En primer lugar, miles de dísculpas para aquellos que dejaron reviews en el fic y no les respondí. Estuve ausente todo este tiempo y no tengo excusas para eso, por lo que quiero que sepan que me comprometo a terminar este fic. Eso como mínimo.
Especialmente para Sslove: No te preocupes por eso del plagio. No es plagio ya que adapto la historia a nuestros personajes de Digimon. Y desde ya, avisé que la idea no era mía por lo que no me adueñé de nada que no fuera mío. Y soy hombre para aclarar...;)
Disfruten...si es que alguien lo lee.
Digimon es de otra persona que no soy yo y ¿A quién odias, Dani? es de Forero.
Capítulo 10
Al hombre le gusta escribir tristezas.
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Daisuke no me mira a los ojos, va de un lado a otro en la sala de su casa y no deja de hablarme de la belleza. La belleza esto y la belleza aquello. Me habla de lo mucho que le intriga aquella abstracción que nos devora sin que nos demos cuenta.
En algún punto del día, aunque no me lo creas, Daisuke se mete una revista en el pantalón, justo en la entrepierna y se lo mete en el culo para demostrar alguna ira con la mercadotecnia erótica, o algo así.
Me da la espalda, se aleja y dice:
– ¿Quieres saber lo que es realmente hermoso? – me pregunta. – ¿Quieres conocer la belleza?
Daisuke toma una fotografía entre sus manos y la mira con cuidado, se me acerca y luego me la entrega. Yo estoy en un sofá muy bonito. Sujeto la dichosa foto y le echo un vistazo.
Él me dice:
– Ahí tienes la belleza.
Pero bueno. Vayamos en orden.
Daisuke vive muy cerca al centro comercial, fue por ello que acepté venir aquí cuando comencé a arrojar sangre a montones y porque no quería ir al hospital, y claro, porque quería deshacerme de esa billetera.
Apenas entré a su apartamento me di cuenta de que no estaba en cualquier lugar. Este tipo, Daisuke, es de aquellos que intentan hacer de su espacio personal una representación de sí mismos. Así que lo que tú ves en esos hogares son diferentes formas de mostrar rebeldía, falta de compatibilidad con el sistema, un poeta interior, una mente abstracta y llena de telarañas confusas sobre la vida y esas cosas. Tal vez sólo quieren despertar en sus invitados una extraña admiración por su genial y diferente forma de ser, no lo sé. Lo cierto es que funcionó conmigo.
Cuando entré en su apartamento, sentí un impacto que casi me vuelca sobresu bonito suelo de madera lleno de tribales, que seguramente él había hecho. Las paredes estaban llenas de fragmentos de libros; había citas de autores famosos, y un millón de imágenes, fotografías y decorativos poco comunes.
«Es un pobre imbécil»
«"Pobre imbécil" le gusta a Hikari»
«Quiere decir que vas por buen camino»
– Vaya – exclame mirando en todas las direcciones, como si acabara de ingresar en algún museo – bonito lugar.
– Gracias – dijo Daisuke entrando de inmediato a la cocina – siéntete como en casa.
– Difícilmente.
– ¿Perdón?
– Nada. Gracias.
Me senté en una silla acolchada que al momento me despertó una grata sensación de no volverme a levantar jamás, y esperé en silencio con un pañuelo en la cara manchado de sangre. Al rato Daisuke apareció con un poco de hielo envuelto en un paño y me lo colocó en la nariz.
– Se te está inflamando – dijo.
– Lamento tantas molestias.
– Lamento haberme atravesado en tu camino.
Luego tomó asiento en una silla de su pequeño comedor y me miró creo que algo pesaroso, no sé si porque yo lucía como una víctima de un terrible ataque, o porque simplemente desperté pena en aquel ser tan agraciado.
– Todas esas fotos… – comenté señalando al techo en donde colgaban un montón de fotografías que no dejaban de balancearse suavemente por sobre nuestras cabezas – ¿De dónde las sacaste?
– Ah. Yo las tomé.
– ¿En serio? ¿Eres fotógrafo? Pensé que estudiabas alguna ingeniería.
– No soy fotógrafo profesional, bueno, hice algunos cursos y estuve ejerciendo como tal, pero nada tan serio.
– ¿Ejercías?
– Conseguí algunos trabajos hace unos años. No todo fue como yo esperaba, claro, no todo se trataba de hacer arte, pero, tú sabes, trabajo es trabajo, y mientras pudiera tomar fotografías… pues, genial.
– Claro.
«Eso explica las fotografías artísticas en la habitación de Hikari… Explica por qué en su red social está inundada de ellas. No sólo se ha apoderado de ella románticamente, el muy cretino está incluso en las paredes de su habitación».
Con tanto arte, con tantas imágenes y tanta mierda fotografiada rodeándome, me siento terrible. Ese idiota de Daisuke es una de esas personas a las que la comunidad consideraría como bohemio moderno. Es un hombre rebelde dotado de armonía extravagante, un iluminado, otro jodido artista contemporáneo.
