Nota de autor: Esta es la segunda parte, no lo separaré en capítulos porque son muy cortos y no terminaría jamas. Espero les guste.

La vida de Takeru Takaishi está dividida entre sus estudios universitarios, su trabajo como recepcionista, sus amigos que odia, las visitas que hace a un viejo profesor demente retirado, y su imaginación trastornada en donde todo el mundo está muriendo. Desesperado para evitar convertirse en el psicópata que está atrapado en su interior, Takeru decide que enamorarse es la distracción perfecta para aplacar su retorcida cabeza. Pero va a descubrir que aquellos sentimientos juveniles no son la cálida aventura que esperaba, que en vez de calmar la furia que lleva dentro, la va a desatar. Violencia, eventos sobrenaturales, y romance, van a convertir la vida de Takeru en un infierno.

Ni digimon ni ¿A quién odias, Dani? me pertenecen, son de sus respectivos dueños.


2

Quisiera decir que soy perfecto para el trabajo, pero no me gusta trabajar.

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Me quedo acostado en la cama con un horrible dolor de cabeza, sin haber dormido un segundo. Dejo una lámpara encendida que en vez de alumbrar parece oscurecerlo todo aún mas, quizá porque sólo alumbra una pequeña porción y la negrura es más grande; aunque puede que sean la migraña y las ganas de llorar que a veces me poseen, y me pongo a leer una antología de poesía.

Las páginas hablan de belleza y adolescencias y amores jóvenes, y elaboran metáforas con arañas que se comen a su madre y ese tipo de cosas, y me confunde porque no sé qué debería sentir por la juventud. Intento calmarme y dejar de torturarme con poesía. Desde mi cama todo se ve más gris, y triste, y estúpido. Todos nos vamos haciendo más estúpidos.

No sé si soy yo, pero empiezo a creer que en el siglo XXI convive la peor era adolescente que pudo poblar la tierra. En pleno auge de un pop decadente y con la poca responsabilidad que los padres ejercen sobre sus hijos, los que nacieron como las criaturas privilegiadas del nuevo siglo, se convirtieron en idiotas con vida cibernética e ídolos llenos de problemas. Ésa generación juvenil con partes humanas extra, sueños universales, muriendo de depresión y obsesionados con los teléfonos celulares.

Según la creencia planteada hoy en día, este acelerado crecimiento tecnológico nos llevaría más cerca a un desarrollo social con economía estable en donde existe la cura para todo y cualquier sueño puede hacerse virtualmente realidad. Tenemos a Michio Kaku y su civilización tipo 1 basada en desarrollo científico, multiculturalidad y tolerancia. Ésa era la idea. Que los mismos que diseñaban cohetes crearan la felicidad mundial. Pero como todo se iba desvelando, en vez de crear una vida plácida general para la comunidad, lo que la población promedio quiere es una de esas utopías creadas por Theodore Sturgeon, en donde todos seamos un montón de hermafroditas libres del sida y sin necesidad de anticonceptivos.

Nuestra tolerancia se refiere a perversiones sexuales y esas cosas que vienen de ser mente abierta. No me tomen a mal, pero con la industria de la pornografía ocupando la mitad del vasto ciberespacio, más de setenta mil pedófilos online, y con toda la lívido de la gente intensificado, no se me ocurre otra cosa qué pensar, más que lo único que quiere toda esa gente es un mundo en donde se puede tener un orgasmo con quien sea, sin categorías de género, ni límites de perversión. Y bueno, con tolerancia. Algo así como el presente, pero en el que todos hiciéramos parte.

Si saben quién es Adrej Pejic, bueno, entienden de lo que hablo. Personalmente me aterra pensar vivir en un futuro en donde yo no sería más que un aperitivo sexual para el resto de la humanidad. No puedo confiarme que para entonces seré una de esas rancias momias que apenas se mueven y que ya empiezan a mearse en los pantalones; estamos hablando de un mundo poblado por degenerados, ni porque use pañales me dejarían virgen de sus obscenidades.

Con ése panorama debería ser comprensible que me meta en las fiestas a envenenar a esta juventud que hará parte de su propia utopía. Pero, por alguna razón, no puedo quedarme tranquilo pensando en Taiki y Ruki vomitando toda la noche en lo que podría ser su última tengo suerte moriré antes de que empiece esa era de depravación desaforada.

