Hola!
sslove: Probablemente tengas razón y deba haberla publicado en otro fandoom, no sé.
La vida de Takeru Takaishi está dividida entre sus estudios universitarios, su trabajo como recepcionista, sus amigos que odia, las visitas que hace a un viejo profesor demente retirado, y su imaginación trastornada en donde todo el mundo está muriendo. Desesperado para evitar convertirse en el psicópata que está atrapado en su interior, Takeru decide que enamorarse es la distracción perfecta para aplacar su retorcida cabeza. Pero va a descubrir que aquellos sentimientos juveniles no son la cálida aventura que esperaba, que en vez de calmar la furia que lleva dentro, la va a desatar. Violencia, eventos sobrenaturales, y romance, van a convertir la vida de Takeru en un infierno.
Ni digimon ni ¿A quién odias, Dani? me pertenecen, son de sus respectivos dueños.
8
Pensé que estaba en el infierno, pero sólo estaba viendo Mars Attacks.
.
.
.
Lo que queda de mí en el espejo es deprimente. Es como si mil años hubieran transcurrido desde que me di cuenta de la existencia de Hikari. Y siento pena de mí mismo.
Lo que pasa con el amor es que a veces lo confundes con la obsesión, o con alguna enfermedad mental grave, porque sus síntomas son parecidos, o porque así nos lo ha mostrado la televisión, así que no puedes estar del todo seguro de si estás enamorado o trastornado, o drogado. Y lo que empiezo a sospechar es que el amor que tengo en mi posesión es limitado, por lo que debo repartirlo en pequeñas proporciones. Está el amor a mi madre, mi padre, mi hermano, el amor propio, el amor por el internet, por las palabras de Foster Wallace, por las de Easton Ellis. Y de pronto llega esta mujer y se lleva una gran cantidad de ese amor, de un puñado; y no quita pedazos de todos esos amores que siento, sino que toma una gran parte de uno solo: mi amor propio. Me doy cuenta que mientras más amo a Hikari, más me odio a mí mismo, porque soy insuficiente para que ella sienta lo mismo por mí, porque no tengo lo que se requiere para lograr estar con ella, porque no la merezco, porque soy menor, inferior. Y todo este tiempo creí que me estaba librando de algo.
Es viernes y tengo que ir a trabajar. En situaciones normales estaría aburrido frente a la pantalla del computador, intentando ignorar que en mi imaginación hay algunos clientes abriéndose la cabeza con un destornillador. Pero no se trata de una situación normal.
Sobre mi escritorio está aquel trozo de piedra triangular que recogí del bar luego de arrojar el fajo de billetes de piedra al suelo y de que éste se despedazara.
Ese trozo triangular de piedra solía ser uno de mis billetes, o la esquina de sólo sostenerlo me hace temblar.
Y el teléfono empieza a sonar.
En situaciones normales contestaría diciendo "academia musical Rubato ¿en qué puedo ayudarle?". Incluso fingiría mi sonrisa aunque nadie me estuviera viendo.
No contesto el teléfono.
Los clientes en potencia entran y salen, preguntan mil y un cosas, pero todos hacen una pregunta en especial, la misma de siempre, es la duda general, ¿toca usted algún instrumento? Como si eso tuviera alguna importancia. Todos lo preguntan. Y en situaciones normales les sonreiría y les diría que no, no toco ningún instrumento, pero que aquí, en la academia Rubato, aprendería en un dos por tres a un precio cómodo. Sólo que no es una situación normal y me limito a mirar a los clientes y a negar con la cabeza.
En este punto de mi vida ya no tengo idea de quién soy; si un asesino en potencia que sigue matando gente en su mente, o un simple idiota joven enamorado que no puede dejar de pensar en su mujer amada. Quizá algo más. No lo sé.
Un fenómeno yace en mi pellejo.
La verdad, siento pavor de mí mismo. No sé qué soy capaz de hacer, ni si puedo controlarme, si tengo algún control sobre algo. Tengo miedo de morir y que en mi lugar surja algo mucho peor de lo que ya soy, tengo miedo de destruir lo que conozco.
Miro la piedra y no puedo evitar pensar en la hoja que se convirtió en arena mientras la sostenía en mis manos en la clase del profesor Jou Kido.
El teléfono sigue sonando.
Guardo el trozo de piedra en mi bolsillo e intento pensar por un instante.
«¿Qué es lo que me está pasando?»
Alguien entra a la academia hablando por un celular. Es un tipo de cabello largo y con el forro de una guitarra en su espalda. Habla demasiado fuerte.
Me mira por un instante, se ríe y le dice al celular "eres un hijo de puta" y me saluda levantando la cabeza en un sacudón rápido. Yo no hago nada. El tipejo avanza diciendo más insultos al teléfono y vuelve a reírse estrepitosamente.
«Convertiste esos billetes en piedras»
«No. Eso es imposible»
«Pero lo hiciste así como convertiste esa hoja en arena»
«No. No. ¿Cómo podría hacer algo así?»
«Lo hiciste y lo sabes, TK»
«¡NO! ¡Cállate! No lo hice… no fue así. No tengo idea qué pasó, pero… no…no… no convertí nada»
Música suena de fondo. Son los estudiantes practicando. Me levanto del asiento y empiezo a sudar. Toda esta basura se está complicando y yo ya no sé si tiene algún sentido.
El peso de la piedra en mi bolsillo me recuerda que estoy desviándome de la realidad, que todo lo que conocía, todo lo normal ha quedado atrás, en un segundo plano.
Tomo de la mesa un bolígrafo, lo sujeto con ambas manos y lo miro sin parpadear.
«Visualiza el bolígrafo, tenlo en mente, captúralo por completo, siéntelo en tu jodida mano»
Tengo en mi mano un bolígrafo.
Hasta la recepción llega el sonido de una pieza mal interpretada de Andrew York, resuena en las paredes y se introduce en mi cerebro. Es la misma pieza que llevo oyendo desde que entré a trabajar en este agujero. Todo el mundo tiene que aprenderse el mismo pedazo en el primer semestre, por lo que los principiantes la tocan siempre.
«El bolígrafo»
Aprisiono con tal fuerza el maldito bolígrafo que mis manos comienzan a doler y mi cabeza a temblar.
«Cambia… cambia»
Astor Piazzola.
Los segundos quedan suspendidos entre ese bolígrafo y mis ojos. Sólo espero que cambie. Que se transforme. En lo que sea, da igual, no me importa, no soy exigente, sólo quiero verlo transformarse, allí entre mis manos, que otra cosa aparezca en su lugar. Quiero que se esfume, no quiero volver a ver ese bolígrafo, no quiero. Vamos.
Vamos.
Vamos.
«Cambia, cambia, ¡Cambia de una maldita vez! ¡CAMBIA!»
