Ochenta y dos horas (1)

Las luces de la mañana se cuelan por las tablas del techo, dibujando líneas de luz en la oscuridad. Juegan con las sombras y trazan tenues haces de luz en las que las partículas de polvo bailan caprichosas.

Un efecto óptico.

Un deseo.

Un delirio…

Kyoko permanece inmóvil, pero su corazón late como loco, y no solo por la enfermedad o el sobresfuerzo físico, no. Late como loco porque espera y desea que no haya sido una burla de sus sentidos.

Pero se movió.

Por sus muelas, que se movió.

Cuando por fin se sobrepone a la paralización del primer instante de sorpresa, se precipita sobre la tabla en la que está la maldita argolla. Se le ha olvidado (olvidado, sí) que tiene el talón roto. El movimiento brusco le arranca un grito ronco, que a Kyoko le sabe a arena y a sangre, y hace que las estrellitas bailen de nuevo ante sus ojos. Apoya entonces las manos en el suelo y se toma un momento para inspirar con calma. Las cuchilladas siguen ahí. Bien. Está despierta. Ahora es el dolor quien le mantiene en pie.

Sus uñas —no, sus uñas no, porque ya no tiene…—, sus yemas despellejadas pasan a tientas sobre las rugosidades y asperezas de la madera. Busca el fin de la tabla, justo la línea donde se separan los dos tablones. Hay un ligero desnivel, muy pequeño, pero que antes no existía. ¡Cielos! La sangre le truena en los oídos, y una mueca que recuerda tristemente a una sonrisa se le forma en el rostro. Sus dedos corren al otro extremo, el que debería estar más elevado —¡Lo está!—, y pelean por afianzarse en la madera. Pero están heridos, no lo olvidemos, y bajo sus yemas resbaladizas y llenas de sangre seca y nueva, la madera se le escapa.

Kyoko exhala un resoplido de rabiosa frustración y como puede, se las ingenia para añadir otro par de golpes más a la cuenta.

Arrastrándose por el suelo, se coloca a horcajadas sobre la tabla, de rodillas y sin sentarse, con una pierna a cada lado. El talón le estalla de dolor con la postura forzada. Ella aprieta los dientes una vez más. Se seca los dedos en sus ropas, vuelve de nuevo al final del tablón y batalla por que sus yemas encuentren un punto de apoyo. Sus dedos rojos lo intentan de nuevo y consiguen alzar la tabla.

Un centímetro.

Con un gruñido vibrando en la garganta, de esos que recuerdan a alguno de los grandes felinos, Kyoko ya no siente cómo se le clavan las costillas en el pecho (o quizás sí, pero ahora mismo le importa una mierda) y hace fuerza. Más.

Tira y cada milímetro ganado es conquistado por sus maltrechos dedos.

Dos centímetros.

El gruñido felino se mezcla con una sarta de reniegos y maldiciones mascullados entre dientes, pero ella sigue tirando.

Hasta que por fin puede pasar los dedos bajo el tablón.

Una exhalación ronca es la única expresión de victoria que se permite, porque es ahora o nunca.

En un movimiento fluido, con los dedos bajo el tablón y sin soltarlos jamás, se deja caer hacia atrás, sin llegar a tocar el suelo, haciendo uso del peso de su propio cuerpo.

Y en el silencio de su prisión, el chasquido metálico de los clavos al separarse de la madera, le semejó a Kyoko el más hermoso de los sonidos.

—Sabía que lo lograrías —le susurra Ren con los ojos brillantes y la voz reventando de orgullo.

Pero Kyoko no suelta la tabla. No no no. La sigue aferrando con todo el coraje de sus menguantes fuerzas, y tira y tira hacia atrás, hasta que finalmente cae con un sonoro golpe sobre su dañada espalda.

—Esa es mi chica… —le oye decir antes de que se la trague la oscuridad.


Cuando recupera la consciencia, porque no había forma de evitar el desmayo esta vez, comprueba eufórica e hiperventilando que en sus manos aún retiene la tabla abrazada con fiereza contra su pecho.

La maldita tabla desclavada por completo.

Pero precisamente entonces, la puerta del sótano se abrió de golpe, anunciando con un estruendo horrible al chocar contra la pared que la loca había vuelto.