Sinopsis: La vida de Takeru Takaishi está dividida entre sus estudios universitarios, su trabajo como recepcionista, sus amigos que odia, las visitas que hace a un viejo profesor demente retirado, y su imaginación trastornada en donde todo el mundo está muriendo. Desesperado para evitar convertirse en el psicópata que está atrapado en su interior, Takeru decide que enamorarse es la distracción perfecta para aplacar su retorcida cabeza. Pero va a descubrir que aquellos sentimientos juveniles no son la cálida aventura que esperaba, que en vez de calmar la furia que lleva dentro, la va a desatar. Violencia, eventos sobrenaturales, y romance, van a convertir la vida de Takeru en un infierno.
Ni digimon ni ¿A quién odias, Dani? me pertenecen, son de sus respectivos dueños.
5
Hoy en día las personas prefieren a un perro que a otras personas.
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Estoy en la casa de Gennai, y le digo que esto puede que funcione. Puede que Hikari me salve. Sin que nadie se hubiese dado cuenta sufrí una metamorfosis. Como le ocurre a una oruga, pero prefiero no usar esa referencia, no me gusta pensar en mí mismo como una mariposa.
– Me dijo que debíamos reunirnos. – Estoy diciéndolo entusiasmado, con una sonrisa de imbécil y repitiendo ese momento en mi mente una y otra vez – Prácticamente me pidió una cita. Tuve una cita con Hikari.
– Bien por ti. – responde Gennai quien ni siquiera mira en mi dirección.
Estoy en su casa, y él está llenando las paredes de garabatos, y números y símbolos, de fórmulas mágicas. Está escribiendo en sus viejos muros con un marcador negro. Parece un niño pequeño dañando la pintura del apartamento. Sólo que los dibujos de Gennai no se limitan a un metro sobre el suelo, llegan hasta el techo.
Cuando aparecí en su puerta le pregunté por qué lo hacía. Me respondió que se le había acabado el papel.
– Es muy directa. Hikari. – aseguré desde el suelo.
No pregunten por qué, pero en cuanto pude tomé agua, jabón y una esponja y me puse en cuatro para limpiar la mierda de pájaro esparcida en el piso.
– Me dijo que debíamos reunirnos, que no podíamos dejar pasar más tiempo. Luego me dijo "¿quieres que nos encontremos en tu casa?". Y pensé en mi casa, en mi padre idiotizado frente a la tele, en mi madre usando todo el día su delantal sucio y su olor a desinfectante, y en Matt y sus inadecuadas conversaciones; así que le dije que mejor nos viéramos en casa de ella. – me detengo un momento y levanto el rostro para ver a Gennai y decirle: – conocí su casa.
La casa de Hikari, su guarida, su universo representado en paredes y colores y texturas y afiches y ornamentos. Gennai no deja de escribir y dice:
– Qué gran evento.
Ella sacó uno de sus cuadernos, arrancó un trozo de papel y escribió su dirección en él, luego me lo entregó diciendo "no llegues tarde, hay mucho trabajo por hacer".
Fue al siguiente día que nos encontramos. Tomé dos buses, caminé ocho cuadras, me perdí por quince minutos y luego encontré su casa. Una bonita y sencilla construcción de dos pisos, de un color crema, con un antejardín y custodiada por una reja pequeña. Se hallaba en una cuadra donde todas las casas eran iguales, a excepción de cómo estaban pintadas y los arreglos florales que exhibían. Parecía un gran lugar donde vivir y recolectar relatos familiares. Un lugar agradable de recordar después de abandonar. Evocaba a uno de esos barrios que ves en las series televisivas extranjeras, en donde vive el joven protagonista que asiste a la preparatoria e intenta representar lo que es la adolescencia. Esas series que siempre terminan en un baile de grado.
No encontré el timbre, así que utilicé la eslava, nunca antes había usado una para llamar a la puerta.
La señora que me abrió era muy joven para ser la madre de Hikari, pero no me aventuré a especular nada.
– Debe ser el compañero de Hikari – dijo.
– Sí, señora, soy yo. – ya estaba nervioso y temblando – Mucho gusto, Takeru Takaishi.
