Setenta y siete horas

Kyoko sigue sudando, y la humedad de la fiebre traza caminitos claros sobre la suciedad de su rostro hinchado. Hace rato que ha dejado de apretar los dientes y con cada golpe se le escapa un grito de furia y dolor entretejidos. La furia la mantiene despierta, imbuyendo de adrenalina su torrente sanguíneo. Pero sabe que es temporal. La adrenalina funcionará solo un tiempo antes de que su sistema colapse. Razón de más para darse prisa…

Sigue golpeando.

Kyoko tiene el talón en carne viva, pero extrañamente adormecido… Y con cada golpe, la cadena canta. Y por una vez, le parece a Kyoko que canta por su libertad y no por su cautiverio.

Corn, a su lado iluminando ese pequeño espacio (aunque una parte de ella sepa que no es más que una mentira del delirio), la anima a continuar. Le habla… Le habla en voz alta para mantenerla despierta y le cuenta la historia de aquellos dos niños rotos que se conocieron un verano. También le habla de aquella mágica vez que coincidieron en Guam, cuando él dijo que la amaba y le robó un beso. Otras veces, es Tsuruga Ren el que está con ella. Ella ve (o cree ver) cómo el sol de su pelo se oscurece y cómo el verde de sus ojos se torna del castaño de un otoño en el bosque. La luz de Ren no es tan deslumbrante como la de Corn, pero es más sólida, más estable y cálida. Más reconfortante… Como esas lamparitas que encendían nuestras madres después de una pesadilla, luces valientes que ahuyentan a la oscuridad y mantienen lejos a los monstruos que nos acechan… Pero claro, Kyoko no tiene forma de saber eso…

Ren también le habla. Le trae el recuerdo de aquellos días en que eran odiosos el uno con el otro. Y se ríe… Se ríe como pocas veces le ha visto hacerlo. Ella se detiene en sus golpes y se le queda mirando con extrañeza.

—¡Qué estúpidos! —exclama él.

—¿Cómo?

—Éramos un par de idiotas, Kyoko-chan… —explica él, aún con la risa bailándole en los labios—. Si yo lo hubiera sabido antes… O si lo hubieras sabido tú…

—¿El qué? —pregunta ella.

—Ya lo sabes —responde él.

Ella niega con la cabeza, muy suavemente, no queriendo (y temiendo) admitir nada.

—Sí que lo sabes —continúa él.

Ella se lleva la mano al costado y la espalda, allí donde las cuchilladas son más fuertes. El movimiento repetitivo no ha hecho más que acentuarlo y empeorarlo. Su respiración jadeante resuena entre las paredes del sótano.

Pero golpea.

No le preguntes de dónde saca las fuerzas. Ella no lo sabe. No le preguntes cómo soporta el dolor. No lo hace… Ella solo intenta evitar el desmayo, el dolor siempre está ahí. No le preguntes nada porque Kyoko solo escucha las voces de los que están con ella. Por allí pasan todos, los mismos que en su sueño le gritaban que la rompiera. También le hablan. Kyoko revive con ellos los días cuando entró a LME. Revive sus ilusiones, sus amarguras y sus alegrías, revive los afectos que se han ido tejiendo en su vida, pero también revive la emoción de verse crecer y madurar. Y de enamorarse…

Sigue golpeando.

Luego, un chasquido. El horrible crack que hacen los huesos, sus propios huesos, al romperse. El dolor corre veloz desde el talón herido en un latigazo seco y violento, y un fogonazo blanco estalla tras sus ojos, absorbido por el vértigo de la inminente inconsciencia.

Kyoko grita.

Grita como gritaba la loba de sus sueños. Como si hubiera perdido el pie. Como si le hubieran abierto las entrañas.


De algún lado, le llega una voz… Ha debido de desmayarse. Escucha, muy lejana, como si estuviera dentro de un pozo, la voz de Corn instándola a despertarse y a continuar.

Los latigazos de su talón se suman a las cuchilladas. Kyoko ríe. Y las carcajadas mueven sus costillas y presionan sus pulmones, pero ella ríe, como una triste loca, llena de quebrantos y digna de compasión, porque está consciente. ¿Pero por qué? ¿Por qué la ha despertado?

Ah, sí… Romperla. Tiene que romperla…

Llorando de dolores renovados y antiguos, con la frente perlada de sudor, sorbiéndose los mocos y las lágrimas, aprieta los dientes y cambia el pie.

Golpea.

Golpea.

Kyoko reza por unos clavos oxidados. No reza por un milagro. No reza por que la encuentren a tiempo. No, ya no… Por unos clavos oxidados. Unos simples clavos oxidados. Porque con eso, solo con eso, ya se encargaría ella de lo demás. Ah, si los dioses le concedieran tal merced…

Golpea.

Golpea.

No te desmayes.

Golpea.

¡Alto!

Un momento…

La tabla se movió.

Por los dioses, Kyoko juraría que se movió.