Hola...jeje
Bueno, perdón por el largo atraso. Ya no daré ninguna excusa, disfruten del capítulo.
Tanto Digimon como ¿A quién odias, Dani? no me pertenecen, son de sus respectivos dueños. Este fic está hecho sin fines de lucro, es solo una adaptación de un libro a los personajes de Digimon Adventure 02.
¿Me recuerdas?
.
.
.
Mi nombre es Takeru Takaishi. Tengo veinte años y trabajo en una academia de música. No soy nada brillante, tengo un promedio académico mediocre y no siento la suficiente motivación para trabajar por algo que valga la pena.
Ahí lo tienes, ése soy yo. Cotidiano hasta los huesos, con una fecha de expiración por venir, así como toda mi comunidad ¿Verdad? Me quedan 56 años de vida, en unas semanas serán 55. Ni siquiera puedo creer en ello.
Todo puede ser una maldita farsa, una mentira para ocultar lo que soy en realidad.
Puede que en otra vida sea un tipo de sueños normales y un amor sensato y constante a mi lado. Puede que en algún otro universo sea el héroe que atrapa a los malos.
Dime quién soy. Qué soy.
Por poco y asesino a un tipo con un pedazo de acero sólido que solía ser mi almohada. La almohada en la que soñaba, en la que babeaba una que otra noche y la que ya nunca volveré a tener, en la que nunca más he de dormir.
Una almohada que dejó de existir. Ahora esa es mi verdad. La verdad sobre mi almohada. La almohada que abrió un enorme agujero en la pared del pasillo de mi casa.
«No me abandones. No me hagas esto»
Mi verdad. Lo que refleja ese agujero…
«Lo siento. Lo siento. No te vayas. No lo hagas»
…es que todavía estoy aterrado y con ganas de huir. De volver al mar, de perderme en las olas, en las malditas olas.
«Dios mío»
Pero estoy atrapado en la realidad.
«No quiero… perderte»
–¿Un demente puede saber que está demente? – le pregunto a Gennai, mientras me acomodo sentado en su viejo y oloroso sillón de hace millones de años.
Gennai está suspendido horizontalmente en el aire, atado a las vigas del techo por un par de cuerdas para así poder escribir en éste. Su enorme y desordenada cabellera canosa se balancea como una nube por sobre la habitación, y su barba, espesa y abultada, oculta gran parte de su rostro. No parece para nada incomodo de estar a dos metros y medio elevado sobre el suelo.
La habitación es una cueva llena de jeroglíficos, de números y símbolos de nuestra generación, tal vez insignificantes desde otro plano existencial. Camuflan cuan horrible son las paredes en realidad. Son millones de constelaciones numéricas que buscan con desesperación una respuesta dicha en un lenguaje que nunca podría entender.
–La calidad de demente se la gana aquella persona que percibe el mundo de manera diferente y única, irracional para el resto. Su mente vive en una dimensión ajena a la que su cuerpo se halla. – Dice Gennai contemplando la ecuación que tiene al frente con ojos inquisitivos – Dicho individuo no se considera así mismo demente porque cree que lo que él comprende de la realidad es lo verdadero.
Me sobo la frente, intentando tomar aquellas palabras y adaptarlas a mi propia historia.
–Así que, de cierta forma – continúa – puedes saber que estás demente cuando consideres la mayoría del mundo demente. O, diciéndolo de una mejor manera, así sabrás que el resto del mundo te ve a ti como un demente.
–Y si lo que percibes del mundo ni siquiera tiene sentido para ti, sino desbarata todo lo que concibes como coherente y racional. Qué pasa cuando es la realidad en sí la que parece alterada, o desquiciada, ausente de toda lógica.
–Quiere decir que estás prestando atención.
Tres gotas de mierda caen de repente frente a mí. Esa mierda blanca que he detestado toda mi vida, y que en el pasado me ha llevado a ponerme en cuatro a limpiarla. Sí, se trata de esa paloma asquerosa que cohabita con Gennai, la infeliz paloma.
La miro y ella me mira.
Mi vieja enemiga, así que nos volvemos a que cagara en frente de mí con toda la intención. Grito y el ave sale volando desesperada por la habitación.
–Un hombre una vez dijo que no era el conocimiento lo que daba poder, sino era el poder lo que formaba el conocimiento. – Dice el viejo con ademanes de director orquestal – Son los poderosos los que definen el conocimiento y las verdades para que las masas puedan creer en algo. Así que, ¿quién está más loco?
Ojalá no sea yo.
–¿Y si de alguna forma estoy a punto de encontrarme con mi verdadera identidad, pero estoy tan aterrado de ella que la ahogo con sentimientos que me estupidizan y me vuelven a encerrar en la cotidianidad humana? – le pregunto de improviso.
–¿De qué sentimientos estamos hablando?
–Diría más bien….sensaciones.
–Bueno ¿Cuáles sensaciones?
–Mariposas en el estómago.
–¿Esto se trata de esa chica que tiene fotografía suyas en la habitación?
–Fotografías que su novio, el fotógrafo artista, le tomó.
–Hikari.
–Ella vino conmigo, se está refugiando en mi casa.
–¿Cómo es eso?
–Así como lo dije.
El día está gris y se oscurece tras cada segundo transcurrido en un reloj que va más lento de lo normal.
Hikari se queda en la entrada de la biblioteca, abrazada a tres libros que parecen muy bien aferrados a su pecho mientras ella contempla la lluvia que no deja de caer afuera a unos cuantos centímetros de distancia. Se le mojan un poco los zapatos, pero ella ni los mira.
–Creo que los voy a dejar aquí – dice sin mirarme, sus ojos siguen clavados en las finas gotas que caen estrepitosamente frente a la biblioteca de la universidad. No sé si es por el clima o qué, pero parece que ha perdido todo el ánimo que tenía en aquella cita amistosa que tuvimos hace años. Bueno, no hace tanto tiempo. O quizá. No estoy seguro. – La lluvia no va a parar – dice Hikari entrecerrando los ojos – no por ahora.
Yo estoy recostado contra uno de los estantes llenos de libros de arquitectura, creo. Mi mochila está en el suelo abierta y parte de su contenidosobresale de ella, rozando el suelo manchado de polvo antiguo y barro, quizá con ganas de escapar.
–¿Qué vas a dejar? – pregunto mirando su perfil pálido y distanciado.
–Los libros. No quiero que se mojen.
–¿Vas a salir con este aguacero?
–Sí. No me importa.
–¿Tienes que irte o algo así?
–No.
Se aleja de la puerta y se acerca a su mochila que se encuentra junto a la mía. Deja los libros que abrazaba con tanto anhelo sobre una de las mesas entre los estantes y se cuelga su mochila.
–¿Entonces a dónde vas?