– ¿Te duele? – pregunta Daisuke arrugando su nariz.
– Sólo un poco.
Daisuke se levanta y se me acerca, se acuclilla frente a mí, casi tocándome las piernas, y escruta en mi rostro. Me pone nervioso y comienzo a mirar en todas las direcciones para no tener que encontrarme con los hermosos y fascinantes ojos de ese idiota.
– ¿Te importaría si yo…? – dice haciendo un gesto extraño, como si me estuviera pidiendo permiso con su rostro.
– ¿Qué?
– ¿Podría tomarte una fotografía?
«¿Qué?»
– ¿Qué?
– Déjame ver – dice quitándome el hielo del rostro y contemplando la sangre que se derrama por mi curtida piel – quisiera tomarte una foto.
– ¿Por qué?
– Es muy fuerte.
«Oh, por el amor de Dios, hazle un favor al mundo y decapita a este tipo»
– ¿De qué estás hablando? – pregunto algo asustado.
– La sangre, tu rostro… es muy fuerte, impactante.
– Claro que no.
– En la posición adecuada lo será.
– No.
– ¿No quieres que te fotografíe?
– No.
– Está bien – dice Daisuke incorporándose – no tenías que decir que sí.
«¿Quería fotografiarte ensangrentado? Y tú te creías un fenómeno»
– Estás loco – le digo a Daisuke quien ahora está cambiándose la ropa sudada que lleva puesta – Completamente loco ¿Cómo quieres tomarme una foto?
– Aunque no lo creas… – me responde mientras avanza por el pasillo,arrojando su ropa al suelo – tú eres arte, tal cual estás, ensangrentado y adolorido.
– ¿Soy arte?
– ¿Te disgusta que lo diga?
– Mientras no me digas que soy hermoso puedes decirme lo que quieras.
Vuelvo a colocarme el hielo en la nariz, que parece no estar sangrando más, recuesto mi cabeza contra la silla, cierro los ojos, e ignoro la asquerosa sensación de tener el rostro embarrado en sangre seca.
– ¿Qué es lo que tú consideras arte? – me pregunta la voz de Daisuke que llega desde su habitación.
El dolor de nariz ha sido tan persistente que ya me estoy acostumbrando, así que puedo sentirme tranquilo aun cuando siento a mi tabique querer desprenderse del resto de mi cara.
– ¿Arte? – Exclamo desde el asiento – ¿de verdad me estás preguntando eso?
– Sí.
Abro los ojos despacio, enfocando mi visión, y veo flores cortadas, regadas en un camino de asfalto que conduce a un sector destruido. Edificios viejos, con sus paredes caídas y basura y escombros a sus alrededores. Es una fotografía. Se balancea de lado a lado en el techo, a un metro sobre mí. Las flores no tienen color, están en blanco y negro, mientras que el paisaje en el que se sitúan aún tiene sus colores originales, opacos y grises, tristes, que revelan una vida de guerra y desolación.
– No tengo idea – le digo – no sé nada del arte.
– Sólo di lo que creas que es.
«No respondas»
– Pues, no lo sé. Arte deber ser algo así como verla dormir muy cerca – susurro – ver únicamente su rostro, sus ojos cerrados, sus párpados tranquilos y tenues, su respiración suave pero viva, sus dedos a veces juguetones, su cabello resbalando por su piel. Arte es verla dormir mientras pequeños trazos de nieve le caen encima y la envuelven tras el agitado sonido del viento aullando desde mi cabeza. Poder colocar mi mejilla en su hombro, sobre su piel, y quedar dormido por todo el día y sentir que ella se mueve debajo de mi rostro queriendo despertar pero sin el poder para hacerlo. Es sentirla soñando junto a mí.
Levanto el rostro del asiento y me encuentro con la figura de Daisuke, de pie, usando un par de jeans raídos, con el torso desnudo, justo en frente demí. Se coloca una camiseta blanca y me dice:
– Eso suena a algún tipo de cuento, Takeru.
– No es un cuento – le digo algo hosco – es un sueño.
Daisuke me mira en silencio.
– Lo soñé anoche – continúo – de las cosas más tontas que he soñado en toda mi vida.
–Pensé que lo considerabas arte.
–El arte es tonto.
Daisuke sonríe.
Se sienta en un sofá junto a mí, toma un libro y no dice nada. Le pido permiso para usar su baño y él me lo concede.
En el lavamanos me lavo la cara lo mejor que puedo, sin causarme mucho dolor. Me encuentro en el espejo con un horrible agujero en la parte superior de mi nariz, con pequeñas manchas rojizas que lo rodean. Maldigo en voz alta a mi reflejo y me seco con mucho cuidado con una toalla suave, probablemente fina, que ensucio un poco con mi sangre.
Salgo al pasillo y deslizo mis pies por la madera hasta llegar a lo que parece ser el cuarto de Daisuke. Hay desorden por doquier, y muchas más fotografías pegadas en las paredes, unas sobre otras; hay tantas que las que pegó primero sólo tienen una esquina visible. En la puerta del armario que sobresale de una pared al fondo de la habitación se ve la fotografía de una mirada, una mirada profunda, sólo un par de ojos vigilantes, nada más.
