Hola!

Sslove: No te preocupes, la dejaré aquí. Gracias por el apoyo!

Ni Digimon ni ¿A quién odias, Dani? me pertenecen


9

Sabía que eras un ángel, pero no de qué tipo.

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«He de despertar. He de aplastarlos a todos»

Es la noche más larga de mi vida, y sé que la tuya también. No tengo reloj, y he perdido el aguardiente de vista. Estoy mareado y lleno de rabia, pero por algún motivo me siento más lúcido.

«Con un simple empujón los convertiré en polvo, en un montículo de carne y huesos, en basura descomponiéndose»

Esculco entre todas las cosas que están sobre la repisa, buscando algo de beber y con qué caer noqueado de una vez por todas. Y de pronto me encuentro con aquel sutil tesoro que contemplo por varios segundos. Es una billetera, y sé a quién pertenece. La abro y me encuentro con la identificación de este idiota, Daisuke Motomiya.

«Por Dios»

Sin pensarlo guardo la billetera en el bolsillo de mi chaqueta, y ya estoy un poco más relajado. Miro hacia los lados y me alejo de la repisa, serio.

«Necesito salir de aquí»

«No saldremos»

«Necesito escapar»

Hay demasiada bulla, el mundo entero está gritando. Sólo quiero poder acabar con uno de ellos. Sólo eso. Un poco. Un instante. Un pedazo. ¿Qué tan malo puede ser? Camino a lo largo de la pared, rodeando a toda esta partida de ánimas disipadas, y detallo los trozos de piel que las luces que llueven desde cada dirección me permiten ver.

Hay fragmentos de manos que se elevan por sobre las cabezas, hay piernas que cambian su posición ante el palpitar de las luces intermitentes, hay rostros que se muestran alegres y al segundo siguiente inexpresivos, hay hombres que se acercan cada vez más a las mujeres. Hay bulla y silencio. Nadie real puede ser escuchado. Todos están enmudecidos. Ciegos. Hay un montón de victimas en potencia. De cadáveres bailarines. Si puede decapitarlos. Cortarles sus jóvenes y lindas cabecitas pensantes del mañana.

Arrancarlas de una sola tajada, de un mordisco. Quisiera probarlos, conocer su sabor, dulce y agrio.

– ¿Dónde está Hikari? – ni siquiera puedo oír mi propia voz.

La cabeza empieza a dolerme demasiado y no creo poder sostenerme por mucho tiempo. Me recuesto contra la pared y grito, pero no escucho nada, no puedo oírme. Grito más. Nada.

Y mientras sigo recorriendo el lugar con mi mirada, observando a un mundo igual, vuelvo a ver a aquel grupo de tipos rudos y chicas en la esquina. Veo al imbécil que se sigue sobrepasando con la chica ebria de falda corta. Las venas de mis puños se llenan de sangre cuando percibo la sonrisa del imbécil mientras su mano se resbala por entre los muslos de la chica. Mi mandíbula se tensiona y mi cabeza comienza a vibrar. Me da sed. El tipo hace perder su mano y suelta una carcajada mezclada con chistes baratos, y bebe una copa con la otra mano.

Luego noto que los otros tipos en la mesa se están turnando para ir al baño. Ahora todo lo que puedo imaginar son mis manos destrozando la perfección, perfección desperdiciada. Me veo a mí mismo creciendo y transformándome.

La chica en la mesa está demasiado borracha, tiene sus manos sobre la mesa y deja que el enorme tipo escabulle su mano por entre sus bragas. Su piel marrón se pierde tras el oscuro color de la mano del enorme espécimen que se deja llevar por su deseo. Y espero que el mundo se acabe, en ese instante, ahora mismo, porque de lo contrario puedo estar haciendo algo muy malo. Porque puede que haga algo inevitable, que ya no puedo controlar. Me incorporo y avanzo por entre los cientos de desconocidos sin apartar la vista de la mesa con el enorme gorila.

Todos siguen bailando, la música sigue sonando fuerte y repetitiva. Me coloco junto a la barra, vigilando al imbécil que sigue igual de sonriente a lo lejos, en su esquina, bebiendo aguardiente y soltando insinuaciones a la mujer de falda corta que está junto a él. Y espero.

Los minutos pasan y no veo a ninguno de mis amigos, ni a Hikari, ni a Daisuke. A nadie familiar. Todo lo que me rodea es un mundo totalmente nuevo y desconocido. Soy un alienígena perdido que no puede identificarse con nadie, y no quiere identificarse con nadie, menos en este hueco oscuro en donde nadie habla ni piensa con la música tan alta.

Bebo ron de una copa abandonada sobre la barra y finalmente observo al grandulón colocándose de pie, dirigiéndose al servicio de hombres. Y me preparo para la función.

Entro al baño que es una pequeña habitación de poca iluminación con tres orinales pegados a la pared, un inodoro al fondo junto a un lavamanos con un espejo roto y una ducha paralela a los orinales.

Avanzo despacio, detallando a un sujeto que está de pie orinando mientras silba alguna canción que ya sonó. Me coloco en el orinal del fondo y espero a que el sujeto abandone el baño sin lavarse las manos. Luego, al hallarme solo, cierro la puerta y coloco el seguro.

Espero.