–Pues, no lo sé. A casa. No lo sé – dice alejándose.
–¿Está todo bien?
–Sí, todo está bien.
Sale de la biblioteca y camina bajo la lluvia como si no le estuviera aplastando el cuerpo. Las gotas que caen entre nosotros la borran del camino y pierdo su rastro. Yo me quedo contemplando la escena, inseguro de que todo esté bien, de que lo estará, de que caiga un rayo y yo lo convierta en un dios, en un monstruo, quizás. Yo, que al parecer, he perdido todo miedo ante mi desdichado destino de un mundo cambiante bajo mi mano. Puede que salga y convierta la lluvia en sal, o en pequeños soles, o en astillas, y los transeúntes empiecen a caer al suelo uno tras otro, flotando en esta inundada ciudad cerca de las cinco de la tarde. Y sólo queden cuerpos avanzando boca abajo sobre el agua y un montón de astillas cayendo sobre ellos.
Es mucha gente muerta, pero la verdad es que no tengo este pensamiento en mi mente, no en este momento. Lo único que puedo ver es el cuerpo de Hikari perdiéndose en la lluvia, caminando hacia la tormenta y diciéndome que todo está bien, que no sabe a dónde va ir, que quizá vaya a casa.
Me mojo por completo en diez segundos cuando salgo de la biblioteca. Inclino mi cabeza como si estuviera reverenciando el escalofriante clima y camino rápido por el asfalto lleno de grietas en donde se acumula la lluvia.
El agua, afortunadamente, no se convierte en nada, sigue siendo agua, y me sigue mojando hasta que el cabello cae sobre mis ojos y me dificulta ver hacia donde voy. No de una forma metafórica, sino literal. Tropiezo cada paso y mi cuerpo se hace torpe. No soy bueno con las metáforas, aunque esa hubiera sido bastante útil. Veo a Hikari inmóvil en la parada de autobús. Está refugiada allí, aunque parece que en realidad no le importaría permanecer bajo la lluvia.
Congelándose.
Me acerco despacio como si no quisiera asustarla y me sitúo tras ella sin decir nada. Veo que por su espalda caen varias gotas de agua provenientes de su cabello, siento celos y un escalofrío me recorre la nuca. Ella no dice nada por un largo rato, ninguno de los dos lo hace. Luego, sin voltearse, dice que no quiere ir a casa, lo dice en un segundo. Y a mí no se me ocurre nada qué aportar.
–No quiero ir a casa – sujeta su mochila con una mano. Su cabello, más oscuro por el agua, se pega a su cuello y mejillas.
Quisiera acercarme, tocarla con sólo la yema de mis dedos y secarla en un segundo, convertir esa humedad en pétalos de flores. En hojas secas de árboles vivos, en trozos de cielo. Darle calor. Quisiera transformar su tono melancólico en una sonrisa. No quiero crear piedras preciosas, ni joyas invaluables, quiero crear algo que tenga significado, quiero crear algo de felicidad para Hikari, para mí.
«¿Por qué querrías su felicidad, TK? ¿Ah?»
No lo sé, no quiero verla así.
«¿Por qué quieres su felicidad, TK?»
Quiero ser yo quien le brinda felicidad. Quiero rosarle la boca con mis labios. Quiero saber lo que Martín ha saboreado. Quiero ser yo a quien ella quiere.
«¿Quieres?»
Sí.
«¿Le arrebatarías a Daisuke su identidad para arrebatarle a Hikari?»
Si él la mereciera estaría aquí, bajo la lluvia, con ella.
«¿Este eres tú? ¿Ah? Dímelo ¿es este quien quieres ser, TK? ¿Otro hombre del promedio quien cree el mundo está centrado en él? ¿El universo? ¿No ves más allá de tus prioridades personales?»
No soy mejor que nadie ¿por qué no puedo tener deseos egoístas?
«Casi asesinas a un tipo en un baño porque te acreditabas ser mejor que él. Y ahora dices que no lo eres, que eres igual que todos y que puedes pensar y actuar como ellos por derecho»
Sólo quiero ser feliz.
«¿Y planeas serlo siendo como todos? ¿Ves a alguien feliz por aquí?»
No. ¡No! Yo sólo…
«¿Te sientes frustrado e incompleto? ¿Sí? ¿Tu vida carece de sentido? ¿Qué? ¿Sólo qué?»
Necesito.
«Eres un bastardo, TK»
Hikari agacha su cabeza y suspira.
Mientras tanto, yo la necestio.
«¿Necesitas? ¿Es esa tu respuesta? ¿Dime qué necesitas?»
Un bus se detiene en frente de nosotros. Una pareja se baja y el conductor mantiene la puerta abierta un instante esperando por si alguno de nosotros quiere subir. Sigue lloviendo, el cielo está opaco y del cabello de Hikari caen gotas frías de nubes con su olor suave y abrumador.
«¡¿Dime que necesitas?! ¿Ser más alto? ¿Bello facial? ¿Inteligencia? ¿El amor de Hikari? Dime»
Nadie sube al autobús.
–¿Cuál tomas tú? – pregunta ella y yo ni siquiera puedo ver sus labios hablarme.
–¿Perdón?
–¿Qué autobús tomas?
Miro a Hikari y lo sé. La necesito, necesito necesitarla. He querido ser normal toda mi vida, esto es lo que quiero. Unos cuantos minutos después sigue lloviendo. Vamos los dos en un autobús que nos conduce a mi casa. Ella mira por la ventana al mundo que está un poco borroso por la condensación, aun así está muy concentrada en el paisaje crudo, con basura flotante en los charcos y mujeres con niños de brazos escondiéndose bajo puentes para no morir.
Yo estoy junto a ella, casi rozando su brazo con el mío, luchando con mis ansias sobrehumanas de querer verla, esas ansias que hacen doler mis ojos al no dirigir mi mirada hacia ella. Necesito un golpe en el rostro, eso es lo que necesito.
La ciudad sigue gris, ha estado gris y seguirá gris por un largo rato. Creo que ya nunca dejará de estarlo.
Incluso aquí, en la casa de Gennai, un par de días después, se puede ver ese clima incoloro persiguiéndonos. Es tan fuerte que podrías asegurar que se ha tornado en el estado permanente de nuestra realidad. Cuando el agua deje de caer del cielo, éste seguirá nublado, luego las nubes se irán acercando y nublará cada calle, cada hogar, para siempre. Luego volverá a llover. El frío y la incertidumbre será lo único familiar y cotidiano en este agujero. Y lloverá. Y nos podriremos todos bajo este mar nublado y frío y acorralado.
–¿Estuvo en tu casa? – pregunta Gennai desde el techo, colgando de las vigas, mientras sigue escribiendo.
–Sí, estuvo en mi casa. En mi habitación.
