grano.
-¿Aún quieres escapar?
Draco no contestó, aún no estaba seguro de saber la respuesta.
-Al lugar al que deseas regresar, ¿es mejor que este? –Newt dudaba que existiera un lugar más hermoso que aquel, y por la mirada de Draco, parecía que este también pensaba algo similar. Al no recibir respuesta, intentó interpretar su silencio- Ya veo, no es que sea mejor, es sólo que aquel lugar ya lo conoces.
El muchacho lo miró molesto, ¿quién se creía él para comenzar a hacer conjeturas sobre su vida?
-El día en que crees entender cómo piensan las personas, es cuando más te sorprendes –respondió ácidamente-. No intentes descifrarme, o me veré obligado a desconcertarte.
Newt entendió que Draco no estaba bromeando, realmente era difícil hablar con él sin que explotara.
Los pensamientos del mago se perdieron en el día anterior, recordando al caballero plateado que lo había salvado de lo que sea que lo hubiese atacado. Miró hacia los árboles y preguntó:
-¿Qué era lo que me salvó en aquel pantano?
Newt esperaba aquella pregunta como también esperaba poder ser claro al responderla.
-Así como el Bosque escoge a sus salvadores, el bosque elige a los guardianes de estos, dos personas que prometen proteger a los elegidos sin importar a qué precio. Cuando Titania conoció a Óberon, ninguno de los dos sabía que serían escogidos para el cargo más honroso al que puede ser designado cualquiera de nosotros. Curiosamente, los guardianes son escogidos antes de que los propios elegidos traspasen la barrera. Algunos dicen que los elegidos son escogidos en el momento en que nacen, y en aquel momento, lo son los guardianes. Otros dicen que en algún momento de sus vidas, algo importante los marcará como los futuros elegidos y es en aquel momento en que los guardianes son escogidos también. Lo cierto es que hay dos personas bendecidas… o condenadas a proteger vuestras vidas. Quien te salvó de aquellas criaturas fue Óberon, tu guardián. El espectro de cada guardián aparece cuando su elegido corre gran peligro, dejando tras de sí un objeto, mientras lleves ese objeto el guardián va contigo, y cada vez que el peligro se presente, luchará contigo. No pueden herir realmente, pero son luz, y a la hora de combatir en contra de la oscuridad, la luz es un arma muy valiosa.
Draco intentó asimilar la historia, hasta que se dio cuenta de algo:
-¿Y por qué no me han devuelto mi objeto? –preguntó molesto, recordando el collar que Titania le había quitado.
Newt sonrió, mientras negaba con la cabeza y miraba hacia el frente.
-Titania no te lo dará mientras no pruebes que mereces tenerlo.
-¿A qué te refieres? –Draco no tenía ninguna intención de andar probando que era digno o no de poseer algo que de por sí ya le pertenecía.
-Serán entrenados –explicó Newt-. Sin importar si aceptan o no la misión que les ha sido otorgada, deberán ser entrenados para sobrevivir en este Bosque. En este lugar los concentradores de magia de los magos no funcionan, por lo tanto deben aprender otra manera de sobrevivir, al menos hasta que se aproximen más a la oscuridad, en donde vuestras varitas sí funcionarán.
-¿Y en dónde sucederá aquello? –Draco a veces olvidaba que no tenía intenciones de ir a luchar con criaturas tenebrosas, con o sin su varita.
-Cuando la oscuridad es tan grande que apenas sabes quién eres, es cuando podrás usarla –un lejano recuerdo cruzó por la mente de Newt antes de volver su mirada hacia Draco, que ya formulaba una nueva pregunta.
-¿Dónde está el tal Óberon? –esperaba que por lo menos no estuviese muerto.
-Lejos, muy lejos.
¡Grandioso! Pensó Draco. La única persona que al parecer estaba dispuesto a protegerlo estaba duendes saben dónde. Dejó escapar un bufido antes de recordar la noche anterior, en la cual habían sido rodeados por un montón de niños disfrazados.
-Tú no eres exactamente un niño, ¿o sí, mocoso? –preguntó prestándole más atención a sus leves orejas puntiagudas, al destello en sus ojos y a las expresiones de su rostro.
-Hay quienes son niños, y hay quienes son como yo –explicó Newt, agradecido de poder aclarar aquel detalle. Le molestaba bastante cuando las demás criaturas le trataban como si fuese un niño cuando no lo era-. Desobedecimos las leyes y fuimos maldecidos. Aún se nos es permitido vivir aquí, pero debemos servir a nuestra comunidad. Yo fui desterrado, o condenado, como suelen llamarnos algunos.
