Hola, ZeroUchiha haciéndose presente.

sslove: XD pensé que había perdido a mi única lectora (?) gracias por el apoyo.


7

La noche es más fría que afuera.

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Amanece y junto con el sol todo el dolor se despierta en mi cuerpo. Y empieza a matarme.

Abro los ojos y me golpeo el rostro con las manos en un desesperado intento de apaciguar el hormigueo que me recorre la piel. Eso y para calmar las náuseas intermitentes que se despiertan conmigo. No reconozco el lugar en el que me encuentro.

Me levanto agitando las manos, parpadeando a toda velocidad para que la luz no me golpee tan fuerte. Y me doy cuenta que no estoy lúcido, no del todo. Tengo un horrible dolor de cabeza, lo que significa que estuve tomando durante la mayor parte de la noche, y lo malo es que la noche anterior fue un miércoles, por lo que no entiendo qué estoy haciendo perdido en el mundo con esta resaca asesina.

– Hola, corazón – dice alguien invisible.

Sólo una persona en el mundo me llama así.

– ¿Willis? – digo mirando hacia los lados, descubriendo que estoy en un suelo de madera, con un par de cobijas encima, en medio de una extraña habitación.

– ¿Qué tal ese amanecer?

Willis está sentado al borde de una cama, que intuyo es de él, y me mira con una medio sonrisa burlona. Y no quiero ni imaginarme qué rayos estoy haciendo en su casa.

– ¿Algo de música para tranquilizar el dolor de cabeza? – dice colocando un CD en el estéreo, y sea lo que sea, puedo imaginar que será basura. Empieza a sonar lo que considero música electrónica por los parlantes, lo que confirma mi sospecha.

– We are alive, de Paul van Dyk – dice Willis cerrando los ojos y bailando allí, frente a mí. – Es trance – aclara cuando ve de reojo mi expresión atónita. Ahora siento que odio a todo el mundo, empezando por mí mismo. En segundo lugar está Willis por estar peinándose y bailando en su ropa interior frente a mí. Y en tercer lugar odio a Paul van Dyk quien quiera que sea.

– ¿Sabes? Paul van Dyk es uno de los mejores DJs del mundo. En el 2005 fue considerado el mejor de todos.

Un piano me ha caído encima.

– Este tipo sabe cómo hacerte sentir vivo ¿no? – dice Willis meneando el culo con esa libertad mental que le da el derecho a ser medio loco y no serlo del todo, medio andrógino, completamente antiestético, a tal punto que me dan ganas de vomitar – Vamos, corazón, levántate y baila.

Willis escénifica esa época en la que nos encontramos. Yo le digo ausencia creativa, mierda electrónica, música obsoleta.

Estoy harto.

Willis arregla su cabello frente al espejo mientras se mueve según el ritmo que suena del estéreo. Si esto es la música del hoy, espero que el hoy deje de existir pronto.

Y que mi resaca desaparezca.

Preferiría el eterno silencio antes que seguir oyendo a mi siglo cantar. Me levanto del suelo y me siento caer por un agujero muy profundo al que la gente suele llamar modernidad.

La peligrosa precipitación de una supernova ha caído sobre el arte, arrasándolo todo con sus íconos de moda. La melodía y armonía han perdido su importancia ante lo superficial y corpóreo. Pink Floyd, los Stones, Ray Charles, han sido deshonrados por nuestra pobre forma de expresar esta global dependencia a ése frívolo deseo que tiende a terminar en despotismo. Queen y Jackson. Todo ha quedado atrás. Muerto y enterrado. Bien tenemos las coreografías eróticas que vivifiquen nuestra líbido y nos encierren en la epidérmica sensación placentera sexual.

La sociedad ha colocado límites incluso al arte, y luego la ha violado usando la voz de Usher. Esto es cuestión de dinero, vendiendo pulsiones oscuras internas que nos arrastran a ver a Britney bailándonos encima desde un plano irreal, personificando la total falta de autenticidad, evocando la insulsa humanidad contemporánea corrosiva que sobrepasa un básico deseo natural hasta un nivel grotesco y perturbador de seguir un sueño corrupto y peligroso. Paris, Jessica. Se pasan la vida intentando huir de la vejez y la fealdad, y quedarse allí, en la único talento es despertar malos pensamientos, es provocar una buena masturbación.

Ahora no se trata de talento. Se trata de imágenes mentales. Autoerotismo usando rostros de celebridades.

– ¿Te gusta el trance?

Tener algo de inspiración real es arcaico. Mi mundo está encarcelado con la tendencia de dejarse llevar por nuestro deseo más mordaz.

Hacer negocio con pieles humanas.

El orgullo se vende a unos cuantos dólares.

El dilema es que la creatividad, que se ha concentrado en incitarnos a mordernos los labios, se está quedando sin recursos para satisfacer nuestras elevadas expectativas de delectación, algo más allá de Andrómaca.

