Sesenta y una horas
Casi desde el principio de esta pesadilla, Kyoko espanta el miedo durmiendo. Se obliga a creer que así la oscuridad no la consumirá. Que al abrir los ojos, se despertará en el Darumaya. O que la policía entrará por esa puerta en cualquier momento. Le dice a las paredes que el tiempo pasará más rápido así. Lucha por mantener la esperanza, pero desde siempre es sabido que la esperanza no es más que un pájaro esquivo imposible de apresar…
Entra y sale de la inconsciencia cubierta de dolores y de terrores. La espalda le duele cada vez más y respirar es una tortura. Como si evitar enloquecer de pánico no fuera suficiente…
A veces, si los dioses son benévolos, Kyoko sueña que es un hada. Sueña que vuela junto a Corn, desplegando sus alas transparentes, de brillos iridiscentes, surcando los cielos, mientras montañas, bosques y lagos despliegan todo su esplendor solo para ellos.
Pero casi siempre sueña que es un lobo.
Una loba hembra, de ojos dorados y pelaje azabache, negro como la noche que la rodea.
Una loba que cae en la trampa de cazadores sin alma, los dientes de metal clavándose en su carne, y que pelea y se retuerce por escapar, pero sus ojos van perdiendo el brillo, y el hambre, la sed y el miedo le devoran las entrañas.
Una loba atrapada que tiene que roer su propia pata para liberarse de su prisión. Hincar los dientes y desgarrarse a sí misma. Piel, carne, músculo, tendones… El horrible chasquido de sus huesos al quebrarse… El sabor de su propia sangre en la boca…
Y huye… Al fin, huye…
La prístina nieve se tiñe de rojo tras sus pasos…
Sí, casi siempre Kyoko sueña que es un lobo.
Los dioses no suelen ser benévolos.