–Vaya. – Gennai se detiene un momento, y tuerce un poco su cabeza con intenciones de mirarme, pero le es imposible – ¿Hasta dónde piensas llegar con esto? ¿Qué es lo que buscas?
–No lo sé.
–¿Qué es lo que ella busca?
Agacho mi cabeza en vez de responder.
Gennai gruñe y hace un gesto con su boca. Luego sigue escribiendo en el techo.
–¿Qué pasó entonces? – pregunta.
Pasó que no dejaba de llover y que Hikari se bajó del autobús después de que yo lo hice. Y siguió lloviendo. De camino hasta mi casa quedamos completamente empapados, por lo que mi madre al vernos dos segundos después de que abrí la puerta nos pasó dos toallas y le regaló a Hikari una camisa limpia.
Mientras Hikari se cambiaba de ropa en el baño mi madre se me acercó de lado con una sonrisa, y mientras inclinaba su cabeza en mi dirección, sin mirarme, dijo:
–Es muy bonita.
–¿Quién? – pregunté yo sin apartar la mirada de la puerta del baño, escondiendo mis manos en los bolsillos y cobijado por una camisa seca. Mi madre, quien estaba rozando mi brazo con su hombro dijo:
–Tu "amiga".
–Oh.
–Es la primera vez que traes una chica.
–Ajá – respondí inseguro, porque en teoría yo no la traje, ella fue la que me siguió hasta casa. Jamás la hubiese invitado a ese lugar al que llamo hogar, en donde cohabito con una mujer en delantal y un viejo panzón frente a un televisor.
–¿Y bien? – pregunta mamá con una sonrisa encubierta.
–¿Y bien qué?
–¿Te gusta? – Suelta la pregunta como un disparo – ¿ya son algo? ¿Novios?– el afán que capto en el tono de su voz me hace pensar que mi madre encubre un temor profundo de que exista la posibilidad de que su hijo sea homosexual. Teoría que tendría sentido ya que nunca he tenido novia, no hablo de mujeres con mis padres, y mi mamá jamás ha encontrado pornografía en mi habitación. Creo que emitiría un suspiro de alivio si le dijera que tengo una vida sexual activa con aquella chica que está en el baño, pero, en este punto de mi vida no me importa si mi madre cree que su pequeño bebé juega del otro lado. Mientras yo no esté en mi zona de confort no me importa que nadie más lo esté.
–Por favor, mamá – le digo con un tono amenazador para que se calle.
–¿Por favor qué? Sólo quiero saber. Nada más.
Hikari sale del baño con la camisa blanca que le dio mi mamá, secándose el cabello que se le ha alborotado, pero no le quita en nada su belleza, nada podría.
Mi madre le sonríe al instante y le dice:
–Mucho mejor ¿verdad?
–Oh, sí, gracias.
Un trueno proveniente de la sala llama la atención de todos. Es mi padre frente al televisor. Lleva puesto su tan desagradable camisa sin mangas. Es un concurso de talento, en la tele. Un instante después subo con Hikari a mi habitación.
–¡Maldición! – exclama Gennai casi setenta horas en el futuro. – Lo tenía, casi lo tenía.
Estamos en su apartamento medieval y él sigue flotando a medio metro del techo. Yo hago silencio mientras él sigue maldiciendo. Golpea el cielo raso y grita "¡Maldita ecuación!". Vocifera desesperado diciendo "¡Estaba tan cerca! ¿Por qué? ¿Por qué? ¡Ah! ¡Maldición!". La asquerosa paloma que estaba situada en una de las vigas sale volando hasta refugiarse sobre un armario y se resguarda en la oscuridad.
Finalmente Gennai hace silencio.
–¿Profesor? – digo aún sentado en el sillón.
–Hum – gime él, más relajado, meciéndose de lado a lado como un péndulo – Lo siento, Takeru. – Dice en un murmullo. – Sígueme contando lo que pasó.
Miro a Gennai algo desconcertado. Miro la enorme ecuación que nos está rodeando por completo. Esa constelación de números que deben significar algo, un universo de una respuesta. Y Gennai dice:–Dime, Takeru. Subiste con Hikari a tu habitación, ¿y luego qué?
Subimos por las escaleras uno junto al otro. Hikari y yo. En el pasillo del segundo piso se ven colgadas viejas fotografías de cuando éramos felices, una familia feliz y en blanco y negro, o en tono sepia. Hikari las mira rápidamente. Y luego cruza junto a la pared recién arreglada con un enorme parche de madera que colocaron luego de que una almohada la traspasara a gran velocidad.
–¿Qué le pasó a tu pared?
–Un pedazo de acero la atravesó hace unos días. Mi mamá tuvo que mandar repararla esa misma tarde.
–¿Por qué?
–Porque llovió y todo el pasillo se estaba inundando.
Cuando entra y pisa el suelo de la habitación, Hikari se da cuenta que hay arena bajo sus pies, arena que se esparce por todos lados y se pierde debajo de mi cama. En vez de ventanas hay bolsas de plástico negras que se sacuden debido al viento. Hay un montón de plumas de diferentes colores en mi escritorio, volando alrededor de los muebles y cubriendo todo lo que es mi proyecto para final de semestre, el proyecto que debería estar terminando con Hikari. Casi no se ve pero si sacudieras mis sábanas, una nube de sal muy fina se levantaría y cubriría la atmosfera y nublaría nuestra vista tanto que no veríamos ni nuestras propias manos frente a nosotros, sino que nos tropezaríamos con las manos del otro, Hikari y yo nos sujetaríamos, entrelazaríamos nuestros dedos, nos acercaríamos y nos aferraríamos en un perfecto beso, exacto en saliva y en movimiento de lengua. Bueno, puede que no ocurriría exactamente así, pero nunca se sabe.
No hay adornos en mi habitación.
No tengo más par de zapatos que los que estoy usando.
No hay ropa en mi armario.
Sólo hay largos cabellos rubios y rojos enredados en mis cajones. Hay pequeños charcos de agua pura en mis repisas. Todo aquello solía ser mis pertenencias personales. Ahora todo es algo más.
Algunas cosas ya ni siquiera son visibles. Mi libro de literatura inglesa se convirtió en aire. Mis ventanas se convirtieron en aserrín que el viento se llevó. Nada permanece igual. Hikari ni siquiera pregunta. Se deja caer sobre mi cama y, efectivamente, una nube de sal fina queda suspendida sobre ella por unos cuantos instantes, pero no es lo suficientemente densa como para formar una hermosa escena romántica en la que nuestros labios se encuentran por accidente.
–Tu madre es buena persona – dice Hikari – me gusta.
Con mis pies empujo la arena debajo de mi cama, toda la que puedo, pero no cambia mucho el aspecto del lugar; mi cuarto parece el anticipo de una playa. Ya ni siquiera estoy seguro que era lo que solía ser esa arena.
