Hola, lectores. este es el siguiente capítulo. Quiero agradecer a sslove (XD, lo siento por lo gráfico de algunas escenas) por el apoyo, se agradece!
Sinopsis: La vida de Takeru Takaishi está dividida entre sus estudios universitarios, su trabajo como recepcionista, sus amigos que odia, las visitas que hace a un viejo profesor demente retirado, y su imaginación trastornada en donde todo el mundo está muriendo. Desesperado para evitar convertirse en el psicópata que está atrapado en su interior, Takeru decide que enamorarse es la distracción perfecta para aplacar su retorcida cabeza. Pero va a descubrir que aquellos sentimientos juveniles no son la cálida aventura que esperaba, que en vez de calmar la furia que lleva dentro, la va a desatar. Violencia, eventos sobrenaturales, y romance, van a convertir la vida de Takeru en un infierno.
Ni digimon ni ¿A quién odias, Dani? me pertenecen, son de sus respectivos dueños.
3
No todos los que saltan tienen paracaídas.
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No tengo mucho qué decir al respecto de lo que pasó.
El profesor de literatura me grita y me saca del salón en un acto tan humillante para ambos que ninguno de los dos sabemos si alguno en realidad ganó algo. Me encuentro abandonado siendo el centro de atención de este pequeño grupo, y lo detesto. No logro soportar del todo sus miradas cayéndome encima y formulando juicios mentales de lo que ha pasado, lo que he hecho y lo que todos creen que hice.
Está Miyako ocultando un poco su rostro y encorvándose, pero segura de sí misma. Y está Ryo Akiyama. Está Catherine con su risa estrepitosa y forzada. Y Willis. Todos ellos me rodean y preguntan qué se siente retar al desgraciado profesor Kido de esa manera. Me preguntan si lo había planeado todo o si estaba improvisando mientras la situación evolucionaba. La verdad es que yo estoy tan desconcertado como todos.
– Creí que te iba a matar – afirma uno de ellos.
– No puede – respondo – no con tanta gente presente.
Allí, justo en frente de mí, está Willis. Es pálido, delgado y con tendencias metrosexuales. No parpadea y tiene los ojos enrojecidos.
– Eso que hiciste, lo de la hoja – dice una de las chicas, Catherine – fue increíble. ¿Cómo fue que lo hiciste?
Willis tiene bonitas uñas y se arregla el pelo. Por alguna razón, imagino que tiene más espejos en su casa que ventanas. La realidad que él quiere ver no está afuera.
– ¿Cómo lo hiciste, Takeru?
Ésta es Miyako, juega con su cabello, uno largo y morado que tiende a peinarse en clase. Me está viendo con intriga, algo de soberbia y me pregunta:
– Lo de la hoja ¿cómo lo hiciste? ¿De dónde sacaste la arena?
Como si fuera poco, Willis se plancha el cabello, y por lo general lleva una bufanda aunque no haga frío. Porque, como dice, no se trata de la practicidad de las cosas, sino de cómo definen su personalidad. Por eso se colocó un pircing, o cambia el estilo de su cabello seguido. El anterior semestre se lo tiñó. El muy hijo de puta se sintió el King Kong de nuestra era, la octava maravilla del mundo, sólo porque tenía el pelo verde.
Yo miro a Miyako con la misma expresión que ella tiene.
– No lo sé – le digo –. Sólo ocurrió.
Quítale a Willis sus espejos, los espejos de todo el mundo. Quítale la lima para las uñas, los ungüentos, el humectante, sus lociones y perfumes. Quítale las miles de fotografías que se ha tomado a sí mismo y ha colgado en las redes sociales. Y el desgraciado morirá. Quitale su título de hipster, o como diablos se considere.
– ¿Cómo que no lo sabes? Eso no tiene sentido.
– No lo sé. Es la verdad – le digo, y es la verdad.
– Si no quieres decirlo, no lo hagas y ya.
Prohíbele a Willis hacer ejercicio, levantar pesas, correr todos los domingos. No dejes que use ropa de clase. Rómpele su colección de camisas y pantalones raídos. Giorgio Armani, Ralph Lauren. La camisa Hugo Boss de la colección invierno del 2011, la de cuadros, quítale esa. Versace. Sus gafas de sol, todas las que tiene. Calvin Klein y Prada. Esas gafas Chanel para ejecutivo. Quítale sus joyas, y quémalo todo, y asegúrate que él lo vea. Que vea como todo se extingue entre el fuego. Entonces Willis se convertirá en quien es en verdad, un ser vacío sin adornos exteriores, una abominación sencilla plana y aburrida, sin modernización ni identidad, sin tatuajes, ni máscaras, y saltará del edificio de ingeniería, el favorito de los suicidas. Se tiran por decenas. En el techo de ese lugar debe haber un club o algo por el estilo.
