Doce horas
Se había quedado dormida. ¿Cómo demonios pudo quedarse dormida? ¿Quién diablos es capaz dormir en una situación así? Pero los ojos se le cierran. No le responden y siente la negrura del desmayo cernirse sobre ella. El dolor de cabeza es más fuerte, situado justo detrás de los ojos, como si unas manos invisibles se los estuvieran apretando desde dentro. Y la herida le escuece terriblemente, pero está segura de que si se la toca, será peor. Así que convierte sus pequeñas manos en dos puños blancos para evitar rascarse y cierra los ojos.
En la oscuridad solo se escucha la respiración de Kyoko, rápida, superficial. Como si hubiera venido corriendo porque llegaba tarde al trabajo, pero mucho más bajita, como si el miedo le hubiera quitado hasta la voz. Un gesto consciente para recordarse que debe seguir haciéndolo, que no se le debe olvidar respirar. Porque el pánico sigue ahí. Justo en el medio del pecho, rebosando la boca de su estómago, moviéndose… Ella respira, respira, pero finalmente se le desborda por la garganta en carne viva, ahogándola, y la boca se le llena del sabor amargo de la angustia y del frío acero del terror.
¿Qué iban a hacerle?
¿Por qué ella?
Se lleva las manos en prietos puños a la boca, empujando y estrangulando un gemido desesperado.
¿Quién le había hecho esto?
¿Qué querían hacer con ella?
Mil horrores corren veloces por su mente. Mil espantos, mil maldades, a cada cual peor, que hacen que su cuerpo se estremezca violentamente y las lágrimas salgan a borbotones.
¿Qué van a hacerle?
Entre lágrimas, se lleva las manos al tobillo. La han dejado descalza, sin zapatos ni calcetines, y el grillete le roza la piel. Tira y tira, metiendo los dedos entre el hierro que lo rodea, pero es inútil. Ella sigue tirando, y vuelve a tirar, intentando con todas sus fuerzas que la argolla ceda a la presión, pero solo consigue hacerse daño. Un grito de frustración, furioso y doliente, lleno de miedo, se cuela por entre sus dientes apretados. Se tapa los ojos con las manos como si así pudiera huir de la espantosa verdad. Y la sangre de sus dedos se mezcla con sus lágrimas.
¿Qué van a hacerle?
La luz que se filtra por las tablas es más fuerte. Debe ser mediodía.
A estas horas debería estar en el Darumaya, ayudando con la hora punta del almuerzo. Pero ni al Taisho ni a la Okami les extrañará que no se presente. Pensarán que se ha ido directamente al trabajo. O que sigue en el apartamento de Tsuruga-san. Después de todo, es su senpai… Y él, después de acompañarla y dejarla anoche (¿realmente fue anoche?) en la entrada del callejón, tampoco la echará de menos. Con su agenda siempre llena no reparará en su ausencia.
No, ¿por qué quién iba a echar de menos a alguien como ella? Tal pensamiento era absolutamente ridículo. Ella, Mogami Kyoko… Siempre tan poca cosa. Tan… Tan nada, tan insignificante… ¿A cuenta de qué iban a notar su ausencia? Una niña a la que ni su madre quiso. A la que abandonaron todos sin mirar atrás. Una molestia, una sirvienta, una kohai… Kyoko, a la que nadie echará de menos…
Nadie iba a venir a salvarla…
