Actualizaré cada tres días, ya tengo la cantidad de capítulos que serán. Son 18.

Nos leemos abajo!

La vida de Takeru Takaishi está dividida entre sus estudios universitarios, su trabajo como recepcionista, sus amigos que odia, las visitas que hace a un viejo profesor demente retirado, y su imaginación trastornada en donde todo el mundo está muriendo. Desesperado para evitar convertirse en el psicópata que está atrapado en su interior, Takeru decide que enamorarse es la distracción perfecta para aplacar su retorcida cabeza. Pero va a descubrir que aquellos sentimientos juveniles no son la cálida aventura que esperaba, que en vez de calmar la furia que lleva dentro, la va a desatar. Violencia, eventos sobrenaturales, y romance, van a convertir la vida de Takeru en un infierno.

Ni digimon ni ¿A quién odias, Dani? me pertenecen, son de sus respectivos dueños.


4

Ahora dime la verdad, ¿te dedicas a llorar por las noches?

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Por mucho que lo quiera, y por mucho que lo intente, no puedo evitarlo. Estoy en la estación de buses, formado en la fila a las siete de la mañana, con mis brazos pegados a mi cuerpo y mis manos escondidas en mi bolsillo. Y ahí la veo. A esta chica, Mimi, reptando entre la multitud, avanzando entre nosotros. Ignorándonos porque somos inferiores a sus ojos divinos, y se detiene al frente de todos. De pronto ella es la primera en la fila, y está sonriéndole a la pantalla de su celular mientras escribe un mensaje.

Y es instantáneo.

La puedo ver destruyéndose. Es un día oscuro pero esta chica espera el autobús con una camisa ombliguera sin mangas, mostrando la piel de sus brazos, escote y algo de su espalda. Nadie dice nada cuando este ser, producto de la presente ola de preferencia visual, nos pasa por encima y hace uso de su poder moderno. Y ocurre de nuevo, la veo grotesca y marginada de lo que ella misma considera aceptable en superficie, tanto que se odia a sí misma, tanto que sólo puede pensar en la belleza que se le fugó años atrás. Esa belleza tan lejana que parece un sueño que tuvo en una vida antigua.

Se encuentra atrapada en su propia casa, pútrida y sombría, que refleja su amor propio y su deseo de seguir viviendo. La puedo ver llorando todas las tardes por su desdichada vida, porque nada de lo que hizo tuvo relevancia para nadie, ni para ella misma. Y el único detalle que la definía se ah ido por el puto caño de los años.

Esta chica, vieja y flaca, está llorando desesperada en una casa sin espejos, y del cajón de su mesita de noche saca un escalpelo que solía utilizar para hacer artesanías.

La miro junto al sujeto que está de primero en la fila, pero no la veo ella, no a la chica joven y sensual. A quien veo es a una anciana haciéndose daño a sí misma, rasgándose su envejecida piel, cortándose el rostro y golpeándose contra las paredes. En pocos segundos me la imagino muriendo por años. El autobús se detiene junto a nosotros y ésta chica sube con los primeros de la fila. Varios tipos le miran el culo mientras ella sube, meneando mecánicamente para el espectáculo público. El elástico de su tanga sobresale del pantalón y captura a todos por un instante. La tanga es púrpura. Y para mí ella está muerta, pudriéndose en su pequeña y asquerosa habitación de vieja, con la barriga abierta y sus repulsivas tripas afuera, regadas en el suelo. Con el rostro deformado por el dolor y la edad. Y el escalpelo enterrado en su colon. La imagino deshaciéndose entre sus propias secreciones, jugo gástrico y sangre.

Aquella chica linda, que usa un jean descaderado y bonito maquillaje, es un cadáver repulsivamente artístico en mi imaginación. Aquella chica está siendo comida por las ratas y los perros que tiene como mascotas. Zucarita, Buba, Chester. Todos ellos están rasgando trozos de carne de su marchito cuerpo. Le sacan los ojos y se los tragan sin masticar. La devoran en pocos minutos.

Bruno, Toby, Gus. Los perros que le acompañaban en su enmohecida soledad, ahora se la tragan sin resentimientos. Y el autobús arranca.

La chica toma asiento y mira por la ventana, ignorando satisfecha que un tipo de pie le mira la porción de senos que se le ve. Y mi mente sigue trabajando.