Siento la sangre hirviendo en mi sien. Mis dientes superiores arremeten contra los inferiores, y mi cabeza está a punto de explotar y estropear para siempre la pintura de esa asquerosa y asfixiante recepción. Sólo quiero que el bolígrafo se transforme en piedra.O en agua. En lodo. En oro. En polvo. En hierro. En sangre. En un mono capuchino de cara blanca con la cola cortada. Lo que sea. Cualquier cosa.
Así sea que se convierta en un lápiz.
Que cambie de marca.
Que deje de ser un jodido bolígrafo negro y se vuelva uno rojo. No me importa. Que se alargue o se reduzca, que empiece a respirar o que explote. Que se convierta en una calibre 38 y me dispare directo en la cara.
¡Vamos!
Y el maldito bolígrafo no cambia.
«¡¿Qué ocurre?! ¡Ah!»
– ¡Ya cambia!
El teléfono vuelve a sonar. Me siento como un completo imbécil aquí, hablándole a un bolígrafo que se rehúsa a ser otra maldita cosa, que insiste en hacerme quedar mal conmigo mismo.
Que se convierta en un dedo recién cortado, del que aún caen leves gotas de sangre caliente.
Que se convierta en una serpiente que me muerda el cuello.
En un cuchillo de hoja ancha.
El teléfono sigue sonando.
«Concéntrate. Piensa en otro objeto y visualízalo. Piensa en lo que quieres que este bolígrafo se transforme»
En una bonita rosa.
Una rosa.
Una jodida rosa.
Una rosa marchita. Marchita y muerta.
Una puta rosa arrugada y pálida.
– Takeru – escucho que alguien clama mi nombre.
«Una simple rosita»
«Una rosa»
«Una rosa»
– ¡Takeru!
El bolígrafo sigue en mi mano, intacto, sin ninguna diferencia a parte de estar empapado por mi sudor.
– ¡TAKERU!
– ¡¿QUÉ?!
– Contesta ese jodido teléfono – dice el administrador a lo lejos.
Tomó la bocina gritando "¿Qué diablos quiere?". Y escucho una voz risueña en la línea diciéndome:
– Hola, corazón.
Los sueños se hacen realidad en el Neri Boca.
.
.
.
La noche ha caído y me encuentro en la calle con Willis esperando a que más gente aparezca.
Es viernes, hace un frío terrible y aguardamos el momento a que por fin podamos entrar al Neri Boca, el nuevo bar o club, o como sea, de la ciudad.
Por qué estoy aquí es difícil de explicar.
No tuve que trabajar porque el administrador me mandó a mi casa luego de que le gritara a uno de los clientes por teléfono. El administrador sabe que no suelo explotar, por lo que no me ha despedido, pero me advirtió que si volvía a pasar entonces que no volviera. Luego me dijo que descansara una semana. Luego me quitó las llaves.
Lo que el administrador no sabe es que no le grite a ningún cliente por teléfono, le grité a Willis, quien me llamaba para cerciorarse que no fuera a faltar a nuestro encuentro por la noche.
Le dije que no, que no pasaría un viernes metido en un hueco lleno de un millón de jóvenes urgidos por interacción social, saliva ajena, respeto por parte de su grupo, autoestima reforzada.
Así que estoy aquí por una razón.
La respuesta tiene nombre propio. Willis me dijo que ella estaría aquí. Cuando dije que era difícil de explicar mentí, es muy simple en realidad. Es Hikari.
Intento que esto sea más dramático de lo que en realidad es.
– Entonces, dime ¿tienes un plan? – pregunta Willis balanceándose en sus piernas.
– ¿Un plan?
– Ya sabes. – dice inclinando la cabeza.
– ¿Qué clase de plan?
– No lo sé. No sabía que eras de aquellas personas a quienes le sale todo natural, simple y perfecto. A la gran mayoría nos toca ingeniarnos algo al momento de conseguir una mujer.
– ¿Natural? No me sale natural. No sabía que tenía que planearlo.
– ¿Quieres que te ayude?
– ¿Ayudarme con Hikari? No, gracias.
– Como quieras.
Willis saca del bolsillo de su gabardina un cigarro delgado, lo enciende y comienza a fumar.
– ¿Quieres?
– Estoy bien.
– Vamos – dice enseñándome su improvisado cigarro – para relajarse un poco, se acerca una noche agitada.
– No fumo marihuana.
– Tú no fumas nada.
– Lo dices como si fuera algo malo.
– Entonces ¿no quieres?
Tomo el cigarro y lo coloco en mi boca. No. No, no soy alguien diferente. Aquí me confundo entre los cincuenta personajes que esperan frente al Neri Boca.
– Vaya – digo soltando el humo por mis labios.
– Si – ríe Willis.
Con la marihuana entrando en mi sistema y adormeciendo mis sentidos me dan ganas de largarme de allí. No quiero saber nada más de Hikari, ya no me importa, ni ella ni su estúpido novio perfecto. No quiero conquistarla, no quiero que me bese, ni que me tome de la mano, ni que me mire a los ojos. A la mierda Alicia ¿Quién la necesita?
Si quiero dejar de ser un jodido fenómeno lleno de inmundicias en la cabeza puedo acudir a otra cosa, a alguien más. Hikari no puede ser mi única opción. Buscaré la realización espiritual, me volveré un budista, me internaré en el más remoto de los santuarios, encontraré mi camino a Marte. Que se pudra, ella y Daisuke, el increíble Daisuke. Que se pudran los dos. Me largaré y me volveré un jodido pacifista.
– Esto es estúpido – vocifero.
– ¿Qué?
– Estar aquí, en la maldita calle, con frío, en un lugar en el que no quiero estar, sólo porque una mujer va a venir.
– ¿Estúpido? Díselo a quienes vienen a diario por lo mismo, corazón.
– Estupidez. Todos ellos, Willis, son unos imbéciles.
– Oye… Takeru. ¿De verdad te sientes tan especial? ¿De verdad crees que eres mejor que el resto del puto mundo?
– ¿Qué? Yo nunca dije eso.
Willis inhala humo, luego dice:
– Tu actitud. Lo que dices y lo que no. Tienes ese tono al hablar de superioridad. Pero eres un puritano más, asustado en la casa de sus padres.
– ¿Puritano? No tienes ni idea.
– Creo que tienes miedo – dice Willis casi sonriendo, pero no – Estás aterrado de quienes están a tu alrededor y de lo que hacen, cosas que tú nunca serías capaz de hacer. Estás tras tus patéticas barreras honorables con temor de romper las reglas, de probar cosas prohibidas, de dejarte ir. Pero eso no quiere decir que no estés atraído por todo lo que ves.
Las luces de neón se reflejan sobre el pellejo blanco de Willis, y me hace pensar en esos muertos vivientes que están de moda y que ahora aparecen tan a menudo.
– ¿Conoces a Nene? – me pregunta.
– No.
– No hacía nada de estas cosas. Nunca la veía afuera o haciendo otra cosa que no fuera estudiando, así como tú. Más o menos.
Asiento mientras fumo y Willis mira hacia otra dirección donde se ven los vagos y desechables.