Saco la billetera de mi chaqueta, la arrojó al suelo y la pateo para que se pierda bajo la cama de Daisuke. Y antes de salir de la habitación, me quedo un momento estático, atado por completo a ese instante mientras Hikari me mira desde la puerta del armario. Sus ojos. Me miran cometer mi pecado, sus ojos… sus muy malditos ojos, me enamoran. Y eso que sólo es una fotografía.
Vuelvo a la sala y retomo mi lugar en silencio.
Daisuke hojea el libro en sus manos algo rápido, y yo me siento inquieto porque parece que soy un fantasma en ese lugar.
Miro de reojo al muchacho sentado con un libro, y siento algo de escalofrío, tal vez porque en la mesita de noche de mi casa me espera un pesado trozo de oro que refleja mi desemejanza con el resto del mundo y quiero liberarme un poco de ese peso. Me dejo hundir en el asiento y digo:
–¿Alguna vez has sentido que eres capaz de cambiar algo… de crear un objeto a partir de otro?
Daisuke deja de leer y sin mirarme me responde que sí.
–Pero eso no es nada especial – dice – lo realmente especial es darle un valor mayor al objeto que tú generas. Eso diría yo.
No creo que me esté entendiendo.
–Claro que puedes resultar con una obra maestra a partir de un simple pedazo de piedra. Puedes brindarle una identidad más admirable a un objeto. Pero no todo ello será arte, no todo ello será significativo… si lo que transmites es vacío ¿cuál es el punto? – Dice Daisuke cerrando su libro – ¿Estamos intentando expresar lo abstracto que nos identifica como las criaturas preciadas de Dios o sólo estamos pasando el rato?
Daisuke gira un poco su rostro para poder verme y sonríe.
–¿Por qué? – Pregunta – ¿sientes que puedes darle forma a tu interior utilizando el exterior?
–No. Me siento como un enloquecido y misántropo rey Midas.
Daisuke frunce el ceño y mira hacia los lados.
–¿Transformas en oro las cosas que tocas?
–Sí.
–Eso es estupendo – dice sonriendo.
Como si estuvieran llenos de helio, los soñadores se fueron volando. Enamorarse es como morder de ése fruto que Dios prohibía comer. La manzana. Te hace abrir los ojos y ser consciente de lo que eres. Tan obtuso y ridículo, a metros de estar en la total perfección, a mitad de ser imagen y semejanza, pero no totalidad. Te encuentras desnudo y avergonzado; ahogado con el apuro de salir corriendo a protegerte de ser encontrado en tu simple humanidad, con todas tus imperfecciones; esa desagradable nariz rota, ese cabello alborotado que nunca se verá bien.
Si eres una de esas mujeres obesas sin forma, me entenderás. O uno de esos adolescentes flacuchos y enanos de ojos saltones y facciones asimétricas, sabrás de lo que estoy hablando.
Hemos abierto los ojos y caímos en la cuenta que no somos bellezas y que el mundo no dudará en recordárnoslo a todo momento. Cuando salimos de la infancia, en las puertas al final de la inocencia, lo que no espera al otro lado es la realidad. Estamos abandonados a nuestra suerte, con nuestra mala pinta y nuestra baja autoestima.
No hay gimnasio que nos arregle.
Nuestra solución no está en las dietas ni en el puto yoga.
Fue por eso que no quería ver a Hikari.
Así que durante la semana siguiente empecé a escabullirme para no encontrarme con ella y enfrentarme a ver mi asqueroso reflejo en sus bellas pupilas. No quería que me hallara muerto de amor por ella pero avergonzado de quien era yo, con mi nariz rota y mi cabello alborotado. Aun así no se puede escapar siempre. Nos volvimos a encontrar el jueves, dos semanas después del Neri Boca. Yo había faltado a nuestra clase hacia unos días, también a la reunión en la que discutíamos temas relacionados con el proyecto, y no había contestados sus llamadas.
Ese día, temprano, me encontraba en las profundidades del campus, refugiado por los viejos árboles universitarios y un espeso clima estaba allí. Tenía una chaqueta de cuero ajustada y brillante, el pelo planchado con unos mechones que le cubría parte del rostro y no dejaba de dar vueltas. Yo estaba pateando un árbol, diciendo una y otra vez "esto es una maldita pesadilla", cuando mi celular sonó. Era Hikari. Contesté para interrumpir mi conversación con Willis, y al instante me arrepentí.
–¿Takeru?
–Hola, Hikari ¿Cómo estás?
–No muy bien.
–¿Qué ocurre?
–Es Daisuke.
–¿Daisuke? ¿Qué pasó?
–Está en la estación de policía… creen… no lo sé.
«Creen que él apaleó al orangután en el Neri Boca»
–Creen que él pudo haber sido quien golpeó a ese hombre en el bar… en el…
–Neri Boca – terminé la frase.
–Sí.
–Maldición.