-¿Y por qué sigues aquí? –Draco no estaba seguro si ellos tenían el mismo concepto de "desterrado" que al menos él tenía.
- Fui condenado a regresar a mi forma infantil hasta que hiciera algo realmente valioso por la comunidad, pero para ser abandonado a tu suerte de por vida debes haber hecho algo realmente grave. Yo sólo hice lo que me pareció correcto.
-¿Serás niño para siempre? –Newt parecía estar acostumbrado a aquella forma, y el muchacho supuso que llevaba mucho tiempo siendo un niño.
-Espero que no –dejó escapar, esperanzado.
-¿Qué hiciste? –Newt evitó reír ante la rápida pregunta de Draco. Primero no quería hablar y ahora no paraba de hacer preguntas.
-Ayudé a escapar a Titania y a Óberon –explicó.
La expresión de Draco dejaba entrever una pregunta que no sabía cómo formular. Los ojos de Newt se perdieron en algún lugar entre los recuerdos, mientras una ligera sonrisa aparecía en su pequeño rostro.
- Óberon renunció a muchas cosas cuando aceptó su amor hacia Titania. Él podía escoger al ser que quisiese, todas estarían dispuestas y orgullosas de aceptar a un caballero como él. Pero su corazón se lo entregó a Titania. Como ustedes, ellos también tienen una conexión. Ella no era la más hermosa, tampoco la más valiente y mucho menos la más sabia –Newt casi rió al recordar a la alguna vez joven Titania-, pero fue de ella y de nadie más de quien él se enamoró. Óberon fue condenado a luchar en el más alejado de los bandos, y no se le permitiría volver a ver Titania. Titania fue condenada a quedarse aquí hasta que los elegidos llegaran y cumplieran con la misión. Su magia podría utilizarla sólo para proteger a nuestra comunidad y a los elegidos, jamás para el bien propio.
Draco asintió, sin decir nada. Simplemente no tenía nada que decir. Ya no estaba seguro de querer saber sobre el pasado de todos aquellos seres. De pronto parecía como si cada uno de ellos hubiese renunciado a algo teniendo por único consuelo el que algún día ellos llegarían allí.
Newt comprendió su incomodidad, y compartió con él lo único que le hacía recordar que su sacrificio había valido la pena:
-Los sueños son hermosos, pero mueren cuando no hay alguien que luche por ellos. Ellos no lo han dejado morir. El sueño simplemente está dormido en sus corazones, aguardando el momento correcto para despertar.
Para Draco, aquellas palabras sonaban huecas. Él no tenía sueños dormidos, sus sueños no despertarían porque estaban muertos.
-Sé que puedes sentir la conexión con Ginevra cada vez que la tocas –Draco no dijo nada, aceptar que tenía algo en común con ella era pedirle demasiado-. Es magia poderosa y es más poderosa aquí, en donde la oscuridad no ha penetrado por completo. Sólo recuérdalo, puede que no lo comprendas ahora, pero mientras la conexión perdure y ustedes permanezcan juntos, hay esperanzas.
Newt sabía que Draco no lo aceptaría ahora, pero esperaba que cuando se diese cuenta no fuera demasiado tarde. Miró una vez más los árboles bañarse con la luz de la mañana y supo que era tiempo de que se marcharan.
-Debemos irnos –le dijo.
-¿Irnos? ¿A dónde? –Draco esperaba que no lo llevaran a luchar contra algún ser mutante como los que lo habían atacado el día anterior.
-Créeme, no querrás estar aquí cuando todos se despierten.
-¿Por qué no?
-La mayoría no ha visto jamás a un humano, querrán verte: te tocarán las orejas, inspeccionarán tus rasgos y probablemente no pararán de hablarte y hacerte preguntas. Además, aún no saben que han llegado. Es mejor esperar hasta que la noche llegue.
Draco se había convencido de que lo mejor era irse a penas Newt había nombrado que le tocarían las orejas.
-No te preocupes, sólo iremos a un claro. Titania nos esperará allí –el muchacho asintió y siguió a Newt en silencio, con la esperanza de que lo que le esperaba allí fuese mejor que quedarse para ser inspeccionado por un montón de seres desconocidos.
Titania acarició el rostro aún dormido de Ginny, quien abrió los ojos al contacto.