– Nos tocó trabajar en un proyecto, juntos, a Nene y a mí, y llevé algo de cerveza a su casa y un vino barato y tomamos un poco como a las cuatro de la tarde y se puso a decir toda clase de cosas. – dice Willis negando con la cabeza y riéndose solo – ¿Sabes qué le fascinaba?
Le digo que no.
– Las putas. No sé por qué. Es decir, un hombre es de lo más normal que sienta cierta admiración por ellas. A todos nos llaman la atención, aunque nunca toquemos a una. Pero que a una chica decente de esas esté facinada con las putas, bueno, eso es otro asunto ¿no?
– Eso creo.
– Viendo que todas las mujeres tienen cierta fascinación por las putas, pero ninguna lo confiesa, a menos que estén tan borrachas como Nene. Después de todo siempre hay algo de admiración y curiosidad en esa gente que rompe las reglas y hace todo lo prohibido y peligroso que en realidad todos quisiéramos hacer, así sea un poco. ¿Lo entiendes? Tabú o lo que sea. Quieren ir contra su propia naturaleza, como tú, Takeru, como tú. Me alejo un poco.
– No voy contra mi naturaleza. Tú solo quieres darle una excusa para sentirte bien haciendo lo que sea que hagas en tu soledad. ¿Te dices a ti mismo que esta bien experimentar?
– Maldita sea, Takeru– dice golpeándome el brazo, como gesto amistoso – Parece que te cohíbes demasiado, que piensas todo detenidamente. ¿No quieres vivir un poco? ¿Tener algo de diversión? ¡Ah!
– Tenemos conceptos distintos de diversión.
– Todo el mundo tiene el mismo concepto de diversión: música, alcohol, y tres mujeres en las piernas.
Fumo un poco más y toso suavemente tras mi mano.
– Eres la persona más predecible que conozco – le digo – Todo lo que dices lo dirán todos aquí, y luego se pondrán a bailar y a gritarse unos a otros porque son fascinantes y la noche es una locura, y no pueden esperar a perder la cordura.
Willis se queda mirándome. Me recibe el cigarro, fuma y luego me enseña una sutil sonrisa.
– Sí que estás atrofiado – dice.
«Estoy hablando con la persona equivocada»
– Lo que necesitas es una buena noche – dice Willis – una que no olvidarás, qué más da si es con Hikari o no. Si ella no quiere, pues… te conseguiré alguna otra.
– Claro.
– ¿Te puedo preguntar algo sin que te ofendas?
– Eso es imposible, Willis.
– Ja. Claro. Oye… ¿Alguna vez lo has hecho? quiero decir ¿Eres virgen todavía?
– ¿Es algún tipo de propuesta indecente? Porque, te lo advierto, sólo me gustan las mujeres.
– Ya quisieras ¡Vamos! Contéstame.
Esto es el siglo veintiuno y no debería ser virgen después de mis veinte años, porque, maldita sea, ¿No me gustaría deleitarte de los placeres del mundo? El único placer, pareciera, porque todo el mundo habla de lo mismo, hasta que lo vuelven leyenda, y a mí me da por negarme a esos frutos.
A esta edad ya debería haberme comido por lo menos a una prostituta mal pagada. ¿O soy imbécil? Yo, y mi grupo de virginales idiotas atrapados aquí, en este reino de putas y putos, pero de los buenos.– No voy a hablar de esto contigo – le respondo.
– Eres virgen, maldición, lo sabía.
Willis mira hacia el cielo y comienza a reírse de una forma bastante agresiva, tanto que empiezo a tenerle miedo.
– ¡Eres putamente virgen! – grita, y la gente a lo lejos comienza a mirar hacia nuestra dirección.
Le quito a Willis el porro de la mano y fumo lo poco que queda. Todavía no sé si me ha hecho efecto.
– Dime, por favor – dice Willis agarrándome de los hombros. Ya debe estar muy drogado. – Dime que por lo menos has visto algo de porno, una mujer desnuda ¿Sabes qué tienen entre las piernas?
Expulso el humo que está en mis pulmones en su rostro. Willis no parece notarlo, y dice:
– ¿Al menos sabes lo que es un condón? ¿Sabes qué es un vibrador? ¿Sabes cuántos orgasmos te has perdido?
Que Willis me tenga de los hombros y me pregunte todo eso sin parpadear hace que me sienta realmente incómodo. Ni con marihuana circulando por mi sistema puedo evitar sentirme acosado… casi violado.
– ¡Ah! – grita Willis acercando su rostro al mío.
– Déjame en paz, maldito pervertido.
– Soy tu amigo, puedes decírmelo… dímelo – se ríe – ¿Sabes lo que es el sexo oral?
– ¿Por qué presiento que quieres enseñarme?
– Ja, ja, ja – me abofetea – Tienes que soltarte. Estás bastante tenso, estresado. Mierda… de verdad, necesitas que te la chupen. ¡Dime que no quieres que te la chupen!
Me quito de encima las pesadas manos de Willis, queriendo aparentar que no conozco a ese lunático.
Miro hacia los lados, sonriendo, como si todo el mundo que nos está viendo no se estuviera dando cuenta de lo que está pasando.
– Ya cállate o te aseguro que al primero que asesine serás tú, enfermo mental – le digo.
– ¿Vas a matarme?
– Lo haré si no te callas ahora mismo.
– Ja, ja. Maldito virginal de mierda.
Me alejo de él unos metros. Y de pronto veo a lo lejos al resto del grupo acercándose por la acera. Entre el bullicio se alcanzan a oír un auto frenandobruscamente y gente gritando obscenidades.
– Oye – dice Willis, acercándose a mi oído – sólo bromeo, Takeru. Sólo bromeo. Sabes que soy, tu amigo ¿no?
Ni siquiera le respondo.
Me siento un poco lento, o tal vez el mundo está yendo más rápido de lo normal. Allí está Miyako, y Catherine, y Ryo, y otra chica que no reconozco.
– Menos mal – les digo a penas los tengo en frente – este infeliz no ha dejado de acosarme desde que llegamos.
– Oh, Por Dios ¿qué es ese olor? – Pregunta Miyako mirándonos a Willis y a mí – ¿estaban fumando yerba?
– No – responde Willis riéndose.
Ryo se acerca con la chica que no conozco bajo su brazo y nos presenta:
– Takeru, ella es Noriko.
– Hola – le digo tendiéndole mi mano.
– Hola, Takeru – dice ella sonriendo.
– ¿Qué? ¿Entramos? – pregunta Ryo mirándonos a todos.
– Por favor – dice Miyako – está haciendo un frío horrible.
Todos avanzan hacia la entrada, donde hay una multitud de jóvenes bebiendo y riendo.
Me acerco a Willis, lo sujeto por el codo y le susurró al oído:
– ¿Qué pasó con Hikari?
– Pensé que te parecía estúpido esperar por ella.