Me dirijo al lavamanos y me echo una manotada de agua fría en la cara. Me miro al espejo y me encuentro pálido y moribundo. Le sonrío a mi reflejo y éste me devuelve el gesto. Y alguien llama a la puerta.

«Ya es hora»

Agacho la cabeza y respiro unas cuantas veces, repasando imágenes en mi cabeza una por una. Intentando estabilizarme. Encontrarme a mí mismo, sentirme bajo esta cantidad de piel acabada y áspera. Poder hallarme, saber dónde estoy.

Me susurro palabras a mí mismo, pero nada tiene sentido. Y vuelven a golpear la puerta con más insistencia.

«Si ese tipo supiera lo que le aguarda no estaría tan inquieto por entrar»

Me sitúo frente a la ducha que está oxidada y veo en las baldosas de la pared manchas marrones, tal vez de borrachos que han orinado allí. Sin hacer mucha fuerza arranco la vara de metal colocada horizontalmente y en la que debería haber una cortina de baño. Golpean una vez más.

Camino hacia la puerta y coloco mi oído en la madera.

– Abre, idiota, es un baño público – dicen al otro lado.

– Un momento – digo – ya abro.

Cierro los ojos y respiro por varios segundos, puede que horas, porque estoy a punto de renacer. Luego apago la luz.

Quito el seguro y abro la puerta. El enorme tipo me empuja y entra de apuro exclamando "¿Por qué están las luces apagadas?". No se molesta en buscar el interruptor y se detiene frente a un orinal. Lo veo orinar, tan descomunal. Unos brazos que podrían reemplazar mi torso, alto e impactante, y no experimento miedo alguno.

No puedo sentir.

Aun cuando sé que con un golpe podría matarme, no le temo. Es un niño perdido en medio del infierno. No tiene salvación. Está jodido, sólo que todavía no lo sabe.

Cierro la puerta y todo se oscurece casi por completo. Suelto la perilla y me siento navegando por entre el universo. Flotando cada vez más cerca de aquel enorme animal. La habitación se ilumina cada segundo debido a las luces intermitentes que logran cruzar por la orilla de la puerta y todo se deforma. La vida se compone de sombras y formas inexistentes.

– ¿Qué diablos haces, idiota? – me pregunta el grandulón dándose la vuelta y buscándome entre las sombras.

Doy dos pasos hacia él, balanceando la vara metálica, y siento el desconcierto que brota por todos sus musculosos poros. Siento su testosterona alarmada porque su integridad masculina puede que se vaya al diablo en el futuro próximo, y me hallo despierto. Tomo la vara con ambas manos y la elevo por sobre mi cabeza.

– ¿Qué diablos está pasando? – escucho su voz perdiéndose por la tubería y mi frustrada agonía.

Y lo golpeo en el rostro.

Lo golpeo lo más fuerte que puedo.

Un ensordecedor y suave golpe.

La luz que entra de fuera me muestra al sujeto balanceándose hacia un lado mientras eleva sus brazos, y antes de que pueda hacer cualquier movimiento, antes de que caiga, lanzo un golpe de revés y le doy en una mejilla.

Y cae.

Por el siguiente segundo todo se oscurece.

«¿Dime qué quieres que haga?»

Un poder creciente inunda mis piernas y va subiendo hasta anegarme la cabeza. Un mar está agitándose dentro de mí, grande y feroz, asesino y definitivo.

La habitación se ilumina de un blanco irritante y veo al tipo en el suelo, sujetándose el rostro con ambas manos. Y dejo caer sobre él la vara a gran velocidad. Escucho sus gemidos. Escucho cuando la vara rompe el viento y se estrella contra las costillas del yaciente. Él grita.

Hay oscuridad. Luego todo se ilumina. Una y otra vez.

– ¡Mátame! – Le exclamo al tipo – eres mejor que yo ¿qué esperas? ¡Mátame! ¡Golpéame!

Afuera todo el mundo sigue bailando, sonríen y se deslizan despacio. Vuelve la luz y veo sangre.

– ¡Doblégame! ¡Sé que quieres hacerlo! Vamos ¡Vamos!

Escucho un chillido fuerte, un grito desgarrador. Y le grito al tipo a mis pies:

– Has esperado por este momento toda tu vida ¡levántate y golpéame! Soy inferior ¡soy menos que tú! ¡¿Por qué estás a mis pies?! ¡¿Por qué te rebajas?! ¡Mátame!

La vara en mi mano ha perdido el control, y puedo ver mi sombra en el suelo golpeando al tipo. Veo mi figura deforme y ennegrecida arrojando toda su furia sobre un hombre a punto de morir. Golpe tras golpe.

– ¡Debes levantarte! ¡Tienes qué! ¡Hazlo! ¡Hazlo! ¡Yo no puedo dominarte! ¡No puedo! ¡No puedo! ¡No puedo!

El sujeto en el suelo levanta su mano, clamando piedad, pidiéndome que me detenga. Por favor, es suficiente. No más. La habitación se ilumina por un segundo y veo sangre en su rostro y su ropa. Veo que el suelo se mancha de algunas gotas. Veo mis manos volviéndose gigantes y monstruosas. Veo su cara magullada como una fruta podrida.

Todo está tan liviano. Afuera la vida sigue girando descontrolada.