-¿Has dormido bien? –le sonrió la Dama Blanca mientras se separaba de ella.
Ginny retrocedió en su cama, asustada y confundida. Sus manos rozaron el libro que llevaba consigo y lo tomó con rapidez, presionándolo en su pecho, como si temiera que se lo arrebataran.
-¿Qué es eso? –quiso saber Titania al notar el libro.
-Recuerdos –susurró Ginny, aún confundida-, son recuerdos.
-Ya veo –susurró la Dama Blanca, sin despegar aquel objeto de su vista-. Los recuerdos son muy importantes, ¿no?
La muchacha asintió con su cabeza, aún con el libro apegado a sí.
-Necesito que me acompañes –le dijo Titania, con amabilidad-. Puedes dejar los recuerdos aquí, nadie entrará.
Ginny volvió a asentir, mirando el libro: tendría que confiar.
Se levantó de la cama, ya vestida. Sólo se sacó la capa que llevaba, para ocultar con ella el libro y dejarlo debajo de un mueble. Su ropa estaba sucia y rasgada, y su cuerpo no estaba en mejores condiciones. Pasó su mano por sus cabellos, peinándolos de manera inconsciente, mientras seguía a Titania hacia la salida de su árbol. Casi resbaló por las escaleras cuando sus ojos dejaron la puerta atrás. Todo estaba rodeado por muchos árboles, y los árboles estaban rodeados por construcciones de todos los tamaños y se esparcían en todos los niveles. Había algunas con grandes techos de musgo, y otras tan pequeñas que Ginny sólo se imaginaba a las Hadas viviendo allí. Se volteó a ver el árbol en el cual había pasado la noche y su rostro se iluminó aún más. Era hermoso. No sabía muy bien qué árbol era, pero su forma le recordaba a la madriguera: con extensiones por aquí y por allá. Poseía un balcón que parecía rodear todo el árbol y más arriba le seguía un segundo, que daba en dirección a un punto que Ginny no alcanzaba a divisar. Se lamentó por no haberlo inspeccionado aún más antes de quedarse dormida, o incluso antes de salir, pero se conformó con ir observando todo lo que le rodeaba mientras seguía a Titania.
-Y dime –le sonrió la Dama Blanca al caminar-. ¿Cuándo piensas escapar?
Ginny la miró confundida, sin estar segura de haber escuchado bien. Titania le dedicaba una leve sonrisa, que la hizo sonrojar. Prefirió no contestar.
-Cuando aún completaba mi formación, lo que más hacían era recalcarme el hecho de que tras años los elegidos sólo han querido escapar. O al menos al llegar. Creo que sólo pude comprenderlo cuando los vi. Por alguna razón que no comprendo ustedes se… -Titania pensó que odio sería una palabra demasiado fuerte, así que decidió reemplazarla- detestan.
En el rostro de Ginny apareció una sonrisa amarga, no era sobre detestarse, era sobre haber escogido caminos diferentes, era sobre tener que enfrentarse porque no podía ser de otro modo.
-¿Se conocen desde hace mucho?
Aquello era algo difícil de explicar. Incluso tras la máscara que solía llevar Draco, ella siempre había sabido con quién estaba tratando, no así él.
-De cierta forma, sí –Ginny comenzó a recordar sin querer-. Todo siempre parece llevarme hasta él.
Titania notó como los ojos de la muchacha se perdían en alguna parte de su memoria, entendía que muchas personas compartían más cosas de las que quisieran.
-¿Qué pasa allá afuera?
Ginny sintió como la angustia presionaba su pecho, e intentó calmar su respiración antes de contestar:
-Estábamos en guerra. Ni siquiera estoy segura de cuándo comenzó, sólo sé que debíamos luchar para que el mundo mágico como lo conocíamos no se destruyera ni cayera en las manos equivocadas –explicó la muchacha sin ánimos de dar nombres de magos tenebrosos ni de sus seguidores-. La guerra ha acabado, pero aún hay gente desaparecida –la voz de Ginny casi se rompió en aquel momento al recordar a Harry y a todas aquellas personas que aún no había vuelto a ver y que tal vez jamás volvería a ver- y fugitivos.
-Si la guerra ha acabado… ¿Por qué el joven mago te perseguía?
-Venganza –respondió Ginny sin siquiera pensarlo-. ¿Qué más podría ser?