– Dijiste que vendría.
– Va a venir, pero por su lado. Ni siquiera es amiga mía, de nadie. Tal vez ya está adentro. Cálmate ¿quieres?
Pasamos junto a un millón de hombros y alientos de diferentes tipos. Ingresamos al bar uno tras otro, en fila. La música llega hasta nosotros como un leve murmullo sin forma, sólo ruido. El lugar es alto, con escalones por todos lados, una barra a lo lejos, luces, música.
– Esto es horrible – creo que digo en voz alta, pero nadie puede escucharme.
Hay cuerpos muy juntos meciéndose de un lado a otro. Las mujeres levantan las manos y agitan la cabeza, como si sintieran la música, quizás sí, o quizá sólo se mueven porque si se quedaran quietas nada de esto tendría sentido. Varias cabelleras me golpean el rostro mientras caminamos sin rumbo intentando encontrar un lugar donde vivir. El piso tiembla y alguien me pisa.
– ¿Qué tal? – Pregunta Ryo quien va justo en frente – ¡Lo mejor que hay!
– Si – susurro enseñando una sonrisa.
Nos postramos junto a una repisa de gran tamaño que está situada a lo largo de toda una pared, por lo que ya somos demasiados los que estamos usándola como mesa.
– ¿Cerveza? – nos pregunta Ryo.
– Cerveza – respondemos.
Akiyama me toma del brazo y me hala para que lo acompañe a comprar el alcohol, y me doy cuenta que no llevo el dinero suficiente para pagar las bebidas de las mujeres y las mías. Willis nos sigue.
– ¿Cómo te pareció? – pregunta Ryo.
– ¿Qué?
– Noriko. Linda ¿he?
– Sí, linda.
– ¿De dónde la conoces? – le pregunta Willis.
– Asistimos al mismo curso de alemán. Ya la había invitado a salir, pero nada como esto. Creo que tenía novio, pero se libró de eso, y ya podemos pasar juntos un viernes.
– ¿Tienes todo preparado?
– ¿Preparado? No, para nada. Quiero que las cosas avancen solas, todo muy tranquilo. No la quiero presionar… quiero que – Ryo deja de hablar un rato y saca su billetera en la que escarba hasta encontrar el billete de mayor valor – quiero que las cosas se den más naturales ¿no?
– Claro. Es lo mejor.
Willis y Ryo entablan una profunda conversación sobre la mujer en cuestión, mientras yo me aparto un momento para pedir las cervezas. La mujer al otro lado de la barra es una joven alta y muy flaca y me mira con desagrado.
– Seis cervezas – le digo.
No dice nada y desaparece.
– ¡Oye! – Grita Willis para que me voltee a verlos, pero él sigue dirigiéndose a Ryo: – a Takeru le gusta una chica, Hikari ¿la conoces?
Ryo Akiyama me mira con los ojos empequeñecidos. Luce como si lo estuviera pensando demasiado.
– ¿Cuál Hikari?
– No está en ninguna clase contigo – le digo yo.
– Una bajita… que… – Willis también piensa demasiado antes de proseguir – la que sale con este tipo, Daisuke.
– Ah, sí, claro – dice Ryo con un tono sospechoso.
Me parece extraño que la reconozca, tal vez no tiene ni idea de quién le estamos hablando, pero quiere ser parte activa de la conversación. Yo finjo que no me importa.
– Es una chica linda ¿no la invitaste? – me pregunta.
– No. – le digo seco.
– Ella viene por su lado – afirma Willis – aparecerá en cualquier momento.
Me giro y me encuentro con las seis cervezas sobre la barra y la chica alta y flaca mirándome casi como si me conociera. Entonces me cobra.
– Ryo, Willis – les llamo – dinero.
Ryo me alcanza el billete que acaba de sacar, y pago el total con él.
«¿A qué hora admitimos que preferimos que un tren nos aplaste las piernas antes que estar aquí metidos?»
«A la hora en que Hikari se digne aparecer»
«¿Si sabes que si ella llega a aparecer…?»
«Será acompañada de Daisuke, lo sé»
«¿Entonces?»
«No lo sé. Sólo… quiero verla, eso es todo»
«Eso es muy tierno, TK. Hazlo soneto»
«Tal vez quiero gritarle en la cara que no la necesito»
«O tal vez crees que tienes alguna oportunidad con ella y que puedes pasar por sobre "el caballero blanco"»
«Claro que no»
«¿Con quién crees que hablas? No puedes engañarme a mí. Sé que estas ansiando que esa miserable aparezca por entre la multitud. Sé que quieres sacarla a bailar y susurrarle estupideces al oído. Sé que quieres que te sujete la espalda mientras tú la tomas de la mano. Puedo sentir tu vergüenza mientras te imaginas toda la escena. Puedo sentirte»
– ¡Ey! Corazón.
Miro a Willis y veo que está cargando dos cervezas al igual que Ryo. Y me dice con la mirada que agarre las otras dos que siguen sobre la barra. Lo hago y regresamos a la repisa en donde siguen las tres mujeres algo calladas.
Dejamos las seis cervezas sobre la repisa y todos tres decimos algo ingenioso, como si tuviéramos que impresionar a estas chicas de alguna forma.
– Muy bien, recarga y bailemos – le dice Ryo a Noriko, quien luce algo abandonada al lado de Catherine y Miyako.
Tomó asiento al lado de una de las chicas y empiezo a tomar pequeños sorbos de cerveza. Será una noche larga.
«Cada segundo que pasamos aquí sentados estamos muriendo. ¿Esto era todo lo que nos estaba esperando cuando por millones de años el universo se organizó para que pudiéramos existir? ¿De esta forma nos desenvolvemos en esta compleja realidad que nos regala aire qué respirar? ¿Es esto todo lo que podemos dar? ¿Era este el lugar que nos estaba esperando en este segundo, en este minúsculo instante, desde que fuimos engendrados hace veintiún años?»
Soy un hombre errante buscando un poco de salvación, buscando la pureza que Orfeo representa, deseoso de avivar mi alma y conseguir su realización por sobre mis deseos.
Y tomo otro trago de cerveza.
Hay un ruido junto a mi hombro, después de unos segundos me doy cuenta de que se trata de Catherine quien intenta decirme algo pero la estridencia le impide comunicarse por completo.
– ¿Perdón? – le pregunto.
– Que adoro esta canción – dice con una actitud tan hosca que es difícil saber si lo dice enserio.
– Nunca antes la había oído – otro sorbo.
Catherine suspira y sigue contemplando a la gente bailando.
– Me trae muchos recuerdos – dice.
Bostezo. Seguramente se debe al efecto de la marihuana, pero puede que Catherine lo malinterprete.
– No eres de los que les gusta venir a estos sitios ¿verdad? – comenta sin mirarme, por lo que para mí es un riesgo responderle, ya que no estoy seguro si está hablando conmigo.
– No. No estoy acostumbrado a este tipo de cosas.