Hasta donde sé he de morir el 22 de octubre del 2068. Tendré 86 años de edad y sufriré de ésa crisis existencial del futuro, en donde todos sentiremos que nos han robado décadas completas de nuestra vida, y que lo único que hemos hecho hasta entonces es ser espectadores.

Pero hablemos del presente. Es un domingo, tal vez febrero 19 del 2012, y me quedan 66 años de vida. No duermo en absoluto de pensar en esa fiesta. Me quedo en la cama toda la mañana hasta que empieza a llover, arrojo debajo de mi escritorio la antología y me obligo a levantarme. No me baño, me coloco la misma ropa de ayer y bajo a la cocina por algo qué comer antes de desparecer. Mi madre está allí, y me saluda con una sonrisa.

– ¿Cómo te fue ayer? – pregunta.

– Bien.

«Lo de siempre, dándole un toque de muerte a la vida de los otros»

Mi madre morirá dentro de cuarenta y tres años. Mi padre cinco años después. Mis padres son la típica pareja que se encontraron uno al otro en el siglo pasado, no les importaba el gimnasio ni asistir a un concierto, no consumían nada para apagar la depresión, ni su vida dependía de pantallas, así que antes de morir no sentirán que les arrebataron una gran cantidad de años, sino que serán conscientes en qué estupideces la estaban desperdiciando.

Un ser humano contemporáneo gasta unas mil quinientas horas frente a una pantalla cada año. Como va nuestra generación puedo ver esa cantidad de tiempo triplicada teniendo en cuenta que vivimos entre celulares inteligentes, videojuegos avanzados y acceso a la red desde cualquier lugar. Quizá en unas décadas se cuadriplique, hasta que nuestra vida se resuma a redes sociales, programas de televisión y revistas online de fará quintuplique. Así, cuando tengamos un montón de décadas acumuladas en nuestra vida, no sabremos en realidad a dónde se fue toda nuestra existencia.

Pero hablemos del presente.

Está lloviendo y me dirijo hacia el centro de la ciudad donde vive este sujeto, el profesor Gennai, un amigo desempleado y viejo que nunca sale de su inmundo apartamento.

Desde hace unos cuantos años nos encontramos en su casa, hablamos sobre los hechos actuales y tomamos algo de café. Ese tipo de interacción. O algo por el estilo. Me escabullo por entre los apretados callejones que se forman en el laberinto de aquel sector, que están casi inundados de precipitación e ingreso en uno de los viejos edificios a punto de colapsar. El profesor vive en el apartamento 402.

Me detengo en frente de su puerta y la golpeo repetidas veces con toda la fuerza que poseo.

– Cálmate, muchacho – me dice Gennai al abrirme tras unos segundos de arrebato – la puerta no es tan nueva como para resistir tu locura.

– ¡Lo hice! – Exclamo entrando al viejo apartamento, agitando mis manos con fuerza y mirando al suelo – ¡Maldición! ¡Lo hice! Lo hice, lo hice. – me agarro la cabeza y mis ojos miran hacia todas las direcciones. El suelo rechina exageradamente ante cada paso que doy.

– ¿De qué rayos estás hablando? – Pregunta Gennai cerrando la puerta de un golpe, pues no cierra de otra forma – ¿Qué es lo que hiciste para entrar en mi casa de esa manera? ¿Finalmente sacaste un cinco en alguna asignatura? Ja – se ríe solo.

No tiene buen sentido del humor. Las paredes del lugar se están cayendo a pedazos, pero mientras colapsan por completo, el musgo y los hongos siguen creciendo por efecto de la humedad y por la mierda de pájaro que cae a diario. La pintura se desvaneció hace tiempo, y sólo quedan retazos de lo que fue un color verde selva en algunas habitaciones.

– Soy un psicópata, soy un monstruo – digo sin detenerme, yendo y viniendo en el estrecho vestíbulo. – Un maniaco.

Sin demostrar alteración alguna, Gennai toma asiento en un horrible sofá lleno de manchas de café y quemaduras de cigarrillo. Combina mucho con él.

– No, no lo eres. – me dice.

– ¿Cómo lo sabe?

– ¿Has matado a alguien?

– No – respondo, ya estático –, no he matado a nadie. Pero no tienes que ser un asesino para ser un psicópata.