Quince minutos después, ésa chica se ha suicidado de treinta formas diferentes, dejando un lindo cadáver para la morgue. Todas estas imágenes empotradas en mi mente son una vaga muestra de lo jodidamente dañado que estoy.

La sensación es tan fuerte, el olor a descomposición tan penetrante, que me hace sentir culpable de la muerte de aquella mujer. Siento como si debiera decir un par de palabras en su funeral, enfrente de sus amigos y familia. Debería consolar a su madre quien tiene los ojos ausentes y húmedos, preguntándose a sí misma a dónde se fue aquella época en donde su bebé estaba en sus brazos, calmada y feliz, y no partida en mil pedazos, perdida como un simple recuerdo tres metros bajo tierra.Y yo diría "Familia y amigos, desconocidos. La verdad no sé el nombre de la fallecida, nunca cruzamos palabras, ni siquiera una mirada. No escuché el sonido de su voz. Sólo era una extraña en un autobús que la consumía y la deshumanizaba tras cada cuadra".

El silencio del público que me mira desconsolado."No puedo levantarme aquí y restituir su nombre y salvarla, ni siquiera para no atentar contra su luto. No puedo mentir. Así como ella tampoco puede, en ese ataúd, en ese autobús. Está muerta, pero no porque está a punto de ser enterrada, o porque no tiene aire en los pulmones. Tal vez sólo ha perdido su rostro y hasta allí ha llegado toda su relevancia en el mundo de hoy. Y mientras su imagen esté impresa, seguirá siendo el mito para el placer de los otros. El mercado la usará hasta que la demanda ya no la necesite." Mientras todos lloran, asiento y doy gracias por la atención. Nadie aplaude.

Puede que mi mente pase por los sitios más oscuros de la irrealidad. Y mi consciente alienta al inconsciente a que siga acribillando gente sin compasión.

Ya no se trata de fantasías accidentales en donde esperas que alguien muera. No es un inofensivo sueño en donde ves a tu padre morir, o a tu amigo, tu hermano. Esas ilusiones que se cruzan por nuestra mente y evadimos con miedo, con culpa, por haberse escabullido en nuestra cabeza. Esto es diferente.

Esto es lo que pensaba Charles Whitman antes de subirse a esa torre. En cada viaje en autobús puedo imaginarme cómo mueren tres o cinco personas distintas. Así de terrible es subirse a un autobús para mí. A cada rato alguien está sacándote de casillas. Puede que no lo creas, pero no soy agresivo. Odio todo tipo de violencia. Odio los gritos de las personas escupiendo su orgullo por entre sus dientes. O eso creo.

Tal vez pretenda odiar la agresividad porque me espanta pensar que me siento atraído por ella. Voy de pie en el autobús y veo a esta chica hablando por el celular, se ríe y blasfema en voz alta, y no mira a nadie alrededor. Yo voy de pie, pacifista y psicópata. Después de todo Robert Oppenheimer se declaró un militante pacifista. Y quizá sí era un buen tipo, un caballero que tosía lejos de la gente y no fumaba en tu cara, y aún así, nuestro buen amigo Bob mandó a volar a Hiroshima y Nagasaki.

Y puede que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones y todo eso, pero no quiere decir que no seamos culpables de nuestros pecados. La chica termina la llamada, y su sonrisa se pierde en su rostro y no mira por la ventana. Yo quiero llorar en su funeral y abrazar a cada miembro de su familia, mientras cuento los asientos vacíos de todos esos que se la follaron mentalmente y no asistieron.


Nadie dura de pie más de diez horas.

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No, no me he enamorado. Pero lo pretendo. Lo que necesito en estos momentos son fantasías idílicas en donde aparezca junto a alguna chica que me arrebate el aliento y me seque la razón. Necesito ruborizarme cuando ella esté cerca, cuando me mire a los ojos, cuando me salude, cuando me sonría, cuando me tome de la mano, cuando bese mi mejilla. Ese tipo de cosas. Tengo que dejar de pensar en la muerte de todo el mundo.

Lo que quiero es una figura con un rostro en quien puede pensar todo el día. Todos los sentimientos están escritos, y editados. Esas ideas clásicas de lo que es el amor. Todas las sensaciones están almacenadas y lista para producción. Sólo falta una imagen en la que todo se enfoque.