–¿Podrías venir? ¿Podrías… no sé?
Todo eso era mi culpa, solamente mía. Aunque una gran parte de mí lo había querido así, el pobre imbécil de Daisuke no tenía por qué pagar por mi bestial actuación en ese baño.
Miré a Willis, quien seguía sonriendo y dando vueltas frente a mí, y le dije a Hikari que lo haría. Fui a la estación de policía de inmediato, hablé con unos oficiales y juré una y otra vez que Daisuke nunca estuvo en el baño del Neri Boca.
–¿Dónde está Daisuke?
Los oficiales hablaban entre ellos, de algo que no tenía nada que ver con el orangután apaleado.
–Daisuke ni siquiera entró al baño. Ustedes dicen que es por su identificación. Le pudieron haber robado al billetera.
Estaba aterrado. Todo lo que estaba diciendo podría ser utilizado en mi contra.
–¿Eres un amigo o algo así? – me pregunta un oficial sujetando una taza desechable humeante.
–Soy un amigo. ¿Dónde está Daisuke?
Quería gritar y chillar mientras me declaraba culpable, aceptando ser el monstruo que casi asesina a ese indefenso ser humano de mil toneladas.
Imaginé que sería doblegado por el policía malo y manipulado por el policía bueno. Quería libertad condicional, quería hacer mi llamada, quería decirle a mi madre que la quería y advertirle a Matt que no se robara mi vieja colección de canicas.
Los policías no se remangan las camisas ni se sueltan las corbatas. Son algo viejos, y amables y escuchan la radio.
Uno de ellos sujetaba un teléfono celular contra su oído, pero no parecía hablar con nadie.
Me dieron café en uno de sus vasos desechables, no me miraron a los ojos, ignoraron todo lo que les decía, y luego dijeron que les daba igual, que no había prueba contundente que demostrara que Daisuke casi matara a ese tipo.
Dijeron que la identificación que hallaron en el baño no era suficiente para considerarlo como un posible culpable. Me dijeron que sólo querían asustar un poco al chico, a Daisuke, a ver si decía algo relevante.
Me dijeron que firmara un papel.
–No te metas en problemas, chico – me dice uno de ellos mientras me empuja fuera de su oficina.
Sacaron a Daisuke a los dos minutos y tuve que ver cómo Hikari se le abalanzaba a los brazos y le daba un beso en los labios. No lloraron ni nada, pero sí se dijeron que se amaban.
La pareja se me acercó y Daisuke me tendió la mano. Asentí en silencio sin pronunciar palabra alguna.
–Gracias, Takeru – dijo Hikari – en serio, muchas gracias.
No les dije que lo que declaré no tenía nada que ver con que soltaran a Daisuke, ni creo que hubiese hecho falta. Todos estaban felices con el resultado. De alguna manera, supongo.
Yo aún estaba solo como un idiota, con mis manos en los bolsillos, con mi nariz rota y mi cabello alborotado. Seguía sin ser Daisuke Motomiya.
–Vamos a comer algo – dijo Daisuke pasándole el brazo a Hikari por sobre los hombros – estoy muriendo de hambre.
–Claro, lo que quieras – le dijo ella.
–Bueno – comenté yo dando unos cuantos pasos hacia atrás – creo que hasta aquí llego yo.
– Claro que no – indicó Daisuke golpeándome levemente el hombro – ven con nosotros, invitarte un desayuno es lo menos que podría hacer por ti.
–No es necesario, de verdad.
–Por favor, Takeru – pidió Hikari – no seas quisquilloso.
–No quiero arruinarles la celebración.
–¿Qué dices? – Preguntó él – si no fuera por ti no habría celebración.
Daisuke me lleva toda una cabeza de altura, sólo su sombra me oculta, y su amigable sonrisa me invita a sentirme acogido bajo su brazo.
–Bueno, está bien.
Pude haber escogido ser un psicópata, un gran artista de la destrucción, tener nombre y reputación por el resto de la historia. Pero había preferido ser un triste joven de 1,65 m que caminaba con la mirada inclinada pensando en cómo diablos debía lucirle la nariz en esos momentos.
Morder el fruto prohibido significa estar al tanto que el mundo exterior está categorizándote en una casilla que definirá cómo te ves y cómo debes comportarte de acuerdo a dicha imagen.
Sólo por si no lo sabes el fruto prohibido no es en realidad una manzana. La Biblia nunca especifica de qué se trata, pero mirando a mí alrededor, a Hikari siendo perfecta y bella bajo la luz del sol, rodeada por los brazos de aquel varonil ser que la merece de acuerdo a estándares dictaminados sutilmente, y mirándome a mí, sintiéndome como un imbécil, diría que el fruto puede ser cualquier cosa.
En la mesa dentro de un establecimiento, Hikari se hizo frente a mí, y Daisuke a su lado.
Ordené un café caliente.
Ella le susurró algo a su oído y él asintió sin mostrar ningún gesto en particular.
–Oye, a todas estas ¿qué te pasó en la nariz? – me preguntó Hikari acercándoseme por sobre la mesa.