Necesitamos una erección mundial, queremos sexo tosco. Rebajémonos hasta sentir asco de ser como somos, repudiar nuestra realidad genital, sentirnos vacíos y solos, pero incapaces de renunciar. ¡Vamos! Denos una razón para alabar a nuestro dios lúbrico. Denle al mundo una buena razón para estar ardiendo en el exquisito placer de la violación y el abuso. ¡Vamos, diosa del pop! Queremos niñas destrozadas por bestias masculinas, queremos generaciones enteras pervertidas, queremos desenfreno en llamas y desespero, a todo el puto infierno entre nuestras piernas. Queremos explotar hasta que sólo quede el desértico mundo de la disfunción eréctil.

La pornografía infantil, todo el jodido abuso sexual, los cuerpos muertos de infantes hechos trizas, los cadáveres tristes que aún respiran en habitaciones oscuras, la total perversidad humana, te la dedico a ti Jessica, Katy.

Mierda.

– No, no me gusta el trance.

La sensualidad ha caducado. La repetitiva danza de nalgas tambaleantes ha agotado mi instinto lascivo. A la mierda Madonna entre sus jodidas mayas. Si se quieren desnudar, háganlo, pero no le den tanto preámbulo a su espectáculo, en especial, si van a abusar de la palabra artista con fin de nublar sus absurdas actuaciones. MTV y VH1. Métanme una granada en las entrañas.

Simples productos sensuales. ¡Oh, Lady! descerebrando a esta pobre generación con un desespero aterrador de ser controversial, y diferente, y especial. Amiga, representas el destripador que desgarró el color de la armonía. Eres el Judas que besó al arte, le escupió y enterró en los sin fines de tu patética creación. Eres el buitre que traga los desperdicios que quedan de la buena música antes del nuevo milenio. Has pisoteado todo lo que hemos construido desde los tiempos de Mozart, te has cagado sobre la tumba del talento, has fusilado los tiernos niños que habían escapado ante el resurgir del pop y la oscuridad de la moda.

Quizá esté equivocado. Quizá es música de verdad, y no se trata únicamente de mujeres a quienes tú te follarías. Quizá es creatividad pura. Sería optimista pensarlo así hasta que la pantalla se llena de lo mismo, la constante contemporánea idea de traducir todo en el orden sensual y estimularnos para consumir algo, alguien.

Al final todo se reduce a un anticipo de una eyaculación, un atentado para una erección, una conspiración para un coito, pornografía para las masas. Es tiempo de evolucionar y cruzar los límites que aquellas enseñanzas de vanguardia pretenden imponer. Esos valores baratos que encadenan al hombre y lo apartan de su hedonismo natural. Lo importante es negociar.

– ¿Qué estoy haciendo aquí? – le pregunto a Willis mientras me levanto del

suelo.

– No podías mantenerte en pie de la borrachera, así que te traje a mi casa y te dejé ahí.

La música sigue sonando y me provoca un peor dolor de cabeza.

– ¿Qué? ¿Por qué estaba yo contigo anoche? ¿Y por qué estaba borracho?

– Ya estabas en ese estado cuando nos encontramos. Te vi en un bar. Estabas bebiendo solo después de tu cita.

– ¿Cita?

– Fue difícil entenderte. Dijiste muchas cosas – Wilis me dice todo esto mientras se cambia de ropa – hablaste de un cretino al que casi asesinas; de un musical animado; también dijiste algo acerca de placas de roca sólida o algo así… dijiste mucho "rocas sólidas". Ah, por supuesto, hablaste bastante de Hikari – eso último lo dice sonriendo.

– ¿Hikari?

Me levanto y agito mi cabeza intentando recordar qué fue lo que pasó el día anterior.

– Sí, Hikari – dice Willis sin pantalones. Entonces noto que tiene ropa interior de marca – nuestra compañera de clase. Muy bien, es una chica bastante linda, no sabía que salías con ella.

– No salgo con ella. Tiene novio.

– Ah, sí, eso también lo dijiste ayer. Dijiste que era un perfecto ángel.

– ¿Yo dije eso?

– Ajá.

– Creo que… creo que ya estoy acordándome.

«Oh, ayer fue nuestra cita con Hikari»

– No te preocupes – me dice Willis mientras se aplica desodorante – lo que sea que haya ocurrido ayer tiene solución, todo tiene solución.

– Bueno, gracias… por todo.

– No hay problema.

– Creo, creo que me iré.

– Oye, si quieres hablar con alguien de cualquier cosa, puedes contar conmigo. Lo sabes ¿no?

Miro intrigado a Willis, inquisitivo, como si supiera que algo malo está pensando ese desgraciado semidesnudo.

– Muy bien – le digo no muy convencido – gracias.

Le doy la espalda y salgo de su habitación derecho hacia el pasillo. Todo se vuelve más confuso a cada instante.

Entro al baño y vomito un poco. Me quedo un par de minutos sobre el retrete sin que Willis diga nada. Y aunque sé que debería, no me siento mejor, y sólo quiero correr.

Tal como me lo imaginaba, la casa de Willis es un museo de la modernidad, repleto de fantasías electrónicas y adornos insignificantes, cuadros con imágenes extrañas y figuras abstractas, pinturas psicodélicas.