Titania podía no haber vivido jamás entre magos, pero sabía de ellos:
-Ustedes no estaban en el mismo bando, ¿cierto? –incluso ella se daba cuenta de que la pregunta era innecesaria, pero quería escucharlo de sus labios.
-No –respondió Ginny con voz decidida-. Jamás lo hemos estado. Él representa todo lo que nos ha destruido. No es más que un asesino.
-¿Y tú? ¿Qué eres tú? –Titania podía comprender su dolor, pero a pesar de todas las cosas que Draco pudiese haber hecho, ella seguía viendo la misma expresión en los ojos de ambos.
Ginny no supo responder: ¿Qué era ella? ¿De verdad era tan diferente a Malfoy? Alejó aquellas preguntas de su mente y dijo lo único de lo que estaba segura:
-No me puedo quedar aquí. No puedo.
-Sé que quieres salir de aquí, pero debes comprender que no te estamos mintiendo. Internarte en el bosque sería un suicidio, más aún si tu concentrador de magia es inútil aquí. No importa cuánto camines, jamás encontrarás la salida porque la puerta por la que has entrado se cierra en el instante en el que ingresas. La única manera de salir es con magia, y no es magia común. Las leyendas cuentan la historia de una puerta que se abrirá cuando los elegidos lleguen, pero para encontrarla debes estar preparada. No sólo aquí –Titania posó un dedo en su propia sien, para luego extender los demás y llevarlos hasta su pecho-, sino que también aquí.
Algo en Ginny le decía que aquello era verdad, que no podría salir tan fácilmente de allí. Pero si tenía la posibilidad, debía aprovecharla.
-Las rutas son engañosas: pueden llevarte a muchos lugares y a ninguno. Te harán caminar en círculos y luego te encontrarás en un laberinto del que no sabrás cómo salir.
Antes de que Ginny pudiera decir algo, sus ojos se encontraron con las figuras de Draco, Newt y una tercera persona de aspecto serio al que la Dama Blanca parecía conocer.
-Aidan –saludó Titania-. ¿Sólo eres tú?
El muchacho llamado Aidan abrió la boca para responder, pero la cerró al darse cuenta que las palabras no llegaban a sus labios.
-No –gritó alguien entre los árboles. La figura de un joven alto de negro cabello se dejó ver-. No. También me han enviado a mí.
Bastó con que el muchacho le mirase una vez para que Ginny lo reconociera. Era aquel que la había salvado luego de que ella salvara a Draco de quién sabe qué criatura.
-Benrik –le sonrió la Dama Blanca al muchacho. Ambos parecían llevar un largo tiempo sin verse, pero se sonreían como si se conocieran hace ya mucho. Benrik hizo un gesto con su cabeza a manera de saludo hacia Titania, quien se volteó hacia Ginny y Draco para explicarles la razón por la cual estaban todos allí:
-Dado que sus concentradores de magia no funcionan en este lugar del Bosque, la única forma de asegurarnos de que sobrevivan en Argusthat es enseñarles cómo. Ellos son Aidan y Benrik, ambos son caballeros. Aprenderán de ellos a usar armas y a guiarse por el Bosque.
-¿Por qué sigue pensando que me pienso quedar aquí? –interrumpió Draco mirando de reojo a ambos caballeros.
-El conocimiento es el mejor regalo que podemos darles. No podemos retenerlos, es cierto. Pero debemos enseñarles a lo que se exponen si deciden alejarse de la zona que no está protegida. Si deciden irse por su cuenta, estarán perdidos, porque aunque quieran creer que hay una salida, no la encontrarán. Deben saber qué cosas pueden comer, de qué árboles se pueden alimentar. Y qué criaturas los pueden comer a ustedes.
Draco comenzaba a abrir la boca para decir algo más, pero Titania lo detuvo:
-No estoy pensando que te quieras quedar, pero te estamos ofreciendo un hogar, comida, ropa y conocimientos. Cuando hayan aprendido a desenvolverse en el Bosque entonces podrán decidir entre formar parte de nosotros o irse. Pero no los puedo dejar marchar ahora. No olviden que apenas se alejaron unos cuantos pasos, casi mueren. Sé que tal vez puedan sobrevivir con sus concentradores de magia, pero también deben poder hacerlo sin ellos.
El recuerdo de haber sido atacados les impidió decir algo tanto a Draco como a Ginny, y en silencio cada uno aceptó que hasta que no encontraran una forma segura de salir de aquel bosque, debían aceptar lo que les ofrecían.