– Como sea – dice Willis sonriendo – estuvo grandioso. Nunca antes había visto a Jou con tantas ganas de golpear a un alumno. Tal vez la próxima vez lo haga.
Sólo imagínalo, Willis lanzándose desde el octavo piso de esa facultad, cayendo de cabeza sólo por un par de perfectos segundos, aplastando su linda cara contra el asfalto, desparramando sus ideas y tendencias narcisistas en el pavimento, sesos e intestinos a la a la población la debilidad que lo definía. La debilidad necesaria para quitarle el sentido a todo. Pero Willis no sería el único. Todos tenemos una cerradura en el pecho, y una llave escondida en nuestras manos.
Estamos evolucionando en sociedades suicidógenas. Y aunque intento no pensar en ello, es inevitable. Entonces Catherine me mira de lado, desde varios metros de distancia, con un rostro como si no le importara.
– ¿Qué fue lo que escribiste? – me pregunta.
El hecho de que Willis me esté sonriendo, me dé palmadas en la espalda y me felicite, y que yo sólo pueda imaginármelo al pie de aquella facultad, pegado al suelo, sin aquel frenpetico estilo de cabello, ni su sonrisa perfeccionista, me hace pensar que soy un monstruo de lo más horrendo. Empieza a hacer calor. Mientras Willis me halaga, yo me imagino su terso rostro esparcido en la tierra. Y no puedo quitarme esa imagen de la cabeza. La tendré ahí metida todo el día.
– En la hoja que escondiste – comenta Catherine después de un rato, cuando yo no le respondo – ¿qué fue lo que escribiste? ¿Qué era tan terrible para que Jou no pudiera verlo?
Según Émile Durkheim la causa fundamental del suicidio debe ser considerado un hecho social, en lo que él denomina anomía social, donde el individuo ha sufrido la pérdida de su identidad, se encuentra alienado, y busca así su camino en soledad sin conectarse con los demás, lo que terminará en un suicidio anímico. Esto ocurre más que todo en sociedades donde las normas y valores carecen de fuerza, sociedades como la nuestra.
En donde lo que define a la gente es un maldito corte de cabello. Por consiguiente, Willis es un potencial subscritor a la terraza de ingeniería.
– ¿Qué fue lo que escribiste, Takeru? – Insiste Catherine con voz más fuerte – En la hoja que escondiste ¿qué escribiste?
Miro a Catherine. Y todos hacen silencio, quizá esperando a que me levante y recite mi discurso contra la plaga abominable que conocemos como nuestra autoridad. Que enuncia palabras tales como oligarquía e imperialismo, y hable de revolución y notas académicas. Y con todos ellos mirándome, me pongo de pie y me cuelgo mi mochila al hombro.
Ninguno parpadea, y algunos me sonríen. Miyako, Willis, Ryo. Pero Catherine no, ella sólo espera su respuesta, espera saber la razón por la que el profesor Kido me gritó en frente de todos y me sacó del salón. Ella espera que le diga alguna frase inteligente y concreta con la que pretendía ofender al sistema y rebelarme contra el esquema inquisitivo que rige nuestras vidas. Probablemente lo que Catherine quiere es que este héroe, es decir yo, tenga algo de juicio de razón, y que no esté siendo alabado por el resto del grupo en vano.
En algún lugar de mi cabeza queda Willis aplastado en el suelo eternamente. Pudriéndose a cada segundo, a cada instante, sin ser consumido del todo, sólo bien muerto e incrustado allí como un bicho después de un pisotón. Me separo del grupo y nadie me dice nada. Entonces les digo:
– No la escondí.
No escucho la voz de ninguno. Sigo caminando, y sin despedirme les digo:
– Yo no escondí esa hoja, simplemente desapareció.
Un hombre educado emite gases en privado.
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A veces la vida es cruel contigo, y, maldición, sí que es buena en eso. Pero no estoy hablando del hambre mundial, o de los altos índices de pobreza. O de las violaciones y asesinatos. ¿A quién engañamos? La vida es nuestra víctima en ese aspecto. Lo que quiero decir, lo tortuoso a lo que me refiero, es al deber que debemos cumplir desde que llegamos.
– Yo leeré a Skinner, sé que algunos de sus textos nos ayudarán en algo – dice Hikari. – Ya había leído algo acerca de la "caja negra".