– Mucho gusto, Takeru. – Dijo abriéndome paso – Sigue, Hikari te está esperando en su habitación.
Oh, Dios.
– Gracias – dije tropezando con el único escalón que había entre esa casa y yo.
Y lo supe. Comenzaba mi odisea para conquistar a esa mujer, para que nuestro amor se consolidara y fuese digna de ser recordada y representada en diferentes medios.
Estaba empezando allí. Empezaba con un tropiezo en un escalón. Y todo el mundo sabe que los obstáculos hacen más sólido el objetivo, y le dan sentido a las cosas. La casa era un museo lleno de adornos típicos de porcelana, muebles de hace quinientos años, y fotografías de gente que no se veía a la redonda. Por cualquier lugar por el que cruzaba me topaba con algo rompible. Subí vacilando al segundo piso, notando que a cada centímetro había algún adorno colgado en la pared, así fuese minúsculo, pero allí estaba, llenando los espacios vacíos de las vidas de estas personas.
Si tenía suerte, yo podría llenar los espacios vacíos de Hikari. Cuando digo "espacios vacíos" me refiero a los metafóricos: su soledad, su incompatibilidad con el resto del mundo, y sus incertidumbres. Esas cosas románticas con las que se pueden jugar para hacer símbolos tiernos.
La puerta de su habitación estaba casi abierta, sólo por unos centímetros. Golpeé y miré por la abertura en el umbral. Y la vi, allí, acostada en su cama, leyendo un libro, mordisqueando el extremo de un lápiz. Llevaba un jean azul desgastado en las rodillas, una camisa blanca delgada, y unas tobilleras color aguamarina.
Ella me vio, o bueno, la pequeña parte de mí que era visible.
– Entra ya – me dijo.
Y lo hice.
– Hola.
– Hola.
«Es hora de empezar, TK».
La miré a los ojos y luego aparté la mirada cuando ella vio los míos. Me quedé mirando las paredes y la ventana al fondo. No supe qué hacer, cómo actuar, qué decir.
– Ok. – Me dijo incorporándose – siéntate de una buena vez. Pareces un zombi ahí paradote.
– Ja – me reí.
Descargué mi mochila y tomé asiento en su escritorio. Torcí la boca e intenté no verla a los ojos.
– ¿Trajiste algo de información? ¿Algo útil?
– Oh. Sí, claro. – digo sacando unos cuantos viejo libros de tapa dura y mil páginas, y los dejé frente a ella.
– Espero que ya tengas un resumen de eso. – dijo abriendo los ojos todo lo que pudo.
– Ja – me volví a reír.
«No tienes que reírte de todo lo que ella diga».
Hikari tomó sus notas y el borrador en el que hemos trabajado y se sumerge en palabras elaboradas y subraya términos que la confunden y dice cosas como "es una locura".
– Lee el capítulo tres de este ensayo – me dijo – no estoy segura si el análisis que hice estuvo bien.
Estas vanalidades entre ella y yo se vuelven insoportables. ¿A qué hora se supone hablaremos de nosotros y nos conoceremos y abriremos nuestros corazones? ¿A qué hora llegaremos a darnos cuenta lo mucho que tenemos en común? ¿Lo mucho que nos necesitamos? ¿Lo muy especial que somos el uno para el otro?
– Claro – dije sin ánimo – el capítulo tres.
El análisis del…. Según… ¿Qué es lo que estoy haciendo? Según los estudios hechos por… Por Dios que esto puede llegar a acabar conmigo. Hikari colocó treinta hojas una junto a la otra sobre el lecho, y las miró todas y a ninguna mientras hacía un ruido con el lápiz golpeándolo contra su rodilla repetidamente. Yo leí el capítulo tres de un libro escrito por alguien que espero se haya arrebatado la vida de una forma muy dolorosa.
Casi veinticuatro horas después, untado de mierda de pájaro, le estoy contando a Gennai que la habitación de Hikari está llena de peluches y pequeños juguetes coleccionables. Le cuento que las paredes son de un azul claro y que el cielo razo es blanco, con una lámpara que cuelga en el centro.
Y que hay fotografías, muchas fotografías.
