AVISO: ESTE CAPÍTULO PUEDE HERIR ALGUNAS SENSIBILIDADES.
Gracias de nuevo por acompañarme en este viaje.
Mucho después (Epílogo 2)
En los años que siguieron, en cierto psiquiátrico de la prefectura de Saitama, donde los internos eran a la vez pacientes y reclusos, la noche de los sábados tocaba sesión de cine. La institución contaba con el sistema de pago por visión y las películas eran elegidas por el personal a cargo, es decir, celadores y enfermeras.
Era este el evento más esperado de la semana, pues traía cierta novedad a sus ordenadas vidas, reguladas siempre por los horarios y la medicación. Pero había una mujer, siempre la misma, que en algún momento de la película, se ponía a gritar, a vociferar alaridos incomprensibles y a arañar el aire, intentando llegar a la pantalla panorámica y destrozarla con las manos desnudas.
Esta mujer era rápidamente reducida por fornidos celadores y conducida a una celda acolchada, convenientemente ataviada por la pertinente camisa de fuerza —por su propia seguridad—, medicada hasta las cejas, entontecida y convertida en un bulto babeante que se cagaba encima.
De más está decir que sus compañeros la despreciaban por fastidiarles las veladas de cine.
Un hecho que no debería guardar relación alguna es que las películas elegidas por el personal de la institución solían ser las que protagonizaban la joven Kyouko o Tsuruga Ren, pero con mayor frecuencia, ambos. Juntos en la pantalla.
Semana tras semana.
Un día, coincidiendo con el anuncio en los noticieros del nacimiento del primer hijo del matrimonio Tsuruga, se oyó un alarido en la sala común. Esta mujer, la misma que al parecer odiaba el cine, empezó a arrojar al suelo todo lo que había en su mesa y a lanzar las sillas cercanas contra los demás internos. En el tiempo en que los celadores llegaron a ella, varios de los pacientes le habían devuelto el gesto con sus propias sillas.
Debidamente atendida, esta mujer pasó una semana más en la celda acolchada, y tras bañarla para limpiarla de heces y orines, la regresaron a su dormitorio. Como siempre, como habían hecho cada una de las veces.
A la mañana siguiente, la encontraron colgada y fría, ahorcada en sus propias sábanas. Había ingeniado una lazada que iba desde la cama de metal, atornillada al suelo, y pasaba sobre un enorme armario. En la autopsia se concluyó que su muerte no había sido inmediata, según se deduce de su rostro azul y del vacío post mortem de sus esfínteres. Pasó sus últimos quince o veinte minutos de vida colgada del vacío, luchando por encontrar un apoyo para sus pies, arañándose el rostro en frenéticos intentos por deshacerse de la lazada que le comprimía el cuello y las venas, buscando aire que respirar. 'Bailando en la cuerda', dirían los entendidos. Anoxia por ahorcamiento. Una muerte agónica, lenta y dolorosa. Quince minutos eternos. Perdiendo la vida en cada aliento. No tuvo la 'suerte' de romperse el cuello.
Nadie lo lamentó.