-Su entrenamiento comenzará mañana, ambos deben recuperarse un poco. Vamos, acompáñenme –la Dama Blanca se disponía a llevarlos a otro lugar cuando Benrik la interrumpió.
-Debo hablar contigo, Titania.
Sus ojos se encontraron y ella supo que se trataba de algo serio.
-Newt, llévalos con los demás, me reuniré con ustedes en un instante.
El pequeño asintió, mientras guiaba a Draco, Ginny y Aidan hacia un lugar un poco más alejado. Intentó apresurar el paso al sentir la tensión en el ambiente por el simple hecho de que Draco y Ginny compartieran el mismo aire. Al menos cuando no se atacaban hacían lo posible por ignorarse.
La muchacha echó un vistazo hacia Titania y Benrik antes de desaparecer tras un árbol.
-Siento lo de Tapio –le dijo la Dama Blanca al joven muchacho que tenía frente a ella.
-Es por eso que he aceptado venir –explicó Benrik-. He ido a su árbol… ¿Por qué los has llevado si sabías que él había sido capturado?
-Sé que ha sido peligroso pero debíamos saber qué era lo que estaba ocurriendo, debíamos saber con qué seres estábamos tratando. Y para ese entonces su desaparición no era del todo confirmada.
Benrik se llevó las manos al cuello, buscando una cadena que se enrollaba en una pequeña roca.
-Toma. Tapio ha dejado este mapa para ustedes en su árbol. Es el verdadero, estoy seguro de ello.
Titania lo miró con incredulidad mientras el collar caía en sus manos.
-He aceptado entrenarlos sólo porque Tapio me quería aquí y no buscándolo. Pero si no necesitas más de nosotros por hoy, déjame marchar. Prometo estar aquí mañana.
-¿Qué piensas hacer? –preguntó la Dama Blanca, frunciendo el entrecejo con curiosidad y reprobación.
-Quiero asegurarme de que Tapio no ha dejado algo más para nosotros. Preferiría estar buscándolo que quedarme aquí, pero sé que no debo hacerlo –las palabras le dolían mucho, pero si Tapio había dejado aquel mapa para que él lo encontrara era porque debía quedarse allí, y aquello era algo que debía aceptar.
-Bien, ve entonces –el muchacho le sonrió antes de comenzar a marcharse-. Benrik –lo llamó Titania antes de que su figura se perdiera entre los árboles-, gracias.
Benrik le sonrió una última vez antes de retomar el camino hacia su Thestral.
Lo único que Draco y Ginny vieron al disminuir el ritmo de sus pasos fueron pequeñas luces arremolinadas unas con otras, y al acercarse un poco más se dieron cuenta que eran cientos y cientos de hadas que revoloteaban de allá para acá.
Se escucharon tres palmadas, y al voltearse descubrieron que se trataba de Titania, que ya se acercaba. Las hadas se tranquilizaron y dejaron de hacer desorden, obedeciendo el mensaje.
-Aidan, mañana deberás estar aquí, hoy deberán recuperarse –el muchacho asintió, y tras una pequeña reverencia se marchó, con la esperanza de aún estar a tiempo para alcanzar a Benrik-. Newt, podrías por favor… -no necesitó terminar la frase. El pequeño asintió de inmediato mientras cerraba los ojos, concentrándose. Las hojas caídas de los árboles se levantaron del suelo para juntarse en una gran cortina que separaba en dos al pequeño claro en el que se encontraban-. Gracias. Draco, Ginevra: como podrán darse cuenta, su aspecto no es el mejor, sus ropas ya casi no sirven y estoy segura de que no han podido limpiar sus cuerpos en varios días. Las hadas tienen un pequeño regalo para ustedes, les pido lo acepten –aparte de la gran cortina de hojas, ninguno de los dos veía algún regalo visible, hasta que fueron indicados a ir cada uno hacia un lado diferente del claro, en donde las hojas les impedían verse el uno al otro.
Tras algunas protestas en vano, la mayoría de parte de Draco, las pequeñas hadas trabajaron juntas para despojarlos de sus ya sucios ropajes, mientras los tapaban con algunas hojas, pues ya sabían que los humanos eran seres pudorosos. Los bañaron con magia que se sentía como verdadera agua, e hicieron lo posible por sanar las cicatrices de sus cuerpos, lo que les llevó bastante tiempo. Aquellas heridas eran un simple eco de las que sus propias almas llevaban, recordándoles siempre los sufrimientos, no sólo los propios, sino también el de todo aquel que había caído a su lado y de todo aquel a quien habían hecho caer.