– Hay como veinte colgadas en las paredes y otras diez bien puestas en la repisa.
– Es algo narcisista la niña ¿no? – asimila Gennai mientras mira analíticamente los muros repletos de números.
– No. Ella no aparece en ninguna de las fotos.
– ¿Entonces?
– Creo que se trata de fotos artísticas – digo mientras sigo restregando el suelo con un cepillo de cerdas gruesas – ya sabe, la fotografía de una mano acariciando algo, la sombra de alguien en una posición extraña, cosas así. Varias a blanco y negro. Quizá su padre es fotógrafo o algo por el estilo.
– Claro. Entonces, sí fue productiva esa visita.
– Pues, algo así.
Hikari prestó más atención a las hojas desparramadas en su cama que a mí. Incluso se sintió más la presencia de mis libros que la mía. Pero toda historia de amor comienza algo así. Al menos ya sabe que existo. Al menos me dejó entrar en su reducido mundo adornado de insignificancias.
– ¿Cómo vas? – me preguntó ella después de media hora de lectura.
Terrible. Le quiero responder que voy de lo más horrible. Una mierda. Es la peor historia romántica de la historia. Estoy en su habitación leyendo estupideces. A este paso voy a terminar descuartizando prostitutas en un callejón oscuro mientras tarareo alguna canción de Charles Manson.
– Bien – le respondo – Me parece que tu análisis es muy apropiado.
«¿Apropiado? Por favor, TK ¿Eso fue lo mejor que se te ocurrió?».
– Oh, qué bien. – dice ella sin siquiera levantar la vista de las hojas.
Malditas hojas afortunadas.
– ¿Cómo vas tú? – le pregunto.
– Algo perdida, y algo cansada.
Gracias a Dios.
– Podemos tomar un respiro, si quieres – sugiero como si no me importara.
Hikari suspiró. Su madre nos subió algo de comer. Un jugo amarillento que sienta bien y un sándwich. Hikari ni le dio las gracias.
– Oye– dice limpiándose los labios.
El plato lleno de boronas estaba en su cama, junto a las hojas, y el vaso ya desocupado estaba en su mano. Eran las únicas cosas que yo era capaz de ver en ese instante.
– ¿Sí?
– Quería disculparme contigo – dice. – No debí decirte lo que te dije ayer… bueno, no todo.
«Una disculpa. Eso tiene más sentido».
– No quiero decir que no te lo merecías – continúa – aun así estuvo cosas no se solucionan insultando a los demás. Créeme, no soy una persona agresiva, ni tampoco pierdo el control de esa manera… en realidad no sé lo que me pasó.
Me llamó inepto. Hikari me dijo vagabundo. Dijo que no entendía cómo yo había logrado durar tanto tiempo estudiando en aquella universidad.
– Perdóname. – Me dice – Ni siquiera se trata de un trabajo tan importante.
¿En serio? Qué tal si lo fuera. Quizá ya estaría muerto. Pero, bueno…
– Oh, no te preocupes – le digo intentando hallar la forma de no desmoronarme cuando vea sus ojos enlagunados de arrepentimiento – está bien. Tal vez necesitaba oírlo, fue lo correcto. En fin. Sin rencores.
– Es bueno oírlo – sonríe.
Sonrió. Vaya. Me sentí completamente realizado. Satisfecho. Sonreí también.
– Sí. También es bueno oírte decirlo. – le digo.
Me encantó que se disculpara. La muy infeliz. Me miró a los ojos, luego de casi una hora de estar atrapados en ese cuarto. Y yo sostuve la mirada. Y no dijimos nada.
Son oscuros. Sus ojos. Son normales, nada del otro mundo, no es material para componer una canción. Nada deslumbrante con los que se pueda hacer una hermosa película. Pero me gustan, me gusta la sensación que transmite con ellos. Me gusta cómo mira las cosas, a las personas, a mí. Me gusta que antes de apartarme su mirada, parpadea.
Este es el primer instante en que compartimos algo de verdad. Que decimos algo nuestro. Ésta es nuestra verdadera puesta en escena, con el silencio del público contemplándonos desde la oscuridad en una sonrisa comunal, empatizando con los nobles sentimientos del personaje principal.
