Sesenta y ocho horas (1)

Sí, sus sueños casi nunca son pacíficos.

En ellos, intermitentes y definitivamente febriles, ahora se cuelan las palabras de la loca llenándolo todo. Al principio son como borrones, imágenes difusas y voces envenenadas.

"Nada, no eres nada".

Y ese veneno se extiende, corriendo espeso por sus venas hasta llegar al corazón, al lugar donde debería estar el amor de una madre y el cariño del primer amor. Pero no, allí no hay nada, solo un vacío terrible. Un hueco inmenso porque quien tuvo que dárselo todo, se lo llevó todo.

"Basura".

Era fácil, muy fácil, echarse a dormir y olvidarse de las astillas que se le clavaban en la piel, del hambre y la sed constantes, del olor putrefacto a su espalda y de los quebrantos de su cuerpo.

Cada vez era más fácil rendirse a la desesperanza.

"No eres nada".

Sí, toda su vida había crecido con ese estigma, grabado a fuego en el alma. Su madre la había abandonado sin mirar atrás. Shotaro la tiró como se tira un trapo viejo que ya no sirve. Creció con los desprecios de quienes deberían haber sido sus amigas de clase y jamás supo lo que era tener una.

Hasta que conoció a Moko-san…

La insignificante Kyoko tenía una amiga. Una amiga real, de esas que te cuentan las verdades a la cara por más que duelan, pero que dejan lo que están haciendo cuando las necesitas.

Y de repente, su mundo se expandió.

O quizás fue entonces cuando se dio cuenta de que su mundo ya se había expandido.

Su mundo había crecido, mucho, muchísimo. La abandonada Kyoko, la inservible Kyoko, tenía gente a la que apreciaba y que la apreciaban a ella. Ella los adoraba y si fuera más valiente, se atrevería a decir en voz alta que ellos también la apreciaban a ella. Había encontrado amistad, afecto y cariño sincero. Y amor… Sí, amor… Porque no por secreto y no correspondido dejaba de ser amor. Un sentimiento que le llenaba el pecho de una calidez que nunca había sentido antes.

Realmente Mogami Kyoko no estaba sola.

Había encontrado su lugar en el mundo. Un rinconcito en el que su existencia se llenaba de luz y de alegría, con todos aquellos que hacían cantar a su corazón.

Ellos no la dejarían atrás.

Solo tenía que aguantar.

Solo tenía que no morirse.