–¿Cómo se llama? – pregunta ella mirando al techo.
–¿Quién?
–Tu madre.
–Natsuko.
–Natsuko.
–Sí.
Hikari suspira. Yo camino junto a la cama y me siento junto a ella. Y me dice:
–Mi madre se llamaba Yuuko.
No digo nada. Me limito a mirar a Hikari y embriagarme con su imagen, con su voz.
–Murió. – dice ella.
–Lo siento.
–Sí, yo también.
Quisiera saber qué es lo que ve Hikari en mi techo, en ese cielo raso viejo lleno de manchas de agua filtrada.
–Murió cuando yo tenía catorce – dice Hikari bocarriba en mi cama – fue uno de los días más surreales de mi vida. Todo parecía una mentira. Parecía imposible, una jugarreta, una locura. – Cierra los ojos y se soba el rostro – No tenía sentido, para nada. Sentía que había despertado en otro mundo, que estaba atrapada allí para siempre. Aquí. Y luego...
Las bolsas negras que coloqué en reemplazo de mis ventanas se sacuden. Desde aquí se puede sentir cómo la lluvia que está destrozando la ciudad allá afuera se va apaciguando.
–Luego mi papá se casó con ella, con esa otra mujer.
–Tu madrastra. – murmuro.
–La prima de mi madre, Sora. La muy infeliz.
Ya no hay truenos.
–La muy miserable – dice Hikari.
Incluso Hikari siente odio, así como gira y pequeños trazos de su cabello ocultan su rostro, mezclando su color piel con ese canela luminoso que brota de su milagroso cráneo.
–Cambió a mi padre, me cambió a mí... me volvió en algo que odio, que detesto. Soy algo más.
–Hikari...
–La muy desgraciada me sonrió y me abrazó. Fue al funeral de mi mamá, lloró, y luego se folló a mi padre.
Hikari sujeta las sábanas de mi cama y las aprieta con fuerza, con ira, pero no creo que las vaya a convertir en piedra, o en azúcar, en miel. En nada.
–Y por fin ha pasado. – Dice Hikari soltando resoplos por su nariz – Lo logró. Se ha embarazado de mi padre, el esposo de mi madre. Va a tener un bebé, va a tener su propia familia, una de la que yo no hago parte... de la que no quiero hacer parte, maldición.
Hikari no llora ni nada, sólo aprieta las sábanas. Veo sus ojos y siento que son agujeros negros que se tragan todo y lo desaparece, lo descompone. Quiere levantarse y destrozarlo todo, quiere que la lluvia sepulte esta vida y la otra para siempre. Quiere que la tormenta arrebate a su madrastra y al bebé que lleva dentro.
Me acuesto y miro el cielo raso que ella estaba viendo.
–Takeru – dice ella – quiero que me ayudes.
Mi corazón va a mil, y mi mano se va arrastrando por la superficie de mi cama para alcanzar la mano de Hikari. Estoy a unos centímetros de capturarla y crear mi perfecta historia romántica.
–Esa mujer mató a mi madre, mató a mi padre, me mató a mí. – Sus dientes rechinan, y dice – Esa bruja desgraciada.
Busco sus dedos con la intención de fundirme en ellos, de entrelazarme y hacerme parte de su piel, pero no soy capaz de llegar a ella. Siento su calor a un leve centímetro de mí, pero temo que si la llego a tocar Hikari se irá, se irá para siempre.
–Ayúdame – dice susurrándome – ayúdame a matarla.
Y mi mano se detiene sobre mi cama.
–Ayúdame a acabar con esa mujer.
Hikari acerca su mano y la coloca en mi pecho, y sé que me está mirando. Yo mantengo mi vista en el techo, pero su mirar está perforándome. Me da miedo.
–Ayúdame, Hikari. Te lo pido.
Mi corazón golpea mi pecho y este a su vez golpea la mano de Hikari. Mi boca queda sellada por un largo periodo de tiempo, hasta que la tormenta se acaba. Y exclamo en mi mente "Hikari, quítame la mano de encima".
–Tienes que comprenderme. – Dice ella – Ella mató a mi madre. Tengo que devolverle el favor.
Gennai se detiene un momento. Deja de escribir en el techo. Él se voltea para verme.
–¿Ella te pidió que le ayudaras a matar a su madrastra y a su hermano nonato? – pregunta el viejo barbudo suspendido en el aire.
–Lo hizo. – le respondo inmóvil sentado en su sillón.
–¿Por qué a ti? ¿Por qué no a su enorme y hermoso príncipe azul?
Hikari me mira y dice:
–No puedo – se sienta en la cama, varias horas en el pasado, y dice – ni siquiera le he dicho a Daisuke que mi madrastra está embarazada.
–Habla con él.
–Por Dios, Takeru – se cubre la cara con ambas manos – ¿es que no lo ves?
Me incorporo e intento verla.
Ella dice:
–Soy un monstruo.
Su voz queda atrapada en mi cabeza y resuena dentro de mi cráneo como un eco incansable y aturdidor.
–Soy un monstruo – dice – si Daisuke me escuchara me odiaría. Si él estuviera aquí me abandonaría.
Un monstruo.
–No le puedo decir lo que siento. No le puedo decir a nadie cuanto odio siento.
Excepto a mí. Ella me lo está contando a mí.
–Tú eres mi amigo, Takeru – me mira a los ojos, y yo la miro a ella – ¿verdad?
Asiento con mi cabeza.
–Te necesito. Sólo tú me puedes ayudar. Sólo tú me has escuchado.
Quisiera creer que ésta no es la perfecta historia de amor que mejor se adapta a mi situación, a quien soy. Hikari es más parecida a mí de lo que jamás podría imaginarme.
Le pondré de título a esta parte de mi vida "monstruos enamorados".
–Estoy sola.
–Tienes a Daisuke.
–Sí, sí. – dice con ojos húmedos – Pero él es muy bueno para mí. Él no me merece. No sabe todo lo que siento. Qué es lo que hay en mi mente. Él no sabe cuántas veces he imaginado asesinando a mi madrastra.
Trago un poco de saliva.
Y Hikari dice:
–No sabe que el odio me está asfixiando, que hay una voz en mi interior que no para de decirme que soy un monstruo, que no soy como el resto, que no hago parte de este mundo. Me dice que no puedo quedarme con Daisuke.
Suelta los pulmones, deja a un lado el torso, lo importante es no perder la cabeza. Después de varias horas con la puerta cerrada, incluso luego del anochecer, mi madre no ha golpeado una sola vez en mi habitación en donde estoy encerrado con Hikari. Ni siquiera para llevarnos panecillos recién horneados.