Hikari sigue bailando entre más cuerpos, entre más piel. Y me imagino su sudor desbordándose con sutileza en forma de finas gotas saladas mientras nos ignora a todos, mientras se sigue meciendo. Mi respiración comienza a trancarse y dejo de golpear al tipo a mis pies. Y grito, grito y por fin puedo oírme. Me inclino y jadeo con desespero.

– ¿Por qué me dejas destruirte? ¿No eres más fuerte? ¿Acaso no eres más grande? ¿Cómo me permites hacerte esto? ¿Nací para matarte? ¿Nací para destruirte? ¿Eres mortal?

– Por favor… – escucho una voz ahogada en llanto.

La fuerza de la música hace que el espejo al fondo del baño vibre y que la porcelana de los orinales tiemble. Las luces de fuera vuelven y veo al sujeto retorcerse a mis pies. Tal vez convulsiona, tal vez no puede detener el llanto. Tal vez va a desmoronarse. A volverse polvo.

Delgados ríos de sangre avanzan por el pavimento debajo de nosotros y hacen trazos finos a lo largo del baño.

– No soy un monstruo – digo tomando aire – ¿me has oído?

Mi sombra se alarga y se encoge, desaparece y reaparece. Desaparezco y reaparezco.

– ¿Eres vulnerable? ¿Eres débil? ¿Eres mortal? ¿Podría matarte? ¿Morirías? ¡Dímelo!

Y de pronto, siento la vara metálica en mis manos deshacerse. La siento fluir por entre mis dedos. Se descompone. El mundo se rompe en mil pedazos. Todo se ilumina y veo ceniza cayéndome de las manos, la veo en el suelo, sobre la sangre del tipo a mis pies, la veo manchándome los dedos. Y ya no hay vara. Sólo ceniza. No me muevo y observo lo que más puedo.

– Todos seremos polvo algún día.

Me arrodillo e intento verlo a los ojos, pero el tipo se cubre su rostro con sus brazos y sigue temblando. Le acaricio la frente y lo mancho de ceniza. Yo me mancho de su sangre. Está caliente. Y ya no se me ocurre nada útil qué decir. Y antes de que pueda hacer algo más, salto en el tiempo. O me despierto, o caigo dormido. No lo sé con certeza. Afuera todos están tal cual. Bailan. Nada ha cambiado, nada los ha perturbado. Son la misma copia que solían ser antes de que los abandonara por unos minutos.

Ya no estoy en el baño, sino en plena pista de baile con mis manos manchadas de sangre y ceniza, y mi rostro empapado en lágrimas. Todos siguen bailando a mi lado sin sentirme.

Todo se oscurece y vuelve a iluminarse.

Voy alejándome de la gente danzante meciéndome, casi cayendo, casi quedándome en pie. Soy un títere destrozado y solitario. Y todos aplauden, todos sonríen.

Mis pasos son cortos y perezosos, demostrando que he perdido toda mi fuerza, que estoy sin energías. Cierro los ojos y sigo caminando. Pero la luz se sigue escabullendo por mis parpados, y veo luz y oscuridad, una seguida de la otra. Cuando por fin logro salir del Neri Boca, siento que me voy a desplomar, avanzo rápido hasta el callejón, me sostengo de un muro que huele a orina y basura, me escurro y vomito.

Hace demasiado frío e intento levantar mis brazos para abrazarme, pero no puedo. Recuesto mi cabeza contra la pared mientras mis intestinos se siguen vaciando y toneladas de mí salen de mi boca. Escucho el ruido que produce el vomito cuando choca contra el piso y se esparce a lo largo y ancho de la calle.

De pronto resbalo, pierdo todo equilibrio y fuerzas, caigo y me golpeo la nariz contra una saliente del muro. Y de inmediato siento la tibia corriente sangrienta resbalándome por la cara, llegando hasta mis labios y metiéndoseme en la boca. Me palpo varias veces desconcertado porque no logro sentir dolor y me limpio como puedo. Mis manos se llenan de más sangre, la del tipo y la mía, y me desespero porque creo que voy a morir desangrado en ese callejón oscuro y helado.

«No quiero… que mueras»

Y me doy cuenta que estoy tirado en el suelo boca arriba, escuchando a las ratas susurrándome, contándome sus miserables secretos. Intento hacerme sensible a la realidad, pero por más que ponga mis manos contra el áspero asfalto no puedo dejar de sentir que doy vueltas, muchas vueltas a gran velocidad. Mi cabeza se agrande y reduce, me duelen todas las articulaciones, percibo todo el hedor que se desprende de las alcantarillas, y no me importa. Desde el suelo veo un oscuro cielo nublado, sin estrellas, así como el de ayer, como el de antes de ayer. Parpadeo despacio y creo que me voy a quedar dormido.

«Esa vara de metal ahora es ceniza»

Y decido que cuando muera quiero que me incineren. Quiero que el calor que no logré sentir en toda mi vida consuma mi cuerpo en minutos y lo descomponga en sigiloso y grácil polvo.

Los ojos se me cierran y escucho voces a lo lejos, voces quizá de mis tormentos del pasado o mi conciencia haciendo uso de mis pecados para enloquecerme. Después de un rato me doy cuenta que sólo se trata de Willis.