Veo sus labios moverse, pero no escucho nada de lo que me está diciendo. No es nada personal, tampoco estoy oyendo a Jenrya, el otro compañero del grupo de trabajo.
La verdad es que no nos conocemos entre los tres. La única razón que nos une hoy es para gesticular palabras pomposas que el docente quiera oír y redactar quinientas palabras por hora. Yo paso hojas de mi cuaderno al azar, como si estuviera buscando algo en concreto. Muerdo el extremo del lápiz y suelto un largo suspiro involuntario.
– No podemos abarcar el conductismo desde un enfoque tan general – opina Jenrya sin vernos, sino leyendo sus notas.
Aunque debería estar aquí, en este contexto, en éste salón, entre mis compañeros, en mi asiento, escuchando lo que ellos tienen que decirme y soltando alguna frase que suene inteligente, no es así. Estoy tan lejos como puedo.
En vez de aquel viejo techo universitario, está el cielo estrellado. Está la enormidad del universo que alcanzamos a ver desde aquí. La planta física de la universidad, junto con todo el material que le ha costado con dolor profundo a la academia nacional, ha desaparecido. Todo el mundo se ha ido. Hikari y Jenrya. No está Skinner. Estoy acostado sobre arena, tibia y suave. Sintiendo la brisa cruzando por sobre mi pecho y mi rostro, despeinándome suave, agitando mi cabello a su antojo. Puedo sentir al mundo dando vueltas conmigo encima. Allí me encuentro. Abandonado.
Miro al cielo echado sobre la nada de esta oscura noche, siendo consumido por lo absurdo de la realidad y abro los ojos. Lo siento, no quería decir "lo absurdo de la realidad". Hasta me dan ganas de vomitar. El mar intenta acercarse desde lo lejos y arrebatarnos toda nuestra superficialidad con su marea, pero no nos alcanza y se pierde de nuevo en la lejanía.
No se oye el ruido del tránsito o los gritos de los citadinos. Sólo el mar yendo y viniendo. Se le oye tranquilo, obediente e indomable. A lo lejos se oyen las olas elevándose hacia el cielo y chocando salvajemente entre sí. Veo las estrellas pero no pienso en nada. No las cuento, no les encuentro forma alguna, sólo las veo allí, desordenadas en su perfección cósmica irreconocible pero real.
Estoy tranquilo. Con la seguridad de que no importa qué tan oscura sea la noche, de qué tan profundo sea el espacio, y qué tan insignificantes seamos todos nosotros, en algún momento amanecerá. En un punto la noche terminará y el sol volverá para alumbrarnos, así como lo hace siempre.
– Oye ¡Takeru! – exclama Hikari golpeando la mesa con su mano – ¿estás escuchándome?
Parpadeo tres veces en medio segundo para despertarme y regresar a mi realidad. Observo a mis compañeros como si no hubiese sucedido nada, e ignoro la pregunta de Hikari.
– ¿Leíste lo que te correspondía? – me pregunta ella.
Tomo las hojas que están frente a mí y hago ademanes sin decir palabra alguna. Luciendo, con seguridad, como un idiota.
– ¿Crees que esto es un juego? ¿Qué estamos aquí para perder el tiempo? – La furia en los ojos de Hikari me derrotan por completo – ¿Te importa lo que estamos haciendo? – Jenrya no me mira, se cruza de brazos mientras pretende no escuchar a Hikari.– Si no vas a hacer lo que debes, dínoslo de una buena vez, así podemos solucionar este problema antes que empeore.
Miro a Hikari e intento ubicarla en algún lugar de mi cabeza. Intento verla colgando del techo de su habitación, con una soga atada a su cuello y sus pies descalzos elevados un metro en el aire, con los ojos torcidos y el viento balanceándola de un lado a otro. O tal vez en el auto de su padre, con las puertas selladas, mientras el entorno se inunda con una pesada nube de monóxido de carbono. Intento ver a Hikari muerta. Pero no puedo. No puedo imaginarme una buena forma en la que ella podría suicidarse.
– ¿Entonces? – Dice aún furiosa, al otro lado de la mesa – ¿qué vas a hacer? ¿Ah? ¿Qué tienes por decir?
Y sin moverme de mi posición, con mi cuerpo relajado en aquella silla, como si estuviese muerto, le digo a esa mujer:
– Los tecnólogos de la conducta utilizan el refuerzo positivo y el negativo con el objetivo de formar una conducta esperada, eliminando las conductas indeseadas y afirmando las anheladas. Este tipo de prácticas, en donde se aplican métodos científicos para moldear conductas humanas, es conocido como ingeniería del comportamiento.