Estéreos, y enormes televisores pantalla plana, una gigantesca nevera en la cocina, lámparas de diseños extravagantes, y ese tipo de cosas.

Salí de la casa y miré el reloj: nueve de la mañana. En mi bolsillo encontré dos tiquetes de cine, un pequeño juguete con la forma de un elefante anaranjado, de esos que les regalan a los niños en los restaurantes de comida chatarra, y un pedazo de piedra liza en forma de triángulo.

Unas cuantas pistas de lo que ocurrió ayer y que se ha enterrado en ese instante. El hecho de que no tenga un peso encima me indica que fue una cita agitada.


Canta por las mañanas, tus vecinos aprenderán sobre tolerancia.

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Es más posible que asesine a Hikari a que ella llegue a sentir algo por mí. Eso se lo digo a Gennai con un tono desesperado de manicomio. Algunas cosas las grito y otras las murmuro. Estoy a un paso de volverme loco y a él le da lo mismo.

– ¿De qué me estás hablando? – pregunta Gennai mirándome como si yo fuera algún chiflado. Lo que es absurdo, ya que él está casi desnudo a mitad de la sala, y está escribiendo sobre su arrugada piel con una pluma negra.

Su colgante pellejo ahora le sirve como lienzo para todas las ecuaciones enloquecidas que se le ocurren.

Su torso, sus brazos, están llenos de símbolos y números. Al rato me doycuenta que también tiene algunas horrendas cicatrices en su vientre, pecho y cuello, pero prefiero ignorarlo antes que seguir contemplando.

– Tuve mi cita con ella, profesor – le digo con voz chillona, como si fuera a romper en llanto en cualquier momento.

– ¿Y?

– Es lo extraño, es difícil recordarlo bien. Siento que esos recuerdos se me escapan en mi propia cabeza.

– Tal vez fue una velada horrible, y tu forma de lidiar con ello es olvidándolo. Autodefensa. Olvidamos las cosas que creemos pueden lastimarnos. Nos reprimimos a nosotros mismo y nos ocultamos cosas para no destrozar nuestro orgullo.

– Tengo que averiguarlo.

– Cuéntame sobre lo que te acuerdas.

Parece interesado en lo que digo, pero él sigue escribiéndose cosas extrañas sobre sí mismo. Hace trazos sin cuidado, pero quedan plasmadas ecuaciones distintivas.

Respiro varias veces y cierro mis ojos, esperando que lo que pueda ver sea lo que ocurrió el día en clase, le digo al profesor, y apenas terminó la llamé, marqué a su celular y le dije que nos encontráramos. Ella dijo que sí.

En vez de acercarme a ella de inmediato la hice esperar unos segundos. La vigilé desde lejos, y luego hice un acercamiento corriente como si hubiese estado haciendo algo más importante antes de verme con ella. Hikari llevaba puesto unos jeans oscuros y una de esas camisas que no se ajustan al cuerpo sino que quedan colgando de los hombros. Me saludó con naturalidad y me preguntó qué íbamos a hacer. Yo no había planeado todo paso a paso, mi plan llegaba hasta ahí.

Hikari me dice que si vamos al cine al centro, aunque puede estar lleno de gente y quizás llueva, pero llueve todo el tiempo, así que no importa en realidad.

Al tenerla tan cerca vuelven a mí aquellas instancias de conciencia motriz en las que piensas cada movimiento que vas a ejecutar, mides con cuidado tus pasos y toda la mímica del desplazamiento, las diferentes maneras de girar, de detenerte.

Es como si estuviera aprendiendo a caminar otra vez, un caminar más avanzado, un caminar que le pertenezca a alguna mejor persona que yo. Aunque quizá me vea como un idiota.

– ¿Tienes hambre?

– No mucha, en realidad – me responde acomodándose el cabello tras su oreja.

– Podemos ver la película y luego ir a comer algo – le propuse sin vacilar.

– Suena bien.

Tomamos un autobús, una carcasa ambulante de las que el gobierno todavía no había podido deshacerse, y por el camino Hikari me contó que quería quemar aquel trabajo por el que me había gritado días atrás, luego mejoró su pensamiento diciendo que prefería quemar al profesor, que quería atraparlo mientras dormía, atarlo con una soga y hacer una fogata con él.

Sí, la entiendo, he soñado con lo mismo.

– Dime ¿Por dónde vives, Takeru?

– Por la Rivera.

Asiente sin mirarme. Y no quiero decir nada y dejarla a ella hablar. Quizás ella se siente obligada a hacerlo. De la nada empieza a divagar sobre los estudios y el futuro y me pregunta si estoy feliz con nuestro camino.

– ¿Qué tal esta carrera que has escogido? ¿Te gusta?– No está mal.

– Yo odio estudiar esto – afirma en voz baja.

Estoy a un paso de besarla o de cortarle la garganta.

– Quería estudiar algo diferente. – Dice mirando por la ventana – Antes escribía.

– ¿Qué escribías?

– Cosas.