Necesito un nombre, uno que pueda escribir entre mis notas una y otra vez. Desconcentrarme en clase por estar pensando en ella. Que no me importe el mundo sin ella. Necesito mirar al pasillo deseando que ella aparezca. Lo que necesito en estos momentos es distraerme. Matt dijo que buscara una chica que me llenara de suspiros y me obligara a pensar qué ropa usar. Por lo que me situé a la entrada de mi facultad a ver chicas pasar de largo. Esperando por esa patada en el estómago que te anuncia que estás atrapado.

– Esa chica – señala Willis – la del pelo tinturado, ¿la ves?

– Sí.

– Lo hicimos el año pasado, en Halloween.

Por alguna razón pensé que Willis sería útil en una situación como ésta. Y no quise ser críptico al respecto, así que le dije que quería una chica.

– Lo hicimos en un baño – dice sonriendo.

Veo a Willis y vislumbro su cabeza clavada en una estaca, mientras moscas se pasean por las cuencas cóncavas abiertas de su rostro. Hay manchas de sangre seca derramadas en lo que queda de él. Y de su boca sobresale su pene previamente cortado.

– Toda la noche – dice.

Y no, no me estoy imaginando el suicidio de Willis. No es que él se castrara y luego se cortara la cabeza y la clavara en una estaca. Es sólo que Willis es de esas personas fáciles de odiar. Imaginar su cabeza cercenada es natural. Incluso una persona cuerda lo haría.

– Ella es fácil – dice – podrías intentarlo. Aja.

– No – le digo – no es mi tipo.

Es difícil sentir atracción por una mujer cuando todas parecen muñecos muertos paseándose por la facultad. A través de mis ojos es difícil ver enamoramiento. De algún modo u otro sólo veo fantasmas.

Miyako, quien hace parte de mi grupo de amigos, me odia hasta donde tengo entendido. A veces ni siquiera tengo que verla haciendo algo para vislumbrarla colocándose una escopeta en la boca, sujetándola entre sus dientes.

Catherine es una chica deslumbrante, pero de la única forma en que aparece en mi mente es cortándose las muñecas y los muslos, metida en su tina llena hasta el tope. Cuando una cascada de agua ensangrentada desborda por los bordes de la porcelana. Lo que necesito es una mujer a quien pueda ver a los ojos sin imaginármelos vacíos, muertos. Necesito sentirla viva, feliz, cariñosa y todo eso.

Nada de sangre ni intestinos. No pido amor, no pido una perfecta historia romántica. Pido no convertirme en el malo de una historia de terror. Entonces Willis me dice:

– No persigas cuerpos descomunales. Mimi, de psicología, sólo se acuesta con tipos galanes.

Ajá. Ni siquiera voy a descifrar lo que me quiere decir.

– Ten en mente a mujeres de baja autoestima y que estén más que todo solteras – me levanto de aquella silla en donde llevo media hora conjeturando mil muertes diferentes para Willis y me alejo de él, imaginando cómo una lluvia de motosierras le cae del cielo.

– Cualquiera funciona – grita Willis. – Llévala a tomar algo y dejará que le metas mano toda la noche.

Espero que nadie en la universidad me relacione con Willis, y éste grita:

– Si tú tomas lo suficiente puedes imaginar que hay algo que puedas tocar.

Necesito un amor ficticio, ni siquiera tengo que conseguir algo real. Uno platónico estaría bien. Sólo una imagen de la que me pueda enamorar. No tiene que ser de verdad. Una chica perfecta sólo en mi imaginación. Necesito que Cupido me drogue hasta que me convierta en un completo imbécil necesitado de amor. Un adicto.

Entonces ocurre. El cortocircuito en mi mente. Mi naturaleza resplandeciendo y paseándose por mis venas con violencia, haciendo latir mi corazón a niveles cósmicos e inhumanos. Ella aparece de la nada, mirándome con aquella furia intensa, destruyendo el suelo que piso y que me sostiene, derribando las barreras en mi mente. Ella camina hacia mí y me dice:

– ¿Crees que puedes llegar a la hora que se te dé la gana?

Oh, por Dios, por los cielos benditos. Aquellos ojos, aquella furia, aquellas palabras. Y la gente no cree en los milagros.

– Dijiste que eras bueno para trabajar en equipo. Pero lo único que he visto es a un idiota que deja que sus compañeros hagan todo el trabajo. – Eso es lo que ella me dice.