– ¡Qué mierda! – Grita mientras suelta una risa bastante sonora – ¡estás muerto!

Salta y cae de rodillas junto a mi no– tan– vivo– no– tan– muerto cuerpo y comienza a pellizcarme las mejillas y a halarme de la camisa en un alterado intento de despertar en mí alguna reacción. Sólo abro los ojos.

– Por Dios – dice – te ves terrible, hueles horrible ¿te sientes bien, Takeru?

– Quiero largarme.

– ¡Mierda! Te está sangrando la nariz ¿qué fue lo que te pasó? ¿Por qué…? ¿Qué fue…?

Elevo el brazo y aparto a Willis de mi camino mientras me siento. Y pierdo por un instante el equilibrio pero no caigo.

– ¿Tienes celular? ¿Puedo hacer una llamada? – pregunto algo desconcertado. – Necesito un celular. Un teléfono.

– ¿Qué? Hombre, eso se ve bastante feo… creo que te rompiste el tabique o algo.

– ¿Puedo hacer una llamada?

– ¿A quién quieres llamar, maldición?

– A mi hermano.

Willis arruga todo su rostro demostrando el desagrado que le produce mirarme a la cara justo en ese momento. Saca su celular del bolsillo y me lo entrega.

– ¿No te duele? – pregunta mordiéndose los nudillos.

– ¿Qué?

– El culo, idiota… pues la nariz que te acabas de romper.

Marco el número de Matt en el celular y espero pegado al aparato escuchando el tono. Justo ahora lo único que quiero oír es la voz de mi hermano.


Pensé haberme visto en los rostros de los demás.

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La mañana es refrescante. Los colores que se nos aproximan desde detrás de los edificios, por sobre las colinas, en el cielo, son brillantes y claros, muy hermosos.

La nariz finalmente comienza a dolerme y mi cabeza no deja de palpitar. Matt está junto a mí, en la tumbona de al lado, cubriéndose hasta el cuello con una cobija desteñida que no recuerdo haber visto nunca. No me mira. Estamos en la terraza de la casa, el mejor lugar de todo el mundo, y me siento feliz de saber que no tengo que moverme, que me puedo quedar allí, con una delgada cobija encima y un helado ventarrón sacudiéndome el cabello, esperando a que el día se acabe, a que se acabe todo.

– ¿Terminaste el libro? – pregunto luego de varias horas de silencio.

– ¿Cuál libro?

El día está particularmente silencioso, pero creo que soy capaz de oír hasta el sonido más imperceptible.

– ¿Cómo que cual libro? El guardián entre el centeno, con el que estabas fascinado. Ese libro.

– Ah. No lo terminé.

– ¿Por qué no?

– No lo sé.

– Pero si estabas enamorado.

– Pues, no puedo terminarlo. Lo siento.

Tengo pegado a la nariz un pedazo de algo que me cubre la horrible herida que me hice. Me lo pusieron en el hospital al que Matt me obligó a ir después de recogerme en el callejón tras el Neri Boca, no importó cuántas veces le dijera que no quería aparecerme en un hospital sólo porque tenía una leve cortada en la nariz.

– No quiero ir a un hospital sólo por una herida en la nariz.

Es de noche y Matt me sostiene casi todo el cuerpo mientras me lleva cerca de la carretera, detiene un taxi y me ayuda a entrar en él. Sí, estoy algo borracho. Creo que tengo el rostro manchado de sangre, de tierra, ceniza y vómito, pero procuro no interesarme en ello.

– Puede que te hayas roto la nariz. – se justifica Matt acomodándome en la silla trasera del auto.

– No me rompí la nariz.

– Ya lo averiguaremos. Al hospital más cercano, por favor – le dice al taxista.

– Quiero dormir, Matt, por favor. – digo cerrando los ojos.

– Duérmete, te despertaré cuando lleguemos al hospital.

– ¡Dije que no quiero ir a ningún hospital! Maldición.

– No me importa, estás borracho no tienes derecho a tomar ninguna decisión.

– Púdrete, puedo hacer lo que se me venga en gana.

– ¿En serio? Entonces me largo y jódete tú sólo.

– ¡Lárgate! Cretino.

– Sólo escúchate, eres patético.

– Déjame en paz, ¡maldita sea!

– ¿Quieres calmarte? Por Dios, dame un respiro. Y deja de gritar que estoy justo aquí.

– No quiero… yo…

– ¿Qué?

Me trabo entre mis palabras y Matt me levanta el rostro para verme a los ojos.

– ¿Qué pasa? – Pregunta – ¿quieres vomitar?

Sujeto a mi hermano de su camisa con ambas manos, me dejo caer en su pecho y comienzo a llorar.

– ¿Qué diablos sucede, Takeru?

Lloro sin control, gimoteando como un pequeño niño en un lugar público, y Matt me soba la cabeza delicadamente, acercando su rostro al mío.

– ¿Qué? Dime – susurra.

– Soy un maníaco, un monstruo, un asesino.

– No digas estupideces, Takeru.

– Maté a un tipo en el bar – le digo – lo golpeé con todas mis fuerzas hasta asesinarlo.

– Es suficiente. Cállate y compórtate.

Enormes gotas de saliva se me escurren de la boca y las lágrimas se mederraman presurosas por las mejillas. No puedo detenerme, me agito y gimoteo casi a gritos.