Hikari regresa a su posición inicial, su rostro se relaja y veo el fuego extinguirse en sus pupilas. Jenrya me mira por primera vez.
– Gracias a contribuciones como la de Pavlov, ya saben, el ruso y su perro baboso, se generaron diferentes formulaciones acerca del modelo del aprendizaje social, como los planteados por Wolpe y Eysenck, quienes trabajaban en el estudio y comprensión del sufrimiento humano.
Ninguno de los dos luce impresionado, o tal vez están tan impresionados como yo, sólo que aparentan no estarlo como yo. Acomodo las hojas que tengo en la mano moviéndome con gran confianza, como si conociera su contenido de memoria. Y les digo, le digo a Hikari:
– Afirmaban que el aprendizaje ocurre a través de la asociación de los estímulos condicionados y los estímulos incondicionados. – Me detengo un segundo e intento golpear a Hikari con mi mirada, abofetearla tan fuerte que deje una cicatriz en su orgullo y en su jodida vergüenza para siempre. Y le digo: – Construimos nuestros miedos, nuestras pesadillas, nuestras fobias para evitar sufrir. Es nuestra forma de impedir el dolor del alma, si se puede decir. Nuestra defensa contra el mal. Todos nosotros tenemos miedo para defendernos.
Es momento de ser feliz, de ser joven, de ser único [introduzca aquí marca registrada].
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Cuando era pequeño me nacían inquietudes que asumo a todo niño se le ocurren. Y me estremecía pensando si podía salirme humo por las orejas de tanto pensar, intentando no razonarlo demasiado para evitar un incendio en mi cabeza. Me preguntaba porqué no había color en el mundo cuando mi padre era niño, según los retratos familiares que decoraban la repisa. Y porqué diablos la gente no celebró cuando el color fue cubriendo el mundo. Entonces la pubertad me atrapó, y con el tiempo la cabeza se me fue llenando de telarañas oscuras. Y ahora, a mis veinte me pregunto qué se requiere hacer para que alguien se suicide, y cómo hacer para que a la gente se le ocurra saltar de un puente antes que dedicarse al modelaje.
Se hace tarde y me quedo tirado en la terraza de mi casa, echado en una de esas sillas plásticas de piscina en las que uno toma el sol en traje de baño. Estoy arropado por una delgada cobija, deseando no pensar, porque, maldita sea, se me ocurren un montón de basura, y Dios me libre de parir en realidad esas ideas tan desagradables.
Sólo por si no lo sabes, ese tipo de sillas se les llama tumbonas, pues porque sirven para tumbarse en ellas.
– Hoy salí temprano de la universidad – comento sin moverme de mi posición –. No quería ver a nadie después de clase.
– ¿Ah sí? – pregunta Matt situado en una esquina de la terraza concentrado en el pequeño libro que tiene en las manos. En realidad no me está preguntando nada, es sólo una intervención sonora para que yo entienda que él me ha oído.
– Cogí un bus que estaba casi vacío. Había una mujer embarazada sentada al lado de una ventana sujetando una bolsa llena de libros. Iba también un tipo enorme escuchando música de un radio que cargaba en su regazo. Una mierda de música, y una mierda de ser humano, un mastodonte.
– ¿Le dijiste algo?
– No. Pero otro sujeto se le acercó y le pidió que apagara el aparato.
– ¿Y qué ha hecho el mastodonte?
– ¿Qué crees? Lo ignoró y le subió el volumen al radio. Y nadie hizo nada. ¿Qué íbamos a hacer? el tipo era una bestia, de ojos pequeños, tan grande como un puto toro.
A esta hora de la noche no hay estrellas en la ciudad, sólo un enorme cielo oscuro que lo cubre absolutamente todo.
– En fin, tuvimos que bajarnos e hicimos fila para esperar el otro autobús. Todos, incluyendo a este tipo del radio. Y no, no lo apagó, sintonizaba una emisora y luego otra, durante todo el tiempo que estuvimos ahí de pie. Y por supuesto, a mí me tocó detrás de aquel bastardo en la fila, de él y de su radio.
Y luego se están preguntando cómo es que uno se pone a pensar en crear ideas suicidas en los demás. Porque son parias, por eso mismo. Todos esos egocentristas peatones y civiles, ricos y pobres, porque ninguno se escapa. Y si es que uno lo va a hacer, impulsar a alguien que se mate, pues tampoco es que deba creer que es imposible, porque no lo es. La gente es demasiado susceptible, sobretodo en estos días en que son tan desproporcionadamente hedonistas, y si les quitas un poco de placer se enloquecen y se hacen llamar víctimas, mártires contemporáneos, y no les parecería mala idea inflingirse un poco de dolor.