Campanas suenan en la distancia y una luz proveniente de las alturas desciende y la ilumina. Y yo no puedo decir nada.

– Escúchame bien, no voy a dejar que fastidies mi promedio. No voy a dejar que un vagabundo como tú lo eche todo a perder. No tengo miedo de enfrentarme a idiotas que piensan pueden recostarse en los demás.

Mi corazón palpita rápido y mi cuerpo se paraliza.

– Puedo echarte en cualquier momento del grupo – dice su dulce voz – De mí depende que pierdas este curso, es decir, que baje tu patético promedio y te saquen de la universidad.

Y de pronto, no hay sangre, no hay suicidios, no hay gente tragándose cuchillos eléctricos. No hay un montón de cadáveres embutidos en mi cabeza. Sólo hay miedo. Sólo están mis nervios invadiéndome todo el cuerpo. No queda ni una pizca psicópata.

– Te lo voy a decir sinceramente: estoy cansada de ti. Y no sé otra forma de solucionar esto que sacándote del trabajo, y no quisiera hacerlo, pero no veo que trates, no tienes empeño para nada. Eres un completo incompetente.

El mundo se detiene y una nube nos rodea por completo. Aparece la luna llena de fondo tras nosotros. Y ella dice:

– Eres demasiado… pues, inepto, no entiendo cómo fue que duraste tanto tiempo en esta universidad.

Por esos instantes mi mente está blanca, limpia, pura. He dejado de ser un monstruo, una aberración mental. Sólo soy un hombre intimidado por una mujer que no para de decirme lo inútil que soy. No parpadeo, y ella me dice:

– Creo que no mereces estar aquí… lo siento.

Y me da la espalda. Todo el piso tiembla, mi voz tiembla, y digo:

– Oye, Hikari.

Ella se detiene en la distancia, y gira lentamente mientras mi corazón cambia de posición. Y toda ella vuelve a golpearme los sentidos. Quedo reducido a unos pocos milímetros, y ella queda, cual monumental belleza, en medio de la nada.

– ¿Qué? – me dice.

– ¿Quieres que nos encontremos para terminar el punto cinco? A no ser que quieras que lo haga solo. No hay problema.

– ¿Qué?

Sus bonitos ojos acusadores me ven como si fuera una horrible alimaña pegada al piso.

– ¿No me oíste? – pregunta.

Sus delicados y fuertes movimientos me dicen que ella me cree un idiota. Un perdedor que no tiene ni idea de con quién está hablando. Hikari queda en las alturas cubierta por seda, flotando en el cielo, mirándome a los ojos, y me dice:

– ¿Ésta es tu forma de solucionarlo? ¿Haciendo el punto cinco?

– Sí.

Hikari levanta las cejas e inclina la cabeza.

– No es suficiente.

– Entonces dime qué hacer.

– Esa es la peor iniciativa que haya visto – dice – pero algo es algo.

Intento no sonreír.

–Entonces – le digo – ¿nos encontramos o algo?

–Entra al salón y lo decidimos después de clase. Jenrya, y parece que soy la única que sabe qué hacer.

–Claro.

Lo que tú quieras. Pide y nada te será negado. Hasta el fin del mundo iré. Me perderé en la lejanía si es lo que deseas. Dilo y para mí será una orden.

Hikari.

Mi musa, mi doncella. De pronto mi causa tiene rostro y nombre, mis sueños tienen forma y textura, acompañadas de la más bella melodía. Así que quizá, sólo quizá, ésta sea una historia de amor.


No creo que la viuda negra sea cuestión racial.

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Trabajo en una academia de música. Lo hago desde hace unos cuantos meses. Pero no por el dinero. Ni por amor a la música. Por amor a nada. Aquí sólo soy el recepcionista.

– Buenos días ¿en qué puedo ayudarle?

Tienes que sonreír. Cada vez que alguien entra por información, a clase, sólo a mirar, tienes que sonreír. Hacerle creer a toda esa gente que tú sí quieres estar allí, estar sentado y oírles hablar de sus ridículos proyectos sobre empezar a hacer algo significativo de sus vidas.

