- "Planta 48, puerta 24. No pensaba tener que volver aquí de nuevo." - pensó Ryoko Inai mientras accionaba la llave magnética de la puerta, que se abrió sin tardanza. Ante ella se mostró una pequeña habitación con una cama de matrimonio y, a su alrededor, un mueble que combinaba en una misma pieza de madera la mesilla de noche, un sofá, un escritorio y un armario con una cómoda, envolviendo así la habitación. Tras colocar la maleta dentro del armario, sin abrirla, echó un vistazo alrededor. El silencio era abrumador, pero se alegraba de estar en un entorno distinto al que había sido su habitación los últimos diez años.
Con lentitud, se acercó a la ventana para contemplar las vistas de la ciudad de Nagoya. Ya era casi de noche y los edificios blancos y acristalados ahora eran casi invisibles, a excepción de algunas ventanas que aún se mantenían encendidas, y la decoración navideña le añadía encanto a la plaza que conectaba con la estación de tren. Ryoko pensó en bajar a dar un paseo, pero no estaba allí para eso. No esa noche. Los recuerdos de lo que ocurrió la última vez que estuvo allí se agolpaban en su mente y, en todo ese tiempo, no había podido dejarlos atrás.
Entonces era una mujer felizmente casada. Su marido, Kenzo Inai, era un oficinista bien valorado en su empresa que iba a ser ascendido a supervisor y, por eso, solía ser de los elegidos para hacer viajes de empresa en representación de la compañía. En esa ocasión, era un viaje de una semana que coincidía con su cumpleaños. Ryoko no estaba de acuerdo. Nunca habían pasado el cumpleaños de Kenzo separados, pero no se podía hacer nada al respecto. El día en cuestión, Ryoko decidió pedir un día de vacaciones en los grandes almacenes donde trabajaba como dependienta para sorprenderle haciendo un viaje sorpresa desde Gifu a Nagoya.
Ryoko se puso su ropa favorita y se apresuró hacia la estación de tren. Una vez llegó, pasó el día buscando un libro que su marido le había referido en alguna ocasión que quería tener y, después, al anochecer, se encaminó hacia el hotel. Algunos de los restaurantes estaban en la planta baja y allí, mientras disfrutaba de un café en una terraza cerrada con vistas a un jardín interior, pudo ver cómo varios oficinistas pasaban por el otro lado del jardín. No tardó en distinguir a Kenzo, que charlaba y bromeaba con otros hombres, seguramente compañeros de una sucursal de la zona. Ryoko sonrió con timidez y se levantó, dispuesta a cruzarse con el grupo y mostrarse ante su marido, pero al cruzarse con ellos, no le encontró.
- ¡Hola, Ryoko! - uno de los oficinistas, vecino del barrio, sí la reconoció y se acercó a ella con una sonrisa - ¿Qué haces aquí?
- Hola, Katashi... - ella le saludó con una cortés reverencia - He venido a ver a Kenzo, es una sorpresa. ¿Le has visto?
- Pues... hace un momento estaba aquí - replicó él, mirando alrededor, extrañado -. ¿Quieres que le llame? - se ofreció, echando mano de su teléfono.
- No, no te molestes. Muchas gracias - Ryoko le interrumpió con rapidez -. Iré a buscarle yo misma. - tras despedirse con una última reverencia, la joven se alejó del grupo y se dirigió hacia la recepción, exponiéndole la situación. El recepcionista asintió con una educada sonrisa y tras revisar las reservas, se le cambió la cara. Confuso, y un tanto acongojado, alzó la mirada hacia la joven.
- Señorita, el señor Inai ya está alojado con su esposa. - Ryoko enmudeció un instante y abandonó el hotel con paso lento. Fuera, la calle estaba prácticamente vacía y las tiendas empezaban a cerrar. Con la mirada perdida, se sentó en un banco de la calle. Tenía que pensar detenidamente en lo que iba a hacer. Abandonar la ciudad ya era imposible, el último tren salía en diez minutos y no le daría tiempo de llegar a la estación. Atrapada en la ciudad, la única opción que le quedaba era volver al hotel para pasar la noche, así que hizo una reserva desde el teléfono móvil para esa misma noche y se dirigió a la recepción, asegurándose de que le atendiese otro recepcionista.
Tras conseguir una habitación en el piso 50, puerta 14, Ryoko se sentó en la cama de una modesta habitación individual. Le temblaban las manos y el aire parecía reacio a entrar en sus pulmones. En busca de algún alivio, se encogió en la cama y abrazó la almohada, dejando que ésta sofocase sus lágrimas y gritos de rabia y desesperación, hasta que el cansancio reemplazó toda emoción. Entonces, lentamente, se puso de pie y se encaminó al pasillo. El hotel tenía 53 plantas y varios hoteles repartidos entre ellas. No tenía tiempo de moverse por todo el edificio, así que detuvo a uno de los empleados del hotel cerca de los ascensores.