Lo que mi madre quiere es que me abra un poco y quizá que bese a esa mujer en mi habitación. Es decir, mientras yo tengo miedo de ponerme a descuartizar gente famosa y modelos, mi madre tiene miedo que me vuelva otro popular niño homosexual.
Por ahora sólo estamos acostados en el lecho, Hikari y yo, mientras ella arranca estalactitas que crecen debajo de mi escritorio y las mira sin mucho ánimo.
–Dijiste que no coleccionabas nada – dice Hikari sin mirarme a mí sino al frasco transparente lleno de canicas que esta sobre mi repisa.
–¿Eso? Ya no las colecciono, llevan varios años allí. No he agregado o sacado ninguna canica en mucho tiempo.
–¿Cuántas de esas tienes ahí?
–No lo sé. Unas trecientas, trecientas cincuenta.
Hikari se levanta de la cama exclamando "¡vaya!". Toma el frasco y lo examina.
–Se nota que nadie le ha puesto un dedo encima en un buen tiempo. – dice limpiando la superficie del frasco.
Es cierto. Tenía miedo de cambiarlo. Tenía miedo de que si llegaba a tocar el frasco se iba a transformar en hojas secas, en una carretera, en silencio, en mí llorando. No puedo correr ese riesgo. Tengo que alejarme de todo lo que quiero, de todo lo que amo, o lo puedo destruir, lo puedo cambiar, lo puedo desaparecer.
Enviarlo al olvido. Hacerlo parte de la estos momentos no soy capaz de tocar a Hikari. No puedo.
–¿De dónde sacaste tantas canicas?
–No es una historia muy agradable de contar – respondo escondiendo mis ojos.
–Quiero oírla.
–Es deprimente.
–Lo que te conté hoy no fue precisamente para morirse de la risa. – Dice abriendo el frasco – Cuéntame, me lo debes.
Y sumerge su mano en el mar de canicas. De acuerdo.
–De acuerdo.
Fue hace algún tiempo atrás, pero no lo suficiente como para dejar de sentirme identificado con el niño flaco y torpe que era entonces; un mocoso inútil que lloraba cada día de su vida y se meaba en los pantalones para luego no decírselo a nadie. Era una desgracia. Una desgracia pequeña que le gustaba coleccionar canicas. Las tenía por montones, las sacaba de cualquier lado, las hurtaba de los otros niños, puede que algunas las creara de la nada.
No lo sé.
Hikari mira mi rostro, con su mano sumergida en las canicas, no parpadea y me observa. Parece que se quiere acercar, quiere tocarme. Por su bien será mejor que no lo haga.
Le digo a Hikari que uno de mis mayores sueños era tener una enorme colección de canicas, la más grande que se pudiera imaginar. Con un sueño tan pobre como ése, poco deseado por los demás, se creería que es fácil de lograr, pero la verdad ni siquiera llegaba a las cien. Y la verdad, me sentía patético con las canicas, con ese nido de esferas que no hacen nada por nadie y yo ahí, igual. Pero así eran las cosas, y yo sólo querías mis mil canicas, el millón, si podía.
Hikari acerca su cuerpo hacia el mío, se arrastra por sobre la cama para llegar a mí. Y mientras ella se aproxima muy despacio, la habitación va cambiando de color, se vuelve un poco más brillante, naranja.
En mi casa solían haber miles de reglas, le cuento. Para todo había una regla, como había una excepción a esa regla. Pero había una regla que no podía ser rota, por nada del mundo. Así nos lo decía papá. Nunca, jamás, se nos estaba permitido entrar a su estudio; el despacho que tenía al final de un pasillo en nuestra antigua casa en otra ciudad. Él, mi padre, se la pasaba metido allí y el ingreso estaba prohibido para todos, incluyéndonos a Matt y a mí.
–¿Quién es Matt?
–Mi hermano mayor. El único hermano que tengo.
Hikari levanta las cejas y se acerca un poco más.
Era como en el Edén, digo. Disfrutábamos de cierta libertad, de resguardo, de afecto, de un hogar, y podíamos hacer uso de cualquier habitación en la casa, excepto de aquella oficina.
Le digo a Hikari que un día esa regla fue rota.
Una tarde lo vi, a mi padre, estaba trabajando en el despacho y yo me acerqué por el pasillo. Tomé el pomo de la puerta y la abrí un poco, sólo para echar un vistazo y luego escapar sin ser descubierto. Me quede allí, observando por aquella pequeña brecha entre el umbral y la puerta lo que mi padre solía hacer en su despacho todas las tardes.
–¿Qué era lo que hacía? – pregunta ella.
–No te lo puedo decir.
La mano de Hikari se pierde hasta el fondo del frasco, parece que las canicas se la estuvieran tragando.
–Es un secreto – le digo.
Hikari sonríe y niega con la cabeza. Parece que no me cree. Sea lo que sea no me lo dice, sólo escucha.
Obviamente mi padre lo notó, le cuento a Hikari, vio la puerta levemente abierta y supo que uno de sus dos hijos había estado espiándolo. Y nos enfrentó. Nos puso uno junto al otro y nos preguntó quién lo había hecho. Quien había sido capaz de romper aquella regla tan preciada. Y yo me aterré, perdí el juicio, me desesperé. Sentí pánico. Traicioné a mi hermano de la peor forma posible. Se podría decir. O de la peor forma posible entre las posibilidades que se me habían presentado.
– Yamato, Takeru. Díganme quien de ustedes lo hizo – nos preguntó papá utilizando la voz más escabrosa de toda la historia.
Y con lágrimas de niño tonto y cobarde en los ojos, sale el nombre de mi hermano por mis labios.
– Matt.
Le digo.
– Matt lo hizo.
Así son las cosas.
Así fue como pasó. Y Hikari me mira frunciendo el ceño.
– Entregué a mi hermano y él aceptó la culpa. Dejó que su hermano pequeño se saliera con la suya.
– ¿Qué pasó después?
Pasó que papá tomo a Matt del hombro y se lo llevó al final del pasillo, a su oficina.
Nunca me enteré la forma en que mi padre castigó a Matt, pero no pudo ser nada bueno, Matt me lo hizo saber. Trago saliva y se lo digo a Hikari.
– Un tiempo después me hizo ir a un puente. – le digo.
– ¿Un puente?
– Sobre la autopista.
Yo le tenía miedo a las alturas. No me gustaban los puentes, pero de todas formas fui. En mi menté el lugar está presente de una forma exagerada, por supuesto, el puente parecía enorme con un centenar de vehículos cruzando a miles de kilómetros por hora debajo de nuestros pies. Me encontré en uno de los extremos del puente, Matt estaba a la mitad, recostándose contra la baranda, mirando el tráfico cruzar. Me acuerdo que su rostro estaba completamente transformado, sombrío. Su cabello, algo largo y desordenado, se agitaba hacia un lado. Fue la primera vez que lo vi como un hombre con poder, grande y maduro, y la primera que sentí terror de él.