– ¿Qué cosas?

– Ya sabes, cosas. Sólo cosas.

Hikari se muerde las uñas y se queda mirando un rato por la ventana unas casas en ruinas que están demoliendo.

– Yo vivía cerca de aquí. – me dice mientras se queda viendo las máquinas de construcción – Con mi padre y mi madre. Ella me llevaba al parque La Nación los sábados pero no jugábamos, sino que escribíamos.

– ¿Tus padres escriben?

– Sólo mi mamá lo hacía.

– ¿Y qué hace ahora, tu mamá?

Hikari no responde y me señala una vieja choza que se ubica en la zona de demolición.

– Ahí vivía la señora Orimoto. O vive, no lo sé. – Dice sin quitar su dedo del cristal – Vendía artesanías y porcelanas que mi mamá compraba. Íbamos casi todos los fines de semana y la señora Orimoto se quedaba en la mecedora haciendo nada, seria y tosca. Nos vendía las cosas y no decía nada. Hasta que su esposo llegaba a la de la tarde y la hacía reír y ella empezaba a hablar y a contarnos cosas de su vida. Y entonces nadie la callaba.

No le digo nada. Y Hikari dice:

– No sé si están vivos o no.

Llegamos al centro comercial y por poco y me sentí alguien normal. Y al narrarle todo esto al profesor Gennai me hace sentir orgulloso y agradecido.

– ¿Qué quieres ver? – preguntó Hikari.

– Escoge tú. – le digo mirando las carteleras del cine.

– Como quieras.

Compramos dos tiquetes para una película infantil. Miro mi billetera y hago cuentas mentales para pagar la alimentación dentro del teatro y luego la comida que le prometí a Hikari después de la función.

Entonces Hikari me pregunta si vivo con mis dos padres o si están divorciados o algo por el estilo. Le digo que vivo con los dos, aunque mi padre es tan callado que da igual. Y mi madre habla por los dos. Por lo que la mayoría del tiempo me la paso o con un viejo demente que se pinta cosas en la piel, o en la academia musical donde trabajo.

– ¿Trabajas en una academia musical?

– Si. Soy el recepcionista. No es que toque un instrumento.

– A los ocho años empecé a tocar el violín porque mi padre quería oír siempre un solo de violín que le gustaba, y que nunca pudo tocar él mismo puesto que no tuvo la oportunidad de aprender a hacer algo interesante como música.

– ¿Y lograste tocarlo?

– No, lo dejé unos años después y me olvidé de ello.

– ¿Por qué?

– Pues, estaba algo triste.

Asiento despacio y no pregunto más. Me siento cómodo con Hikari.

Quisiera que ella se sintiese cómoda conmigo, pero es difícil ser admirado románticamente por una princesita culta con diferente dones. Hikari es mucho mejor como persona. Y no creo ser capaz de alcanzar su perfección cuando carezco de facultades o habilidades, no tengo nada especial que desarrollar.

Si te has enamorado sabes a lo que me refiero.

Deseo un poco de cariño superficial e insubstancial del que los jóvenes suelen darse unos a otros. De ese cariño, ese amor fútil que aparece en las películas predecibles. Frases diseñadas por malos escritores de guiones. Quiero una bonita escena para mi vida. Quizá en la azotea de un edificio famoso, y que se haga insignia de mi romance. Eso es justo lo que quiero. Quiero que mi vida la escriba Nicolas Sparks y la protagonice Ryan Gosling.

De pronto Hikari me toma de la muñeca y me hala hasta un estante de comidas rápidas y me pide que le compre un combo infantil que trae un pequeño muñeco de plástico. Yo no me lo puedo creer. Menciona algo sobre el marketing y el valor agregado. Dice que ella es débil y que todas esas tretas de lavado cerebral sí que funcionan en ella. Y le compro el combo.

Saca de la pequeña caja un elefante anaranjado de ojos minúsculos, que lleva puesto un suéter púrpura que dice snif , con una capota que cuelga a su dice que lo adora, y le acaricia las orejas.

– Puede que no lo parezca – me dice– pero me encantan este tipo de cosas.

– ¿Los juguetes?

– Los juguetes pequeños y simples.

– Vaya – le digo sonriendo.

– ¿No hay algo que te guste así? Algo sencillo, que puedas comprar en cualquier lugar. – me pregunta sin dejar de observar su nuevo elefante.

– No lo creo.

– ¿En serio? – Me mira finalmente – qué mentira, debe haber algo que colecciones.

– No, nada.

– No te lo puedo creer.

«Me gusta coleccionar mis sueños en donde todo el mundo está agonizando al mismo tiempo»

– Sé que debe haber algo – dice Hikari.

«Chica lista»

– Sólo que no me lo quieres decir – afirma.

Caminamos por el centro comercial, pasando el tiempo antes del comienzo de la película. Mientras Hikari camina sonriendo y halagando el pequeño muñeco que lleva entre sus manos, yo miro a mi alrededor y me doy cuenta que abundan en gran cantidad esos muchachos disfrazados de gente con identidad, y tiendas sexuales para parejas.