– Ya hemos hablado de esto, Takeru. Y para serte sincero, estoy cansado de tener que repetirte lo mismo. No eres un psicópata, y no lo serás aunque lo quisieras ¿quedó claro? Lamento quitarle todo lo interesante a tu vida.

Me acerco a Gennai haciendo ademanes y farfullando:

– Me he metido en una fiesta a la que ni siquiera me invitaron, no conocía a nadie. Simplemente lo hice. Y los envenené a todos… en cierto sentido, sólo están intoxicados. He intoxicado un montón de adolescentes.

– ¿Una fiesta llena de adolescentes? Seguramente ya estaban intoxicados.

Gennai toma una libreta de una mesa junto al sofá y empieza a trazar números en ella, montón de números, lo hace a toda velocidad. Números y símbolos matemáticos. Y mientras lo hace me dice:

– La juventud de hoy en día le gusta envenenarse todo el tiempo, no te sientas culpable por ello. Un poco de escarmiento no les sentará mal.

– Pudieron morir – digo palpándome la frente – o quedar con secuelas, con traumas… atrofiados. Pude haber dañado un puñado de la futura generación.

– Créeme que no. La futura generación no está dañada por ti, no te creas tan poderoso – la mano de Gennai está descontrolada, no puede dejar de realizar ecuaciones, de presentar y resolver incógnitas, qué se yo. Un montón de números que no quieren decir nada, no para mí. Simples afirmaciones matemáticas con el que Gennai intenta permanecer cuerdo.

(∀x∈A)(∃x∈B)(P(x,y)) → (∃f: A→B)(∀x∈A)(P(x,(f(x))

– Hemos condenado a nuestros hijos. – dice Gennai sin mirarme, sin despegar su vista del papel. Luce excitado –Aún con la libertad estamos encerrados. Con el libre albedrío decidimos la destrucción. Aunque no nos guste, permanecemos en el infierno. ¿Y tú me dices que has intoxicado a alguien?

Gennai parece sumergido en ese trozo de papel lleno de representaciones del mundo, y dice:

– El axioma de elección es un fantasma, chico. Puede generar conjuntos infinitos sobre lo más intrínseco, la coexistencia de lo real. – Gennai no parpadea.

Hay un pájaro, una paloma, que lo observa desde el techo, desde una de las vigas de madera que está llena de mierda blanca.

– Para un conjunto de conjuntos no vacíos, existe la función de elección. Un elemento por cada grupo. Grupos infinitos. Miro a Gennai un instante, respiro varias veces, y le digo:

– Profesor ¡profesor!

El pájaro no deja de mirarlo, tuerce la cabeza hacia un lado, y agita las alas. Si estuviera más abajo espantaría a ese animal de un golpe, odio a esa ave.

Gennai deja de escribir repentinamente. Mira la hoja repleta de información quien sabe si valiosa, y luego me mira a mí.

– Todo conjunto ordenado no vacío tiene una cadena C– maximal. – es lo que me dice Gennai mirándome a los ojos.

– No puedo justificar lo que hice – digo sobándome la sien – ni yo, ni usted. Nadie puede justificarme. No se puede. Lo hice porque quise, porque los quería ver revolcándose en el suelo asqueados de su propio vómito, de su repugnancia. Asqueados de sí mismos.

Gennai deja la libreta donde estaba, y se incorpora con gran esfuerzo, apoyándose en sus gastadas manos. Ni siquiera intento ayudarlo.

– Es lo que decía Felix Hausdorff. – dice sin terminar de levantarse, mientras todos los huesos de su cuerpo tiemblan.

– ¿Qué? ¿Qué no podía justificarse? ¿Qué nadie podía?– La piel de Gennai está arrugada y manchada, como todo su ser, como su vida últimamente. Por si no lo sabes, la piel es el primer órgano en envejecer, y cuando ocurre presenta diferentes cambios irreversibles: deja de ser tan flexible y la dermis pierde un 20% de espesor. Se pierde la capa protectora de grasa subcutánea.

– No. – responde Gennai encaminándose encorvado a la ventana – El Principio maximal de Hausdorff, eso es lo que él decía. ¿Es que no escuchas nada de lo que te digo?

De la nada caen unas gotas del cielo y quedan plasmadas en el suelo. Mierda de pájaro. Manchas blancas con algunos trazos negros. Son tiras delgadas que terminan en puntas redondeadas, manchas con formas extrañas.

