Setenta y tres horas (1)

Es el apartamento de Tsuruga-san.

Todo está tal y como lo vio la última vez. La cena, la música, las velas… Siempre se preguntó por qué se molestaba él en disponer así el salón comedor. Si alguien hubiera entrado en ese momento, hubiera pensado lo que no era… Ni que fuera su novia…

Pero Kyoko, esta Kyoko exhausta, sin fuerzas, a la que los dolores tienen partida en dos, para la que cada respiración es una victoria y una tortura, recuerda las palabras de la loca. "El amor de mi vida". Sí, él lo dijo. Pero es que ella está loca. De remate. De atar. ¿Y si no son verdad?

Lo ve salir de la cocina con el té recién hecho. Le sonríe. Y ella a él.

Todo transcurre como aquella noche. La misma conversación, los mismos rubores, la misma inquietud de estar caminando sobre un campo de minas cuando están los dos a solas, porque ella solo puede ver su sonrisa, sus ojos amables, y teme perderse si queda atrapada en su mirada.

Pero hay algo distinto.

El sueño, el recuerdo, ha cambiado.

Tsuruga-san, mejor dicho Ren, la ha hecho sentar en el sofá del salón. Él sigue de pie y le ofrece una cajita de cristal, pequeña y de aspecto frágil, de un color azul tan vivo como el de su piedra Corn.

Con cuidado, con mucha delicadeza, la pone sobre sus manos abiertas y le dice:

—Ábrela.

Pero ella no puede.

—Pues entonces rómpela —le dice Ren.

Kyoko se queda mirando la cajita en sus manos. Pareciera que un soplo podría deshacerla en mil pedazos… Aprieta y tira de ella, pero la cajita permanece intacta.

—Rómpela —demanda él.

Ella se le queda mirando, llena de impotencia. No puede. Lo ha intentado. ¿Es que no ha visto cómo lo ha intentado? Siente las lágrimas llenar sus ojos y el llanto trepar por la garganta.

—Rómpela —repite él.

—Que la rompas, Kyoko-chan —le dice Corn, de pie junto a Ren.

—Si no la puedes abrir, rómpela —le dicen los dos.

Y de repente, ya no está en aquel salón ni en aquel sofá. Está de nuevo en aquel sótano hediondo, rodeada de todos aquellos a los que ama. No, no puede verlos. Pero están ahí. Con ella. Kyoko lo sabe. Porque conoce todas y cada una de sus voces.

Están con ella.

—Que no se diga que eres una cobarde —dice Kanae.

—Rómpela, Onee-sama…

—Mogami-kun, tienes que romperla.

—Kyoko-chan, ya te estás tardando —le dice Yashiro-san.

—Kyoko-senpai, sé que puedes.

—Nunca te des por vencida —le dice la voz firme del Taisho.

—Nunca —repite como un eco Okami-san.

—Rómpela —le dicen todos a la voz.

Y su voz (la voz de todos) es tan fuerte, tan llena de energía y determinación, que por un segundo, Kyoko pensó que harían temblar las tablas del techo.

—Rómpela —repiten.

Ella se tapa los oídos con las manos, porque sus voces son cada vez más altas y están a punto de volverla sorda.

—Rómpela.

Todos le gritan:

—¡Rómpela!

Y entre todas esas voces, hay dos, no, una… Es una. Hay una voz más clara, más amada, que le insiste:

—Si no la puedes abrir, rómpela.

Justo cuando Kyoko siente el vértigo sobrevenirle, se despertó.