Los maniquís vienen sin ojos ni boca, muchas veces sin cabeza. Los deshumanizan porque un cuerpo humano real nunca sería tan perfecto. Un maniquí es un objeto hermoso, como un modelo evolucionado, mucho mejor, porque le arrebata la capacidad de razonar, le quita la dignidad para que pueda estar todo el tiempo en un estante con ropa de marca.

Intento negar imágenes oscuras en mi mente y pensar en Hikari junto a mí, sonriendo y diciendo que también tomó un curso de pintura antes de entrar en el universo de la literatura. Pero no puedo y en mi cabeza se filtran escenas protagonizadas por una chica de revista que salta desde un puente a una autopista en donde queda desmembrada casi al instante y su hermoso cuerpo envidiable se confunde con el asfalto, la sangre en la acera, y su bonito vestido.

Donde quiera que vea en este centro comercial me encuentro con imágenes de modelos. Un sujeto usando una camisa que me impulsan a comprar.

Incluso un niño bonito usando unas tipo con grandes abdominales y pectorales usando unos jeans. El rostro de una chica linda para promocionar un perfume.

Hikari me golpea el hombro y me despierta de esa ensoñación donde todos ellos están desfigurados, con los ojos apenas colgando de sus rostros, sin cuero cabelludo y lo peor de todo, fuera de moda.

– Pareces dormido – me dice.

– Lo siento.

Y me sonríe.

Entramos a la sala del cine y tomamos asiento uno junto al otro y en la pantalla salen los respectivos mensajes que al final alguien no toma enserio. "Por favor, apague su celular". Hikari se acomoda el cabello y se queda mirando la pantalla con una sonrisa.

Tengo un envase de gaseosa gigante que coloco en el brazo del asiento. La

boca de Hikari se acerca hacia mí, cambia de dirección hacia el pitillo y

bebe de la gaseosa.

Las luces se apagan y la función empieza.

Y justo cuando creo que toda la lucha en mi cabeza ha terminado, el tipo que está en la silla de atrás comienza a patear mi espaldar. Escucho cómo la chica junto a él le susurra que se quede quieto y él lo hace. Respiro y cierro los ojos, intento pensar en ovejas y lindas flores. Intento ver la película y olvidarme de mi vida.

Hikari está totalmente encantada desde el principio. Los animales animados parlantes, la música de fondo, los problemas de primer mundo; la arrastran por unos instantes a ese lugar donde ella no intenta ser perfecta. Al rato, el imbécil de atrás vuelve a golpear mi espaldar y lo sigue haciendo repetidas veces.

La película es una mierda así que entiendo que el imbécil se aburra, pero ¿por qué tiene que hacerle más difícil la existencia al pobre idiota sentado al frente?

La chica que va con el imbécil le insiste que se detenga, logro oír cómo éste se ríe y, aunque sea difícil de creer, no deja de hacerlo.

Miré a Hikari junto a mí. La luz proveniente de la pantalla le iluminaba el rostro y ella parecía capturada por las escenas a lo lejos. Cogía una palomita de maíz y se la llevaba a la boca despacio. Parecía que por esos instantes toda la complejidad de la vida que me había expuesto horas atrás se había fugado con muñequitos imbécil sigue pateando mi asiento.

Esto es un tipo de tortura psicológica. Logra minimizar tu ego y por ende aumentar tu ira. El tipo de atrás me está diciendo que tiene poder sobre mí.

«Sólo recuerda, mantén la compostura, no explotes, no lo hagas, TK… respira… mírala y aprecia su sonrisa»

«Estoy a un segundo de levantarme y romperle la cara a ese imbécil… voy a hacerlo»

«Tranquilo»

«Tengo que hacerlo, no puedo evitarlo»

«Respira»

En ese momento los personajes de la película empiezan a cantar y a bailar, y siento que he descendido en un instante al infierno. Y si el inframundo es así de horrible entiendo por qué el diablo esté tan irritado. Hikari ríe.

La sangre se me sube a la cabeza, las imágenes empotradas de sangre me inundan la mente, y no hay Hikari ni nada que pueda contra mi inmensa sed de matar a ese hijo de perra. Sé que debo calmarme. Sé que debo ser el evolucionado de la situación y hacer lo difícil, dejar abofetearme y mostrar mi otra mejilla. Pero por algo, aquello es considerado un acto de valentía, porque cuando estás en una situación en donde tu honor está en juicio, no te importan los mensajes de paz con los que abiertamente estás de acuerdo, no importan tus quejas contra este mundo salvaje; lo que importa eres tú y tu orgullo hecho trizas.

Empiezo a sentir que soy capaz de matar a todo el mundo en esa sala, a todo el mundo. Matarlos con solo mis dientes. El imbécil suelta una patada aún más fuerte a mi silla, tanto que me hace sacudir la cabeza.

«Suficiente, levántate y sácale los ojos a ese desgraciado»

Me levanto de mi asiento y lo miro desde la oscuridad. Es el momento en que mi interior se abre y expone una verdad que lleva escondida desde tiempo inmemorables. La gente comienza a quejarse y a pedirme que me siente y les deje ver la película a sus hijos.