– Esto es asqueroso – digo girándome para no ver al animal. Gennai corre con sus delgados y manchados dedos la cortina curtida que obstruye la luz junto con todo el polvo de los últimos siglos reunido en la ventana.

Gennai mira la calle, casi con nostalgia, y dice:

– Fue el primero en aplicar un principio maximal en el álgebra. El muy infeliz de Felix Hausdorff.

Me acerco a Gennai por detrás, y niego con la cabeza haciendo fuertes movimientos, deseando que mi cuello se desprenda de mi cuerpo. Hago esto y cierro y abro los puños. Los cierro y los abro.

– Tal vez lo vuelva a hacer – digo – y si ocurre, será peor, mucho peor. No quiero ni imaginarme qué tan peor.

– ¿Sabes? Tenía una horrible nariz – dice Gennai tocándose la suya, como si yo no supiera donde queda la nariz – Y sus orejas parecían un par de receptores, uno satélites, tenía más orejas que cara. Por Dios, y sus pómulos eran tan prominentes que debió punzar a Charlotte con ellos cada vez que la besaba. Un gran matemático este Felix Hausdorff. Sí que lo era.

Gennai respira profundamente, luego reduce los ojos enfocando su mirada en algo que está en la calle. Tal vez no es nada, sólo una reacción. La simulación de ver algo.

– Tengo miedo – le digo a Gennai mientras me golpeo en la frente con fuerza. Luego vuelvo a ver a esa maldita ave, y ella me está viendo a mí, con sus horribles ojos negros – No quiero lastimar a nadie. Mi familia, por Dios, mi madre, mi padre, mi hermano. Tal vez yo mismo.

En ese apartamento hay más mierda de pájaro que comida, que iluminación. Hay más madera podrida por los componentes ácidos del excremento que casa en sí.

– Se metió un montón de pastillas en la boca, tranquilizantes. – dice Gennai sin quitar su vista de lo que sea que está viendo – Y se las trago. Por un largo periodo el suicidio fue un tema bastante interesante para Hausdorff. La consumación de la vida de un hombre noble. El muy desgraciado se mató a los 74 años de edad.

A veces creo poder ver como las infecciones que produce ese monstruo plumado crecen y se retuercen en cada rincón de este comprimido mundo lleno de números. Por las paredes grises y agrietadas, por la tubería que sobresale de horribles agujeros, nidos de ratas y pulgas. Son manchas verduzcas con millones de ojos minúsculos que se abren y desgarran la materia con sus mircroscópicos colmillos amarillentos. Nunca pude entender cómo rayos alguien puede tener una puta paloma de mascota, una rata emplumada con alas. Miro con rabia al pájaro, y le digo a Gennai:

– Tal vez el principio matemático que diseñó ese tal Felix no era suficiente para él. – Apretando mis dientes con fuerza, haciéndolos rechinar, e imaginándome arrancándole la cabeza a ese animal asqueroso con mis manos, le digo a Gennai– Tal vez crear algo que sólo tiene sentido en un papel hizo que no soportara la vida real y decidió deshacerse de lo corpóreo, de lo que él no hacía parte. Tal vez deseaba la abstracción de la vida: la muerte. Y por eso se mató. Puede que la respuesta de unos números no era lo que necesitaba en verdad.

Gennai suelta la cortina, y gira un poco su cabeza sólo para apreciarme mientras miro hacia el techo, deseando que esa maldita paloma esté a mi altura.

– No. – Dice Gennai con voz ronca – Felix Hausdorff era judío, y tuvo la mala suerte de existir en la época del holocausto. Se suicidó junto con su esposa y su cuñada. Murió antes de ser arrastrado a un campo de concentración.


No te conozco, pero apuesto que eres un imbécil.

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– No es tan importante lo que dices, sino cómo lo dices, y no estoy hablando de cómo hablarle a tu novia – dice Matt intentando generar calor frotando sus manos, y aun así sigue temblando –Aunque escribir literatura es cómo lidiar con una mujer. En estos tiempos todo se parece a lidiar con una mujer.

Matt es mi hermano mayor, y claro, Matt es sólo su apodo al nombre de pila.

– Salinger me gusta porque no tiene miedo de mostrar el mundo tal como es, no como si se tratara de una bonita pintura llena de metáforas. Es mejor que un clásico – dice él escondido por un instante bajo largos mechones rubios que se le meten en los ojos.

– Varios asesinos han leído ese libro – le aseguro.