– ¿Por qué viniste esta noche?
– Bueno… – me detengo.
La miro y me encogo de hombros.
– ¿Presión grupal? – pregunta.
– No… o puede, un poco, tal vez.
– Te entiendo. – Dice riéndose.
Ella gira su rostro unos grados y nos encontramos.
– Oye, Catherine. ¿Puedo preguntarte una cosa? – Miro mi cerveza y digo – debo estar borracho, o eso espero. Pero, bueno ¿Puedo preguntarte algo?
– ¿Qué?
– ¿Crees que soy apuesto?
Un poco de saliva sale de mi boca, y eso debería responder mi pregunta.
Catherine se acerca hacia a mí y dice:
– ¿Qué? Repítelo.
– No, ya no importa.
La mitad de su boca sigue sonriendo, y yo me tomo otro sorbo de cerveza. Sabe detestable. Catherine no bebe nada, su cerveza sigue inmaculada sobre la repisa.
A lo lejos, entre los miles de entes danzantes se encuentran Ryo y Noriko interactuando entre sí en una especie de ritual de cortejo o pre– apareamiento. Y a unos metros de nosotros Willis está riendo y golpeando la
repisa, mientras que Miyako bebe lo más rápido posible su cerveza. Las canciones que suenan son tan parecidas entre sí que no sé cuándo termina una y empieza la otra.
– Maldita sea – dice Catherine sujetándose la camisa – Tengo cerveza en mi camisa. Y no es mi cerveza.
– Ya se arruinó la noche.
– Estaremos marginados en esta esquina.
– Me gusta la idea. Marginados.
A todos nos gusta sentirnos especiales.
– Quizá deberíamos hacer lo que todos hacen y fingir que pasamos un buen tiempo. – le digo señalando con mis dedos a la multitud danzante.
– Fingir está bien.
– Sólo se vive una vez – digo asintiendo con la cabeza.
– Hay mucha gente. Alguien me tocará, me manoserará sin querer y luego querrá invitarme un trago, siempre ocurre.
– Porque estamos rodeados de cretinos. Todos aquí, malditos cretinos.
– Tú estás aquí, chico.
– Debo ser un cretino entonces.
Catherine bebe un pequeño trago de cerveza y luego abandona la botella en la lejanía de la repisa.
– Bueno – dice ella – No lo diría de la misma forma. ¿Sabes quién es un completo cretino?
– El DJ.
– Sí, pero no hablaba de él.
– Los padres del DJ por dejarlo ser un DJ.
– No.
– Todos los DJs por hacernos creer que aportan algo útil a la sociedad.
– Sí, pero no.
– Wilis.
– ¡Sí! Willis. Odio a Willis.
– Yo también lo odio.
Nos miramos unos instantes y ambos reímos un rato antes de que vuelva a tomar otro trago de cerveza y emitir ese ruido tosco que sale después de un trago.
– No odio a Willis, pero es un idiota. – dice riéndose.
– Ah, pensé que teníamos algo en común.
– Si quieres podemos buscar algo.
La miro de reojo y termino mi cerveza.
– ¿Por qué eres tan amigo de él si lo odias tanto?
– Si saliera con gente que me agrada no tendría amigos.
Catherine me mira enarcando las cejas.
– Estoy molestando, Catherine. No soy amigo de Willis, es él quien me habla todo el tiempo.
– Por supuesto, todo el mundo quiere hablar con el fantástico Takeru Takaishi, que no sale de su casa, odia a todo el mundo y se queda callado en todas las conversaciones.
– ¿Qué? Estoy hablando justo ahora.
Catherine niega con la cabeza y me empuja con suavidad con su mano. Miro mi botella, está totalmente vacia y siento todo su poder dentro de mí y un deseo de orinar por lo que queda del siglo. El sabor en la boca comienza a incomodarme.
– Oye… – dice vacilando Catherine.
– Oigo.
– Opino que… afuera se puede hablar mejor.
– ¿Quieres irte?
– Sólo salir, tomar aire, estar alejada de tanta carne humana. Poder charlar en un lugar en donde no tengamos que gritar todo el tiempo ¿No te parece?
– Pero está haciendo demasiado frío.
– A mí no me importa ¿y a ti?
– Pues, no, en absoluto.
– Genial.
Catherine se levanta de su asiento en un instante, y antes de que yo pueda hacer lo mismo, antes de que salgamos a la calle, riamos, nos mofemos del mundo y los mandemos a todos a la mierda en un sentido metafórico, antes de que podamos hacer contacto visual, y luego físico, antes de que la tome de la mano y me dé cuenta que en realidad me gusta; antes de todo eso, siento una presencia siniestra surgiendo de la nada. Un ser que aparece del inframundo.
– ¿Takeru? – Dice detrás de mí – sí, eres tú ¡Hola!
Giro con cierta brusquedad y la veo. Y con la boca seca y llena de asombro le digo: "Hikari. Hola"
¿Quién eres, TK?
.
.
.
El viernes está algo pesado y a mi alrededor todavía sigue el Neri Boca arrojándome sus luces y su música y yo sólo quiero correr muy lejos, con buena música disponible y escaparme por una ruta solitaria, a un lugar en donde no importe qué haga, y pueda leer ese libro de Roddy Doyle que no he logrado terminar y tal vez reírme fuerte sin que nadie me mire extraño, y dejar de preocuparme si estoy bien peinado o si Hikari está mirando en mi dirección, sólo estar, sólo leer, o dormir, Dios… tengo tanto sueño, y todo el mundo sigue bailando, y ya no estoy seguro si todo lo que pasa se trata de un simple recuerdo o si en verdad lo estoy viviendo justo ahora, y de pronto veo una pareja besándose a mitad de lo que podría llamarse la pista de baile, y se besan tan apasionadamente que me dan ganas de arrancarme los labios con mis manos y botarlos lo más lejos posible, y dejar al descubierto mi dentadura y mis encías muy rojas y ardientes, con algunos trozos de piel colgándome como estalactitas elásticas, y escupir sangre sobre todo el mundo mientras me burlo y les grito que nadie me ha besado y que ya nunca nadie me besará, y bailar como ellos, y moverme como un epiléptico en llamas y saltar y golpearlos y reírme más fuerte y decirles a todos que adoro la canción que está sonando.
Entonces aparece Ryo cargando aguardiente y unas cuantas copas y deja todo sobre la repisa.
Y me vuelvo para ver a Hikari y a Daisuke, quienes lucen como la encarnación de la belleza, de un Romeo y Julieta que no termina en tragedia, sino que terminan siendo mis amigos, hablándome en clubes nocturnos y diciéndome las maravillosa coincidencia de que nos encontremos en un sitio así, y yo diciéndoles que es el sitio nuevo en la ciudad, por lo que todo el mundo está metido aquí. Daisuke está dentro de una bonita camisa azul y tiene las mangas remangadas, lleva unos jeans oscuros y un reloj que refleja un horrible brillo cuando las luces del bar se sitúan sobre él. Y me da un mareo horrible.