Ya no me siento yo mismo, no me siento ni como un familiar cercano mío. Soy alguien totalmente fenómeno.

– ¡Ya siéntate!

Hikari me toma de la mano y pregunta "¿qué ocurre?".

«Ocurre que me gustaría coleccionar las muertes de muchas de éstas personas. Sí, me gustaría. Todos estos desgraciados egoístas y egocéntricos se lo merecen. Y quiero ser yo quien los mate»

– ¿Takeru? Oye ¿qué es lo que haces? Siéntate.

Ni siquiera volteo a ver a Hikari.

El tipo de atrás, el imbécil que me pateaba el asiento, me mira desde la oscuridad y dice:

– ¿Qué te ocurre? Ya siéntate, tómatelo con calma.

Todo lo que era lo he dejado de ser.

Esto es lo más cercano en esta historia en el que el héroe (en este caso yo) muestra que tan poderoso y valeroso es.

El imbécil, quien esta camuflado por la oscuridad, me dice que me siente de una vez por todas.

– Tómatelo con calma.

Salto a su asiento y en un rápido movimiento, antes que el imbécil pueda reaccionar, lo golpeo con mi rodilla en el rostro. Y comienzo a soltar golpes desenfrenados, llenos de rabia.

Está tan aturdido por el primer golpe que el tipo no puede defenderse, y lo único que puede hacer es quedarse bien cómodo y recibir como le sea posible mis puños.

– ¿Qué me calme? ¡¿Qué me calme?! ¡Cálmate tú, maldito infeliz! ¡Cálmate tú!

Mis gritos ocultan el alto volumen de la película, justo cuando la siguiente canción se avecinaba. Y todos los espectadores en la sala se levantan. Unos se alejan y otros simplemente se quedan para ver el resto del show.

– ¡Vamos! – Estoy gritando – dime que me calme ahora ¡dímelo! ¡Dime: tómatelo con calma! ¿Qué esperas? ¿Acaso te he arrancado la puta lengua?

– ¡Takeru! – suena la voz desesperada de Hikari en algún lugar de la sala.

– ¡Alto! ¡Detente! ¡Takeru! ¡Taker…!.

«No somos un bonito muchacho saliendo con una bonita chica. No somos unos románticos queriendo conquistar a su damisela. Somos monstruos anhelando un poco de destrucción»

Las luces de la sala se encienden y puedo ver mis manos untadas de un caliente rojo sangre. Y no dejo de gritar. Y no dejo de golpear al imbécil. Y no dejo que nada me detenga.

– ¡Oh Por Dios! – Grita la compañera del ahora convaleciente sujeto de la sala 3, fila H, asiento 14 – ¡No! ¡Dios no! ¡Ayuda!

Ya no siento mis nudillos, no siento mis brazos, no siento dolor alguno. La respiración se me está yendo, e incluso siento como si fuera a desmayarme. Pero por nada en el mundo voy a perderme de este gran momento, nada me apartará de aquel rostro desapareciendo bajo mis manos. Podría seguir todo el día.

– ¡Deténme! – le grito al tipo al otro lado de mis puños.

Escucho un montón de zapatillas corriendo de un lado a otro, escucho que han quitado la película y que en la atmosfera sólo queda el ruido de la realidad. Ese incómodo ruido que te recuerda que la bonita música que complementaba las escenas eran parte de la fantasía, así como las victorias y las hazañas, así como los finales felices. Ese ruido de la realidad que no hace más que reprocharte el hecho de que te encanta engañarte a ti mismo. Sentir empatía con algún personaje ficticio y con sus emociones y sentimientos, porque los tuyos son demasiado cotidianos, planos, prácticamente vacíos.

En un instante alguien me toma del cuello y me hala hacia atrás. Caigo de espaldas y un millón de manos me sujetan el pecho, gritándome que no me mueva, que me quede quieto. Intento quitármelos de encima pero no puedo, estoy atrapado.

– ¡No se resista!

Los gritos en la sala no cesan. Ya me tienen contra el suelo, pero, por lo menos, me siento más tranquilo, más realizado.

«Éste somos nosotros, ésta es nuestra verdad»

Dos enormes gorilas me levantan tomándome de los brazos con fuerza y puedo ver mi bella creación en la silla 14, tirado como un muñeco de trapo sin relleno, con la cabeza inclinada hacia tras y expulsando sangre por la nariz. Hermosa y dulce sangre. La magnificencia de su despedazado rostro debería ser capturada de alguna manera para que las futuras generaciones y la vida entera pudieran apreciarla.

Luego veo a Hikari. Está ocultando su boca tras sus manos y sus ojos están aguados con lágrimas, luce como si le hubieran sacado todo el aire y se le hubiera olvidado cómo respirar.

Cuando cruzo junto a ella no me dice nada, sólo me mira a los ojos. No puede creerlo.

