Sesenta y ocho horas (2)
Pero según va aumentando la fiebre, sus sueños se convierten en delirios, y las escenas se vuelven más nítidas, más claras y llenas de detalles. Casi reales… Junto a ella está Corn, lleno de luz y sentado formalmente en seiza en el suelo, mirándola con esa expresión de ternura que tantas veces ha visto en Tsuruga-san. Ella sabe que no es verdad, sabe que Corn realmente no está ahí, en ese sótano infecto. Pero su presencia le trae consuelo. Le hace sentir que en cierta forma no está sola en la oscuridad. Kyoko quiere aguantar, de veras que quiere, pero las fuerzas le van faltando… Y las palabras de la loca se aprovechan de su debilidad para arremeter de nuevo contra ella.
"No eres nada".
Corn niega suavemente.
—Ya sabes que eso no es verdad —le dice él.
"Basura".
—Solo son insultos de loca —afirma Corn con su tono de senpai.
"Nada, no eres nada".
—Kyoko-chan… —dice Corn mientras le aparta un mechón húmedo de fiebre de la frente—. ¿De verdad crees eso de ti?
Ella se encoge más sobre sí misma, aferrando aquella muñeca decapitada y dejando salir un gemido de dolor. Dolor por su espalda y dolor por su alma.
—Ella dijo que él había dicho que te quería —añade Corn.
Kyoko alza hacia Corn el rostro, ese rostro tumefacto, lleno de cardenales, y pasa un eterno minuto antes de que ella le responda. En voz baja, muy baja…
—Lo diría solo por ayudar…
—¿En televisión? —y suelta un resoplido muy propio de Tsuruga Ren, de esos que le salen cuando Kyoko dice algún disparate—. Lo dudo mucho.
Pero ella calla.
—Te llamó su Kyoko-chan —continúa diciendo Corn.
—Como haces tú.
—Sí, justo como yo… —replica él, sonriéndole con esa sonrisa más propia del sol que de una criatura nacida en este planeta. Y por un segundo, solo por un segundo, Kyoko se pregunta si la magia puede imitar también la sonrisa matademonios de Tsuruga Ren.
—No hay forma de que él me quiera —añade ella al rato.
—Eso deberás preguntárselo a él cuando salgas de aquí —añade en un tono tan firme, tan convencido, que Kyoko estuvo tentada de creérselo.
Pero el párpado le pesa y Kyoko siente el sueño venirle dentro del sueño.
—Oh, vamos, Kyoko-chan… —protesta Corn—. No te duermas… Están esperando por ti.
—…
—No saben dónde estás…
—…
Corn la sacude por los hombros, obligándola a mantenerse despierta.
—La vida puede doblegarte, pero nunca vencerte —Corn la acuna en sus brazos, con mucho cuidado para no hacerle daño, y deposita un beso leve allí donde estuvo su hermoso pelo—. No te dejes vencer, Kyoko-chan.
—Corn…
—Te necesitan. Tú los necesitas.
—Corn…
—Tienes que salir de aquí —le susurra él al oído.
Ella suspira. Y el suspiro le clava dagas en el pecho, arrancándole la voz.
—¿Pero cómo?