Recuerdo que giró un poco su rostro y me encontré con sus penetrantes ojos que se me clavaron en el cerebro. Yo no parpadeé y me quedé frío al ver lo que él tenía entre sus manos.
– ¿Qué? – pregunta Hikari.
Son mis canicas, están en el frasco. Casi cien de ellas.
Él acaricia el frasco como si fuera un ser viviente.
"¿Matt?" susurré con temor, con voz de niño angustiado. Y él, sosteniendo su inexpresiva mirada, me dijo "es tiempo de crecer". Retiró la tapa del frasco y en un movimiento muy lento, dejó que mis canicas escaparan por la orilla del puente. Una cascada de esferas brillantes cayó hacia la autopista y se estrelló contra el asfalto varios metros en picada. La luz se reflejó en cada una de ellas hasta que se perdieron en el abismo.
Todas las canicas desaparecieron tras unos cuantos parpadeos. Entonces Matt caminó en mi dirección, dejó el frasco vacío a mi lado, ése mismo frasco que Hikari está sosteniendo en sus manos, Matt me tocó el hombro y siguió de largo hasta bajar del puente, sin mirar atrá él se alejó.
Quede arrodillado en ese puente, con mis lágrimas cayendo a montones desde mi rostro, y mis manos sobre la piedra dura que me sostenía. Ése soy yo llorando por el único tesoro que podía ver en mi vida. Lloro porque creía que no me quedaba nada.
Hikari saca la mano del frasco sosteniendo un manojo de canicas en ella, y luego las deja caer lentamente en el interior del frasco. Una lluvia cristalina.
– Si perdiste esa colección en el puente, ¿de dónde sacaste todas éstas?
– De Matt. Varios años después me las dio. Creo que intentaba que lo perdonara por lo que pasó, aunque nunca me pidió perdón realmente. Me las entregó cuando se fue de casa.
Hikari tapa el frasco y lo sostiene en su regazo.
– ¿De dónde saco tu hermano más de trecientas canicas?
– No lo sé.
De pronto nos encontramos mirándonos el uno al otro y ninguno dice nada. Las plumas que están sobre mi escritorio salen volando y nos envuelven con su danza perezosa hasta que aterrizan.
Me encuentro entre sus ojos, sus redondos y húmedos ojos. Y todo lo que siento son unas terribles ganas de acercarme y besarla, de sentirla en mis dedos, en mi piel, arrasando con todo mi ser. Quiero que se interne en mi existencia. Pero sé que eso no va a pasar. No puedo. Nunca podré. No importa cuanto lo intente.
Hikari se aventura y su mano se desliza por sobre la superficie de la cama, se acerca hacia mi mano. Toda ella se acerca a mí. Y todo yo me quedo aferrado en ese lúgubre lugar en donde no soy más que un monstro. Uno solitario.
Mis labios se abren y dicen:
– Hikari...
Su mano se ve cálida, se ve fresca, suave. Se aproxima, se aproxima a mí. Desea tocarme, probablemente tanto como yo a ella. Tal vez...
Ella permanece muda, y detiene su mano, la detiene cuando yo le digo:
– No mates a tu madrastra.
Sigue tus sueños, no dejes que nada ni nadie te detenga. Porque eres especial, importante y bueno y apuesto.
.
.
.
En la industria de las academias musicales la mayoría de artistas son unos hijos de puta. Los músicos muy diestros (que en general son adinerados ya que se otorgan el lujo de pagar el costo de estudiar dicho arte) tienden a ser muy prepotentes, y orgullosos. Desgraciados portadores de un muy apreciado don. Alimañas rastreras con grandes dotes. Malditos infelices muy habilidosos. O por lo menos así son los que estudian en este agujero llamado Academia musical Rubato.
Me siento en la recepción, contesto el teléfono y sonrío a todos los clientes, profesores y administrativos.
De fondo siempre está esa música incitadora de cáncer auditivo que tocan todos esos aprendices. Llegan en bonitos autos cargando estuches duros con instrumentos de primera. Muy bien cuidados porque son el reflejo de su autoestima, su particularidad, el detalle que va después de su nombre luego de ser presentados a un extraño:
Son esos los niños a lo que su madre presenta diciendo, "él es mi hijo Tagiru. Toca el violín".
"Él es mi hijo Kirinha, toca el piano".
"Él es mi hijo Junpei, toca el chelo".
Ése tipo de gente que después de que el extraño sonríe con admiración, la madre les pide que por favor hagan una demostración de su talento que los coloca por encima del ciudadano normal.
"Vamos, Tagiru, toca un poco para el doctor Orimoto".
Mi madre nunca me va a presentar diciendo "él es mi hijo Takeru, es recepcionista en una academia musical". Nada de eso. Nada con que hacer sentir orgullosa a mi madre. Bueno, nada que pueda mostrar a sus amigos como una habilidad respetable, ya sea tocar el clarinete o cantar. Mami no va a decir "él es mi hijo Takeru, convierte las cosas en otras cosas".
Así que ahí me tienes. Con una falsa sonrisa de oreja a oreja mientras todos los jovencitos entran y salen con sus instrumentos al hombro. Según Daisuke no sólo los músicos son así.
–Los deportistas tienden a ser unos engreídos miserables. Se sienten dioses porque pueden jugar con un balón.
Eso dice Daisuke sentado a mi lado en la recepción. No pregunten, pero sí, me está haciendo compañía.
–Pueden impresionar a cualquiera con sus habilidades y su imagen. Un deportista debe verse bien. Salud corporal, salud mental. – dice embutiéndose uno de los sándwich que él mismo me trajo en una bolsa de papel – Ya sabes, ese tipo de frases baratas que se inventan para que no parezcan unos superficiales de primera. Como en el modelaje... al final todo el mundo es la misma basura.
La gente se acerca y me preguntan por el costo de la matrícula. Me dicen que quieren que su hijo aprenda a tocar el violín, la flauta traversa, algo así. Algo para impresionar al resto. Algo que haga de su hijo un ente de quien sentirse orgulloso. Algo diferente a ese escuincle que no hace nada de su vida.
–No le haga eso a su hijo – les dice Daisuke – con todo ese dinero que le cuesta toda esta porquería mes tras mes, año tras año, debería hacer algo útil.
Daisuke, aun con su boca llena de pan y tomate, dice:
–Llévelo a la selva. Llévelo a que conozca la vida salvaje, el mundo real.
Y yo intento decirle al cliente que el coste será de varios millones para cuando acabe el año académico, hablando en términos de matrícula, instrumento, alquiler de salas, presentaciones en auditorios, tures alrededor del país y quizá el continente y todo lo demás. Pero al final, nadie me está escuchando. Sólo a Daisuke.