– Tuve que esperar allí quince minutos el trasbordo, de cara contra la enorme espalda y repulsiva música de aquel infeliz.
Matt se lame un dedo, luego pasa una página y dice:
– No debió haber sido tan malo, era sólo música.
– No lo entiendes. El tipo nos dominó porque creía tener más poder que nosotros, porque era enorme, porque quería que le temiéramos. Nos redujo a todos ante su mirada terrorífica y sus deseos de ser el gigante.
– ¿Y qué hiciste, entonces?
– Intenté calmarme, y pensar que tal vez mi orgullo puede ser aplastado y no pasa nada. – Cierro los ojos, me cubro con la cobija hasta el cuello y digo: – Y miré a la mujer embarazada y ella miraba hacia el cielo y quizá pensaba que iba a llover. Todos parecían calmados, todos allí se quedaron en silencio, pero yo no lo pude resistir. Esperé unos segundos, y al ver uno de esos autobuses aproximarse, le di un empujón al tipo, y el auto hizo el resto. Lo aplastó como a una mosca, como a una mosca muy grande – Matt cierra su libro con tal fuerza que se oye como un leve disparo. – Mi rostro quedó salpicado de su sangre – le digo – mi rostro y mi ropa. Y quedé ahí de pie en esa estación de bus untado de la esencia de ese bastardo.
Aunque tengo mis ojos cerrados, viendo en la oscuridad de mis párpados un enorme cuerpo retorcido en la estación de autobuses, sé que Matt me está observando, inquisitivamente.
– ¿Sabes qué fue lo más gracioso de todo? – Pregunto – No fue el rostro que le quedó al tipo, no uno de asesino sino de asesinado; no fue que la bestia esa aún respirara; ni que hacía burbujas de sangre al exhalar; ni tampoco los gritos de todos esos extraños exclamando como locos palabras sin sentido… ni el verlos correr de un lado a otro, intentando reunir los pedazos del extraño. Ni siquiera era saber que sólo se requiere de un empujoncito para despedazar algo tan grande que se cree indestructible.
Escucho la respiración de Matt, fuerte y constante. Sólo por si no lo sabes, cuando inspira, los músculos intercostales de Matt se contraen, entonces el diafragma desciende y el volumen de los pulmones aumenta, con lo que también hace que aumente el volumen de la caja torácica. Y la presión transpulmonar, la diferencia de la cantidad de aire que existe entre el interior y el exterior de los pulmones, hace que éste entre rápidamente por las vías respiratorias hasta los pulmones. El oxígeno alimenta las células de Leo y así, él puede seguir viviendo para mirarme como lo está haciendo.
– Lo más gracioso del momento, fue que el radio siguió sonando desde la mitad de la calle. – Gimoteo una leve risa – Fue para morirse.
Matt no dice nada. Lo conozco, conozco a mi hermano, y sé que sólo me dirá algo hasta que me voltee a verlo. Abro los ojos, y aunque sé que es imposible, lo hago con el deseo de ver al menos un punto brillante en el cielo. Pero las estrellas ya no existen. Estrellas reales, quiero decir, no esos micos en la alfombra roja con gafas de sol y sonrisas postizas. Postizo ahora es todo, y la naturaleza ya ni podemos ver.
– ¿De qué estás hablando? – pregunta Matt sorpresivamente antes de que lo mire.
En el cielo, como hace dos minutos, no hay nada.
– ¿Crees que es gracioso? ¿En serio lo crees? – pregunta.
Sin levantar la voz, sin moverse de su lugar, Matt dice:
– ¿Crees que debo reírme contigo? Porque yo no lo creo. Y no creo que deberías contarme eso como si se tratara de una broma.
Parpadeo sin sonreír. La leve gracia que tenía la historia se ha perdido.
– Cálmate – digo – No es para tanto.
Me quito la cobija de encima y me levanto de aquella silla. Y le digo a Matt:
– Lo cuento como una broma porque lo era. Era una broma. No era en serio. Bueno, el tipo de la radio era real, pero no le hice nada. Él se siguió escuchando su música, y la humanidad restante se quedó a un lado.
A esta hora de la noche el ruido de la autopista se arrima hasta nuestro pequeño rincón del mundo. Y desde la terraza puedo ver a esos desconocidos que han vivido cerca de nosotros por los últimos años. Los vecinos y los dueños de las pequeñas tiendas.