Y yo le sonrío. Sonrío y todo el mundo me está mirando, me miran abriendo los ojos lo más que pueden, sujetándose su cabeza y mordiéndose los dedos. Soy el puto amo del mundo. Las manos me pesan por el dolor que por fin se hace presente y por toda la sangre que tienen.

«No pueden detenernos. Ya nunca podrán»

Y un gran ruido sumerge mis oídos por completo, un ruido de alguien diciendo con fuerza "pero no soy un héroe, no lo soy". Los gritos del público, la policía, el sonido de una ambulancia, todo se hace intenso y se desvanece a la vez. Y escucho que alguien empieza a cantar "No es héroe quien deja de sentir miedo…".

Una canción.

Abro los ojos.

Los personajes en la enorme pantalla están haciendo una coreografía mientras nos enseñan sobre heroísmo y coraje.

Lo que pasa es que el protagonista no quiere enfrentarse con su destino porque no se siente un héroe… pero lo será, y al final rescatará a la perrita antropomorfa y se darán un beso antes de que los otros personajes los rodeen y abracen. Se besarán en la boca, a pesar de que los perros no hacen tal cosa.

La sala está a oscuras y estoy sentado en mi silla. Hikari sigue a mi lado, idiotizada mirando la película, y el imbécil sigue pateando mi silla. Mi monstruo, el maldito sádico, sigue en mi mente.

Sólo en mi mente.

«No eres capaz ¿verdad, pequeño TK? No puedes levantarte de ese asiento y aceptar quién eres»

«No, no puedo. Sé que aún tengo una oportunidad»

«¿Una oportunidad? ¿Una oportunidad de qué?»

«Aún estoy junto a ella»

Es cierto, me siento terrible.

Es cierto, siento algo por Hikari y ella está con alguien más. Siento tantos celos que a veces creo que voy a matarlos a los dos. Y aun así me tiene capturado.

Todas esas sensaciones me hacen alguien normal, un joven común y corriente, y es por ella.

Gracias a esa mujer soy un estúpido encaprichado, pero esperanzado. Sólo necesito borrar de mi interior aquel monstruo. Sólo necesito algo de tiempo, algo de tiempo a su lado, Hikari.Y mi silla es pateada una vez más. Me acerco con sutileza al oído de Hikari y le susurro algo. Luego me levanto de mi asiento y le echo un rápido vistazo al imbécil detrás de mí.

Se trata de un niño de más de veinte años con gel en el pelo, colonia encima, camiseta Dolce & Gabbana en cuello v, reloj de pulsera plateado, y un torso enorme. La chica que está junto a él tiene tres enormes anillos en los dedos y un bolso oscuro en el asiento abandonado a la izquierda, en donde están sus gafas de sol y su bufanda.

El imbécil me mira también, y sonríe.

– Tómatelo con calma – me dice.

Hikari se levanta y ambos caminamos lejos de esos puestos y nos postramos en un par de sillas solitarias. Y todo mejora, la vida se vuelve más llevadera, al menos un poco. Al menos mientras la película se acaba.

Cuando salimos de la sala Hikari se aferró de mi brazo con sus dos manos. Parecíamos amigos de toda la vida.

Luego me dijo que le había agradado.

– ¿La película?

– No. – Dice y se gira un poco para mirarme – Nunca había visto a alguien tan calmado cuando lo tratan de esa manera.

– Oh, hablas del tipo que... sí, claro. Bueno, más que un acto de paciencia pude haberme acobardado de enfrentarme a una bolsa de testosterona.

– ¿No puedes simplemente aceptar el mérito del momento?

– No lo sé. Quizás estaba ardiendo en ira, ya sabes. Quizás me imaginé batiendo al tipo a golpes hasta volverlo basura, pero sólo pude imaginármelo, no fui capaz de hacerlo.

– Diría que ésa es la verdadera victoria del conflicto. Es más difícil luchar contigo mismo. Y la verdad, no vale la pena empezar una guerra por reivindicar tu orgullo.

– Qué ilustre mujer.

– Sólo quiero decir que me agradó como actuaste allí dentro. Sólo quería decírlo.

– Muy bien, es un halago oírlo. Pero, bueno. No quiero que esto marque un precedente.

– ¿De qué?

– De que soy mejor persona que ése imbécil en el cine.

– ¿De qué estás hablando? ¿No crees que lo eres o no quieres que yo lo piense?

– Ambos.

– ¿Puedo tomar eso como un precedente a tu modestia?

– No lo creo.

Hikari se ríe y niega con la cabeza.

Comimos en un lugar algo suntuoso para alguien como yo. Pagué con lo que había ahorrado de mi trabajo en la academia y nos quedamos callados por varios minutos. Me relajé, me senté y me olvidé de mis memorias grotescas, olvidé al idiota novio de Hikari, Daisuke, y contemplé a aquella chica comer a un metro de mí.

Quería pensar que estaba enamorado, que lo podía decir en voz alta, que ya se lo podía confesar a alguien.

Estaba enamorado de Hikari.