–Lleve a su hijo a África. Déjelo que conozca una tribu, que conozca otra cultura. Apártelo del glamour y la televisión, aléjelo de internet y las revistas. Deje que soporte algo de hambre, que camine descalzo. Que sepa lo que significa sacrificarse, trabajar, esforzarse. No con un ensayo de cuatro horas diarias aprendiendo a utilizar algo tan obsoleto como un instrumento... sino caminando por el mundo, entre humanos, lejos del desastre.
La gente se aparta sin decir nada, dejan a Daisuke hablando solo. Y él grita:– No haga de su hijo otro talento de la siguiente generación. Otro talento que no sabe respetar nada. Que destruye el mundo y desprecia lo que tiene. Otra sabandija miserable.
Y después de un día sin vender nada a nadie Daisuke me dice:
–Que deprimente, vamos a mi casa, te quiero enseñar algo.
Son las dos de la tarde y abandono la recepción para ir con ese grandulón a su apartamento.
–Ahí lo tienes – dice Daisuke – la gente sigue en busca de la hermosura, quieren crear algo agradable, como música, una pintura... o todo eso que llaman arte.
Camina por la sala de su casa cambiando de lugar las fotografías que cuelgan del techo. Llevamos media hora en su apartamento y empiezo a sentir hambre, pero Daisuke no, él se comió mi almuerzo.
–Todos dicen que se están expresando. – Dice Daisuke – Todos dicen que evocan las sensaciones que habitan en su alma, que exaltan ese ardor innato que nos hace humanos. Y hoy en día cualquier trasto torcido es arte.
Daisuke se acerca a su escritorio y abre un cajón. Saca una revista y la expone para que yo la vea desde el sofá en donde estoy sentado.
–Arte postmoderno – dice.
En la portada se ve el rostro de una actriz sonriendo. Sus labios perfectos y sus ojos simétricos, su piel intacta y su sonrisa exacta brillan desde su mano. Todo eso es arte.
–¿Lo ves?
Nuestra respuesta inmediata, elaborada, planeada, es sentir admiración. Es sentirse atraído por ese cuerpo descomunal sin alma y perfecto, comparado con nuestra asquerosa humanidad, y nuestra normalidad tan bárbara. Y todos nos sentamos a desear tener ese rostro, esa sonrisa, esos labios, poder salir en una revista. Quedamos ahí, sin decisiones, con respuesta fabricadas.
–Mientras éramos unos niños – dice Daisuke – unos mocosos que se colocaban gel en el pelo para lucir bien, lo único que aprendimos fue que somos imperfectos y que el fin último de nuestra vida es ser esta mujer en esta revista. O este hombre – dice mostrándome la foto de un tipo con la camisa abierta enseñando sus pectorales afeitados y aceitosos que brillan y lucen suculentos.
Eso es arte.
–¿Quién necesita un Da Vinci, un William Turner?
Tenemos a Kate Moss.
–¿Quién necesita a Dalí, van Gogh?
Tenemos a Naomi Campbell. Tenemos Photoshop.
–Eso es arte – dice Daisuke – Nuestra arte.
Daisuke abre la revista y comienza a pasar hojas, se detiene y me lee un artículo que encuentra impresa entre propaganda de perfumes y zapatillas. Se trata de una de esas entrevistas que publican en ese tipo de revistas de sociedad.
–Escucha esto. – Dice – Una mujer con estilo, un ídolo con clase. ¿Quieres conocer el dios de nuestra generación?
La hermosura en el presente es la secreción. La joven y hermosa Cherry, una de las figuras más representativas en la farándula del día de hoy, ya es en una digna rival de Lady Gaga y de Rihanna.
Nadie le interesa encontrarse con su propia alma, al mundo no le importa exaltar su dignidad humana, encontrar la trascendencia tras nuestra concepción. Queremos un buen espectáculo. Eso es todo. Su vestimenta atrevida y comentarios frívolos, junto con sus canciones provocativas, la han convertido en una superestrella, un ícono para niñas y adolescentes de todo el mundo.
Queremos morbosidad.
Ha encabezado en diferentes ocasiones las listas mundiales de popularidad.
Y popularidad.
Queremos piel.
La señorita Cherry nos ha concedido esta entrevista. Nada de virtudes o respeto. El hombre no quiere ser hombre, no quiere tener alma, se caga sobre el alma.
Yo me cago sobre el hombre.
Lo que deseamos, dice Daisuke, es una diva.
P: Cherry, en la carátula de tu último disco usas un atuendo muy atrevido...
R: En realidad estoy posando en una cama de algodón. Es obra de un artista llamado Bryan Botton... Vi que colocaba a las mujeres en hermosos escenarios, casi de manera infantil e inocente, pero al mismo tiempo elegante, delicada y sexy...Sexy...
Lo que todos queremos es que podamos entrelazar la inocencia con el erotismo. Y quizá violar unas cuantas niñas en las filipinas, y sentirnos bien al respecto porque hay que tener mente abierta y no ser tan conservadores.
–Lo que anhelamos es que Cherry nos haga una felación. Que nos la chupe hasta que se trague todos nuestros intestinos.
P: Parece que no te causa ningún problema mostrar tu cuerpo en público. ¿Qué te da tanta confianza?
¿Confianza?
Daisuke repite la pregunta y luego exclama "¡¿confianza?!"
Confianza no se trata de mantenerte firme ante la presión grupal extremista sino de ser capaz de vender todo lo que tienes a tu público. Tu intimidad y tu espíritu.
Y todos me dirán. Pero respeta a la pobre Cherry, que todos lo merecemos. Claro que si le pagara a Cherry esos millones ella me dejaría irrespetarla porque hoy en día todo tiene su precio, en especial si se quiere ser diva. En estos tiempos tergiversamos los conceptos.
–El mundo no es perfecto, Daisuke– le digo algo intimidado por la saliva que desprende con su ira.
«Déjame decirte una cosa, TK. No estás tan loco como creí que estabas, sólo mira a este demente»
Cherry dice:
R: Es como un juego, y a propósito llevo el arte de la seducción hasta sus límites. Me siento muy segura de mi misma... además, por ser joven, me siento bien con mi cuerpo, a decir verdad me siento orgullosa de él.
Es un juego ¿Qué no lo ves?
«Imagínate el tipo de chiflado que le habla desde su cabeza»
–¿Quién no estaría orgulloso de su cuerpo cuando te ha hecho ganar tantos millones? – pregunta Daisuke, espero que de forma retórica ya que no le respondo.
Queremos metérsela hasta al fondo... una y otra vez. Hasta que su sangre se reemplace con semen. Hasta que vomite nuestra bilis. Para que se sienta más orgullosa de su cuerpo y su carrera. El arte de la seducción...