- Disculpe...
- Buenas noches, señorita. Dígame, ¿en qué puedo ayudarla? - la empleada, una mujer de mediana edad, la saludó con una reverencia y se detuvo a su lado.
- Verá... me he perdido - sonrió ligeramente -. Estoy con los trabajadores del Japan Post Holdings, pero no recuerdo a qué restaurante me han dicho que iban, y mi móvil no tiene batería. ¿Podía usted decirme, si es posible, dónde están? - ella asintió con una cortés sonrisa y tras un par de llamadas a través de un teléfono interno, la empleada llamó al ascensor.
- Están en la planta 14, en una mesa cerca de la ventana. Cuando llegue al restaurante, nuestro maître la llevará hasta ellos. Ya la está esperando.
- Muchas gracias - Ryoko hizo una reverencia y se encaminó hacia el ascensor, pero la empleada la detuvo esta vez.
- Señorita, ¿se encuentra usted bien? Puedo hacer que le lleven la cena a su habitación, si me lo permite.
- No es necesario, muchas gracias.- la empleada asintió y la dejó ir, saludando con una reverencia hasta que las puertas del ascensor se cerraron. Dentro, Ryoko se apoyó en la pared del ascensor mientras meditaba cómo dar los siguientes pasos. Aún no asumía lo que el recepcionista le había dicho. Tenía que verlo por sí misma. Cuando llegó al restaurante, el maître saludó con una suave sonrisa.
- Buenas noches. ¿Es usted miembro de la empresa Japan Post Holdings? - el corazón de Ryoko empezó a martillear en su cabeza con fuerza, pero se obligó a mantener el control sobre sí misma y miró fijamente al hombre.
- No. No soy yo. - el maître bajó la mirada, confuso, y sonrió con una rápida reverencia.
- Disculpe, me he equivocado. ¿Mesa para uno?
- Sí, por favor. - juntos, avanzaron por el amplio salón.
Nada más entrar, había un servicio de buffet libre y luego, varias mesas circulares rodeadas por butacas negras para grupos pequeños, y mesas rectangulares más al fondo, destinadas para grupos grandes. Ryoko no tardó en distinguir a Kenzo y Katashi. En silencio, se sentó tras pedir algo de beber. Las carcajadas procedentes de la mesa se escuchaban por medio restaurante. Parecía que, fuese cual fuese el acuerdo entre empresas, había ido bien y todos lo festejaban con gran alegría. Al lado de Kenzo, Ryoko distinguió una silla vacía, y el corazón le dio un vuelco. Era su oportunidad de ir y hablar con él, de mostrarse ante todos y poder aclarar las cosas, pero antes de poder moverse, una mujer joven, con un uniforme gris y un pañuelo rojo se acercó a la mesa y tomó asiento junto a Kenzo, que la recibió con un beso ante los vítores de sus compañeros. Katashi no parecía cómodo con la situación y se mantenía un poco más apartado, centrándose en beber mientras algunos compañeros hablaban con él y le daban palmadas en la espalda, como queriendo reconfortarle por algún amor perdido. Ryoko les observó mientras se le anegaba el alma en lágrimas, y de pronto, se le nubló la visión. Un camarero se puso delante de ella para dejar la bebida en la mesa.
- Perdone la tardanza - ella parpadeó sobresaltada, sin tiempo de esconder sus lágrimas. El camarero la miró preocupado -. Señorita, ¿se encuentra bien? - Ryoko le miró, empezando a hiperventilar, sin saber dónde esconderse. Así sólo llamaría la atención, así que optó por abandonar el local tras pagar la consumición y refugiarse en el pasillo antes de perder el control por completo. Allí, en un rincón, en silencio, el murmullo lejano del restaurante la mantenía alerta. Un largo rato después, los comensales empezaron a abandonar el restaurante. Ryoko aprovechó para ocultarse entre el gentío y seguir a Kenzo hasta la planta 48. Inmediatamente, se dio la vuelta, cogió el ascensor, bajó varias plantas y se metió en otro restaurante con rapidez, alegando, con cierta agitación, que había perdido un pendiente. Mientras el personal empezaba a revisar por todos los rincones, Ryoko se dirigió a una mesa y se hizo con un cuchillo, que guardó envuelto en una servilleta en el interior de su bolso, junto al libro que compró por la mañana. Tras un rato, el personal se disculpó con ella al no tener éxito y le prometieron que, de encontrar algo, se lo dejarían en la recepción del hotel. Ryoko asintió y abandonó el restaurante, volviendo sobre sus pasos y entrando en el ascensor. Con los dedos temblorosos, marcó la planta 48 en la botonera. Los segundos se le antojaban horas mientras las puertas se cerraban y la cabina comenzaba su ascenso. Cuando se abrieron las puertas, echó a andar aunque cada vez, sus piernas parecían recorrer menos y menos distancia mientras ella avanzaba a la puerta. Con el rostro desencajado, un zumbido en los oídos y la visión ligeramente nublada, se detuvo delante de la puerta 24. Cuando fue a alzar la mano para llamar, notó que alguien estaba en el pasillo con ella, mirándola fijamente. Temblando, se giró hacia la figura. Era Katashi. El hombre la miraba con tristeza y preocupación. Ryoko estaba temblando de pies a cabeza y temía que aquella noche no acabaría bien.
