Dado el tono general de la historia, se me ha recomendado mantenerla en M.

Gracias a quienes todavía siguen ahí, a ese lado de la pantalla.


Veintisiete horas

Es mediodía y el Darumaya está lleno de gente. De algún lado, le llega el eco de risas alegres y por encima de todas, las de Tsuruga-san y María-chan. Moko-san les mira intentando esconder una sonrisa. Yashiro-san está con ellos, con la agenda abierta sobre la mesa y un gesto de concentración en el rostro. Ella se acerca, con el corazón feliz por tenerlos allí con ella, todos juntos. Ellos la reciben con sonrisas llenas de luz cuando llega a la mesa y sirve los platos que trae en la bandeja. Los ha cocinado ella y está un poquito nerviosa. Un poco más atrás, el Taisho y la Okami le hacen señas para que se siente y coma con ellos.

Pero justo cuando se va a sentar, la mesa parece alejarse. ¿O quizás es ella? Sí, es ella la que se aleja. Más y más lejos… Cada vez más… Y poco a poco, ve cómo las personas que más quiere se van empequeñeciendo en la distancia. Y ella grita porque la están dejando atrás y va a perderlos. Va a quedarse sola. Intenta correr. De veras que lo intenta. Pero cuanto más corre hacia ellos, más se aleja ella, y ya no son más que un punto en la nada. Un punto de luz en la oscuridad.

Hasta que desaparece.

Kyoko grita.


La despiertan sus propios gritos.

Sobre ella, la casa sigue gimiendo.

Y nada más. Ningún otro sonido quiebra la noche. Nadie exigiéndole que calle. Nadie diciéndole que esto es una pesadilla. Nadie.

Y es entonces cuando un nuevo miedo se suma a todos sus terrores. Sí, porque al miedo a que quien le había hecho esto venga a por ella, se le añade el pánico a que no lo haga.

Porque entonces morirá sola.

Sola.