La mayoría de esa gente lleva en este lugar toda su vida. Pero nunca he cruzado palabra relevante con ninguno de ellos, nada más que un "hola". Ni siquiera sé sus nombres. Aun así, de alguna manera conozco a todos esos extraños.
– ¿Cómo va el libro? – le pregunto a Matt dándole la espalda.
– Va bien.
El señor gordo que vive al frente conduce un taxi primitivo. Mantiene a su familia, pelea con su mujer, juega con sus hijos y mira televisión de siete a diez de la noche y el domingo todo el día. A veces va al estadio a apoyar a su equipo.
En realidad no hay nada qué saber. Hoy en día todos somos lo mismo. Hacemos lo mismo. La triste realidad escondida en el secreto al éxito publicitario es que no aspiramos a nada diferente. Nos dedicamos a ser ciudadanos confiables, de sueños monetarios, con fetiches escondidos, porque, al fin y al cabo, a nadie le importa nuestra vida privada, y nos ponemos máscaras de cerdos en nuestra soledad, o, mejor, nos ponemos máscaras de humanos al salir a la calle.
– ¿Crees que soy un psicópata?
– Claro que no. – Dice Matt acercándose y situándose junto a mí, al borde de la terraza – Pero tienes que dejar de decir tantas estupideces.
– ¿Cómo?
– Tienes que pensar en otra cosa. No volver al pasado.
– ¿Qué tiene que ver esto con el pasado?
Matt me mira, yo lo miro.
– Búscate una actividad, un hobby. Una afición – Dice – Empieza a pintar,o escribe un libro.
Matt se limpia la nariz y me dice:
– Aprende a tocar un instrumento o practica un deporte. Puedes buscarte una novia. O simplemente enamórate de alguna chica, no hay mejor distracción que eso. El sistema se te llena de químicos que te nublan el pensamiento.
La anciana que vive en la mejor casa de la cuadra tiene un pequeño perro blanco con un corte horrible. Lo saca a pasear todos los días al parque y lo viste como si fuera una persona. Probablemente efecto de algún trauma infantil causado por la ausencia de muñecas con qué jugar. O quizá porque nunca nadie quiso darle desecendencia. La anciana no dice mucho, pero siempre intenta ser amable. Sonríe y luce feliz, aunque nunca tuvo hijos qué amar, vestir, alimentar, ni educar. Nunca tuvo niños con los qué sentirse madre: esas cosas que ahora intenta compensar con ese perro.
– Empieza un negocio – dice Matt – algo que te cause problemas y no te deje pensar en… bueno, eso.
Afuera, en una esquina, puedo ver al grupo de muchachos de la cuadra con los que nunca me he juntado. Tienen camisas de equipos de fútbol y emiten palabras que quizá para ellos significan algo. Llevan gorras llamativas torcidas sobre sus cabezas, y predican alguna idea de anarquía, sólo porque les gusta cómo suena la palabra. Esos vástagos sin nada real adentro. Han de ser idiotas. Se mueven como idiotas, por lo que han de serlo. Sus rostros gritan por un puñetazo. Pero la ley social es que debo callarme y dejarlos posando en la esquina. Ellos son así, y se visten de esa forma porque en su alma llevan rap o la mierda que sea. No tiene nada que ver con el hecho que toda la cuadra, todo este estrato social, estos niñitos de pantalones escurridos se visten igual. No tiene que ver que entre menos razocinio veo más camisas de fútbol. El respeto al vacío de identidad hace parte de la idiocincracia regional.
– Puedes hacerte amigo de papá. – Me dice mi hermano.
Ahora es Matt quien bromea.
– Sé su compañero de jubilación. – Dice – Así matas dos pájaros de un sólo tiro: descubres cuál es el problema de papá, y no te conviertes en un asesino serial ¿ah?
Matt se ríe. Y yo me quedo viendo a los niñatos compartiendo un cigarrillo.
No sé sus nombres, pero los conozco. Son a los que les gustan los tipos de joyería brillante, posando junto algún auto de lujo. Planeando la manera más fácil de ganar billetes. Esperando por legalización. Son los buenos ciudadanos de mi barrio, deseando en grande, soñando con éxito y piscinas temperadas.
– No voy a ser el amigo de papá – digo mirando al cielo de nuevo.
– Era sólo una idea.
