Cincuenta y seis horas

Mantenerse viva la está matando.

Sus tripas hace tiempo que dejaron de rugir y protestar. El hambre es ahora como un puño apretando y retorciéndole el estómago, como un vacío plegándose sobre sí mismo, pero puede soportarlo. Total, no es peor que el dolor de su espalda o sus costillas. La sed sí es peor.

Al principio, tenía la garganta seca. Los gritos, los llantos, se la habían irritado (y sus cuerdas vocales también). Pero tras la paliza, cuando la simple acción de respirar le clava dagas en el pecho, la cabeza le arde y le provoca sueños febriles y extraños de los que siempre despierta sin saber si sigue dormida o despierta en su pesadilla. Muerta de sed. Sí, eso. Pronto lo estaría. Se humedecía los labios partidos y resecos en un intento absolutamente inútil de engañar a su cerebro con la escasa humedad de su lengua. O imitaba el gesto de tragar saliva para ver si así conseguía producir la suficiente para humedecer su maltratada garganta. Pero era como tragar arena. O papel de lija. Sin encontrar alivio ni refresco.

Unas horas antes, en una de esas ocasiones en que salió de la inconsciencia (o de la dolorosa duermevela), y abrumada por esta ansia, por esta necesidad, por la pura sed, mandó al cuerno la cordura y se arrastró con los codos sobre el vientre hasta el lavabo de la pared. Centímetro a centímetro, cuchillada tras cuchillada en sus pulmones, con el canto alegre y burlón de la cadena tras ella, fue avanzando el escaso metro y medio que la separaba de su objetivo.

El pecho le iba a explotar, pero lo logró. Levantarse fue más difícil.

Se situó justo debajo del lavabo y se aferró a la tubería que lo unía con la pared para hacer fuerza y alzarse hasta los grifos. Tres minutos después, con los ojos llenos de las estrellas danzarinas próximas al desmayo, abrió las llaves.

Fueron los diez segundos más horribles de su vida. Peor que la paliza, peor que el dolor que la parte en dos. La espera. La expectación. La sed. Y cuando ya parecía que no iba a pasar nada, sucedió. El estruendoso gorgoteo del agua y el aire moviéndose por las tuberías. Y luego, el inconfundible sonido del agua embarrada, llena de tierra, cayendo a borbotones sobre la cerámica y yéndose por el desagüe.

Sabía que si la bebía, enfermaría de algo horrible, pero también sabía que se moriría si no bebía agua. Así que entre dos males, la razón le alcanzó para escoger el mal menor. Dejó que el agua fluyera un poco más, con la esperanza de que se aclarara, pero apostaba a que seguiría siendo marrón. Da igual. El alma y el cuerpo le dolían por beber. Necesitaba beber.

Bebió.

Y como todo en esa casa, olía y sabía a viejo. A óxido y tierra. A desamparo.

Pero era agua.

Y fue de esta manera que los cólicos y los retortijones que acompañan a tal osadía terminaron de limpiar lo que quiera que quedara de su última comida, aquella cena con Tsuruga-san que parece ahora tan lejana. A Kyoko se le fue el alma por la boca y la vergüenza por el trasero. La pobre no pudo hacer los equilibrios de la otra vez para llegar al inodoro ni le alcanzaron las fuerzas para ello.

Se limpia como puede con aquellos papeles viejos que encontró en el suelo durante su exploración de las primeras horas. Había hecho un ordenado montoncito con ellos. Antes de que llegara la loca, jugaba a adivinar qué serían y qué historias contarían. Probablemente facturas, puede que una declaración de amor, o simplemente las noticias del barrio… Sí, se asea con ellos, pero reserva una parte. Quizás tenga que comérselos. Sabe que su cuerpo aguantaría más el hambre que la sed, pero nunca se sabe.

Eso si no muere antes con los pulmones encharcados en su propia sangre.