– Lo maté – digo entrecortado – lo maté… Lo golpeé hasta matarlo.

Matt me sujeta con fuerza el rostro y me lo sacude.

– Ya cállate – dice en voz baja pero con firmeza, lo que me deja mudo.

Dejo de llorar y por el resto de la noche me comporto como un ente sin razonamiento propio, como si fuera un adolescente.

En el hospital hago todo lo que Matt me ordena tal cual él lo pide. Dejo que me revisen la nariz, que me limpien el rostro, que me desinfecten la herida y que la cubran, y que me den una paleta.

En el espejo del consultorio veo mi reflejo amarillo, con los ojos rojos y con la ropa sucia de un millar de cosas. Me quedo mirándome a mí mismo por un rato y siento que comienzo a odiarme. Pienso que si me viera por la calle, como si fuera alguien más, un extraño tomando el autobús, o en el salón de clases, alguien en el cine, me juzgaría de inmediato, creería que soy un completo idiota.

Estoy atrapado en mí mismo.

Soy mi propio enemigo.

De vuelta en la terraza, unas horas después, con el sol caliente sobre nuestros cuerpos cubiertos por cobijas añejadas, le digo a Leo que me está matando el dolor de nariz.

– Me está matando el dolor de nariz.

– ¿Quieres tomar algo?

– No, deja así. – Acerco la mano a mi rostro y rozo con la yema de los dedos la herida – Mierda. – Vuelvo a ocultar la mano bajo la cobija y suelto un largo suspiro – Va a quedarme una horrible cicatriz.

– Olvídalo.

– Eso es imposible.

Matt me mira finalmente, expectante.

– Soy un desastre – digo – un maldito desastre.

– ¿Y ahora porqué te lamentas?

– ¿Recuerdas a qué fui a ese estúpido bar?

– ¿Había un motivo?

– Quería estar con ella. Con Hikari.

– ¿Y qué pasó? ¿Tuviste tu momento?

– No lo sé. No estoy seguro.

– ¿Estuviste con ella?

– Bailamos.

– Algo es algo.

– Creo que…

– ¿Qué?

Miro hacia el cielo, algo nervioso, cercano a estar asustado, y lo medito antes de aceptarlo abiertamente.

– Creo que estoy enamorado de ella.

No puedo dejar de pensar en ella. De verla bailando bajo aquella lluvia iluminada, meciéndose por sí sola, en medio de mi imaginación, alimentando mi frustración.

– Eso no lo puedes saber – dice Matt.

– ¿Cómo que no lo puedo saber?

– Te gusta, es normal que pienses que ya te enamoraste, pero ni siquiera la conoces. No puedes estar enamorado.

– ¿Y cuándo podré saberlo?

– No ahora.

– ¿Entonces solo soy un tonto?

– Sí.

– Como sea – digo – nunca la tendré. Ya lo sé.

– ¿Qué pasó?

Me acomodo en la silla e intento pensar en una buena respuesta, pero no la hay.

– Nada – le digo.

Eso me hace sentir algo decaído.

– No pasó nada. Bailamos, la vi bailar, la sentí entre mis brazos, quería estar así por… no lo sé. Ella… ella no sintió nada, para ella no soy nadie.

Nadie.

– El amor no es algo que aparezca de la nada mientras estén bailando alguna estúpida canción. Esto es la vida real, hermanito.

– Lo sé. Lo sé. Es sólo que… creo que es bastante obvio que nada va a ocurrir entre nosotros, no soy su tipo, estoy lejos de serlo. Y lo entiendo. Yo no sería mi tipo, no debería ser el tipo de nadie.

– Vamos, Takeru, no empieces con aquella melodramática autocompasión que no te da ningún atisbo de humildad. Es ridículo, eso es lo que es.

Me canso de oír a mi hermano dándome lecciones de autoestima. Es triste. Pero qué más da. Siento ganas de ducharme, de cambiarme de ropa, de encerrarme en mi cuarto por un mes, no ver a nadie real por mucho tiempo, de dormir y soñar con otra cosa que no sea Hikari. Le digo a Matt que me largo.

– ¿A dónde?

– Al averno sin compasión y ausente de piedad. Me voy al agujero mismo en donde se hace físicamente visible mi soledad.

– ¿Qué se supone que vas a hacer en tu habitación? ¿Llorar toda la tarde?

– ¿Cómo es posible que me leas la mente?

– Eres demasiado predecible, aunque intentes evitarlo.

Me levanto y desaparezco de la terraza. Me ducho con agua fría y me quito la sangre que aún tengo encima, el vómito y las cenizas. Mi sangre y la del tipo caen en la baldosa y se pierden en el sifón. Sigo así hasta que la cabeza deja de dolerme. El agua me despierta pero no del todo y cierro la puerta de mi cuarto con llave y me miro desnudo en el espejo. Sólo puedo sentir pena de mí mismo, pero no porque sea un horrible adefesio con nada físicamente agradable o apetecible, sino porque me importa, porque realmente me afecta. Quiero ser diferente.

