Dieciséis horas
Okami-san había llamado primero al teléfono de Kyoko. Ella no es mucho de molestar a la muchacha, pues bien sabe ella que sus actividades en la agencia a veces son imprevisibles. Pero es que les había dicho que estaría al mediodía. Y si hay una cosa que sea la chiquilla, es ser responsable. Les hubiera dejado recado, hubiera llamado, o hubiera aparecido sin aliento lamentando su retraso… Cualquier cosa. Pero no. Nada como esto.
Y su ropa seguía allí. La ropa lavada que ayer le había dejado en la mesa para que la guardara.
En el mismo sitio. Como si no hubiera estado aquí.
No le gustaba ni un pelo. Eso no era propio de su Kyoko-chan.
Cuando ya la inquietud le pudo, harta de la voz metálica del buzón de voz, llamó a Sawara-san, su superior inmediato en LME. El pobre hombre pensó que la pequeña Mogami-san no andaría lejos de su senpai o de su idolatrada amiga, así que llamó primero a Kotonami-san, pero daba fuera de cobertura. Así que le tocó el turno al mánager.
Acababan de salir de una entrevista para una revista digital. Yashiro, como siempre, hacía malabarismos para conseguirle a Ren algo de tiempo libre para darle una oportunidad al amor. Anoche había logrado una cenita para estos dos tontos y su intención era repetir tal hazaña hoy. Aunque requeriría un poquito de manipulación extra en la persona de su adorada Kyoko-chan.
Iban de camino al aparcamiento y Ren estaba revisando sus mensajes cuando sonó el teléfono de Yashiro. Le oyó saludar a Sawara-san, pero luego su mánager calló. El silencio oscuro le hizo levantar la cabeza y vio cómo le cambiaba la cara. Vio cómo se quedaba blanco y el pánico se asomaba a sus ojos. Para cuando su mano enguantada empezó a temblar, el hielo del miedo ya vivía en el corazón de Ren, creciendo, extendiéndose, haciéndose más y más grande cuanto más duraba el negro silencio de Yashiro.
—Okami-san dice que Kyoko-chan no llegó anoche al Darumaya —dijo por fin, con un hilo de voz.
Ren sintió la tierra abrirse bajo sus pies.