Vacilé y me toqué la nariz.
–Bueno… he… pasó que…
Daisuke agachó la cabeza, mirando en dirección a la mesa, puede que sintiéndose culpable. Y mi celular sonó en el momento perfecto.
–Disculpen – dije poniéndome de pie.
Contesté. Era Willis.
–Ahora no, estoy ocupado – musité.
Willis farfulló algunas palabras y me enojó de verdad. "No puedo" digo "déjame en paz… no puedo ahora".
La cafetería es bonita, hay poca gente y varias mesas bien situadas.
Bastante iluminación y buena vista, al otro lado de la caféteria puedo ver a Daisuke y a Hikari de reojo, desde algunos metros de distancia con el teléfono contra mi cara, y noté que estaban callados, no hablaban entre ellos.
La miré.
–Cállate – le dije a Willis por el celular mientras él seguía farfullando cosas.
No dejo de mirarla, y de pronto ella me mira a mí. Y nos encontramos. Ninguno aparta la mirada y siento mi cuerpo volverse pequeño, aprisionándome aún más. Ninguno de los dos sonríe. Sólo nos miramos. Por Dios.
–Y una mierda – susurro muy cerca del teléfono –. Jódete.
Cuelgo el celular y Hikari gira con brusquedad la cabeza huyendo de mis ojos y mira por la ventana.
Si el mundo se acabara en ese instante no me quejaría. Tomo asiento y bebo un poco de café. Está caliente.
–¿Todo está bien? – pregunta Daisuke.
No respondo.
Tomo otro sorbo de café y Daisuke dice algo, pero no creo que nadie le haya oído.
–Creo que nunca nadie creyó que yo hubiera golpeado a ese tipo – comentó al rato –. Los policías me miraban y me comparaban con la fotografía que tenían de él, de la víctima. Era enorme. Yo no podría hacerle ni cosquillas.
Con tan sólo verla de perfil siento mis manos sudar, humedeciendo la superficie de la mesa tanto que parece que se hubiera derramado el café.
–El que le haya dado tal paliza a ese tipo debe ser una enorme bestia – dice Daisuke sonriendo – un puto tanque de guerra, algo así.
Ella mira por la ventana. Intento hallar aquello que la tiene tan ensimismada, pero parece que no es nada, sólo la calle, o la situación, o no tiene nada que ver con nada, conmigo.
–Siempre habrá un matón más grande – dice Daisuke – siempre existirá alguien capaz de darte una buena paliza.
Me pongo algo eufórico, y la cabeza comienza a darme vueltas y ya sé a dónde se dirige todo esto. Sé que de un momento a otro la mesa en la que mis manos reposan va a convertirse en acero, o en una suave nube.
–Ya vuelvo – digo levantándome de la mesa, lo que provoca que Hikari me mire súbitamente mientras me alejo en dirección al baño.
Cierro la puerta, abro el grifo y me mojo las manos.
«Respira»
Tengo que dejar esto, lo sé.
«No te dejes arrastrar por ello, TK. Mantente cuerdo»
En el reflejo del espejo veo la herida en mi nariz amoratada y brillante. La sangre seca le da un aspecto repugnante, tanto que siento pesar por todos aquellos que tienen que verme a la cara sin hacer ningún gesto de desagrado para no hacerme sentir mal.
«¿Qué se supone que voy a hacer?»
Estoy sujetando el lavamanos con ambas fuerzas, mientras miro con ira mi propia cara desesperada.
«Tienes que matarlo»
«¿Qué se supone que voy a hacer?»
«Mátalo»
La imagen en el espejo me reta, me mira y me reta. Me ve como se mira a un cobarde, como si fuera superior a mí.
«¡Mátalo!»
Bajo la mirada y observo cómo el lavamanos va tornándose transparente y frío. Toda su estructura cambia bajo mis manos, hasta que reluce como un enorme pedazo de hielo pegado a la pared. Me alejo despacio sin poder dejar de verlo.
«Tienes que matarlo»
Del hielo comienzan a brotar gotas de agua de inmediato. Ya está derritiéndose, y eso que el clima es una mierda.
Acabo de convertir el lavamanos en un gigantesco trozo de hielo. Y mis manos siguen frías.
–Tengo que salir de aquí.
«Él no te dejará ir»
Regreso a la mesa, donde parece que nadie me ha extrañado. Hikari bebe pequeños sorbos de chocolate caliente y Daisuke agita con un pitillo su late.
–¿Ya te retocaste? – me pregunta Daisuke casi sonriendo.
Permanezco en silencio.
–No respondiste mis llamadas – dice Hikari repentinamente sin mirarme.
Se pasa el cabello tras su oreja.
La miro por un momento, sin saber si está hablando conmigo o si me lo acabé de imaginar.
–¿Por qué? – pregunta ella, esta vez mirándome a la cara.
–Eh… – vacilo, completamente desarmado.
–¿No le contestaste el celular? – Pregunta Daisuke volviendo a sonreír – vas a tener problemas, amigo.