Miro por la habitación hasta encontrar mi chaqueta tirada al pie de la cama. La tomo y esculco en sus bolsillos, y cuando encuentro la billetera de ese cretino la abro y le echo un vistazo. Todavía me escurren algunas gotas de agua, las veo en mi reflejo, y puedo ver a aquel monstruo moviéndose debajo de mi piel, trepándoseme en el torso.

Miro la billetera en mi mano.

– Mierda.

No está la identificación de Daisuke Motomiya. Me miro al espejo y puedo verme de nuevo en aquel baño sucio y oscuro del Neri Boca, apaleando a ese pobre infeliz.

«¿Qué fue lo que hice?»

Estoy tan abajo como puedo estar.

«¿Qué fue lo que hiciste, TK?»

Me levanté del suelo, con cenizas en mis manos, pateando a una bestia indefensa a mis pies.

«Sacaste la billetera de Daisuke y tomaste su identificación»

No quiero ser yo, quiero ser Daisuke.

«Y la dejé en el suelo, la identificación de Daisuke, la dejé junto al sujeto…al que casi mato. La unté de sangre y la abandoné en ese baño con un cadáverque respira»


Estoy muerto antes de darme cuenta que ha sonado un disparo.

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Escucho gemidos, las sirenas de las ambulancias resonando a todo trueno, mensajes provenientes de altavoces invisibles llamando al doctor Junpei una y otra vez. Estoy en el hospital, minutos después de que hayan reparado mi nariz y se supone que ya me siento mucho mejor, pero la imagen de Hikari y Daisuke bailando se hace cada vez más fuerte, y el estado en el que estoy, tan demacrado, no me da mucha moral que digamos.

Estoy sentado afuera en el pasillo, esperando que Matt me traiga algo para mi malestar y luego me lleve a casa. Debería sentirme un poco más aliviado viendo a este montón de enfermos, portadores de la irremediable mortalidad corrosiva. Tosiendo partes de sus pulmones, sangrando a todo momento, a un instante de la muerte. Al verlos sólo puedo pensar en que algunos ya no van a estar vivos para cuando salga el sol, pero al menos ellos no tienen que preocuparse por un mañana.

Cuando Matt aparece a lo lejos, cargando un café caliente, el televisor que está en la esquina superior derecha proyecta una imagen nada amigable: la fachada del miserable Neri Boca.

Es el informe de algún noticiero de las cuatro de la mañana. La reportera, quien está demasiado abrigada y no luce contenta pasando el amanecer de su sábado junto a los desperdicios de un montón de jóvenes moribundos por el alcohol, cuenta acerca del último suceso que se vivió en uno de los bares en el centro de la ciudad.

Cuando Matt se aproxima y se acomoda a mi lado, gira y se da cuenta de lo que está pasando. En la pantalla del televisor aparece un sujeto en una camilla saliendo del bar. Hay policías y una ambulancia. No soy capaz de decir nada. La periodista relata la paliza que le dieron al bastardo. Dice que no se encontró un objeto contundente con el que pudieron haberle golpeado, pero se cree que fue un tipo de varilla. Luego dicen que el tipo está fuera de peligro y que seguramente pasará unos cuantos días en el hospital. Dice que el bar tomará más precauciones al respecto, en especial porque el tipo al que apalearon es familiar de los dueños del bar.

Matt no me mira.

Ahora sabe lo que hice, sabe que soy un jodido monstruo peligroso. Y no dice nada, por lo que no sé cómo debo sentirme. No hablamos del tema de regreso a casa. Matt no parece siquiera consciente del suceso, y eso me pone peor, porque no sé si estoy imaginándomelo todo y estoy completamente loco, o soy un desgraciado total que golpea tipos en los baños de clubes nocturnos. No sé cuál de las opciones me parece peor, y la incertidumbre me está matando, imagínatelo.

Y la noche se termina.

Algún tiempo después, me encuentro esperando cerca de un gimnasio al norte de la ciudad, a pleno medio día, comiendo por primera vez en un Subway y mirando por la ventana.

La gente que entra a estos lugares, me refiero a los Subway, luce diferente al resto de la ciudad, en su mayoría son atléticos, jóvenes, usan lentes oscuros, y si son mayores llevan ese conjunto de pantalones caqui con saco fino.

Me como mi sándwich que ya está frío y no es nada del otro mundo, y espero en una banca al lado del vidrio algo nervioso pues no estoy del todo seguro de lo que estoy haciendo.

«Me siento como un mirón asqueroso… y es tu culpa»

«Necesito regresar esa billetera y no puedo simplemente entregarla como si nada»

«¿Y por qué crees que esto me importa?»

Sentado allí tan inocente en ese bonito Subway comiéndome mi sándwich es difícil creer que estuve toda la mañana gritándole a la gente en la calle enfurecido porque nada estaba bajo mi control, ni la única facultad sobresaliente que tenía. Era preso de mi incapacidad de usar mis capacidades. Nada de lo que tocaba cambiaba, nada se hacía diferente. Sé que sostuve ese papel y luego era arena. Sé que sentí ceniza en mis manos.

Es como cuando quieres demostrarle a alguien que eres capaz de hacer algo, y cuando lo intentas no puedes. Pues a quien estoy intentando demostrarle que puedo cambiar las cosas con tocarlas es a mí mismo, porque sigue siendo difícil de creer. Ésa fue mi mañana.

