Diecinueve horas

Había poco que Kyoko pudiera hacer para no volverse loca de miedo. Ya había examinado tres veces el reducido círculo de sótano que le permitía la cadena.

Sí, era un sótano. Había una fina raya de luz al otro lado de la habitación y a cierta altura, por lo que supuso que había una escalera y que esa raya menguante era la puerta de salida de este agujero.

Distinguió bultos sin forma, otros cuadrados —cajas, seguramente—, y las formas rectas de lo que sería algún mueble que no acertaba a identificar.

Olía a mierda, polvo y humedad. Olía a abandono y olvido.

A su espalda, un cuartito estrecho sin puerta en el que había un inodoro por el que ascendía la peste a aguas fecales. Le revolvía el estómago. Ni quería pensar de cuántas infecciones podría contagiarse si lograba reunir el valor para usarlo, pero tenía la vejiga a punto de reventar. Así que estirando la cadena y dejando el pie un poco adelantado, podía apoyarse en las paredes y encuclillarse un poco, lo justo para orinar allí. Le costó bastante mantener el equilibrio pero lo consiguió. Con un suspiro de alivio, volvió a su posición original y alargó el brazo y el torso para poder tirar de la cisterna. Nada. No pasó nada. Pues claro que tenía que estar rota.

Junto al cuartito, por la pared de fuera, había un pequeño lavabo, sobre el que pudo notar los cuatro huecos en los que antes se habría fijado el espejo. Tanteó todo el suelo alrededor del lavabo con la esperanza de encontrar fragmentos del espejo que pudiera utilizar como arma. Pero en vano. Solo consiguió que mil astillas se le clavaran de nuevo en la carne tierna de la palma de sus manos.

En el espacio que le permitía la cadena, encontró un saco de arpillera que olía a tierra y cebollas rancias, lleno de agujeros y con los bordes deshilachados. Y aparte de pelusas del tamaño de pelotas de golf, unas bolitas secas (rezó para que no fueran excrementos de rata), papeles que olían a viejo y una muñeca de trapo sin cabeza, no encontró nada más.

Nada más.

El maldito sótano estaba lleno de trastos, pero ella no podía alcanzarlos. Como el suplicio eterno de Tántalo, los bultos y las cajas la tentaban con sus tesoros ocultos, llenando su pecho con la tortura de no tener ni siquiera un palo con el que defenderse.

Sobre ella, la casa gemía y se lamentaba. Los ruidos de la madera enfriándose con el aire de la noche parecían cantar una triste canción de cuna por su alma.

Kyoko se acostó en el suelo, con la muñeca decapitada por almohada y el saco sobre ella apenas resguardándola del frío.

Intentó dormir. Pero los gritos de pánico de su cabeza no se callaban.