– Bueno… lo siento – digo al fin – no sé. Creo que… no me di cuenta, lo siento.
–¿No te diste cuenta? – refuta Hikari.
–Tal vez no podía contestar – digo inseguro – seguramente estaba ocupado.
–¿Las cinco veces?
La miro a los ojos, y me encuentro con una mirada helada.
–Bueno… no… bueno… es que… lo que pasa es…yo…
–Tranquilo – me calla Hikari al ver que me estoy desbaratando – tranquilo, estoy jugando contigo, no estoy enojada. No tienes porqué enloquecer.
Sonríe, así que hago lo mismo.
–Oh – digo – claro… no. Por supuesto.
Reímos. Todo está bien. Aquí todos somos amigos.
–Pero tienes que contestarme la próxima vez –dice Hikari– recuerda que tenemos un proyecto juntos, no puedes simplemente perderte.
–Lo sé, lo sé.
–Dale un respiro al chico – dice Daisuke – fue una semana pesada. Lo siento, Takeru – me dice – Hikari es demasiado intensa cuando de asuntos académicos se trata, no debiste escogerla como compañera.
Hikari mira a Daisuke y le golpea el brazo con sutileza.
–Te castrará donde saquen menos de 4.0 – afirma él.
–Dices eso sólo porque eres un vagabundo– dice Hikari mirando a Daisuke.
– Que el resto se esfuerce un poco para ti es fanatismo.
–Eres una intensa sin remedio – le dice él – He visto compañeros tuyos llorar después de tus criticas constructivas.
–Eso nunca ha pasao.
–Crees que eres mejor que el resto, y que eso te da derecho a controlarlo todo.
–Ya cállate.
Daisuke se acerca a ella, sin dejar de reír, y le da un beso en la cabeza.
–Mi hermosa arpía – dice él.
Hikari luce apenada, pero no creo que sea de verdad.
–Es el infierno – digo yo – si no me está molestando por celular me grita en la cara.
Daisuke suelta una suave carcajada mientras Hikari me mira torciendo la boca, lo que me hace sentir cómplice de una conspiración en su contra. –Te dice lo que tienes que leer – insisto – y te interroga para averiguar si leíste todo lo que ella quería. Le tengo más miedo a ella que a ser expulsado.
Daisuke y yo nos reímos y Hikari niega con la cabeza.
–Eso no es nada – dice Daisuke – Si no haces lo que te corresponde, puede que llame a tus padres para que te supervisen hasta que cumplas con tu parte.
–Todas las cosas que redactas ella las edita de tal forma que cambia todo lo que dijiste. Nunca nada de lo que haces es suficientemente bueno. Y sólo las buenas ideas las tiene ella.
–Tus apelativos en el trabajo serán "torpe" y "bueno para nada".
–No lo puedo creer, – dice Hikari cruzándose de brazos – para ustedes cualquiera es una bruja si les pide hacer algo bien.
–Eres un monstruo, amor mío – le dice Daisuke tomándola de la mano – Takeru lo confirma.
–Eres lo peor que me ha pasado en la vida – digo serio, austero.
Hikari también me mira, pero no sé si me está escuchando.
–Hubiera preferido no haberte conocido – le digo.
Me doy cuenta que no estoy parpadeando y que miro a Hikari con tal detalle que cada aspecto de ella en aquel exacto instante está quedando impreso en mi memoria. Como si necesitara de su imagen con desespero; como si me alimentara de su rostro y sus ojos, de su piel y su cabello. Estoy allí sentado, engullendo el lento movimiento que hacen sus labios cuando revelan una sonrisa, cuando se ciñen, cuando se los humedece sin que nadie lo note. Me atraganto de sus mejillas pálidas y sonrojadas y tiernas, esas estúpidas mejillas de niña. Me pierdo entre las suaves arrugas que se le forman en la nariz cuando sonríe de repente con fuerza, y que desaparecen al instante.
«Necesito beber algo, algo fuerte»
«Necesitas cicuta»
Pierdo mil neuronas cada vez que nuestras miradas se encuentran. Me vuelvo más imbécil, me siento más nervioso, enclaustrado, pero jodidamente dichoso. Es mi propia anfetamina inundando mi sistema. Feniletilamina, norepinefrina. Mi droga amorosa. Hikari es mi oxitocina.
Bebe otro poco de chocolate, y para mí es estar en el cielo. Daisuke me arrebata del momento acariciando el mentón de Hikari, rozando con sus finos dedos de artista aquella lejana piel. Y en mi mente aparecen ideas a sangre fría, esos mismos pensamientos turbios y escalofriantes.
Tal vez no pueda hielo derritiéndose en el baño. Hikari cerrando los ojos mientras las manos de Daisuke se deslizan por sus labios y ella se sonroja.
«Lo sabes»
«Sí, lo sé»
«Dilo»
Soy un jodido monstruo y no lo puedo evitar.
Lo vuelvo a sentir.
«Tengo que matarlo»
El oro que se generó a partir de mis manos.
Y toda mi ira.