Y de pronto aparece Daisuke al otro lado de la ventana del Subway, saliendo del gimnasio que he estado vigilando. Usa un ajustado esqueleto negro, por lo que deja al descubierto sus brazos sudados y más musculosos que antes, el muy hijo de puta. Camina con una mochila deportiva colgada de un hombro tan casual como siempre. Tal vez queriendo hacernos entender que ser tan apuesto ya es algo común para él.

Me termino el sándwich de un bocado, salgo del Subaway y lo sigo, haciendo una mala imitación de una persecución real.

Me voy por la otra acera, echándole un ojo de vez en cuando, y acercándome poco a poco esperando el momento preciso para arrojarle la billetera en la cara y salir corriendo cual ladrón de pacotilla. Lo acepto, el plan es un asco pero no me importa ya que sólo quiero deshacerme de esa billetera.

Daisuke camina demasiado despacio y aunque lo intento no logro mantenerme a una distancia prudente. Llega un punto en que me encuentro tan cerca de él que puedo oler el desodorante que se acaba de aplicar. Intento esconderme tras los otros peatones lo que es una tonta precaución ya que Daisuke no ha volteado a ver en mi dirección ni una sola vez, quizá porque en su mente no cabe la posibilidad de que hay un idiota persiguiéndolo. Entonces lo veo entrar a un pequeño centro comercial y me detengo.

Miro desde afuera el interior del lugar abarrotado de gente y no lo pienso mucho antes de entrar.

Un montón de gente se atraviesa en mi camino y el cretino de Daisuke no es tan alto como para sobresalir de la multitud. Camino en zigzag, escaneado a todo el mundo.

Camino junto a las vitrinas repletas de objetos llamativos, sin mirar los letreros en el cielo que te indican donde queda el WC y las salidas. Sólo por si no lo sabes, WC significa water closet, y ya que estamos en estas puedo decirte que el término fue creado en Inglaterra por ahí en 1870 pero se hizo popular en los Estados Unidos treinta años después.

Subo al segundo piso y desde allí, con precaución, observo el nivel inferior intentando encontrar e interceptar a mi objetivo, cosa que se hace cada vez más improbable mientras sigue pasando el tiempo. Miro la hora. Las doce y cuarto. Pienso, maldigo entre la gente algo afanado sin saber qué rayos voy a hacer, inseguro si de verdad estoy haciendo algo.

«¿Por qué no simplemente nos deshacemos de esa billetera? La arrojamos a la basura y ya»

«No»

No es algo que vaya a hacer y punto.

«¿Por qué no? »

«No»

«Maldita sea, TK»

El centro comercial está demasiado lleno y una bulla consistente me rodea por completo, lo que comienza a fastidiarme. Miro en todas las direcciones y la tensión sube por mi espalda hasta mi cuello y ya no lo puedo mover. Alguien se ríe muy fuerte a los lejos, y veo que es una niña comiendo helado.

«Arroja esa billetera a la basura, ahora»

Sigo caminando pero ya no estoy mirando a nadie y creo que quiero gritar y golpear a esa niña del helado porque su risa es de esas que desesperan, pero me abstengo, y es cuando las imágenes de esta mañana en plena autopista invaden mi cabeza.

Esta mañana, cuando salí a tocar cada objeto que veía; las señales de tránsito, los muros de ladrillo, las ventanas, los cestos de basura, los postes de luz… todo, porque quería transformarlo en algo más, quería darles otra identidad. Pero nada pasaba.

Tenía que probar que podía transformar el mundo, que no estaba loco, que sí era capaz.

Agarraba porquería de la calle y comenzaba a susurrarle cosas. Les pedía el favor de que cambiaran su forma, se lo suplicaba. Me acuclillé con un vaso plástico entre las manos y le rogué que se transformara en algo más. Era una de esas situaciones en las que me podía considerar desesperado.

– Por favor, por favor. – eso se lo dije a un vaso de plástico.

La gente cruzaba junto a mí algo asustada, mirando extrañados o aparentando indiferencia. Ése es el precio que tienes que pagar cuando tienes un don.

– ¿Por qué? ¡¿Por qué?! ¡Ah! ¡DIOS! ¿Por qué?

Ahí fue cuando me molesté de verdad y aplasté ese vaso entre mis dedos mientras le gritaba en la cara a todos esos extraños que yo no era nada del otro mundo.

– No soy nada del otro mundo ¡Nada! Soy corriente, ordinario ¡No puedohacerlo! ¡No puedo cambiar la forma de las cosas! ¿Sí? No puedo. ¿Es lo que quieren oír? ¡Maldición! Pues bien ¡NO! No puedo… no puedo… yo…

«¡Silencio!»

Me detuve y me encontré respirando agitadamente, con un vaso de plástico destrozado entre mis manos y un sudor pesado cayéndome por el rostro, nublándome la vista y calentándome la piel con intensidad.

«Ahora, escúchame, escúchame con mucho cuidado; lo que quiero que hagas es que recuerdes lo que pasó cuando convertiste esa hoja en arena aquella vez en la clase de Posada; cuando convertiste aquellos billetes en piedra en ese bar, y la vara en cenizas en el Neri Boca. Quiero que hagas un recuento de lo que estabas sintiendo, pensando, en esos momentos. Hazlo»

Sólo mírame allí, horas atrás. Junto a una autopista, sintiendo el paso de los vehículos a gran velocidad, tan rápido que hacen al suelo temblar y al viento agitarse. Y cierro los ojos y todo se hace oscuro.

