Setenta y tres horas (2)
—Si no la puedes abrir, rómpela.
Pues claro que no podía abrirla. Eso ya lo había intentado mil veces. Su tobillo en carne viva y sus dedos despellejados eran prueba más que evidente de sus frustrados intentos. Y además, la argolla y la cadena eran lo único nuevo en ese sótano podrido de puro viejo. Había intentado forzarlos, retorciéndola sobre sí misma, con la esperanza (sí, esperanza…) de hacer saltar los malditos eslabones con la presión de la torsión. Pero el maldito acero resultó ser acero en vez de aluminio… Que no es que una cadena de aluminio sea débil, no, ni por asomo, pero al menos hubiera tenido una oportunidad…
Y ahora, justo ahora, precisamente ahora, su mente febril, su mente delirante, es la que le pone delante de sus narices una nueva posibilidad. Una en la que su razón consciente ni siquiera había pensado.
No, no podía abrirla. No podía arrancar la maldita cadena, pero —y aquí, con ese 'pero', decenas de mariposas le volaron por dentro de pura anticipación, y por un momento, solo un instante, opacaron los dolores de su pecho— quizás podría romper la tabla a la que se fijaba la cadena. Quizás… Quizás pudiera…
O quizás pudiera desclavar la tabla. Lo que sea, da igual… Esta casa se cae a pedazos y la madera es vieja. Si no puede abrir la cadena, romperá el suelo. Es lo que ellos le dijeron (bueno, lo que se dijo ella a sí misma), y es lo que quiere hacer.
Quizás aún tuviera una oportunidad…
Kyoko tantea con sus dedos la tabla en la que está clavada la argolla de la cadena. Busca averiguar la longitud, los bordes, el estado de la madera y, sobre todo, cuál sería el punto más débil del tablón. Dicha pieza mide un poco más que su brazo. Setenta, puede que ochenta centímetros. La madera del suelo es gruesa, sí, pero está vieja, descuidada y estropeada. Y Kyoko se encomienda a todos los dioses para que se haya podrido, como todo en esta en casa…
Finalmente se sienta, con las manos apoyadas en el suelo a cada lado y las piernas estiradas frente a ella. Sabe que sigue delirando, porque Corn, su rubio Corn, lleno de luz, está a su lado. Él sonríe, aquella sonrisa dulce que ella le ayudó a recuperar, y él le anima con un gesto a dar el primer golpe.
Ella levanta el pie e inhala aire con fuerza. Con cada movimiento, por pequeño que sea, siempre viene la cuchillada en el pecho, la punzada de una costilla clavándose en el pulmón. Pero Kyoko ya no tiene nada que perder. Inhala una vez más y deja caer el pie con fuerza justo antes del final de la tabla, allí donde se junta con la siguiente.
Primer golpe.
Y luego viene otro, y otro, y otro…
Le duele. También duelen los golpes contra el suelo. Su frente está húmeda, perlada de gotitas de sudor, por el esfuerzo físico y el dolor que se provoca a sí misma con cada golpe. Pero Kyoko resopla por la nariz, aprieta los dientes y no se detiene.
Golpea. Y vuelve a golpear. Y sigue…
Es lo único que puede hacer en ese sótano. Aparte de dejarse morir.
Y no tiene la más mínima intención de hacer tal cosa.