– ¿Y eso que tiene que ver?

Vamos en un viejo autobús que pretende partirse en dos en cualquier momento y despedazar gran parte de nuestros cuerpos contra el asfalto; lo que produciría un accidente masivo en la autopista a las seis y media de la mañana. Un efecto dominó que va tumbando vidas como fichas. Tal vez ocurra que algún afortunado extraño logre sus quince segundos de fama gracias a la tragedia de ser víctima del azar, de mi imaginación. Y aparezca una foto suya en el periódico o en el noticiero de las siete. Una foto sin cara.

– El tipo que le disparó a John Lennon tenía ese libro – le digo.

– Deja eso.

No se me ocurren más asesinos qué mencionar.

– No lo sé, El guardián en el centeno es el último libro que me ha dejado una buena sensación en el espíritu sin haberme llegado tan a fondo, ¿Sabes?

– Es un clásico de la literatura. – le digo.

– ¿Qué?

– Habías dicho que era mejor que los clásicos, pero el guardián entre el centeno es un clásico.

Me levanto de la silla y Matt me sigue. En el autobús hay un anciano viendo por la ventana los autos cruzando a gran velocidad. Una enorme señora cargando un par de niños, uno en cada pierna. Detrás de ella va un hombre elegante, bien peinado, con lentes y un portafolio en el que seguramente no carga un juego completo de cuchillos con los que ha asesinado a dos compañeros del trabajo, lo ha desmembrado y se ha deshecho de ellos pedazo a pedazo en las alcantarillas de toda la ciudad.

– Odio el frío en esta ciudad – dice Matt cuando nos bajamos del autobús.

Varias hojas muertas cruzan por el asfalto, rodando entre nuestras piernas y a veces dando pequeños saltos. Mientras les veo girar, me es imposible no imaginar la cabeza decapitada del tipo malo del autobús rodando en el suelo, acercándose hacia mi pie. Puedo verlo claramente; con los ojos desorbitados y rojos por la sangre que los empapa y que luego cae por sus mejillas marchitas y muertas. Veo su boca un poco abierta, con sus labios tiesos y morados. La cabeza se acerca cada vez más a mí, mientras deja un rastro de sangre oscura y fría.

"No juegues con la muerte de otros" me dice la cabeza rodando en el piso. "No cierres los ojos".

Yo doy otro paso, luego otro, hasta que tengo la cabeza bajo mi pie y la aplasto. La hoja seca se destroza.

– ¿Sabes? Ayer tuve un sueño muy extraño – dice Matt escondiendo sus manos en el abrigo y entrecerrando los ojos por el viento –Veía un rostro, la cara de un hombre. Fue extraño. El tipo gemía, sufría… en mi sueño. Sólo podía verle la cara, estaba muy cerca de la mía y él me susurraba cosas. Yo también le dije algo, pero no recuerdo qué.

La pérdida de un sonido al comienzo de la palabra se conoce como aféresis. El ejemplo más común es la p en psicología. En medicina se conoce como aféresis a la técnica con la que se separan los componentes de la sangre; los glóbulos rojos y blancos, y las plaquetas. Matt mira al vacío, en dirección al suelo, pero si le preguntara al cabo de un rato sobre qué caminamos, si asfalto o adoquín, él no sabría responder, porque en realidad no está prestando atención al camino. Matt dice:

– No lo sé, creo que conocía su nombre. Es decir, creo que me lo dijo, yo lo miraba a la cara, él escupía sangre y me decía cómo se llamaba. Fue tan perturbador, tan extraño – Matt se mete los dedos a la boca, creo que intentando sacarse algo de entre los dientes – No estoy seguro, en fin… era un sueño. Creo… – Matt se esfuerza demasiado en pensar – creo que la cara me susurró "todo estará bien".

Observo la entrada de la universidad, y me alejo de Matt sin querer oírlo más.

– Es extraño. No era nadie conocido, ningún famoso o algo por el estilo, nadie que haya conocido en realidad, sólo un hombre, bueno, de hecho sólo su rostro muy cerca del mío. No estoy muy seguro qué fue lo que le dije.

Doy unos cuantos pasos lejos de Matt y éste se da cuenta que ya estoy bastante apartado. Matt se detiene y me pregunta si quiero saber el nombre del tipo en su sueño.

– ¿Quieres que te diga su nombre? – dice.