– Vamos, Takeru – me dice Ryo golpeándome en el brazo – recíbeme.
Me tiende una copa de aguardiente, la que tomo de inmediato y bebo en un instante. Mi rostro se retuerce. Sacudo la cabeza y expulso un sonido áspero.
– ¿Y cómo te terminó de ir ese día? – digo con los ojos cerrados por la sensación que me produce el aguardiente.
Hikari no dice nada.
– Oye – le digo, abriendo los ojos, mirándola a la cara.
– ¿Qué?
– ¿Cómo te terminó de ir esa noche?
– ¿Cuál noche?
Miyako se levanta de su asiento tan fuerte que derrama sobre la repisa una copa de aguardiente y éste cae por la orilla como una pequeña cascada de alcohol desperdiciado. Miyako dice "mierda" mientras se aleja del charco que se forma en el suelo, y se acerca a Daisuke, lo toma de la mano y lo obliga ponerse de pie. Él lo hace y la sigue unos metros más allá en donde empiezan a bailar.
Catherine ha tomado su chaqueta y ha dicho que estará en el baño limpiando su camisa.
– Esa noche – digo con un tono tranquilo, mirando los castaños ojos de Hikari, queriendo transmitirle cierta confianza de mi parte, como si los dos compartiésemos algo, un momento o algo así.
– Ah – me responde ella asintiendo varias veces – Bien. Llegué a salvo a casa.
– Qué afortunada.
Creo que lo que pretendo es llegar a un punto en donde pueda sugerir otra salida, así como habíamos quedado. Pero ella luce algo dispersa, por lo que no quiero insistir.
Me quedo mirándola unos segundos, bañada por la iluminación variada en colores y los laser que se pasean a lo largo y ancho del lugar. Ella bebe muy despacio la cerveza que su novio le compró y mira hacia los lados. Willis está en la pista de baile con una desconocida, pero me está viendo. Lo sé porque sus ojos son fogatas en ese mar de luces. Y señala a Hikari con su mano, y luego me muestra su pulgar. Creo que me dice "toda tuya".Me siento acalorado y un poco excitado, emocionado. Miro a Hikari en repetidas ocasiones, pero paseando la vista por los alrededores, para que ella no sienta el peso de ser contemplada.
Me acomodo en mi silla una y otra vez, y no es que esté incómodo, sólo inquieto, con ganas de bailar, pero con ella.
«Hazlo»
Me sirvo otra copa de aguardiente y me la bebo igual de rápido que la primera, me limpio los labios con la manga de mi camisa y me pongo en pie.
«Hazlo»
Me sitúo frente a Hikari y le ofrezco mi mano, ella levanta la vista y me sonríe, me toma la mano y se pone en pie.
– Necesito mover las piernas – le digo.
La llevo hasta lo que sería la pista de baile, poso mi mano en su espalda y ella pone su mano en mi hombro, y estamos bailando. La miro a los ojos, como siempre, y me esfuerzo en no perder el control. No quiero empezar a temblar súbitamente y a expulsar un río de sudor por todo el cuerpo. No quiero que ella note que estoy a punto de desbaratarme.
– ¿Y a ti? – Pregunta – ¿Cómo te fue?
– De maravilla.
Nos mecemos de un lado a otro, casi completamente apartados del resto de parejas. Ignoro mis piernas puesto que no tengo idea sobre el arte de bailar, y me limito a apreciar las facciones de la chica a unos centímetros de distancia.
– Lamento esto. – le digo.
– ¿Qué?
– La patética imitación de baile que hago.
– Lo haces bien.
– Mentirosa.
– Yo no miento.
– Claro que sí. – Sonrío, para no mostrarme hostil – Todo el mundo miente.
– ¿Tú mientes?
– Claro.
– ¿Me has mentido a mí?
Lo pienso un momento.
– No lo sé.
– ¿No lo sabes?
– No.
– ¿Me estás mintiendo ahora?
– No.
– ¿Cómo sé que puedo creerte si eres de los que miente?
– No soy de los que miente.
– Tú dijiste que lo eras.
– Dije que todo el mundo miente, yo hago parte de todo el mundo, así que también miento, no es que sea un mitómano o algo por el estilo. No tengo ninguna obsesión por inventarme historias. Pero no digo la verdad todo el tiempo, o puede que sí.
– ¿Cómo así que "puede que sí"?
– Puede que sí diga la verdad todo el tiempo y sólo te esté mintiendo acerca de que miento.
– Eso es estúpido – me dice sonriendo aún más.
– Es una paradoja.
– Es una paradoja estúpida.
En este punto de la noche ya ni siquiera estoy escuchando la música, y no sé si es por el hormigueo de marihuana que aún me recorre la piel, o por el alcohol que he ingerido muy rápido, o porque creo sentir el corazón de Hikari palpitando. Lo único que sé es que éste es uno de esos momentos que me va a perseguir por las siguientes semanas, tal vez para mal, tal vez para bien, tal vez sea el momento que recuerde cuando esta mujer haga trisas mi corazón, y me abandone en mi habitación a llorar desconsolado con Bryan Adams. O puede que sea el momento del que me burle cuando la olvide por completo.
– No sabía que te gustaba venir a este tipo de sitios – me dice ella colocándome su otra mano sobre mi otro hombro.
– ¿Luzco como un tipo que le guste pasar todo el tiempo metido en su habitación?
– Sí.
– Qué sincera.
– Te dije que no mentía.
– Muy bien, tienes razon. Nunca vengo a estos sitios.
– Entonces ¿por qué viniste hoy?
Es la segunda vez que me preguntan eso esta noche, y así como en la primera me enfoco en mentir.
– son las situaciones que te obligan a ignorar la verdad.
No puedo simplemente decirle que vine a verla, solamente a bailar con ella. Eso sería estúpido. No puedo decirlo. No con mi corazón a punto de salir por mi garganta. No así. No con mi piel ardiendo en llamas. Creo. En llamas. O en nada. Estoy más liviano.
Todo lo que necesito ahora está entre mis brazos. Y puedo dejarme llevar por la nada. Dejarme arrastrar, hasta donde sea posible. Hasta que me abandonen en el desierto más allá del cielo.
– ¿Curiosidad?
Tal vez no abarco lo suficiente, porque me siento corto; siento que no alcanzo a abrazar toda su plenitud. Y la música nos cae encima tan fuerte que nos aplasta hasta los huesos. Estamos reducidos a polvo. Me siento como polvo.
– Curiosidad.
Y espero no despertar, no todavía, no por ahora, tal vez nunca. Es mejor así. Mientras ella me pasa su mano por mi hombro creando una caricia eléctrica que me quema la piel, mientras abre levemente su boca y deja expulsar una risa insonora pero hermosa. Y yo me quedo sin aire y trago saliva, y ella se peina algunos cabellos que caen sobre su rostro como una obra maestra, cierra sus ojos, se muerde los labios, vuelve a abrir los ojos, y se me lleva el aliento por completo. Estoy suspendido en un lugar sin espacio. Estoy muy cerca de morir, de asfixia, de cansancio, de falta de gravedad.