La mayoría de canciones de amor no tienen nada que ver con el amor.
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Está hecho. Estoy en mi habitación. Le he colocado seguro a la puerta, he cerrado las cortinas y he encendido el estéreo.
Le pondré de título a esta parte de mi vida "al borde de la estupidéz". No sé ni qué hora es, ni qué día, ni qué año. True love waits de Radiohead está sonando. Me recuesto boca arriba en la cama y miro al techo mientras intento cantar siguiéndole el hilo a Tom York. Así de idiota me encuentro.
He pasado de ser un maníaco sediento de sangre que dibuja en sus cuadernos gente clavada en lanzas, expulsando sangre por todos sus orificios, a ser un completo imbécil que se imagina los bonitos ojos de una chica mirándolo. Un pobre tonto que suspira cada vez que reproduce un pequeño instante del pasado en su memoria, el instante de una sonrisa. Y le encanta. Quise crear un torpe enamorado a partir de un monstruo psicópata, un pobre imbécil idiotizado de un lunático peligroso y sanguinario. Y lo he logrado.
Soy mi propio monstruo, estúpido y llorón, idiota y romántico. Soy lo que días atrás detestaba.
Soy el Dr. Frankrenstein y el moderno Prometeo.
Soy la más abominable de las creaciones.
– And true love waits…
Pero no hay de qué preocuparse, por ahora el asunto no es tan peligroso. No he cruzado la línea con James Blunt. Celin Dion. Daniel Powter. David DeGraw. Adele.
Todavía queda un rastro de quien era.Y ese rastro está allí, como un muerto echado en la cama. Recapitulándolo todo para no olvidarlo, para alimentar mi fantasía e incrementar mi anestesia. Para producir dopamina y deleitarme en mi humanidad. Para llegar al letargo de la idiotez.
En este punto del día ya estoy extasiado.
Y alguien llama a la puerta.
Con un poco de suerte me convertiré en un poeta ermitaño amante de las flores y del aire. Quien se alimenta del canto natural y de la energía pura del planeta, del agua del universo.
Nada de asesinatos ni derramamientos de sangre. Nubes y estrellas será. Oh, deleite de mis sentimientos Musa de mis debilidades Intrusa de mis pensamientos.
Toc, toc, toc.
¿Cómo osa alguien perturbar mis ensoñaciones matutinas, mis pasiones escondidas?
¿Cómo se atreven a interrumpir el sosiego de mi mente y el despertar de mi corazón?
¿Será que no queda espacio en estos tiempos para alguien que desea encontrar la iluminación solitaria del amor? (y no estoy hablando de la masturbación).
¿Dónde puedo soñar con ella sin ser interrumpido por mis razonamientos, ni por la lógica u otros deseos mundanos?
Toc, toc, toc.
– ¡Un momento!
Me incorporo, y me encamino hacia la puerta danzando al ritmo de Radiohead, moviendo la cintura y las piernas libremente, confiado por mi soledad, exento de la opresión del criterio de otros. Quito el seguro y dejo que abran la puerta.
Es Matt.
– ¿Por qué no abres la puerta? Debo recorrer media ciudad para venir a visitarte y tú… ¿Qué es lo que te pasa?
Me pregunta mientras ingresa con las manos en los bolsillos, recorriendo el lugar con la mirada como si pudiese observar la música acumulándose en la habitación, llenando cada rincón de una tonada acústica y melancólica.
– ¿Que qué me pasa?– repito la pregunta retomando mi posición de ineptitud en la cama – Lo que me pasa tiene nombre, y uno muy bonito, por cierto. – y suspiro.
– ¿Episodio maníaco?
– Hikari.
– Algún trastorno mental.
– Tenías razón – aseguro tomando la almohada entre mis brazos, acariciándola suavemente y quitándole la pelusa con los dedos.
– Nunca dije que te afeminarías.
– No. "Razón" con lo de enamorarse.
– Ah.
– Me enamoré de Hikari.
– ¿Quién?
– Una chica de la universidad.
– ¿Ella es la causa de que mi hermano se haya convertido… bueno, en mi hermana?
– Tus patéticas ofensas no tienen efecto en mi estado.