Toda la gente que está afuera. Todos esos extraños. Esos dependientes a antidepresivos con sus máscaras de felicidad, y honestidad. Esos lunáticos que se hacen llamar anarquistas inundando sus sueños de alucinógenos, atrapados en su triste realidad esclavizante. Todos esos independientes intelectuales adictos al cigarrillo y a la admiración ajena, aterrados de llegar a saber qué tan miserables son. Esos artistas rebeldes a quienes encuentran en una habitación de hotel ahogados en su propio vomito. Y los anónimos discípulos que se quedan adorándolos eternamente. Aquel bondadoso encerrado en el baño con pornografía. Todos esos decentes académicos atrapados en este mundo de estúpidos. Todos nosotros nos mataríamos por algo, una idea, un momento. Con las circunstancias adecuadas saltaríamos en masa hacia nuestra perdición. Hacia los rieles del tren.
Sólo mira todos esos adinerados colgando de sus cuellos, arrojándose de las ventanas de sus rascacielos. Esos mismos personajes que levantaron imperios con sus propias manos, que se rehusaban a perder, que conseguían todo lo que querían. Estrellándose contra el pavimento, sin riquezas en sus bolsillos.
Sólo se requiere de la crisis adecuada. Destroza a sus dioses y luego ellos se cortaran las muñecas. Sólo mira a Monroe llena de barbitúricos porque su belleza se desvanece. Dejando un cadáver hermoso a los gusanos. Y una ideología barata para las masas.
¿Por qué tengo que bailar con Nancy?
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Mi padre fue un joyero durante mucho tiempo. Nos sacó adelante a mí y a la familia con piedras preciosas. Lo que yo conocí en mi infancia, con lo que veía a mi padre trabajar todo el tiempo, eran anillos, aretes y brazaletes. Papá solía embellecerle la vida al mundo. La imagen que solía tener de él era parecida a la que tenía de un dragón. Cuando papá hacía dijes o cosas así de pequeñas, utilizaba un soplete portátil de boquilla fina para soldarlos. Papá era un experto, pero se daban casos en los que inclinaba mucho la boquilla y el tanque, por lo que el gas líquido lograba salir y esto generaba una enorme flama sin control. Fuego en todo su esplendor. Así como el producido por un dragón, o por lo menos desde la perspectiva de un niño.
En ese entonces, lo único que yo quería era ser un joyero. De pronto un día papá cerró su negocio y nadie supo porqué. Vendió todo, los diamantes y rubíes y zafiros al peor postor y se calló por el resto de su existencia. Hizo silencio. De eso hace unos tres años. Nunca le pregunté por qué lo hizo, quizá porque yo sabía que no me lo contaría. Papá no volvió a trabajar y de algún modo se murió. Si fueras la esposa de aquel hombre, una mujer que se la pasa metida en la cocina como una de esas madres de revistas antiguas, cocinando por horas, limpiando e intentando hacerle la vida más llevadera al resto; lo único que recibirás por parte de ese hombre, cuando le sirvas la cena en frente de la tele, será un gemido; algo así como un hum, que no quiere decir gracias, más bien un "está bien, ya tengo la comida, puedes largarte".
"Quítate de enfrente de la tele, estorbas".
"Ese flácido y colgante culo tuyo no me deja ver".
Un gemido puede significar muchas cosas.
– ¿Cómo estuvo tu día, cariño? –me pregunta mamá ignorando el hecho de que papá nos está ignorando a los dos.
– Grandioso – le respondo sin entusiasmo.
– No me digas que sigues visitando a ese sujeto, el profesor lunático. Sabes que no me gusta. Puede ser peligroso.
– Se llama Gennai, madre. Y su locura no es de las peligrosas.
En la tele aparece un sujeto en traje, pero el programa no es serio, así que el tipo no tiene corbata. Sólo saco y camisa. Y luego sale el público aplaudiendo.
– ¿No es de las peligrosas?
En la tele, el sujeto está sonriendo. Tiene un micrófono en su mano y hace pasar al frente del escenario a una concursante. Un ama de casa. Gorda y vieja. Y este sujeto, el presentador, le pregunta a la mujer qué premio prefiere, si una nevera o una lavadora.
– ¿Me estás diciendo que no es una locura peligrosa? – Me interroga mamá – Ese sujeto, el tal profesor ese, botó por las ventanas cientos de libros de la biblioteca de una universidad. Los botó desde un tercer piso ¿no es así?
La mujer en la tele está diciendo que quiere una lavadora. La mujer no puede dejar de sonreír. Está usando una camisa con algo de escote, un pantalón negro y unas botas. Lleva el pelo tinturado de amarillo, y varias pulseras, anillos y demás bisutería. Una mujer que se esculpió para las cámaras.