– ¿Curiosidad?
Me acerco un poco más sólo para intentar abrazarla otro centímetro, y me siento cobarde y con ganas de apartarme por completo y no afectar en nada su estable bondad, pero continúo, y la abrazo. Y ella desliza su mano izquierda por sobre mi camisa y la posa en mi pecho, baja la mirada y mueve los labios demasiado lento, no sé lo que dice. Alcanzo a ver por unos instantes su lengua que desea salir pero se esconde. Y alrededor de su boca se forman tenues arrugas, delineadas y perfectas y suaves. Creo que estamos dando vueltas pero no hay forma de asegurarlo. Ella me soba el pecho con delicadeza, casi sin tocarlo, superficial, como si me estuviera leyendo en braille, tan alejada que creo sentir que voy a perderla para siempre, y vuelve a deslizar su mano hasta mi hombro donde la deja descansar. No parpadeo.
– Curiosidad.
Hago un esfuerzo por sentir el suelo bajo mis pies, pero no lo logro, en tanto Hikari hace un fugaz recorrido por mi rostro, tal vez buscando algo agradable en qué concentrarse, pero sin obtener un buen resultado. Y me imagino que llevamos horas bailando la misma canción y sonriendo y dando vueltas y diciéndonos cosas que no escuchamos y tomándonos de las manos y soltándonos y abrazándonos de nuevo y gritando lo más fuerte que podemos y tropezándonos con los pies del otro y sintiéndonos sedientos y mordiéndonos los labios (los propios no los del otro) y volviéndonos torpes con el paso del tiempo.
– Creo que necesito un trago – dice ella lamiéndose el labio inferior. Y puede que quiera dejar de bailar pero no lo hace.
– Contigo no siento ganas de matar a nadie – le digo.
– ¿Qué dices? – me pregunta ella acercándome su oído para poder escucharme.
– Contigo no siento ganas de matar a nadie – repito.
Y ella retoma su posición inicial. Sigue sonriendo, así que no creo que me haya escuchado o que le haya importado.
– O de matar algo contigo – digo. – Matemos algo juntos.
Ella sólo me sonríe. Y suspira. Y yo niego con la cabeza.
– ¿Qué pasa? – me pregunta.
– Nada.
– ¿Qué es lo que niegas?
No digo nada y vuelvo a negar con la cabeza. La canción va terminando y vemos cómo todos empiezan a detenerse y a alejarse entre sí.
– ¿Quieres un trago? – pregunta.
– Eso creo.
Nos soltamos de las manos y ella desaparece entre el resto del mundo. Me quedo como un imbécil, solo, a mitad de esa mierda de bar. Daría lo que fuera por ser el idiota de Ryo, riendo y disfrutando de su simplicidad, o de su complejidad, no lo sé, pero siendo más feliz que yo. Y no, no quiero un trago.
De vuelta en nuestro lugar me estoy bebiendo otro poco de aguardiente, y luego otro poco. Entonces tomo asiento y acuesto mi cabeza sobre la repisa de cara contra la madera, como si estuviera durmiendo, y oculto mis oídos con mis brazos, pero es inútil porque el alboroto de ese lugar me está martillando los tímpanos y retorciéndome los testículos.
Y me pregunto si les habré contado a mis padres que iba a salir, si sabrán de mi paradero, si al menos les importara. Luego me dan nauseas, pero me contengo. Y me siento deprimido y con ganas de bailar más, pero no puedo levantar el rostro de la repisa. La cabeza me pesa demasiado, y me imagino vaciándola para hacerla más ligera, desocupándola poco a poco con ambas manos sin ser consciente que estoy sacándolo todo; los pensamientos más ridículos e inútiles que poseo, los únicos y pocos profundos que resguardo. Me imagino dejando toda la basura que llevo dentro sobre la repisa, junto al aguardiente y las copas y los bolsos de las chicas.
– ¿Estás vivo? – me pregunta alguien mientras me soba la espalda.
Me levanto de inmediato como en un acto reflejo y me encuentro con el rostro de Willis. Miro al resto y los veo tan apartados de mi plano existencial, espacial, que se me despierta una extraña necesidad de irme al pasado, unas cuantas décadas, para encontrar mi lugar.
– Más vivo que nunca – respondo.
– Se nota.
– ¿Tienes más yerba? – le pregunto a Willis suplicante.
– ¿Quieres más?
– Tal vez.
– Salgamos de aquí.
Afuera fumo un cigarro completo, lo que nos toma varios minutos, y me siento aún más triste. Willis intenta hacerme la charla pero no le sigo la idea.
No puedo dejar de pensar en Hikari resguardada entre mis brazos, no puedo sacarme de la mente la imagen de su mano sobándome el pecho. Y por alguna extraña razón, cuando vuelvo a fumar como por octava vez siento que el humo se me sube a la cabeza y los ojos se me llenan de lágrimas y comienzo a toser sin poder detenerme. Me acuclillo contra una mugrienta pared y escupo varias veces lo que parece saliva espesa y verdosa. Y las lágrimas me caen por el rostro y noto que son demasiadas y me pregunto si estoy llorando, si estoy así de triste. No lloro desde hace mucho, y espero no estar haciéndolo, porque sería ilógico llorar ahora, y más si es por Hikari.
– ¿Estás bien, corazón?
– Me duele el pecho – digo casi sin aire.– Debe ser un tumor, no te preocupes.
Tomo aire varias veces, pero se me dificulta. Me limpio el rostro y me incorporo aclarándome la garganta y ordenándome el cabello.
– Ya estoy bien – digo con una voz más aguda de lo normal. Termino de fumar.
Antes de volver adentro miro que en las calles más próximas hay un montón de jóvenes regados, bebiendo y gritando. No le puedo ver la cara a ninguno.
Mientras cruzamos por entre la infinidad de personas que están en el Neri Boca, me fijo en un grupo de tipos enormes y mujeres esbeltas, situados en dos mesas en una esquina. Uno de los tipos manosea a una de las chicas que parece algo ida por el alcohol y que intenta sin mucho resultado apartar la mano del sujeto, quien es tan enorme como un roble, tiene el cabello corto y una camisa a cuadros. Le mete la mano bajo la falda mientras saca la lengua y se la muestra a los otros tipos sobre la mesa, y todos ríen, y todos están bien.
Todo lo que me he metido esta noche empieza a pelearse en mi interior y me es difícil caminar. Me estrello contra miles de extraños. Varios me empujan y creo que algunos me dicen "idiota" o algo más.
Willis, que está atrás de mí, me toma de los hombros y me guía de regreso a la estúpida repisa por la que ya empiezo a sentir afecto, familiaridad, como si llevara veinte años metido en este bar, como si esa noche hubiera empezado hace siglos.