Quería pensar que algo comenzaba, que allí, en aquel lugar, en silencio, empezaba nuestra bonita historia, la que terminaría a la orilla del mar, los dos tomándonos de las manos y queriéndonos para siempre. Tan dulce y rosa que sería espeluznante que fuera cierto. Algo así.

Anocheció y acompañé a Hikari hasta el paradero del autobús, lo que significaba el cierre de la cita, nuestra pequeña tarde juntos, todo lo que íbamos a tener.

Le dio frío y le ofrecí mi abrigo, no lo aceptó.

– Oye – me dice – la pasé bastante bien.

– Sí… yo también.

– Deberíamos repetirlo.

– Así será.

Hikari se detuvo junto a la señal en la que estaba dibujado un autobús, y dijo más para ella:

– Creo que eres mejor que el imbécil del cine.

No hay nadie más por esa calle, sólo los dos. Hikari dice:

– No lo quiero decir por decir, ni cómo un halago. Sólo digo que siento que eres… eres diferente.

Hikari asiente con la cabeza.

– No quiero sonar empalagosa – dice – lo siento.

– No lo sientas… no por ti. Puede que descubras que no soy tan diferente como crees.

El autobús se aproxima y sus luces nos iluminan. Y sí, nos estamos mirando a los ojos.

– Ya lo veré – me dice Hikari tomándome de la mano y encerrando algo entre mis dedos – Es para que empieces una colección.

El autobús se detiene frente a los dos y ella se sube. Se despide de mí con un simple adiós, agitando su mano en la distancia. Y las puertas se encierran.

Veo el bus alejarse entre la noche y me inunda una fuerte nostalgia y una alegría enorme. Sólo falta que llueva. Miré lo que ella había dejado en mi mano y me encontré con aquel muñeco de plástico que venía con su combo infantil, el elefante anaranjado de suéter.

Lo contemplé por unos minutos, allí solo en la calle, luego lo guardé en mi bolsillo.

Me sentí borracho y poseído.

Empecé a cantar en voz alta de pensar en ella. Me sumergí en las profundidades del centro, entre más gente y más parejas tomadas de las manos.

Caminé pateando la basura que se me cruzaba por el camino, saqué de mi bolsillo el elefante anaranjado y lo volvía a guardar.

Miré el reloj. Nueve de la noche.

Varias horas después, al día siguiente, en el apartamento de Gennai, le estoy contando que solía estar ansioso porque me rompieran el corazón.

– De ser así – le digo a Gennai – no tendría que preocuparme por matanzas y suicidios. Sólo estaría preocupado por estar despechado, sólo así dejaría de ser un maniaco. Prefiero estar llorando en mi cama, que imaginarme la muerte de todo el mundo.

Hace un fuerte sol y Gennai está en la sombra, se quita los pantalones y escribe sobre sus piernas.

– Pero ahora – digo – tengo miedo. No quiero sentirme así, no quiero terminar siendo un pobre triste despechado y normal hombre solitario.

Gennai, sin levantar la vista, me dice que puede pasar.

– Puede pasar, pero sólo si tú permites que pase – dice –. No se trata de si esa chica te dice en la cara que no te quiere en lo absoluto, depende de si decides sentirte mal por ello.

El maldito pájaro de Gennai empieza a volar por sobre nuestras cabezas, y me asusto cuando cruza cerca de mí.

– Y entonces – dice Gennai – ¿cómo fue que terminaste en casa de ese tal Willian?

– Willis, se llama Willis. Y no lo sé… creo que… creo…

Creo que quise tomarme un trago.

Seguí caminando por la ciudad hasta encontrarme un bar decente, o algo en el que pudiera beber algo tranquilo. Entré a un antro de mala muerte con buena música. Me acerqué a la barra y pedí una cerveza.

La mujer que me atendió me dijo que tenía que pagar por adelantado. Saqué mi billetera del bolsillo y conté el dinero del que disponía. La música sonó aún más fuerte y la gente empezó a hablar más alto. Todo se hizo más ruidoso. Todo estaba tan oscuro. Y no pude evitar pensar en Hikari, en su mano aferrándose a mi brazo con fuerza, en su voz diciéndome que hay algo diferente en mí, diciéndome que había que repetir la experiencia. Todo vino a mi mente y de la nada…

How to fight loneliness suena a la distancia.

La mujer al otro lado de la barra me pregunta si le voy a pagar de una buena vez o qué.

Miro mi mano y veo que mi dinero se ha ido, todos los billetes que tenía ya no están.

– Oye ¿quieres la cerveza o no?

Lo que estoy sosteniendo en mi mano es un manojo de rocas sólidas rectangulares en forma de billetes. Tengo en mi mano retazos de piedras que solían ser mi dinero.

– ¿Qué rayos…? – dice mi voz oculta tras la música.

Los pedazos de piedra se resbalan de mi mano, caen al suelo y se rompen. Los trozos se esparcen y quedan allí tendidos en diferentes formas y tamaños. Mis billetes de piedra. Y me doy cuenta que realmente necesito un trago.


Gracias por leer y nos leemos en el siguiente capítulo!

Saludos!