Gracias a Maguie Ibarra, UshieVictoria y también a los favoritos y a los seguidores. Tomo el espacio para decirles que la historia se trata principalmente de la familia original. Envolverá más sus vidas que las vidas de los personajes principales de la serie. Nos leemos en el próximo capítulo!


4.

Matt estaba parada frente a ella en el porche de su casa. Él sabía porque estaba ahí y ella sabía que él lo sabía. No había que cuestionar nada y los dos sabían lo que pasaría a continuación.

Matt solo era un año mayor que ella, era un chico apuesto y de buen cuerpo. En realidad era guapo, pero ni siquiera la atracción física podía con lo que ellos ya no sentían.

―Matt yo…lo siento ―dijo ella después de muchos minutos de estar parados viéndose como tontos.

―Está bien, Care. Lo entiendo. Yo tampoco siento lo mismo...

Caroline asintió.

―Siento que todo esto es mi culpa, Matt. Si tan solo yo…no hubiese sido tan celosa y si…

―Basta, Care ―le cortó el―. Te he dicho que no, es algo mutuo. No te culpes, no es culpa de nadie.

―Te quiero mucho, Matty ―le sonrió.

Los ojos grises de Matt se achicaron al escucharla y la atrajo en un abrazo.

―También yo, Care. No quiero perder tu amistad por esto ―dijo contra su cabello.

Caroline sonrió, pensando que aquello había salido mejor de lo que ella esperaba.

―No lo harás. Yo no quiero dejar de ser tu amiga.

―No dejaremos de ser amigos. Lo prometo si tú lo prometes ―dijo separándose de ella, a la vez que sonreía divertidamente.

Caroline dejó escapar una risita tonta y asintió.

― ¿Lo prometes por el dedito? ―dijo ella, poniendo su dedo meñique frente a él.

Matt levantó una ceja y rodó sus ojos.

― ¿Enserio me vas a obligar a prometerlo de esa manera?

―Por el dedito ―corrigió ella―. ¡Y claro! Tienes que prometerlo por el dedito, si no, no cuenta.

Matt se tomó el rostro con las manos y negó con su cabeza mientras que Caroline sonreía impaciente como idiota.

―De acuerdo, pero nadie se puede enterar de esto, Caroline Beula Forbes.

― ¡Ugh, Matt! ¿Cuántas veces te he dicho que odio mi segundo nombre? Eres un insensible.

Matt soltó una carcajada que hizo que ella rodara los ojos.

―Nadie se puede enterar de esto, Beula…

― ¡Bien! ―zapateó el suelo, molesta―. Nadie se enterara que Matt Donovan prometió algo por el dedito ―él la asesinó con la mirada―. Ahora, anda ―ella levantó su dedo meñique de nuevo―, prometamos por el dedito que no dejaremos de ser amigos. ¿De acuerdo?

Matt suspiró y entrelazo su gran dedito meñique, con el suyo pequeñito y delgadito.

―Lo prometo ―dijo el con una sonrisa de rendición en su rostro.

―También lo prometo. ¡No sabes lo feliz que estoy! Pensé que me odiarías o que…no lo sé ―sacudió su cabeza de un lado a otro sonriendo como tonta.

―Estás loca ―exclamó el―. ¿Cómo voy a odiar a mi mejor amiga?

―Pensé que Elena era tu mejor amiga ―dijo ella fingiendo un tonito celoso.

―Tú y ella son tan inseparables que a veces pienso que son la misma persona ―se encogió de hombros―. No hay necesidad de ponernos celosos, hay Matt Donovan para todas ―le guiñó un ojo mostrándole uno de sus fuertes brazos.

Caroline rio con fuerza.

― ¡No seas presumido! ―le pegó un manotazo en el brazo―. ¿Quieres pasar a tomar algo? ¿O tienes turno en el Grill?

―Puedo pasar un rato y después irme al Grill ―se encogió de hombros.

Caroline sonrió y pensó en mandarle un mensaje de texto a Elena contándole todos los malditos detalles de la ruptura más dulce, gentil y maravillosa de todo el puto mundo.

Matt y ella entraron a su casa para platicar de cosas tontas y ver series de televisión que a Caroline le gustaban pero Matt odiaba. Estuvieron ahí un buen rato hasta que el turno de Matt estaba a punto de empezar, se despidieron y Caroline volvió a entrar a su casa con una sonrisa en su rostro.