Aplaude, casi salta y dice «escojo la lavadora».
– Salió en las noticias. Yo lo vi. Fue en horas de clase, muy temprano, y no lo lograron detener. No pudieron hasta que el campus atrás de la biblioteca se llenó de ejemplares de libros, y ese profesor les prendió fuego. Les echó gasolina o algo así…. Y los quemó. – Mamá lo desaprueba con la cabeza – Yo vi las grabaciones. Varios estudiantes lo grabaron. Y ese tipo estaba gritando mientras todo se quemaba. Ése profesor amigo tuyo. No sé lo que decía, pero no era nada sensato. Si eso no es una locura peligrosa, pues no quiero toparme con muchos dementes seguros.
Papá está cortando la carne con un cuchillo y llevándose trocitos pequeños a la boca. Mastica con la boca cerrada y muy despacio. Son esos detalles que no ha abandonado. Costumbres que mantiene. Lo que lo identifica como él. Lo poco que queda. Yo estoy a un lado de la habitación, tendido en un sofá mirando a mi padre comer, y diciéndole a mamá:
– No lastimó a nadie, el profesor Gennai sólo quemó unos cuantos libros,nada más. Eso no es ningún crimen.
En la tele, el tipo de traje le dice al ama de casa que gire la ruleta de la suerte, le dice que lo haga con fuerza. Y la mujer se acerca a una enorme ruleta de colores, toma impulso y la hace girar.
La cámara enfoca su rostro expectante y luego enfoca la ruleta dando vueltas. Y de fondo se oye la voz del presentador diciendo alguna que otra estupidez. Y el público aplaude. El público se emociona. Este tipo de cosas son las que ve papá todo el tiempo, las que nos hace ver todas las noches. Nosotros y otros cuantos millones de familias. Y papá se traga un pedacito de carne, abre la boca e introduce otro trozo, y se dispone a masticar. Lo hace sin parpadear.
Mamá termina de comer, y se va a la cocina. Camina lejos llevando mi plato y el de ella, y se pierde por un umbral. Escucho el agua del grifo correr, el jabón untándose contra los platos, y escucho a mamá suspirar. Y me dice: "De todos modos, no deberías pasar mucho tiempo con ese hombre. Gente así siempre termina haciendo bestialidades. Cosas que nadie pensaba que serían capaces de hacer." La voz de mamá es sólo un eco que llega a la sala, un eco fuerte, pero parece que soy el único que la oye, y me dice "Si fue capaz de quemar todos esos libros, puedes ser capaz de hacer cosas peores, y, Dios no lo quiera, pero podría terminar lastimándote".
«¡Reto de novela!»
Mientras mamá me habla y papá no nos mira, el televisor está gritándonos a todos:
«¡Que sea el reto de novela!». Es el público.
"Te digo esto porque te quiero y me preocupo por ti" me dice mamá "porque cualquier precaución es poca".
Miro a mi padre, viejo y acabado, moviendo su boca de la misma forma que lo ha hecho los últimos cincuenta años. El último siglo. Papá se jubiló y se murió. Se convirtió en un zombi contemplativo. En un televidente.
Miro a mi padre y me pregunto si seremos tan poca cosa para él que lo único que le importaba era su trabajo como joyero. Si toda su vida acabó junto con las piedras preciosas. Lo miro y me pregunto si al menos quiere cambiar el puto canal. Si no estará cansado de ese imbécil presentador.
«¡Y la ruleta nos dice que será reto de novela!»
El presentador en la televisión está señalando con su dedo la ruleta mientras exclama al micrófono: «¡Reto de novela!» Y el público aplaude.
Miro a mi padre y me pregunto si ese trabajo lo era todo para él, o si fue lo otro. Lo que ocurrió. El misterio. El jodido secreto. Lo que nadie sabe, o lo que todos saben pero nadie quiere aceptar. La triste y oscura verdad.
«Lo único que tiene que hacer es responder unas preguntas» está gritando el televisor, el presentador dentro de la caja. Miro a mi padre y me pregunto qué fue lo que pasó aquella tarde en que cerró su joyería para siempre.
«Para responderlas tiene que conocer nuestra programación. Me imagino que usted ve todas nuestras novelas».
El público aplaude. La mujer en el tele dice que sí, que las ve todas. Mi padre gimotea.
"No eres una puta ventana. Quítate de ahí".
"¿No ves que eres más grande que la pantalla?".
Y el televisor nos indica que vamos a la publicidad pagada.
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Gracias por leer y nos leemos en el siguiente capítulo, donde las cosas empiezan a tomar forma.
Saludos!