- No entres ahí.
- ¿Tú lo sabías? - preguntó a media voz, sin moverse ni un milímetro.
- No. Les hemos visto hoy.
- No te creo... - sonrió con sarcasmo. Katashi se acercó lentamente a ella, pero Ryoko retrocedió. Katashi alzó las manos, intentando relajarla.
- No tengo motivos para mentirte. Para mí también ha sido duro descubrirlo. Tú eres mi amiga, Ryoko... Y todos conocemos a Kazumi Asano. Es buena chica, ella no tiene ni idea de lo que pasa. Si me lo permites, yo puedo...
- Márchate, Katashi. - Ryoko frunció el ceño.- Katashi suspiró pesadamente y volvió a enfrentarse con los ojos enrojecidos de la joven.
- Vengarte no cambiará lo que está pasando. Ven a mi habitación, hablemos.
- Katashi... márchate. - repitió con sequedad.- Te vi en el restaurante. No hiciste nada.
- Yo no puedo meterme en vuestra relación, Ryoko. Sí puedo hablar con Kazumi y explicarle lo que pasa, pero lo demás... es cosa vuestra - intentó explicarse él. Pero aquello sólo aumentó la determinación de Ryoko, que le miró con frialdad y llamó a la puerta mientras le miraba fijamente.
- Es tu última oportunidad. Vete y estarás bien.
- ¡¿Qué haces?! - exclamó él. Pero no hubo tiempo de reacción. La puerta de la habitación se abrió y Ryoko entró dentro, cerrando tras de sí mientras Katashi trataba de entrar en vano. Dentro, Kenzo miró a su mujer aterrado.
- Ryoko... - balbuceó. Ella le miró fijamente. Estaba semidesnudo, con marcas de pintalabios por el cuello. En la cama, con la ropa abierta, estaba Kazumi, que les miraba confusa.
- Feliz cumpleaños - replicó ella con amargura mientras abría el bolso y sacaba el libro envuelto con delicadeza. Con la mano temblorosa, lo extendió hacia él mientras rompía a llorar de nuevo.
- Ryoko... no te hagas esto. Te prometo que lo hablaremos cuando vuelva a casa - Kenzo suspiró y se acercó a ella, pero un dolor agudo le traspasó el abdomen. Confundido, notando cómo algo cálido empezaba a correr por su pierna, miró hacia abajo y vio un cuchillo hundido por completo en su cuerpo, y notó cómo la sangre caía con rapidez. Antes de poder reaccionar, Ryoko retiró el cuchillo y se lanzó contra él, hundiéndolo una y otra vez en el torso, hasta que Kenzo dejó de moverse. Kazumi retrocedió hasta el último rincón de la habitación aterrorizada, y trató de huir cuando Ryoko se abalanzó a por ella, pero resultó herida en un brazo. Después, Ryoko la sujetó por el pelo con la intención de asesinarla, pero antes de poder hacer más, la puerta se abrió y el personal del hotel entró en la habitación, obligando a Ryoko a soltar el arma mientras llegaba la policía. Katashi se adentró con rapidez y se mantuvo junto a Ryoko, mientras el personal atendía a Kazumi lejos de ella. La policía no tardó en aparecer y llevarse detenida a Ryoko.
Ryoko se sirvió un café del minibar de la habitación. Hacía diez años de eso, pero aún lo sentía como si acabase de ocurrir. Sin embargo, no podía permitirse perder más años con ese asunto y, por eso, dejó una carta y una flor en el escritorio. En la carta se podía leer "Lo siento, Kenzo. Pero lo volvería a hacer".
Después, hizo una llamada por teléfono.
- Katashi. Estoy aquí. Bajo en dos minutos.