«Tengo que matarlo»
«Así es, TK. Así es»
«Tengo que matar a Willis»
Un público con criterio serían malas noticias para el negocio actual.
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El problema con Willis empezó días antes del escenario en aquella cafetería, antes de que arrestaran a Daisuke. Fue el lunes de esa semana, en la universidad.
Para variar, el clima era terrible y no había posibilidades de mejoría. Acababa de salir de clase con Kido, y tenía algo de tedio sopesando en mi pecho por un paquete de lecturas sobre la historia de la literatura japonesa que se suponía debía leer para la próxima semana.
Huí de la facultad por miedo a encontrarme con Hikari y tener que sentir vergüenza por la cicatriz que estaba estrenando a mitad del rostro. Me refugié en las fauces del campus, entre el lodo, el prado húmedo y la gente que se disponía a fumar su respectiva porción de marihuana matutina.
Me senté contra un viejo árbol cerca de la capilla a la que nunca había entrado, aplastando con mi cuerpo la corteza caída e ignorando el hecho de que el culo se me estaba mojando. Y saqué las lecturas con la intensión de leerlas. Me rendí tras el primer párrafo.
Me quedé en silencio, casi dormido, sintiendo la suave brizna humedeciendo mis párpados. Hasta que ese cretino apareció.
–¿De quién te estás escondiendo?
Abrí los ojos y vi la silueta delgada y oscura de Willis a contra luz. Su maleta colgaba sólo de su hombro derecho y tenía sus manos escondidas en sus bolsillos. Su cabello, engrasado y planchado, le caía sobre el rostro, y su piel estaba más pálida que nunca. Parecía un espantapájaros a la moda.
Sonreía.
–¿Qué haces? – pregunté acomodándome mejor para no sentirme vulnerable frente a ese metrosexual alucinante.
–Buscándote. No estarás escondiéndote de mí, ¿verdad, Takeru?
–No eres tan importante como para que esté huyendo de ti.
Arrojó su maleta al suelo y se sentó a mi lado, reposando los brazos en susrodillas flexionadas. Soltó un gemido que produjo una tibia nube blanca que se perdió en el helado clima, y luego se rió.
–¿Qué es lo que quieres? – le pregunté mirando con desanimo su endeble risa.
–Tranquilo, hombre. No tienes por qué estar a la defensiva.
Me miró; inspeccionó mi rostro macilento y agriado por unos segundos. Lo que fuera que estuviera buscando no podía ser bueno, no para mí.
–Eres extraño – me dice – ¿estás consciente de eso?
Mi ánimo no era el adecuado para recibir las relevantes acotaciones de Willis, así que intenté ser lo más cortés posible para darle a entender que quería estar solo.
–¿No trajiste paraguas?
–No – respondió – ¿por qué?
–Porque va a llover, y tu bonito cabello planchado va a estropearse.
–¿Intentas ser gracioso?
–¿Te hice reír?
Willis no dice nada.
–Entonces no.
Willis y yo nos miramos por unos segundos, como a veces solemos hacerlo.
Y de pronto lo dijo.
–Lo sé.
Me congelé al escucharlo, ahí, frente a él, mirando sus ojitos radiantes de citadino enfermizo.
–Lo sé – fue lo que dijo.
No quería entenderle, no quería captar lo que me decía, pero lo sabía, sabía de qué hablaba.
–¿Qué es lo que sabes?
–No trates de ocultarlo, lo sé.
–¿De qué mierdas hablas?
–¿Quieres evadirlo? El preámbulo no cambiará la realidad.
–Eres un idiota.
Me levanté rápidamente y sentí un mar de sangre acumulándose en mi cabeza a gran presión.
–¿Crees que puedes escapar? – pregunta.
Di un par de pasos lejos del árbol, dejando a Willis a mi espalda para no mostrarle lo aterrado que estaba.
–No puedes huir de mí, corazón.
–Pégate un tiro – intento gritárselo, pero no puedo.
–Sé que puedes cambiar las cosas.
Me detuve.
Por un momento me mareé y creí estar cayendo al suelo, pero cuando noté que seguía de pie supe que no perdería el sentido. No todavía.
–No sé cómo lo haces, ni cómo funciona… – dice Willis – pero te vi hacerlo. Fue… fue increíble.
«¿Nos vio?»
–¿Cuándo? – pregunté sin enfrentarlo cara a cara.
–En el bar, esa noche.
Mi cerebro se agita en mi interior intentando encontrar la respuesta.
–Lo olvidaste. – Murmura – Amaneciste en mi casa al día siguiente. ¿Te acuerdas? Te emborrachaste.
– Maldición.
– Ya era hora que recordaras.
Lo recordaba. Claro que lo recordaba.
Fue el día de esa cita, la maldita cita, y Hikari, la maldita Hikari. Caminaba por las calles apesadumbrado, con ese estúpido elefante de plástico que pasaba de mi mano a mi bolsillo cada diez segundos. Era de noche y quería emborracharme.
Lo recordaba.
Entré a ese bar iluminado de rojo y rock clásico.