– Eso es preocupante.
– ¿A quién le importa? Ya no hay sangre. Ya no hay muertes. Soy libre. He vencido. Le he ganado a mi propia mente. He triunfado sobre mi naturaleza.
– Por Dios. Siento que hablo con algún líder de alguna minoría atormentado por todas las injusticias que la sociedad ha cometido con él. ¿Quizá alguien indeciso sobre su orientación sexual?
– Me siento tan diferente.
– No te preocupes, hoy en día aceptan cualquier aberración como natural.
– ¿Vas a tomarte esto en serio o te quedarás ahí con tus insultos baratos?
– ¿Insultos? no soy homofóbico. Sé lo que quieras ser.
– Por Dios, Matt.
– De acuerdo, habla.
Toma una silla y se sienta junto a la cama.
– Necesito un plan para conquistarla. Si teniéndola a una hora en autobús de distancia me vuelve un completo idiota, imagina cómo será cuando tengamos una relación verdadera.
– Tal vez no quieres llegar a esa condición. Completo idiota es todo lo que puedo tolerar – dice Matt sonriendo.
– Si no vas a ser de ayuda, lárgate.
– Está bien, está bien. ¿Qué decías?
– Un plan.
– Un plan. Lo primero es saber qué tipo de hombres le atraen, tal vez podamos rescatar algo de tu particular… ser.
– No será tan difícil averiguar qué le gusta.
– ¿A qué te refieres?
– Tiene novio.
– ¿Qué? ¿Tiene novio? ¿Y estás pensando en…? Olvídalo.
– Ni loco. Puedo compartirla, pero no la dejaré.
– Por favor...
– Vamos. ¿Qué tal la enamore? Puede pasar ¿Y si me prefiere a mí al final?
– ¿Al final? – Pregunta consternado, mirando hacia ambos lados – ¿De qué rayos hablas? ¿Al final de qué?...
No le digo nada.
– ¿Al menos has visto al novio?
– Vi una foto suya – respondo con algo de ira.
– ¿Y?
– Alto, cabello castaño, bonita nariz, buen físico.
– Pensé que te gustaba ella.
– Sabes de lo que hablo; el tipo es perfecto.
– Eso nos hará más fácil el trabajo.
Odio el sarcasmo cuando no proviene de mí.
– Puedo arreglarme, vestir mejor, usar colonia, cambiar de peinado, hacer ejercicio. Algo, lo que sea necesario.
– Eres un adefesio, hermanito, no importa si usas o no Hugo Boss. Si el otro tipo es un modelito, no hay nada que hacer.
– ¿Entonces?
– Podemos intentarlo de la otra forma.
– Es decir…
– Dejar a un lado lo superficial.
– ¿Y entonces?
– Mostrar tu interior. Aunque en tu caso, no sé qué tan positivo sea eso. Quizá tu rostro no sea lo peor de ti.
– ¿Dé qué estás hablando?
– Ella se puede enamorar de quién eres, no de cómo te ves. ¿Qué tal le atraigan todas esas rarezas que llevas dentro? ¿Que te quiera por la persona que eres?
– ¿Y puede ser?
– De todo se ha visto en este mundo, hermanito. Y sé que es imposible en estos días, pero no sería la locura más grande que tu y esta niña terminen juntos.
Al amanecer vimos en el horizonte cabezas de perros clavadas en estacas.
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La masacre mundial se ha perdido muy en el interior de mi cabeza. Ya cuando duermo no aparece aquel cataclismo que arrasa con todos a los que conozco. No existen los supervivientes caníbales que se degüellan entre sí para alimentarse de sangre. No hay fuego consumiendo las calles de mi ciudad, aplacando la superioridad de los enormes edificios, extinguiendo los gritos de los refugiados, borrando los nombres de las grandes corporaciones para siempre. McDonald's. Subway. Starbucks.
Ahora, en mis sueños, todo es soleado y hermoso, todo es cálido y confortante, todo es dulce y tierno. Me siento como Christopher Robin entrando en el bosque de los Cien Acres (el personaje ficticio, no el chico real que odiaba a su padre).
