Ochenta y cinco horas (Epílogo 1)

La encontró un matrimonio que paseaba con su perro.

De hecho, fue el perro quien la encontró.

Llegó a ella, la rodeó tres veces olisqueándola con curiosidad y salió corriendo a traer a sus dueños.

Lo que ellos vieron no se olvida fácilmente.

Una criatura de alguna película de terror. Una aparición salida de otro mundo.

Pero no. Era una muchacha. Real.

Una muchacha que apenas puede andar, vilmente encadenada a una tabla que usa como apoyo para mantenerse en pie. Una muchacha con el rostro deformado por la inflamación y llena de hematomas violetas y negros, y que apenas puede abrir uno de sus ojos. Descalza, con los tobillos hinchados, la columna doblada como si ya no pudiera sostener ese pequeño cuerpo. La ropa sucia, desgarrada en algunos puntos, llena de tierra, polvo y quién sabe qué más. El pelo cortado de manera desigual, con furia, con saña. Con las manos llenas de sangre. Y ellos saben —porque el escalofrío en sus huesos así lo dice—, que es su propia sangre.

Pero ella sigue en pie.

Y la cadena canta como un eco con cada paso que da.


Mientras Kyoko era conducida al hospital, la policía rastreó la zona y localizó el sitio de su secuestro.

Encontraron su bolso y sus zapatos en una de las habitaciones de aquella casa desvencijada.

Y a la loca en el apestoso sótano, con la cabeza sangrando, totalmente inconsciente…

A ella se la llevaron a otro hospital. No la querían cerca de la víctima.


Al mismo tiempo, en la ciudad de Tokyo, varias personas descubrieron que en sus pies tenían alas.

Los corazones volaban y la carretera se les hacía interminable.

Está viva. Kyoko está viva.


El Taisho sostiene a su esposa por los hombros, temblando entre sus brazos. Le hace un gesto con la cabeza al doctor, señalándole al grupo que aguarda impaciente más allá: Ren, Lory, Yashiro y Kanae.

El doctor suspira. Esta parte de su trabajo siempre es dura. ¿Cómo le cuentas a alguien el estado de un ser querido? ¿Cómo les hablas del infierno que ha pasado esta muchacha?

Se acerca, dando un paso al frente. Los demás se mueven, le rodean sin darse cuenta, ansiosos por saber de Kyoko, pero cuando el doctor empieza a hablar, el aire les falla y un puño de hielo les aprieta el pecho.

—Mogami-san sufre una deshidratación severa. Sus heridas están infectadas y arde en fiebre. Ha tenido delirios, según me ha dicho ella misma. Además, dice que ha bebido agua sucia, por lo que habrá que vigilar otra clase de complicaciones. Presenta abrasiones y policontusiones, especialmente en la caja torácica —varios gemidos ahogados hicieron eco a las palabras del doctor—. Dos costillas rotas y tres fisuradas. Es un milagro que no tenga perforado un pulmón — con cada palabra, los corazones se hunden más y más—. De resultas de la paliza…

—¿P-Paliza? —preguntaron varias voces temblorosas. El hombre asintió tristemente y continuó.

—De resultas de la paliza, tiene un riñón en mal estado, parcialmente desprendido. No sabemos aún si dejará de ser funcional. Solo el tiempo lo dirá —el doctor hace una pausa para ordenar sus pensamientos. Aún no ha terminado, aún quedan daños por enumerar—. Tiene además el pie roto por tres sitios, dice que eso se lo hizo ella intentando escapar. El otro pie no está mucho mejor… Su ojo derecho no corre peligro, aunque al principio nos temimos lo peor…

El hombre exhaló lentamente el aire que le quedaba, esperando una retahíla nerviosa de preguntas, pero solo le respondió el silencio.

Silencio.

Sí, porque cada uno de ellos estaba lidiando a su manera con las negras nuevas. Cada uno buscaba la forma de conciliar ese terrible cuadro clínico con la jovencita alegre y trabajadora que conocían y querían.

Pero era imposible.

No hace ni cuatro días que la perdieron. Cuatro días.

Cuatro días en que se la robaron y temieron haberla perdido para siempre.

Cuatro y días y la recuperan… ¿así? ¿Quebrada? ¿Rota?

¡Pobre Kyoko-chan!

Pero Ren… Ren callaba por otras razones. Ren estaba luchando consigo mismo.

¿Paliza? ¿Agua sucia?

¿Paliza?

¡Paliza!

Ren siente la conocida ira creciendo en su interior, como un fuego cuya llama nunca fue extinguida del todo, sino tan solo ocultada. Es un fuego el suyo que quiere castigar, causar daño y derramar ríos de sangre por cada lágrima, por cada quebranto, por cada dolor infligido a su Kyoko…

Pero…

Pero si lo hace, si le suelta las riendas a esa parte suya, no podrá estar junto a ella. Si desata la ira, no podrá ayudarla a ponerse de nuevo en pie. Si se deja cegar por las negras olas, no podrá verla, no podrá cuidarla. Por los dioses, no podrá hacerla sentirse amada. No podrá amarla.

No podía fallarle de nuevo. No. Otra vez no. Nunca jamás.

Kyoko va primero. Antes que la ira, antes que la venganza. Antes que sí mismo. Kyoko va antes que nada…

Kyoko es todo…

Con el rabillo del ojo, advierte que el Taisho y la Okami se unen a ellos. Pero aún callan todos.

—¿La han…? —pregunta Kanae, rompiendo el silencio, con la voz estrangulada, dejando a medias la pregunta que nadie se atreve a hacer. Pero el médico entiende. Claro que entiende…

—No, no… —se apresura a responder, con las palmas hacia adelante reafirmando su respuesta—. P-Pero ¿por qué…? —el doctor suspira y se quita las gafas para masajearse el puente de la nariz—. ¿Debo suponer que la policía no ha hablado con ustedes?

—No —contestó el Taisho.

—Solo que la habían encontrado y la traían para acá —añadió Lory.

—No me preocupan sus heridas físicas —prosigue el doctor—. Se recuperará. Más pronto o más tarde, pero lo hará. Son las secuelas psicológicas… Nadie vive una experiencia como la suya sin salir intacto —Ren aprieta los puños—. Necesitará ayuda profesional. Los necesitará a todos ustedes.

Ren entonces da un paso al frente, y su voz no flaquea cuando le responde:

—Nos tendrá, doctor. Estaremos siempre a su lado.

El doctor amaga una sonrisa no exenta de cierta tristeza, porque todo Japón lo sabe. Tsuruga Ren no se apartará de la joven Kyouko. Pero Japón no la conoce a ella. Todavía. No saben qué clase de mujer es.

—Pues déjenme contarles ahora cómo la encontraron. Déjenme decirles lo que trajo consigo —les dijo. Luego hizo una pausa. Inspiró, vació los pulmones y añadió—. Mogami-san es una luchadora. Una superviviente.