– Quiero… – balbuceo mientras mi cabeza tambalea en todas las direcciones – quiero ser alguien más o voy a explotar.
Mientras la gente nos va abriendo paso (o mi cuerpo les obliga a quitarse) me encuentro con el cuadro más bonito de esta historia: Hikari y Daisuke bailando bajo una luz clara y suave que los acaricia a la perfección. Ella tiene sus manos unidas tras su nuca ("su" hace referencia a Daisuke, no a Hikari) y él aprisiona su (de Hikari) cintura con delicadeza. Se miran a los ojos y sonríen. Y el mundo a su alrededor no existe.
– ¡Oh, por favor! – Creo que grito – ¡esto es el colmo!
Willis se detiene y contempla la escena a mi lado.
– La odio – creo que ese soy yo hablando.
– Claro que sí – ése debe ser Willis.
Nada de esto es justo. No lo es. ¿Por qué diablos tiene que ser Daisuke y no yo? ¿Ah? Yo soy el maldito narrador de esta historia. Soy el personaje principal. El más importante. Es desde mi perspectiva por la que se valora elmundo. Son mis ojos los que crean esta realidad alterna. Y casi todo indica que esto se trata de una obra romántica. Entonces ¿Por qué no soy yo el que vive las bonitas escenas con la figura femenina en la que recae el sentimiento base de toda esta farsa? ¿Por qué mi historia de amor es entre Hikari y Daisuke? Esta debería ser mi noche. Esa debería ser mi chica, esta debería ser mi escena.
– Maldito perro miserable – mascullo entre dientes.
Wllis me empuja, y prácticamente me arrastra hasta donde está el resto del grupo, nuestros verdaderos amigos. Ryo sigue bailando con Noriko, luego noto que ya están besándose, repasan con la lengua la superficie dental del otro.
Willis se detiene en medio de Catherine y Miyako, hace una venia demasiado exagerada y luego las contempla a las dos sin decirles nada, finalmente extiende su mano en dirección a Catherine, quien la acepta y salen a bailar. Tomo asiento con desgana junto a Miyako y quedo tendido como un viejo muñeco de trapo. Ella no me mira, y aunque nunca lo ha dicho, sé que me odia.
La miro por un momento, no tengo idea por qué. Ella bebe un trago y me provoca, por lo que extiendo mi torpe mano y la agito por el aire intentando encontrar la botella de aguardiente, como si fuera un ciego tanteando en el espacio ennegrecido que me rodea. Y cuando finalmente encuentro el alcohol derramo un poco. Nadie lo nota por lo que a mí no me afecta, y bebo un gran sorbo como si se tratara de agua.
Cuando me quito la botella de la cara veo que Miyako está mirando mi patética actuación de borracho y no creo que le esté agradando mucho, aunque a decir verdad a ella no le agrada nada.
No deja de mirarme, por lo que se me ocurre decir algo, cualquier cosa, para romper el hielo, para que deje de mirarme y critique algo más con su vista, y digo:
– Hay una grieta en mi corazón.
– ¿Ah? – gimotea.
– Hay una grieta en mi corazón.
– ¿De qué hablas?
– Es una canción. – le digo riéndome.
– ¿Una canción?
– Sí. ¿Cómo…? ¿Cómo es posible que no lo sepas?
– ¿Saber qué?
– Que se trata de una canción.
Estoy muy borracho.
– Es una de las mejores canciones de todos los tiempos.
– Ajá.
– Estás loca, putamente loca ¿cómo es posible que…? Dios mío. Es… no lo puedo…
– ¿Qué? – dice alarmada, pero no sé si porque está ofendida por lo que le digo o porque no me escuchó y desea que se lo repita. Pero no lo hago.
– ¡Hay una grieta en mi corazón!
Miyako cambia de posición y deja de mirarme. Desde donde estoy puedo ver a la querida parejita bailando, con delicadeza, gracia, exquisitez, y demás bonitos y elegantes adjetivos. Tan diferentes del resto, tan jodidamente especiales. No los culpes. Desde donde estoy me siento como una rata asquerosa de la que todo el mundo quiere deshacerse.
La música cambia y pasa de ligera a fuerte, calurosa y vomitiva. Todo el mundo entona un grito alto y estridente, levantan sus manos y comienzan a saltar.
Al verlos, agitando sus manos en lo alto y saltando de un lado a otro, me los imagino como un montón de títeres muertos siendo manipulados por algún ente mayor y oculto que les da la alternativa de que piensen que se controlan por ellos mismos. Que están vivos. Que son niños de verdad. Y el suelo tiembla.
Los veo y me imagino cuerdas negras atadas a sus manos que los hacen moverse a un lado o al otro. Sus ojos sin vida no miran a ningún lugar, y sus piernas, lánguidas y de carne fría, se retuercen al unísono. Las cuerdas se enredan tanto que se forma una red oscura sobre ellos, se enreda más y se tensionas hasta que cruje ante cada salto. Y todos gritan. Todas esas tibias marionetas se retuercen lentamente en su encogido e insignificante mundo. El público aplaude. Una enorme red hecha de las cuerdecillas que los tienen atrapados en aquel antro. Y me veo a mí mismo como un puto payaso llorando en las sombras, atrás.
El público aplaude.
Un gemido puede significar muchas cosas.
Y todos creen que están más vivos que público se emociona. El público grita. El público anima a los concursantes. Estos son los mejores años de mi vida. Todos se enredan un poco más, y un poco más. Y un poco más. Sólo un poco más. Un poco más.
«Deja de oír el ruido»
«Ruido es todo lo que puedo oír»
Así es como tú te sientes.
La música ruge.
La veo.
Te veo.
Ella está allí. Sus manos están en los cielos, cerca de la brillantez y luego descienden despacio recorriendo su piel, su cuerpo, del que emana una pequeña lumbre amarilla y gris. Sus manos descienden recorriendo mi desolación, mi maldita maldición. Y ella no abre la boca. Y ella no está tan lejos. Y mis manos golpean la repisa con fuerza, y la golpean y la vuelven a golpear.
Sus manos caen como una cascada voraz. Caen con tal fuerza que destrozan todo, lo embellecen todo. No puedo parpadear.
Sus rodillas se flexionan un poco, mientras que sus dedos rozan sus mejillas, mientras sus ojos lucen inexpresivos, y sus manos se cierran, y su cabello se agita.
«Ruido es todo lo que hay»
Siento a mi cuerpo zumbar, y no puedo controlarlo. Sólo quisiera ser verdadero.
«Grítame»
Quisiera ser único.
«Grítame más fuerte»
Insólito.
Hikari está sola.
Quisiera ser sublime.
Hikari baila ausente.
Quisiera ser diferente.
«Todo es ruido»
Pero no lo soy.
«Es lo que hay»
Y no lo seré.
Nunca.
.
.
.
Gracias por leer y nos vemos en el siguiente capítulo!
Saludos!