Daisuke simula leer la revista y dice:
–Dime, Cherry ¿Por qué una artista, una cantante habría de seducir a su público con su cuerpo y no con su música?
¿Quién necesita el arte cuando tenemos erotismo? ¿Quién necesita surrealismo cuando Cherry está dispuesta a seducirnos? ¿Quién necesita respeto cuando tenemos a Cherry desnuda sobre puto algodón? ¿Te das cuenta que ninguna pregunta habla de música? Eso es todo lo que necesitamos. Llevo el arte del coqueteo a sus límites...
–Nuestro arte. –dice Daisuke señalando la revista, riéndose con bastante esfuerzo para luego, con una sonrisa silenciosa, romper la fotografía de Cherry. – Cuando no te estés desnudando en público por dinero, Takeru, querrá decir que eres un humano. Querrá decir que tienes dignidad. Querrás decir que te respetas, que mereces respeto. Entonces no te diré que solo eres la proyección más vulgar del sexo. Que eres ése pequeño agujero estirado.
Llevo el arte del coqueteo a sus límites...
–El arte de nuestro tiempo es dinero, sexo y el control mental. Nuestro dios es nuestro lado perverso.
Esa es la belleza para el mundo.
–Cherry se hace millones porque su ensamble follable es hipnotizante. Pero no importa, está bien. Ella no es una persona real. Es ficticia.
Daisuke coge los pedazos de la foto de la cantante y se los mete en los pantalones, en el culo. Hablo enserio.
La belleza del mundo está en la respuesta a la pregunta.
P: Pero no posarías desnuda, ¿o sí?
¿Por qué no? Toda la gente importante lo hace. La belleza del mundo yace en que al final nos lo preguntaran a todos. Nos preguntaran, ¿por cuantos millones lo harías?
Daisuke se saca los trozos de revista de su pantalón y los arroja a la basura.
–No sé qué clase de idiotas se creen en un mundo artístico cuando todos sabemos la verdad, cada espectador.
«Todos tenemos un precio»
Daisuke abre la revista y me muestra a Ana Grigorenski posando de tal forma que le puedes ver el culo luminoso al aire libre, mientras que su rostro finge placer. Con su mirada te dice que te dará el mejor orgasmo de tu vida.
–A esto lo llamo "degradación del ser humano".
Lo llamo "traición"
"Violación".
"Involución".
Y todos esos locos con la mano en el pantalón pensando en Cherry y Ana porque de ellas no se saca nada más. Daisuke cierra sus ojos un instante. De repente se aleja a su escritorio de nuevo y dándome la espalda dice:
–¿Quieres saber lo que es realmente hermoso? – me pregunta. – ¿Quieres conocer la belleza?
Daisuke toma una fotografía entre sus manos y la mira con cuidado, se me acerca y luego me la entrega.
–Ahí tienes la belleza.
Unos años atrás Daisuke viajó a una comunidad indígena como parte de un trabajo voluntario que realizó. No es que tenga un buen corazón, dice Daisuke, sólo ganas de largarse de este agujero en donde mujeres que se desnudan por dinero son llamadas iconos de la cultura popular.
En dicha comunidad Daisuke conoció a una mujer aislada, a quien habían acusado y condenado por no ser virgen antes de contraer ceremonia matrimonial con su pareja. La condena trataba de su pérdida de identidad cultural; borraron su nombre de las inscripciones de su comunidad, le cortaban el pelo cada mes; no tenía voz ni voto en la comunidad; ni se le permitía tener una imagen mental de sí misma: le arrebataron su reflejo.
La mujer no podía verse a un espejo.
No podía verse ni en el reflejo del agua.
No tenía nombre, no tenía voz, no tenía rostro.
No era nadie.
Daisuke me dice que en cualquier cultura la naturaleza humana tiende a ser cruel, despiadada.
–Debía llevar un manto oscuro en la cabeza y en el rostro, de tal forma que lo único que tú veías era una sombra, no una mujer. – Dice tomando asiento junto a mí, mirando hacia la nada – Ni siquiera me saludó, se le tenía prohibido hablar con forasteros. Los otros aldeanos me contaron de su situación.
Ver su vulnerabilidad me afectó, me cuenta Daisuke, ver qué tan desolada estaba.
De pronto noto que Daisuke me está mirando. Sus manos están quietas en su regazo, su expresión es tensa, y él me dice:
–Por eso odio cualquier forma en que la sociedad doblega a la mujer, cuando la convierte en esclava. Les coloca un manto en el rostro, o las exhibe como premios sexuales en las revistas de sociedad.
Daisuke me dice que entre esa mujer y Ana Grigorenski no hay mucha diferencia.
–Le tomé una foto – me dice – Le pedí que se quitara el manto de su rostro un momento y le tomé una foto. Ésa foto que tienes en tus manos, Takeru. Si la comunidad se entera de eso podrían desterrarla. El peor deshonor existente. Y ella moriría en cuestión de semanas abandonada en la selva.
–Unos días después volví a visitarla con la fotografía revelada.
Daisuke me cuenta que la mujer tomó la fotografía, la agarró con fuerza entre sus dedos y se puso a llorar.
–Le temblaba todo el cuerpo. – Me dice – Su llanto era algo apagado, pero resistente.
Lloró porque no podía creer que fuera así de hermosa. No podía creer cuanta belleza podía haber en ella. Ella lloró porque su rostro era demasiado perfecto, lleno de armonía y brillo. Su rostro era luz. Era Dios.
–Me agradeció con un abrazo y me besó las palmas de mis manos, signo de respeto y honra.
Yo miro la fotografía y lo único que veo es a una indígena común, casi insípida, sin ningún rasgo facial fascinante o llamativo. Se trata de una simple mujer morena de ojos pequeños y perdidos en el vacío, y labios secos.
–Ahí lo tienes – dice Daisuke – Esa es la belleza. Ella es una de las mujeres más hermosas del mundo.
Daisuke levanta la revista en donde se ve la fotografía de Ana desnuda y dice:
–Según las denuncias populares que nos inundan hoy en día estamos gritando desesperados porque vivimos en un mundo lleno de perversión. Porque el hombre cada día es capaz de hacer algo peor, mucho peor. Pero ni Cherry ni Ana están gritando por ello. La perversión las tiene a ellas en la cima.
Daisuke está despeinado y ruborizado. Espero que no vaya a sufrir de un ataque cardiaco.
–Si no hubiera perversión, ellas no serían nuestros ídolos.
Quisiera poder decir algo, pero no puedo.
–Es decir, diecisiete hombres abusan de una mujer por diez días hasta que la matan. Pero no te preocupes, Cherry y Ana lo aprueban. Ella lleva el juego de la seducción hasta el límite.
.
.
.
.
.
Cualquier cosa, no duden en preguntar, ¡nos leemos después!
Saludos!