Aún envueltos en hojas los alimentaron con frutas y raíces que ambos prefirieron comer en silencio y no preguntar de qué se trataban, en parte porque al ver la comida se descubrieron hambrientos.
Los envolvieron con telas gruesas, mientras les cantaban en idiomas que ni Draco ni Ginny reconocían. Los hacían extender los brazos y no moverse, mientras nuevas telas aparecían y desaparecían, cortadas y cosidas por tijeras y agujas invisibles.
Para el atardecer, les habían confeccionado más de veinte trajes a cada uno. Y el último que hicieron fue el que les dejaron puestos.
El vestido de Ginny era marrón, como el de las hojas caídas, y tan largo que acariciaba la propia tierra con él. Las mangas se abrían como alas allí donde sus brazos comenzaban, dejando entrever la blancura de aquella piel que casi había olvidado al sol. Su cabello iba adornado con algunas flores que se entrelazaban formando un medio moño, ocultando así su espalda y parte del vestido. Su rostro estaba limpio, dejando ver sus suaves pecas que le adornaban la nariz y parte de sus mejillas.
Draco, en cambio, llevaba una camisa que no alcanzaba a ser blanca, cubierta por una chaqueta verde oscuro carente de mangas y unos pantalones del mismo color que el vestido de Ginny. Sus cabellos, más largos de lo que los solía llevar, iban peinados hacia atrás, dejando ver sus gélidos ojos grises y la palidez platinada de su piel.
Los gnomos habían regalado un par de botas a Draco y unos delicados zapatos a Ginny, para así poder completar su vestuario.
Ninguno de los dos quiso contemplarse, ninguno de los dos accedió a mirar al otro. Ambos sabían que sus propios reflejos no eran más que una ilusión, ninguno de los dos olvidaría las acciones del otro ni las propias sólo porque sus cuerpos iban más decorados aquella noche.
Y marcharon tras Titania, al ocultarse el sol, con la vista al frente. No escucharon sus cumplidos, ni tampoco los de Newt. Ginny extrañaba su antigua ropa, pues vestida raída y sucia se sentía un poco menos cínica. La elegancia de Draco se notaba aún más con aquel traje, con la cabeza en alto veía los árboles pasar en la oscuridad, imaginándose que no eran más que las paredes de su propia mansión. Su mente y su corazón seguían empecinándose en recordar aquello que ya no tenían.
Newt iluminaba con una pequeña esfera de luz, que nacía de su propia mano, el camino. Los árboles comenzaron a disminuir, al igual que la rapidez de sus pasos, hasta que por fin Titania se detuvo. Se volvió hacia ellos con una sonrisa en el rostro mientras les indicaba el suelo forrado con verdes y grandes hojas para que se sentaran. Lo hicieron lo más alejado posible el uno del otro, mirando ambos en dirección a Titania.
-Este es nuestro regalo para ustedes –habló la Dama Blanca con voz suave, y antes de indicarle a Newt que apagara la luz, Ginny alcanzó a ver rostros ocultos en la oscuridad, expectantes. Su respiración se entrecortó cuando la luz se extinguió, aún con los rostros grabados en su mente.
En aquella inmensa oscuridad, una luz comenzó a tintinear, era pequeña y parecía querer ser consumida por las sombras, pero se mantenía, no se rendía. El susurro de cientos de voces llenó el lugar, haciéndose una sola. Ginny tuvo la sensación de que era el mismísimo viento el que susurraba, pero sus pensamientos se perdieron cuando más luces comenzaron a aparecer. Una, dos, tres… y luego sus ojos iban de aquí para allá, olvidando el miedo, maravillados. Era como mirar hacia el cielo estrellado. Las luces se movieron en todas las direcciones y se juntaron con la primera, que iluminaba más que las demás, formando una gran luz, que fulguró por unos momentos antes de convertirse en lo que parecía cuerpo. Draco escuchaba unos tambores sonar, acompañando al suave silbido del viento, pero no podía asegurar si los escuchaba en su propia cabeza o si venían de algún otro lugar.