La gente se aproxima y mira a los muchachos practicar con sus instrumentos en la pequeña plaza que está entre la entrada y los salones. Ahí es cuando entro yo. Primero soy un receptor que identifica las necesidades del cliente. Saber su propósito al acercarse. Si el sujeto que se acerca a la recepción tiene un rolex en su muñeca, gafas de sol que guarda en su bolsillo mientras me habla, y tiene esa sonrisa que esbozan aquellos que conducen un Audi; bueno, a ese sujeto no le voy a hablar de las promociones, ni de lo barato que resulta todo esto. Este tipo quiere calidad, quiere saber que está haciendo una importante inversión, y que si le gusta, pagará lo que sea, porque él usa el dinero, no al revés.

Después soy un proveedor. Debo proveer al cliente con alguna forma que satisfaga sus necesidades. Y les hablo de los beneficios de ser músico.

Estadísticas que hablan del intelecto de compositores. De nombres importantes, sujetos relevantes en cualquier industria, que también tocan música. Porque la música esta en todo y todos están en la música. La gente se acerca, familias con niños, jóvenes. Se acercan y se quedan mirando a esos bichos especiales tocando algún instrumento en la plazoleta.

– Buenos días ¿en qué puedo ayudarle?

Por lo general la gente no me mira mientras me exponen sus inquietudes, están mirando a los estudiantes interpretando la guitarra, o el violín, o el chelo.

Yo le hablo a una mejilla izquierda mientras esbozo una sonrisa de idiota. Porque no importa si el cliente no me mira, si no sonrío él detecta de alguna manera que no estoy satisfecho prestándole este servicio.

– Vaya – dicen – son muy buenos esos muchachos.

Sí, lo son. Llevan años tocando. Y entonces me ven, me miran a los ojos y preguntan:

– Y usted ¿sabe tocar algún instrumento?

– No, no en realidad. – Me río como si fuera gracioso y la primera vez que me lo preguntan – Pero no sería una mala idea empezar. Aquí aprendería rápido – sonrío.

Ellos asienten y dejan de mirarme.

La razón por la que trabajo aquí es para no estar en casa, para no salir con mis amigos, para no molestar siempre a Gennai en su murgroso apartamento, para no tener que oír a Matt contándome sus extraños sueños.

Son las ocho de la mañana, y aquí, en la recepción de la Academia musical Rubato, el tiempo pasa más lento que en cualquier otra parte del universo.

Estoy aquí para olvidarme que allá afuera, lejos del sonido que producen todos los instrumentos, existe mi padre eternamente contemplando sombras de la realidad. Olvidarme de Willis y su visión aberrante de la existencia humana. De su lascivia y la de todo el mundo.

Llega el administrador y me saluda, ordenamos las finanzas, hablamos de las promociones, y me abandona. Estoy aquí metido, entre tanto ruido, enloquecido porque las cuentas no concuerdan, observando el dinero que entra y sale, para no tener que explotar viviendo en este planeta.

Para que cuando mis amigos me llamen el viernes, invitándome a ir a un bar, yo pueda decir que no, que estoy ocupado. Para no tener que decirles que por lo general los veo atropellándose contra las ventanas de esos bares, deformándose a sí mismos, cortándose sus pulcros rostros y sus ropas costosas, hiriéndose todo el cuerpo, dándose escarmiento por lo imbéciles que son.

Estando aquí no tengo que decirles que cada vez que nos metemos a uno de esos antros prestigiosos, imagino que ellos están saltando contra las mesas de vidrio, rajándose toda la cara, y luego luciéndola sonrientes. Sus rostros deformados. Como si se hubiesen metido de cabeza a un exprimidor de naranjas gigante. No quiero decirles que me los imagino vomitando sangre sobre los cócteles de los demás.

Me escondo aquí, tras la recepción y tras mi sonrisa, para no tener que hablar con ellos de lo mismo.

No tengo que contemplar partes humanas ni hablar con ingeniosos eufemismos para encubrir charlas sexuales.

Ésta es mi pequeña cueva.

Estoy lejos de todo el mundo.

Lejos del cosmos que se vuelve más torpe cada segundo. En cada generación. La promoción que está vigente por el momento es que si inscribes a un menor de doce años, te dejaremos el primer mes gratis. Para cualquier instrumento.

Pasa el día y la gente entra y sale, y me preguntan:

– ¿Hay más rebaja si inscribo a dos niños?

No.