Toda mi liviandad se la debo a ella. Desde entonces Hikari aparece en mis sueños. Me toma de la mano, me da un abrazo sorpresa, y me da un beso sutil en los labios. Así cuando despierto me siento idiota, lento, y con ganas de seguir durmiendo.
Espero que éstas sean las facetas normales por las que todo el mundo pasa. Que si se lo llegara a contar a mis amigos, dijeran "oh sí, me ha pasado. Yo también soñaba con el suicidio de mis profesores, de mis compañeros… después me enamoré y me convertí en un estúpido total". Espero no ser el único que viste de acuerdo a las especulaciones sobre lo que aquella persona especial le gustaría verme usar. Espero no ser el único que repasa frente al espejo una y otra vez "hola… ¿cómo estás? ¿Tuviste un buen fin de semana?".
Ojalá el resto de los habitantes de este planeta estén ansiosos por llegar a su destino sólo para poder cruzar palabra con aquella persona, sólo para estrechar su mano y besar su mejilla. Espero que todos seamos iguales. Por Dios, que todos sean igual. De no ser así, sólo soy otro fenómeno, no el lunático enfermo que era antes, sino uno de otro tipo. Uno que suspira y observa por la ventana cosas románticas que no existen.
El autobús frena con violencia y me doy cuenta que es mi parada, que ya debería estar junto a la puerta.
Y corro.
Grito, "espere ¡ésta es mi parada!".
Y el autobús avanza.
"Espere… detenga el autobús".
Ése soy yo gritando como un idiota porque a la vista no vi el mundo real; vi a Hikari sentada en un prado verde brillante, distraída por el día y parpadeando de vez en cuando.
El bus se detiene dos cuadras después.
Salgo corriendo a la universidad, mirando el reloj, pensando que llegaré tarde, que el profesor ya debe estar en el salón, pero sobretodo, pensando que no tendré tiempo de charlar con Hikari antes de que comience la clase. Debería ser un día perfecto. Todo debería ser alegre y luminoso. Pero no, no es así. Cae algo de lluvia, el cielo se oscurece y parece que media humanidad está muerta. Todo eso pasa el día que le pediré a Hikari que salga conmigo.
Corro todo lo que puedo, preocupado porque llegaré sudando a montones, despeinado, exhausto, y horripilante. Un grotesco espantapájaros, un total espanta hikaris.
Todo lo que hice en la mañana se ha perdido. El maldito peinado que me tomó una hora efectuar, la postura exacta de la camisa, el pantalón planchado. Mis zapatos limpios… ahora llenos de barro por un siniestro campus enlagunado, inundado en una neblina espesa.
– Oh ¡esto es genial! ¡Gracias! ¡Muchas gracias!
Le grito al universo, al karma, a Dios… porque me quiere lejos de Hikari, porque tal vez nací siendo un psicópata que no puede escapar de su destino sádico.
Esta es mi odisea.
Las sirenas míticas que cantan y esperan que me lance al mar son el fuerte viento y la llovizna que parece sostenerse en el aire. Mi cíclope es el fango que se me encarama por las piernas. No hay peor aventura que el boca se me seca y no puedo dejar de pensar en la mirada de Hikari rechazándome por mi facha tan despreciable. Estoy corriendo y toda mi pantorrilla se mancha de pequeñas gotas marrones. Mi pulcra chaqueta está llena de migajas húmedas que flotan por el espeso aire de un amanecer congelado, a unos metros de la entrada principal de la facultad.
Y me detengo en la puerta agitado, recuperando el aire e intentando arreglar en algo mi alborotado cabello.
Sí, Matt había hablado sobre la belleza interior. Había hablado sobre un plan para que Hikari se sintiera atraída hacia mí como persona, no como imagen. Pero aun así tenía que intentar lucir mejor, tenía que hacerme más llamativo para ella. Necesitaba despertar su interés visual. No quería enamorarla con tan sólo una corta mirada, pero sí que se tomara unos segundos para que cayera por mí.
Apenas puedo verme en el reflejo de las ventanas de la facultad, y lo que alcanzo a ver no es agradable. Si mi rostro luce así, en cuestión de días estaré recopilando cuerpos asesinados debajo de mi cama. Estaré coleccionando las uñas y pestañas de mis víctimas y guardándolas en mi mesita de noche. Estaré en mi cocina preparando un guisado de corazones de extraños.
