AVISO: capítulo con violencia explícita.
Treinta y siete horas
Le despertó un puntapié en los riñones.
—¿Por qué te busca? —le preguntó una voz de mujer. Tras el silencio de sus horas cautiva, sonó como un trueno.
Vuelve el pánico. Ha venido. ¡Ha venido! Los temblores fluyen por su cuerpo como olas de tormenta, creciendo, aumentando, rugiendo, arrasándolo todo. Pero Kyoko, semejando más que nunca un animalillo asustado, se revuelve para alejarse de ella todo lo que da de sí la cadena. Un rectángulo brillante, lleno de luz (la puerta abierta del sótano, seguro), enmarca su silueta. Pero esa luz la encandila, la ciega. No puede ver su cara.
—Anda, dímelo… —le exige con otra 'gentil' caricia de su zapato en la pierna que tiene la cadena.
Se agacha junto a la figura temblorosa de Kyoko.
—Devuélveme a mi Kyoko-chan —añade con retintín, imitando una voz que no es la suya.
Le da un manotazo en la cabeza.
—Tenía que mirarme a mí —escupe con furia—. ¿Por qué le importas?
Kyoko alza las manos frente a ella para protegerse y gira el rostro, pero el siguiente golpe le acierta en la herida de la cabeza. Puntos brillantes danzan ante sus ojos y sus manos caen.
—Tenía que venir por mí, ¿sabes? —le dice—. Cuando tú no estuvieras, tenía que mirarme ¡A MÍ! —y reafirma su grito con una cachetada—. ¿Qué demonios eres tú para él?
La agarra del pelo y le empuja la cabeza contra el suelo. Kyoko da un grito, se resiste, levanta las manos e intenta arañarla, pero otra patada, esta vez en el vientre, la dobla en dos.
—Kyoko-chan, Kyoko-chan… —sigue ella remedando con sonsonete burlesco—. Devuélveme al amor de mi vida.
La agarra nuevamente del pelo, tirando de ella hasta tenerla frente a su nariz. Con la luz que se cuela por el hueco de la puerta, Kyoko solo ve dos pozos negros, vacíos de luz y llenos de odio.
—Esa soy yo. No tú.
Huele a flores. ¿Por qué alguien como ella huele a flores?
—Da igual que lo diga en la televisión nacional. ¡MENTIRAS! —le grita, y pequeñas gotitas de saliva salpican el rostro de Kyoko. Ella intenta agarrarla del pelo, arañarle la cara, clavarle un codo, pero la otra la golpea en un oído y la tira al suelo.
—¡No eres tú! ¡Miente! —vuelve a gritar—. Y te voy a decir qué eres tú para él.
Le tiene la cara aplastada contra el suelo. Sus uñas le raspan el cuero cabelludo. Su rodilla está clavada en su espalda. Cuando nota su aliento en su oreja, el terror de Kyoko gana la batalla.
—No eres nada.
Un puñetazo en la cara.
—Basura.
Otro golpe.
—Nada.
Kyoko yace en el suelo. Ella se ha puesto de nuevo en pie.
—Nada.
Una patada en las costillas.
—¿De veras crees que él te ama?
Otra.
Kyoko se revuelve en el suelo, se retuerce, da patadas, manotazos que apenas la alcanzan, intentando en vano huir de los golpes. Intentando huir del dolor…
—Él no puede amarte.
Otra.
—No vales nada.
Otra.
—No eres nada.
Otra.
Pero para entonces, Kyoko, encogida sobre sí misma, en posición fetal, protegiendo el vientre, y las manos en torno a su cabeza, ya no puede oírla.
