Cuarenta y ocho horas

Sigue viva.

Sabe que sigue viva porque el dolor la está matando.

Con cada respiración, nuevas puñaladas le atraviesan el pecho. Con un quejido contenido, escucha la oscuridad. No la oye. Está sola. Al menos, es lo que cree. Se lleva la mano a la cara, en un movimiento dolorosamente lento, que le hizo ver de nuevo estrellitas en la oscuridad. Se palpó el lugar en el que debería estar su ojo y solo notó un bulto informe y enorme. En su lado bueno, el intacto, el roce áspero de la madera contra su mejilla. Se permitió entonces un lamento. Y de su boca salió un sonido lastimero, de criatura herida, triste y quejumbrosa mezcla de maltrecha soledad y abandonada tortura.

Intentó luego moverse y ponerse de costado, buscando una postura que tensara menos su perjudicada espalda, pero una sensación de vértigo le subió por la garganta hasta estallar en su cabeza y le hizo cerrar con fuerza el ojo sano. Luchando contra el desmayo, un toque suave, sedoso, le rozó la mejilla. Kyoko dio un respingo, lo que le provocó una oleada de dolor brutal por toda la espalda. ¿Estaba aún ahí? ¿Ella seguía ahí? El pulso se le dispara y el corazón le va a mil por hora ante esa posibilidad. Con un gemido, se llevó las manos a la cara para protegerse, y entonces lo notó de nuevo. Algo sobre su piel, en la mejilla sana, en el cuello, que le hacía cosquillas, ligeras y leves como las de una mariposa. No, no era ella. Estaba sola. Tanteó entonces con cuidado y lo tocó. Suaves hilos de seda entre sus dedos.

Su pelo.

Su pelo sobre ella, en el pecho, en la cara, en el suelo…

Con un grito de horror, se lleva las manos a la cabeza.

Su pelo, ese cobrizo orgullo de Natsu, cortado a trasquilones. Con furia, con rabia. Como un seto mal podado, como una pobre oveja mal esquilada. Rapada sin orden ni concierto. Cortado con las malditas tijeras como si fuera la desafortunada muñeca de una niña. Como la muñeca a la que luego se abandona porque ya no interesa.

Sí, una muñequita absurda, le había dicho. Eso era.

De haber tenido saliva para tragar, lo hubiera hecho… De haber tenido fuerzas para llorar, lo hubiera hecho… Porque fue ese el momento en el que Kyoko tuvo la amarga certeza de cuál sería su destino.

Moriría sola o la mataría la loca.

Iba a morir aquí.

Solo era cuestión de saber de qué forma.