Ochenta y dos horas (2)
Pero precisamente entonces, la puerta del sótano se abrió de golpe, anunciando con un estruendo horrible al chocar contra la pared que la loca había vuelto.
Sí, su silueta oscura recortada en el rectángulo de luz —la casi olvidada luz de sol— que se dibuja allí arriba, en el vano de la puerta. A Kyoko le recorre la espalda un escalofrío de puro miedo. Su postura —la de ella— es como la de un depredador a punto de saltar sobre su presa. Tensa e inexorable. Inevitable.
A Kyoko se le congela la sangre en las venas. Se queda inmóvil, paralizada, mientras las mariposas del pánico vuelan en frenesí enloquecido. Debería moverse, sí, debería moverse. Pero no puede… Los golpes, la paliza, los insultos, el desprecio, el dolor partiéndola en dos… Todo vuelve, todo regresa, fresco, renovado y aterrador. Sí, congelada en un grito que solo ella oye, Kyoko mira la negra figura. Y espera…
La loca calla, pero Kyoko no se llama a engaño. Puede sentir el odio y la ira en su piel, casi como si la tocaran y la atravesaran en furiosas oleadas, una detrás de otra, queriendo destruirla y reducirla a la nada, al olvido…
—¡LO HA VUELTO A DECIR! —grita por fin rompiendo el silencio, desde lo alto de la escalera—. ¡EN DIRECTO! —añade atragantándose con cada palabra, como si le costara asumir que son reales—. ¡DELANTE DE TODO EL MUNDO!
Junto al grito mudo de Kyoko, grita también una vocecita, pequeñita y débil, pero a la que se le van uniendo otras, que se suman a su grito. Y esa voz —todas sus voces— se va haciendo más fuerte, más valiente, y va alzándose, hasta que por encima de los insultos, del odio y del miedo, Kyoko por fin la oye resonar en su cabeza.
La puerta está abierta.
—¡MIENTE! ¡MIENTE! —grita de nuevo, escupiendo con odio cada palabra.
Esta vez tienes algo parecido a un arma.
—¡NO PUEDE AMARTE!
La puerta está abierta.
—NO-PUE-DE-A-MAR-TE-A-TI —repite entre dientes, cada sílaba cargada de rabioso veneno.
La puerta está abierta. Tienes un arma.
De la loca sale un gemido animal, de bestia herida de muerte, de bestia que ya no tiene nada que perder. Uno a uno, va bajando los escalones, y cada paso la acerca más a Kyoko, que sigue inmóvil. No le ve el rostro, nunca le ve el rostro, pero se la imagina perfectamente con los ojos negros, vacíos de vida, como aquella otra vez, pero ahora, con su muerte escrita en ellos.
Tienes un arma.
Con la luz que entra por la puerta, Kyoko ve cómo las manos de la mujer se crispan curvándose como garras, y las lleva al frente, listas para apresar su cuello, listas para robarle la vida.
—¡SOY YO! —grita de nuevo, a dos pasos de distancia de la muchacha.
Tienes un arma.
A Kyoko los dientes le castañetean y las manos le tiemblan, abrazando aún el tablón del suelo. Pero ella aguarda, amparada por la oscuridad en su rincón. Todavía no.
Ahora, Kyoko-chan.
Mandando a tomar viento el dolor lacerante de sus costillas, y apretando los dientes una vez más, Kyoko se dobló sobre sí misma hasta quedar semisentada a la vez que estiraba los brazos con la maldita tabla por delante para enredarla en los pies de la loca.
Un gritito de sorpresa vino primero. ¡Quién diría que las presas fueran capaces de defenderse! Luego, el sonido del trastabilleo de sus pies tropezando entre sí con la tabla. Y finalmente el golpe seco y retumbante, como el que hace una sandía al caer al suelo, cuando la cabeza de la loca impactó contra la madera del piso.
Kyoko blande ante sí el tablón como si fuera algún tipo de pesada espada medieval. Su respiración agitada resuena en el silencio del sótano, rebotando contra las paredes y saliendo por la puerta abierta.
La puerta está abierta.
Sus compañeras constantes, las cuchilladas en los pulmones y los latigazos del tobillo, se hacen notar cuando se pone de rodillas. Su intención es ponerse en pie, pero eso llevará un tiempo… Al menos hasta que las estrellas desaparezcan de sus ojos. A su lado, un poco más allá, la loca yace desmadejada en el suelo, con la larga melena ocultándole el rostro.
Tres minutos después, aferrándose al tablón, Kyoko hace el esfuerzo último por alzarse y ponerse sobre su(s) propio(s) pie(s). Un grito y nuevos sudores vienen con el esfuerzo. Cuando el mundo por fin deja de girar, Kyoko se apoya sobre la pierna buena —o la menos mala— y le arrea un golpetazo a la mujer con la tabla de las narices. Un quejido breve y seco sale de la mujer inconsciente. Kyoko tenía que asegurarse. Solo para cerciorarse de que se no vaya a levantar en mucho tiempo.
Solo para eso…
Y un nuevo sentimiento recorre su pecho. Suspira. Y como siempre, cada suspiro se le clava en los pulmones. Pero incluso así, Kyoko suspira. Allí donde antes estaba el miedo, fluye ahora el fresco alivio, y luego, una vez que el pecho se vacía de la desesperanza, envía pequeñas descargas eléctricas a sus terminaciones nerviosas, y son como mil pequeñas agujas clavándosele en la piel. Es el fin de la adrenalina. Es el agotamiento. El cansancio extremo.
Su cuerpo está diciendo 'hasta aquí'.
Todavía no, Kyoko-chan…
Un esfuerzo más…
La puerta, Kyoko-chan…
Ella alza la cabeza para cruzar su mirada con los ojos verdes de Corn.
—Te lo dije antes, Kyoko-chan: doblegada, pero nunca vencida.
A su lado, como en un espejo en sombras, aguarda Ren.
—Regresa a mí —le dice.
Kyoko asiente, con el pecho a punto de estallar por algo que no es la presión de sus costillas, y los contempla por última vez. Porque sabe que hasta aquí duró su viaje. Hasta aquí duró la magia que la mantuvo cuerda. O quizás la locura que la mantuvo con vida… Sus figuras se acercan y se separan, alternándose el príncipe y el actor. Mezclándose, diluyéndose el uno en el otro hasta ser uno solo. Luego, con un nuevo suspiro, Kyoko se acerca a la escalera renqueando.
—¿Necesitas que te ayude? —preguntó Corn/Ren.
Ella sonrió, más bien una mueca triste pero llena de determinación, en un rostro tumefacto y surcado por los hematomas y la suciedad.
—Estaré bien —le dijo—. Lo haré sola.
Cojeando y con la tabla en la mano, convertida en improvisada muleta, y con el eco metálico de la cadena arrastrada por el suelo, Mogami Kyoko comenzó a subir la escalera.
Escalón tras escalón.
Poquito a poco, sin mirar atrás.
Un paso detrás de otro.
Hacia la libertad.
- - FIN - -
NOTA:
Antes de que lancen el grito al cielo, habrá DOS epílogos, oh, sí.
Gracias por acompañarme en este viaje. Y especialmente a kikitapatia y a oxybry, porque sin ellas esta historia se hubiera quedado en un cajón.
