Treinta y nueve horas
Kyoko intentaba no moverse.
Intentaba no llamar su atención.
Intentaba no respirar.
Tarea, por lo demás, dolorosísima. Cada aliento, cada exhalación, era una puñalada directa a sus pulmones. Un dolor punzante, agudo, que le hacía pensar en una costilla (la suya) clavándose en su pulmón. Aparte de la dolorosa misión de seguir respirando, puntos luminosos y brillantes danzaban bajo sus párpados cerrados. Trataba de mantenerse despierta, pero el mundo se le movía sin control y amenazaba con sumirla en la inconsciencia de nuevo. Le dolía la cara terriblemente, pero tenía miedo de atraer su atención sobre ella si se atrevía a moverse. Y un dolor sordo recorría su espalda, intenso, interminable. Insoportable. Quería gritar…
Oía su voz. Iba y venía, deformándose como si entrara y saliera de un pozo, junto con su consciencia. Pero la oía. Esa voz, de falsa y venenosa miel, con un filo de ira escapando como un siseo entre los dientes, se colaba en las intermitentes y brumosas vigilias de Kyoko. La oía murmurar acerca de las cosas que Ren-chan y ella harían cuando por fin él viera qué clase de maravillosa mujer era ella. Oía cómo la locura se entrelazaba con sus palabras antes de volver a caer inconsciente. Porque la amaba a ella y no a esta basura pequeñita y frágil que yacía en el suelo.
Cuando la consciencia le duraba a Kyoko lo suficiente como para intentar, al amparo de la semioscuridad de ese sótano de mierda, abrir un poco los ojos (bueno, el ojo izquierdo tan solo. Los párpados del derecho estaban tan hinchados que no podía moverlos, ni tampoco quería, porque entonces una cuchillada de dolor le atravesaba el cráneo), la veía allí, a la loca (porque estaba loca, sin duda), sentada en el suelo frente a ella, moviendo nerviosa los dedos de una mano contra la otra, como arañitas laboriosas, enredándolos en un ciclo sin fin. Hablaba y hablaba, y seguía hablando al aire, sin esperar respuesta (o quizás sí), más bien como para recordárselo a sí misma, frases que solo en su cabeza eran verdad.
"Soy yo. No ella", "Me quiere a mí", "Solo lo dice para poner a prueba mi amor, lo sé…", "La niña se llamará Hanako y el niño Ren, como su padre", "Sí, tendrá sus mismos hermosos ojos castaños y mi pelo cobrizo", "Sí, sí… Soy yo, soy yo", "Yo le enseñaré a olvidarla", "Muñequita absurda", "Estúpida kohai", "No es ella", "Soy yo, soy yo…".
En algún momento (Kyoko no sabe cuándo, quizás tras su tercer o cuarto desvanecimiento) vio el brillo de una tijeras en sus manos. La loca estaba allí de pie, recortada contra la luz de la puerta, con las tijeras en alto, blandiéndolas como el estandarte de su amor por Ren.
Cuando caminó hacia ella, Kyoko dio la bienvenida a la negrura del desmayo.
No quería estar consciente cuando las tijeras se clavaran en su corazón.