Sonríe. Habla despacio. Sé gentil. Ríete si el cliente se ríe. Me siento en mi escritorio y dibujo a mis amigos cortándose entre ellos con copas rotas, arrancándose las orejas a mordiscos como Tyson, desgarrándose mutuamente el cuero cabelludo con las uñas. Ahí se va mi tiempo libre. Los estudiantes entran cargando sus estuches, grandes y pequeños. Algunos me sonríen y saludan, otros me ignoran.

– Hola… Takeshi – dicen vacilando.

Antes los corregía. Antes decía mil y un veces "Takeru". Ya no. Ahora me bautizan cada cuarto de hora.

El sol se va ocultando y dígito en el computador el nombre de esta chica. Hikari.

En vez de trabajar me dedico a alimentar mi sórdida pasión a través de las redes sociales. Dejo a un lado las cuentas y el dinero, y los productos que quedan por venderse y rebusco en la red a Hikari. En alguna madriguera de conejo cibernética. Y su imagen resplandece en la pantalla. Una medio sonrisa, los ojos mirando a la cámara, el cabello por sobre sus hombros, y una aura que tal vez ni siquiera existe.

Podría quedarme mirándola toda la noche, pero varias personas entran en mi oficina y mi turno acaba a medio día.

Paso las fotos y me detengo, avanzo y freno. La miro, la detallo… tiene una cicatriz muy leve en el mentón. Es la cicatriz más hermosa que haya visto. No le gusta enseñar los dientes, aunque son blancas perlas reposando en el interior de su boca.

Juega con su cabello en varias fotografías. Se ve natural, no parece posar en ninguna de ellas… pero debe estar haciéndolo, eso es algo innato en cualquier mujer por estos días. Aunque mi criterio no debe valer mucho, me parece que las fotografías son profesionales. Quizá hay filas de artistas deseosos por captar la imagen de Hikari.

Y de repente aparece una fotografía que se me entierra en el pecho como una navaja fría. Un potencial cliente entra al local y me saluda. Ni lo miro a la cara.

"¿Cómo es la cosa aquí?" pregunta.

Yo estoy idiotizado mirando la pantalla del computador, intentando no desmoronarme con lo que estoy viendo.

– Tengo un niño de ocho años que tiene talento para la música, aunque nunca ha estado en ninguna clase – dice.

Como cualquier padre promedio, este tipo me relata una serie de características de brillantez y habilidad, y todas son de su hijo. Agudeza y un tris de rebeldía, perspicacia y algo de madurez, agilidad y mucha valentía. Es como si estuviera intentando venderme a su hijo.

No lo miro.

Este hombre me está diciendo que su hijo tiene talento para la música pero que no sabe tocar ningún instrumento, no sabe cantar, ni hace nada relacionado con el espectro musical.

– Le encanta oírla, la música, debería verlo… desde bebé lo ponía a escuchar Beethoven.

Estoy incrustado en mi asiento, mirando una de las fotografías de Hikari, mientras mi corazón late tan rápido como le es posible, como nunca antes había latido. Una horrible sensación me recorre la piel. Algo nuevo, diferente. Una sensación que no puedo creer que exista.

– El efecto Mozart, todo eso – dice el cliente al otro lado de la recepción – Ese niño tiene un excelente oído.

Trago saliva y respiro despacio, intentando recobrar el aliento y mi conciencia. Lo que siento en estos momentos es una sierra eléctrica abriéndome el estómago, destrozándome el interior. Quemándome las entrañas. Estoy cada vez más hundido. Son celos. Lo que siento. Y es horrible.

– Muy bien, traiga al niño y aquí él mismo podrá escoger el instrumento que más le guste. – Le digo al cliente.

Intento sonreír… intento… por dios que es difícil. No lo logro. Mi rostro es agrio y amargado.

– Bueno – dice el cliente – lo traeré en estos días.

Y se va. No volverá, y no traerá a su hijo, nunca conoceré a ese gran pequeño talento.

Regreso a la imagen en el computador y allí está ella, Hikari siendo abrazada por un hombre, un tipo alto y bien parecido, con una camiseta amarilla con la que demuestra no tener la preferencia común masculina por el azul o el negro. El tipo está sonriendo. Un hombre perfecto. Un perro miserable simpático.

– Maldición.

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Nos leemos en el siguiente capítulo! Gracias por leer!

Saludos!