Me mezclo entre el resto de estudiantes, y giro el rostro un poco sólo para ver a Matt a lo lejos. Allí de pie, sin moverse.

– Voy algo tarde – le digo – nos vemos después.


La primera mujer que amé era en blanco y negro y subtitulada.

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Las ventanas del salón comienzan a humedecerse debido al frío que se impregna en el vidrio y se condensa por alguna extraña razón física que creo que sabía antes. La panorámica está distorsionada, luego sólo quedamos existiendo los de esta clase. El tipo sin corbata y de camisa a cuadros que va cruzando el salón repartiendo hojas en cada escritorio se llama Jou Kido, un erudito graduado de esta misma universidad.

– Lean y conozcan a un verdadero apasionado – nos dice.

Miro la hoja que deja sobre mi mesa y al rato bostezo. Se trata de un fragmento del libro del escritor Andrés Caicedo.

– Conozcan como la pasión puede acabar con un hombre. – dice Jou Kido haciendo casi una venia con sus palabras. – El enemigo de Macondo.

Llegado este punto, ya estoy desconcentrado y no puedo escuchar nada más. Miro de reojo a mis compañeros y me siento un poco más diminuto en mi asiento. El reloj comienza a ir más lento y la condensación nubla por completo al mundo real.

– A su edad, este hombre ya había dicho algo – dice Kido – a su edad, él ya había vivido lo que pocos alcanzan a vivir.

Tomo la hoja y empiezo a escribir en ella muy rápido, así como hacía Gennai con sus números.

Escribo mientras veo al profesor Jou echado de espaldas en la soledad de su enorme casa. Está en el suelo, sujetando su garganta con ambas manos, intentando sacar lo que sea que se le haya atorado en ella. Se asfixia. Lo veo perdiendo el aire rápidamente, con los ojos abiertos, inyectados en sangre y húmedos por las lágrimas que se le desbordan. Su rostro tornándose morado y enorme es una advertencia arbitraria natural para informar a quien está alrededor que al profesor se le está saliendo el alma. Mientras camina por el salón, el profesor Jou se quita sus gafas con una mano y nos dice a todos:

– El hombre que supo plasmar la realidad de su tierra y de su generación en el papel.

Veo al profesor arrastrándose por la fina baldosa de su cocina, acercándose al cajón donde guarda los cuchillos. Puedo verlo acercando sus desesperados dedos al cajón y tomando el mango de uno cuchillo con fuerza. Y ahí está, rasgándose la piel del cuello con el frío metal. Veo todo esto mientras escribo sobre la hoja que nos han entregado «Sólo para que no lo olvides, no eres mejor que nadie. El éxito que te ha traído hasta esta silla, este espacio que ocupas, no te hace diferente a todos esos extraños que no lo ocupan». El profesor Jou se sienta sobre su escritorio, no en la silla, sino en la mesa, porque es un profesor moderno y genial, y nos dice:

– Quiero que lean ese fragmento, lo analicen, y me escriban con sus propias palabras lo que nuestro amigo Andrés nos quiere decir. Lo que creen ustedes él intentó decir.

En este punto del día ya no me importa lo que Andrés Caicedo haya intentado decir. No me importa que mi compañero de mesa esté leyendo de reojo lo que escribo en la hoja. Que me espíe mientras mi mano dice «no eres mejor que nadie sólo porque decodificas Saramago, porque te entretienen filmes extranjeros, porque te interese la política, o porque sepas de música. No eres mejor sólo porque seas atractivo, o porque todos te digan que lo eres y estás a la medida. No eres mejor sólo porque te encanta llamar la atención de todo el maldito mundo, y ellos te amen». Entonces todos se disponen a redactar lo que ellos creen Andrés Caicedo quiso decir, lo que sea.

A esta hora del día no somos muchos en el salón, pero los que estamos,aunque sea un poco, nos sentimos especiales. Los privilegiados que tienen un camino trazado para su futuro. El profesor Jou comienza a rondar por el salón y a observar qué tanto estamos escribiendo. Yo ni si quiera he leído el fragmento. Y mientras todos se inspiran con las palabras del famoso escritor, yo me quedo mirando al profesor Jou, y él está tirado en el piso de su cocina con un teléfono ensangrentado en su mano, y un cuchillo junto a él. Está marcando el 911, intentando comunicarle a la operadora que tiene la garganta abierta, que se desangra rápidamente, y que ya se está imaginando cosas. Que puede ver el fantasma de Andrés Caicedo de pie en su cocina, con un ejemplar de ¡Que viva la música! en su fantasmagórica mano.