«¿En qué pensabas?»

No lo sé.

«Con ese sujeto a tus pies, mientras lo golpeabas con esa vara pesada y fría ¿en qué pensabas?»

En odio. Sólo mírame allí, casi llorando sobre extraños que cruzan a gran velocidad porque no quieren sentirme cerca. Porque soy un loco.

«¿Qué había en tu mente mientras destrozabas el cuerpo de ese hombre, TK?»

Vi la ira. Ira pura.

«¿Qué viste?»

La vi a ella. Sólo mírame allí, tan lejos del resto de la existencia, esperando por un poco de compasión, necesito un poco de compasión.

«¿A quién?»

Vi a Hikari.

Respiro.

La veo.

La veo en la pista de baile, y está sola, y baila sola, se mueve despacio, desciende y asciende y queda estática mientras finas gotas de luz le recorren el cuerpo tan angelical que siento que quiero enfermar. Ella estaba allí, en mi mente, mientras golpeaba a un tipo con todas mis fuerzas en el baño de un bar asqueroso. Ella bailaba en mi imaginación mientras sangre ensuciaba mi rostro.

«¿Por qué? ¿Por qué ella?»

Porque me ha tomado. No es ella la que está capturada en mi mente, soy yo quien estoy capturado en ella.

Vi a Hikari. Ella estaba abriendo los ojos, pero no miraba a ningún lado. La vi mientras ella volvía a cerrar su mirada y su cabellera caía cientos de años y caía y yo quedaba pasmado tan lejos como un completo estúpido. Y sentí odio.

«Odio»

Sí, odio. Mucho. No lo sé, no sé por qué.

«Hikari»

Veo a Hikari casi volando mientras sus manos juguetean con el viento a su alrededor, la veo mientras el mundo a sus pies pierde todo sentido y la deja inmaculada y la veo alejándose cada vez más, adentrándose a ese agujero oscuro en mi mente y desapareciendo en la negrura de la nada y quiero correr tras ella y sujetarla sólo por un instante antes de que la pierda para siempre y decirle algo, lo que sea, sólo suspirarle a su oído, sentir su piel a unos centímetros de mis labios. Pero no puedo, no puedo correr, no puedo ir tras ella y nunca podré. Soy tan inútil y grito, por Dios.

Entonces abro los ojos, y estoy allí junto a esa autopista, y el sol ardiendo aún sobre nosotros. Es una cotidiana mañana del siglo veintiuno y entre mis manos ya no tengo ese vaso desechable, ya no está ese retorcido trozo de plástico siendo aplastado por mis dedos, tengo un pesado retazo de oro. Y Hikari se detiene en el espacio, mientras galaxias completas se forman a su espalda y la rodean y ella hace que colapsen y se evaporen y una nube la cubre por completo y hace llover. La muy miserable de Hikari.

Sólo mírenme allí, encorvado sobre mí mismo, arrojado a mitad de la calle, sujetando un brillante trozo de oro de superficie arrugada, con la misma forma que tenía el vaso hecho añicos, y está entre mis manos, y lo dejo caer porque pesa demasiado y miro a la multitud cruzar junto a mí. Veo sus piernas moviéndose tan rápido como les es posible y yo estoy babeando y lagrimeando y todo es un jodido desastre, lo es, ese pedazo de oro en el asfalto me lo demuestra.

Y dos horas después, metido en un centro comercial, estoy corriendo desesperado porque quiero salir, porque la multitud está engullendo todo mi aire, me asfixian, y quiero correr lo más lejos posible de tanta gente. Estoy desesperado. Yo, que convierto los vasos en oro y la vida en una pesadilla. Cada vez que llueve, cada lluvia que me empapa la vida me recuerda a Hikari. Las lluvias de octubre, la lluvia que viene de la luna. Cada gota tiene su nombre inscrito.

Y corro, empujándolos y haciéndolos a un lado. De alguna forma todos esos compradores han perdido su rostro. Son masas anónimas que se mueven con un simple objetivo. Estoy mirando figuras en tropel que se alejan de mi camino. La vista se me va nublando poco a poco, todo se va deformando, la realidad vacila ante mis ojos, hasta que me estrello con una pared que aparece de la nada y caigo al suelo de espaldas y siento mi cráneo crujir de dolor. Siento sangre escurriéndome por la cara, otra vez, calentándome la piel y los huesos y estropeándome la camisa. Cuando me palpo me doy cuenta de que se trata de la herida en mi nariz que volvió a abrirse, y cuando miro con más cuidado, descubro que no fue una pared con la que choqué sino fue con un torso, un torso humano, y el dueño de ese torso está acuclillándose y me toma de la mano y me pregunta si estoy bien. Y luego dice:

– ¡Mierda! ¿Takeru? Por Dios ¡Takeru! Lo siento… yo… Lo siento, hermano.

Y yo miro a este tipo, con su bonito rostro y sus brazos al aire, y yo allí tirado en el piso con sangre en el rostro y lo único bueno que tengo por decir es: "Hola, Daisuke".

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Adios y nos leemos en el próximo capítulo!