Nueve horas

Se llevó las manos a la cabeza. Le dolía horrores. Como si sus sesos fueran gelatina dentro de su cráneo. Intentó abrir los ojos. Kyoko no está segura de si lo consiguió porque no podía ver nada. La oscuridad y las mariposas del miedo seguían ahí. Se tanteó la cabeza con cuidado y encontró el punto doloroso. Estaba hinchado y pegajoso. Sintió un escalofrío al pensar que lo más probable es que fuera su propia sangre.

Sí, tiene los ojos abiertos. Lo sabe porque por algún lado entra una luz débil, mortecina. Ahora que se ha acostumbrado a la oscuridad, puede verla. Una luz sucia a través de las juntas de los tablones del techo. Es de día.

Apoyando sus manos temblorosas en el suelo, intenta ponerse en pie. El movimiento brusco hace que la náusea le suba a la garganta y se mezcle con el sabor del miedo. Cae y queda a cuatro patas sobre el polvoriento suelo, luchando contra las arcadas.

Le lleva tres minutos ganar esa batalla y poder alzarse sobre sus piernas. Aunque ha sido una tontería. Un desperdicio de tiempo y esfuerzos.

No podrá ir a ninguna parte.

Se sienta en el suelo, con un ruido metálico haciendo eco a cada movimiento. Ella se niega a escucharlo. Se tapa los oídos con las manos, cierra los ojos con fuerza y aprieta sus párpados hasta que puntos brillantes aparecen en el negro de sus ojos cerrados. No quiere escucharlo, no quiere oírlo, porque si lo escucha será verdad. Pero al final, su mano baja hacia el tobillo, todavía rezando en silencio por que haya sido una pesadilla. Que no sea verdad. Pero sí. Sí que lo es.

Un grillete en su tobillo, y una argolla clavada al suelo.

El tintineo de la cadena parece burlarse de ella.

No. No podrá ir a ninguna parte.

La sensación de pánico en el pecho no hizo más que crecer y crecer…

Gritó.

Gritó hasta perder la voz.