Pedí una cerveza fría y busqué entre mi billetera lo que me había sobrado de la cita para desperdiciarlo en alcohol. Me quedaban unos cuantos billetes. Lo recuerdo. Yo estaba allí.
Veo que la cerveza aparece sobre la barra, bien colocada, reluciendo ante mis ojos. Y no puedo creer que todavía esté pensando en Hikari tomándome de la muñeca y manipulándome como a un niño pequeño, arrastrándome de lado a lado en ese centro comercial. Pienso en ella alejándose en un autobús. La mujer al otro lado de la barra me pregunta si le voy a pagar de una buena vez o qué.
Miro mi mano y veo que mi dinero se ha ido, todos los billetes que tenía ya no están.
-Oye ¿quieres la cerveza o no?
Lo que estoy sosteniendo en mi mano es un manojo de rocas sólidas rectangulares en forma de billetes.
Tengo en mi mano retazos de piedras que solían ser mi dinero.
– ¿Qué rayos…? – dice mi voz oculta tras la música.
Los pedazos de piedra se resbalan de mi mano, caen al suelo y se rompen.
Los trozos se esparcen y quedan allí tendidos en diferentes formas y tamaños.
Mis billetes de piedra.
– No puede ser…
Y de pronto esa voz, esa horrible voz dice:
– Yo pago esta ronda.
Es Willis, y está mirando los trozos de piedra regados en el suelo, mira cuando me inclino y levanto aquel trozo en forma de triángulo. Creo que estoy tan impresionado que apenas noto la presencia de ese idiota junto a mí.
Me incorporo y observo la expresión atónita de Willis.
– Realmente necesito una cerveza – le digo.
Eso fue hace tiempo. Él lo sabía desde entonces.
– ¿Cómo pude olvidarlo? – pregunto aún sin darle la cara a Willis.
– No lo sé – dice él – pero lo hiciste. Te emborrachaste y empezaste a hablar sobre tu cita, sobre Hikari y Daisuke.
– Esto no está pasando.
– Te llevé a mi casa, e intenté preguntarte cómo habías hecho eso, lo del dinero, pero no dijiste nada, se te había olvidado. Creo que estabas en shock, no tengo idea.
– No me dijiste nada al día siguiente. Sólo… fuiste amistoso y… me dijiste que contara contigo para lo que fuera.
Giré y lo observé, tenía ganas de romperle su pulcra cara.
– Volví a ver esa mirada tuya. – Dijo – Y me di cuenta.
– ¿Cuenta de qué?
– De que volviste a hacerlo ¿no es cierto? Cambiaste algo – su voz tiembla cuando me lo pregunta, como si quisiera llorar – ¿Qué fue esta vez?
Las palabras de Willis están sedientas. Se levanta del suelo y se me acerca lentamente. Me pregunta si ya puedo crear cualquier cosa. Me pregunta si puedo hacer cualquier cosa. Me pregunta si siento la fuerza de Dios entre mis dedos congelados y ásperos por caerme tanto al suelo.
Me mira como si fuera un tesoro.
– Dime cómo lo haces.
Camino hacia atrás, queriendo alejarme de él, completamente aterrado por la cara que tiene. Ve en mí una reliquia. Un cofre cerrado. Y él cree tener la llave.
– ¡¿Cómo lo haces?!
«Esto no es bueno»
– Vamos, Takeru ¿No ves de lo que eres capaz de hacer? ¿No ves el mundo de posibilidades que tienes en tus manos? Ahora todo puede ser posible.
Willis sonríe cada vez más. Sus manos se mueven bruscamente entre los dos, y yo doy otro paso hacia atrás, pero cada vez más despacio, asustado.
– No sé de qué hablas – le digo.
– Quiero verlo.
– ¿Qué?
– Quiero ver cómo lo haces. Toma cualquier cosa y cámbiala, quiero verlo de nuevo.
– Aléjate de mí. – lo empujo y me doy media vuelta.
– No puedes negarlo, Takeru. Yo sé la verdad. Ahora hago parte de esto te guste o no. Soy todo lo que tienes.
Sigo avanzando. El aire se me escapa de los pulmones y creo que ya no podré respirar. Guardo mis manos en los bolsillos y observo a mis pies llevarme lejos de Willis, aun así sigo oyendo su voz, la sigo oyendo.
– Sé de lo que eres capaz – dice – no huyas. No puedes. ¿Sabes qué pasaría si alguien se enterara? ¿Sabes lo que te harían? ¿Puedes imaginarlo? No puedes huir de mí.
Quizá me abran el pecho y me miren las entrañas.
Quizá quede mi esqueleto colgando en un laboratorio.
Mi corazón va a saltar lejos de mi pecho.
– Soy todo lo que tienes – grita Willis – ¡Ahora estoy contigo en esto!
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Bueno, hes medianamente largo pero no compensa el tiempo de ausencia. Espero les haya gustado y no se preocupen que no tardaré nada. En estos días seguiré subiendo el resto de los capítulos (son 8 más que este)
Saludos! y nos leemos muy pronto (lo juro)