Si Hikari me rechaza, si me dice en la cara que no quiere nada conmigo, que ni siquiera quiere ser la imagen que habla y se mueve en mis sueños, entonces estaré perdido.
Al diablo lo platónico. Quiero a Hikari.
Cuando por fin llego al pasillo, la puerta del salón está cerrada. Respiro dos veces más, me arreglo la camisa, me paro derecho, y golpeo con suavidad. Espero. En unas cuantas horas esa chica, sentada en algún punto de ese salón, va a decirme que no, que no tendrá una cita conmigo. Eso lo sé. En unas cuantas décadas seré conocido con algún apelativo ingenioso creado por la prensa. Algo así como "el degollador", "el cortador de corazones"; un nombre que defina mi forma de asesinar insignia y que hará perpetua mi imagen escalofriante de asesino serial. "El desgarrador".
La figura de un docente indignado se materializa cuando la puerta se abre. Yo lo ignoro e ingreso con la cabeza gacha.
– Buenos… buenos días – digo vacilando.
– Buenas noches, señor Takaishi – dice el profesor con aquel tono sarcástico que usan todos los profesores cuando recitan la misma frase con la que intentan ser graciosos.
Y me vuelvo el centro de atención por esos segundos. Odio ser el depósito de todas las miradas, de todos esos pensamientos internos. Camino por entre las hileras de asientos y la veo: tranquila, nítida, iluminada, tomando notas en su cuaderno.
No puedo evitarlo y sumerjo mi mirada en su rostro. Entonces ella levanta la vista y me mira, me saluda con sus ojos, o eso creo, y la sangre en mi cuerpo lo recorre a toda velocidad. Tomo asiento justo detrás de ella y creo sentirme un poco mejor.
– Me gusta tu peinado – me susurra Willis que está junto a mí.
Y en los siguientes segundos el mundo retoma su curso normal, el profesor continúa con la lección y todos nos enfocamos absortos en aquella fuente de conocimiento.
Bueno, la verdad, no tan enfocados. Es difícil estar enfocado en el profesor cuando tienes en frente la nuca desnuda de Hikari quien ha colocado en su suave cabello castaño unos broches. Y puedes detallar cada pequeño fragmento, cada línea, arruga, lunar, cicatriz, todo lo que se concentra en aquel pequeño trozo de piel. Es un estable universo.
Es difícil estar concentrado cuando pierdes el suelo del mundo estando cerca de ella. Fue entonces cuando me sentí completamente vacío. Insípido y repugnante. Un cretino. Un ser tan horripilante que no merece el aprecio de nadie, menos el de aquel ser inmaculado que sí está pensando en cosas que valen la pena. Aunque lo sabía, o lo sospecha, si acaso, por primera vez era consiente de mi fealdad. No bromeo, la primera vez. Feo. Desagradable. Ahí lo tienes. Antiestético. Eso mismo. Muy lejos de ser el galán que va a quedarse con la chica.
Esa escena en el aeropuerto, corriendo tras ella para evitar que suba al avión y decirle que la amo. No, ese no puedo ser yo. Es difícil imaginarme a mí abrazando a Hikari mientras bailamos bajo una noche brillante sobre un mar plateado que se extiende hasta el infinito, mientras, a mitad de la escena, aparece la palabra "Fin" enorme y destellante colgando en la mejor opción en estas circunstancias era confiarme de la realidad y dejar que todas las rarezas que pasan en la vida conspiraran a mi favor.
Mira a Marilyn Manson, un desagradable producto de la música moderna, apenas podemos llamarle ser humano y aun así se casó con Dita Von Teese, tuvo una relación con Evan Racher Wood, todas ellas productos de revistas. Lyle Lovett con Julia Roberts. Y todos esos anónimos horripilantes que han encontrado el amor. Todas esas parejas sin una lógica estética que nos devela que el amor entre un espantoso ser humano y uno hermoso es posible.
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Nos leemos en el siguiente capítulo, saludos!