Ginny sintió cómo sus cabellos se alborotaban después de que una fugaz brisa pasara cerca de ella. Pronto, el aire se llenó de aquello. Eran estelas rojas que rodeaban al cuerpo como serpientes a su presa, intentando devorarlo. Cuando las estelas rojo oscuras chocaron con la luz, ambas se fusionaron en una luz que inundó todo el lugar. Surgieron de los árboles una infinidad de cuerpos pintados, blancos y negros, que saltaban de un tronco a otro, girando por los aires y rodando por los suelos para encontrarse y danzar en lo que parecía ser una lucha entre el bien y el mal. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca como para poder admirarlos, Ginny se dio cuenta de que ninguno era totalmente blanco o negro. Llevaban colores en sus cuerpos, los había algunos con muchos, y otros con menos, como si fuesen el reflejo de sus almas. Estelas de luces de colores tan variados como los que adornaban aquellos cuerpos acompañaban la lucha, sirviendo como arma para hacer caer a un ser tras otro.
Ginny tembló en su lugar. Las luces de múltiples colores iban y venían, como los hechizos de la guerra. Y en aquel silencio casi pudo escuchar los gritos que la acompañaban en cada pesadilla, sin atreverse siquiera a cerrar los ojos por el temor ya conocido de ver el rostro de todas aquellas personas a las que no pudo salvar y de aquellas que entregó casi a los brazos de la muerte. Escuchaba aún los muros cayendo, las personas huyendo. Era un infierno. ¿De qué servía sobrevivir para revivir aquellos recuerdos cada día? ¿De qué servía que la guerra hubiese terminado si en sus pesadillas todo aún seguía?
Los cuerpos seguían cayendo, hasta que sólo dos quedaron luchando. Se entrelazaban, envolviéndose con sus propios cuerpos en una lucha que ninguno parecía querer perder. Las luces se reunieron en dos grandes estelas que luchaban alrededor de aquellos cuerpos con la misma intensidad. Cada luz rodeó a un ser, para convertir aquel combate en uno sólo. Los movimientos eran cada vez más pausados, más suaves, hasta que los falsos golpes se convirtieron en caricias para hundir a los cuerpos en un abrazo en el que las luces se hicieron una sola.
El equilibrio.
La luz desapareció los cuerpos e iluminó con mayor intensidad el lugar. Ginny luchó por no ruborizarse al darse cuenta de que después del espectáculo, ellos parecían ser el centro de atención. Hacia donde quiera que mirase, los ojos de más seres de los que sabía reconocer estaban puestos en ellos. Todos estaban sentados en la tierra, al igual que ellos dos, rodeándolos en un círculo en el que ambos parecían ser el centro.
Titania apareció entre la multitud, era la única que permanecía de pie. Llevaba un vestido largo de un azul claro que parecía tener luz propia. Su gris cabello le caía por la espalda y en su frente nacían líneas azules que se entrelazaban entre sí, adornadas con algunos puntos del mismo color. Les dedicó una serena sonrisa antes de hablarles:
-Y esta es nuestra bienvenida –inclinó su cabeza mientras todos los seres que antes los miraran cerraban los ojos y posaban sus manos en el suelo. La Dama Blanca se unió a los demás, agachándose para conectar también sus manos con la tierra.
Ginny no supo muy bien lo que ocurrió, pero todo volvió a hacerse oscuridad. Una suave brisa los bañó y los envolvió a ambos, haciendo que se levantaran. Algo en ella los empujaba, y sólo bastaron unos pocos pasos para que Draco y Ginny se encontraran, chocando sus espaldas. En ese mismo instante la brisa se convirtió en luz.
Ginny sintió como si las emociones fuesen tan grandes que no cabían en su interior. Podía sentir la magia recorrer cada centímetro de su cuerpo, sin saber si la magia nacía de ella y de Draco o si venía de la tierra misma.
Los seres levantaron sus manos unos centímetros, mientras que Draco sentía como la luz enlazaba su cuerpo con el de Ginny.
Los ojos de ambos se habían cerrado, dejando la magia recorrer sus cuerpos que sentían casi como uno, en un silencio en que lo único que podían hacer era escuchar los latidos del otro como si fuesen propios.
Los seres volvieron a poner las manos en la Tierra, esta vez la magia fue tan grande que Ginny sintió que tanto ella como Draco la irradiaban.
Era como una brisa recorriendo todo el Bosque. La magia viajaba entre los árboles, transitando los antiguos senderos, nadando entre las cristalinas aguas de los arroyos, volando hasta alcanzar a las aves más rápidas.