Quizá porque lo veo por tanto tiempo, el profesor, el real, se siente retado y se acerca a mi escritorio con supremacía. Se coloca en frente y me mira desde arriba. Y por un simple reflejo, escondo la hoja debajo de la mesa, como si él no se hubiera dado cuenta. Es la hoja en la que tengo escrito: «Nuestra educación se ha convertido en un museo de eventos y nombres, de números y elogios, pero no de espíritu. Nos han cegado y tirado en la oscuridad de la promesa de éxito ¿éxito de qué? Si el resto del mundo son sombras».

– ¿Qué tal su escrito, señor Takaishi? Estupendo, diría yo. – comenta el profe Kido con algo de cinismo.

– Ni se lo imagina, profesor.

Escucho a este hombre, Jou Kido, murmurándole al teléfono que no se quiere morir, que es demasiado inteligente para morir. Lo escucho llorar, con la garganta abierta, mientras la baldosa inmaculada de una bonita cocina se mancha de su espesa sangre, formando extrañas formas bajo su cuerpo convaleciente y futuramente muerto.

Aquí en el aula 212, el resto del salón nos está mirando. Todos han dejado de escribir, de moldear aquel mar de ideas sólo para contemplar el momento tan incómodo que el profesor y yo protagonizamos. Esto podría llamarse el espectáculo de medio tiempo. Somos las jodidas porristas de este grupo de buenos estudiantes, menando el culo para que todos nos aprecien.

– ¿Puedo ver lo que ha escrito? – me pregunta el profesor.

– Le faltan algunos detalles. No será atractivo.

– Eso lo juzgaré yo.

A esta hora del día, tengo mis manos debajo de la mesa, sosteniendo una hoja que dice «Tu infelicidad y tú conviviendo en el mismo cuerpo estarán discutiendo todo el maldito tiempo. Querrán saber por qué alguien tan grandioso, inteligente, hermoso como tú no puede sentirse bien, a pesar de que todo el mundo te ama. Entonces… entonces te darás cuenta que no eres especial, para nada. Sólo eres un pobre desgraciado exitoso». El profesor Kido acerca su rostro al mío y me exige que le entregue la hoja. Mientras yo escucho a la mujer, la operadora, al otro lado de la línea telefónica diciéndole al profesor convaleciente que no le puede escuchar, que por favor hable más alto, que diga cuál es la naturaleza de su emergencia.

– La hoja, ahora – me dice el profesor.

Y con todo el mundo observándonos, con toda esta manada de futuros exitosos y grandes profesionales, dejo ver mis manos y las pongo sobre el escritorio. A la vista de todos. Entonces todo el mundo dice algo, pero no sé qué. El profesor Jou me mira con extrañeza y pregunta:

– ¿Qué es esto? ¿Qué es lo que pretende, señor Takaishi?

Miro mis manos y las veo juntas, sosteniendo un montículo de arena en forma de pirámide alzándose con ímpetu.

– ¿Es una broma? – pregunta el profesor.

Yo no le respondo porque estoy asombrado, paralizado de ver lo que tengo en mis manos, igual que él. Luego miro al suelo, a mis pies, y veo que hay más arena allí. Pero no está la hoja. Se ha ido. Ha desaparecido. Para siempre.

– ¿Dónde está la hoja, señor Takaishi?

No lo sé, la tenía en mis manos hace un segundo, pera ya no está. Ya no hay hoja, no hay fragmento de Andrés Caicedo. Nada. Sólo arena. Eso es todo lo que hay. Es como si un millón de siglos hubiese trascurrido en las palmas de mis manos. Y miro al profesor ardiendo en ira, buscando con su mirada la hoja. Entre tanto, lo veo a él usando sus gafas de marco grueso, tirado en su cocina, empapado en su sangre que se expande hacia todas las direcciones, embelleciendo de cierta manera un suelo simple y blanco, pulcro y banal. Alegorías rojas y las lágrimas del profe Kido escurriéndosele hasta el cuello. Él sigue temblando mientras intenta gritarle con todas sus fuerzas a ese bastardo teléfono: "¡Necesito una ambulancia!".

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Gracias por leer y nos leemos en el siguiente capítulo.

Saludos!