Cabalgaba tan rápido como los mismos Caballeros, quienes bajaron de sus Thestrals, pausando su viaje, para arrodillarse y traspasar el contacto, encontrando la tierra con sus manos.
Era tan única como únicos eran los seres de todo el Bosque, que se arrodillaban para recibir y traspasar el mensaje.
Y era tan fuerte que la sintieron incluso más allá de donde la luz se consumía en las tinieblas, para recordar que aún había esperanzas. En las lóbregas celdas de todo Forlorn, la luz volvió a brillar en los seres apresados que aún luchaban contra la demencia y la oscuridad, mientras que abrazaban el frío suelo con sus cuerpos, sintiendo la magia una vez más.
La brisa golpeó el rostro de Óberon, mientras su corazón se llenaba de regocijo. Rió, observando hacia todas partes, antes de inclinarse para tocar también la tierra. La magia lo bañaba mientras sentía las miles de voces entremezclarse en su cabeza, recordándose unas con otras que aún seguían allí, que vivían en cada rincón de aquel bosque, que aún estaban a salvo y que reconocerían a los elegidos.
La luz que envolvía a Ginny y Draco soltó sus cuerpos con suavidad, dejándolos romper el contacto. Respiraban con dificultad, como si acabaran de recorrer una distancia muy larga corriendo. Cuando ambos abrieron sus ojos, todo comenzaba a iluminarse.
Titania, ya de pie, al igual que todos, los observaba con una gran sonrisa.
-Bienvenidos a Argusthat.
Ambos comprendieron en silencio que era una bienvenida verdadera, sintiendo el eco de todas aquellas voces en sus cabezas, de todo Argusthat.
Cada ser que aún poseía algo de luz en su interior les acaba de dar la bienvenida a aquel bosque que era su hogar, y la magia de cada uno se había unido para brindarles su protección.
En aquel momento, los ojos de Draco y Ginny se encontraron, viendo en ellos, por vez primera, más de lo que se habían empecinado en ver en todos aquellos años.
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¡Al fin lo terminé! No saben todo el tiempo que se me fue buscando nombres y más nombres para los personajes. Ustedes me dirán: ¿Pero qué nombres si sólo aparecen tres personajes nuevos? Pues… ¡los de ellos!
Quiero agradecer enormemente sus reviews, su apoyo y sus críticas. :D De verdad me sirvieron mucho a la hora de replantearme la historia del fic.
Lo he releído varias veces, y aún recuerdo las noches y las situaciones en que escribí algunas partes. Quiero seguir el fic de una manera correcta, y al releerlo sentí que algunos detalles no estaban bien, que simplemente no eran necesarios. Así que lo he editado. No son grandes cambios, ni afectan el curso del fic, y si lo he hecho es justamente porque de todas maneras no le aportaban mucho a la historia y la hacían un poco pesada al leerla. No son cambios en la trama, son pequeños cambios, detalles mínimos, pero que me hacen sentir mejor si ya no están. Habían momentos en los que de verdad pensaba: "¡Caramba! ¿Por qué he puesto esto?" Refiriéndome a situaciones que de verdad sólo alargaban más los capítulos sin que fuesen realmente necesarios. No quiero que crean que hay que releerse el fic para poder seguirlo ahora, no, no. ^^
Agradezco mucho que hayan leído la historia a pesar del tiempo que pasé sin actualizar.
Si tienen alguna duda, una acotación, si ven que algo no está bien, cualquier cosa, háganmela saber. Las críticas de verdad sirvieron. (:
Los demás capítulos ya están avanzados, sólo falta complementarlos más. Así que espero volver muy pronto con más fic (en una semana tendré vacaciones de invierno verdaderas. Ahora estoy de "vacaciones", pero debo estudiar para un último examen. Hace semanas que quería terminar este capítulo, pero mis prioridades me lo impidieron). De verdad quiero contar esta historia sobre Ginny y Draco. (:
Como bien han dicho, el fic, hasta el cuarto capítulo, tenía muchas "lagunas", cosas que se revelarían con el transcurso de la historia (según la yo de hace cuatro años). Al releerlo me he dado cuenta lo tediosas que son. Este capítulo ha estado pensado para ello, para intentar aclarar un poco la historia de los seres del Bosque, y en los siguientes para aclarar todo lo referente a Draco y Ginny, tanto su pasado en la guerra como su futuro en Argusthat.
Espero que este capítulo haya sido de su agrado. (: A pesar de que me salieron canas con él, disfruté escribiéndolo.