Klaus ya había pasado un rato metido en un carro negro ahí frente a la casa de los Forbes. Caroline le había dicho que a primera hora mandaría a volar a ese muchachito que tenía por novio, no supo a qué hora era primera hora para ella, por lo que a las siete de la mañana fue a dar ahí; vestido en ropas de civil para no levantar sospechas y en un Aston Martin negro. Tenía la dirección y los datos completos de todos los miembros fundadores y sus familias, así como de todo el departamento policiaco. Los Mikaelson no jugaban y eran una familia de honor, a pesar de sus trabajos, que mantenía su palabra. Así que estaban seguros con todo, en caso de una dada traición, sería de parte de las personas de Mystic Falls, nunca de ellos. La primera regla de la familia era no traicionar, por mal que el asunto se viera. Eran cuestiones de moral y de principios, honor, todas esas cosas.

La casa de los Forbes era una morada muy bonita; grande, de dos pisos, con un patio delantero precioso y pintada en un amarillo neutro muy claro. No podía evitar imaginarse la vida de Caroline Forbes ahí adentro. Después de todo lo que ella le había contado en el bar del Grill, pensaba que su vida no era tan buena como ella aparentaba. ¿Cómo sería su casa por dentro? Podría imaginárselo; una recamara llena de trofeos, paredes llenas de fotos de ella en diferentes eventos a lo largo de su vida, vestida de porrista y otras cosas tontas que se llegó a imaginar estando viendo la casa. No podía dejar de verla, de estudiarla, tratando de memorizar todos los puntos y espacios de la casa. Quería a toda costa, y no sabía porque, proteger a la muchacha Forbes. ¿Por qué? Si apenas la conocía. Si alguno de sus hermanos se llegase a enterar de eso, si su madre lo supiese…no. No podría soltar esa obsesión que se empezaba a formar dentro de él a su familia, así como así. Sería un golpe bajo incluso para él y causaría problemas grandes. Siempre habían sido uno, toda su familia, era lo único que bastaba.

La familia Mikaelson había sido una familia común y corriente hasta después de lo que pasó con el hombre Mikael; su padrastro y padre biológico de todos sus hermanos, ese hombre despiadado que le había hecho la vida imposible a él y a su madre. Todos eran pequeños cuando todo había terminado. Henrik estaba recién nacido, Kol tenía ocho años, Rebekah seis, él tenía trece años y Elijah y Finn tenían quince y dieciséis años, respectivamente. Su infancia habían sido un montón de golpes, gritos, regaños y miradas asesinas por su padrastro. Mikael Mikaelson sabía que Niklaus no era su hijo, lo sabía tan bien como que su esposa se seguía viendo con el hombre que era padre del bastardo. ¿Y qué hizo? Se descargó con el bastardo y con su esposa infiel. Los tenía a los dos en la mira y ellos le temían. ¿Por qué no trata así a mis demás hermanos?, pensaba Klaus. Hasta que su madre, un día, le contó toda la verdad. Unió cabos e inmediatamente supo que todas aquellas palabras que Mikael le dirigía a él y solo a él, eran por una simple razón: él no era su hijo. No era hijo de Mikael. Lloró con su madre, de alegría, de rabia, de felicidad. Su madre tampoco era la mujer más emocional o maternal del mundo, pero cuidaba a sus hijos más que a su vida. Ella fue la encargada de llevar a sus hijos a ese mundo lleno de crimen y sangre. No quería que Mikael volviera por ellos y que estuvieran desprotegidos, no volvería a permitir que su familia se destruyera más por ese mal hombre.

Recordaba haber conocido a una mujer llamada Ayana esa misma noche que Mikael se fue de la casa y dejó a su madre golpeada a morir. La mujer se presentó en la casa y abrió la puerta sin siquiera molestarse en tocar a la puerta. Rebekah parecía la única en reconocer a la mujer y fue la que insistió en que no era una mala persona y que era amiga de su madre. Esa noche, cuando Mikael los dejó, fue la mejor noche para todos, pero fue también una terrible noche, porque su madre había quedado moribunda, tirada en el piso de un baño mientras que Klaus también había recibido muchos de los golpes. La mujer Ayana, curó a su madre e hizo que todos dejaran esa casa tóxica que estaba llena de recuerdos horribles y se mudaran a la suya. Después, se enteró que la mujer Ayana era una líder del crimen organizado y que era la mejor en su trabajo. Él era un chiquillo, trece años y le estaban metiendo sangre y armas en la cabeza. Pero cuando su madre le explicó que era para defenderse de Mikael, Niklaus se convirtió en el mejor criminal de todos los Estados Unidos. Era el criminal mejor pagado, silencioso, cauteloso. Parecía un ratón, algunos decían que incluso un maldito fantasma. Era un hombre paciente que se distinguía en organizar planes perfectos que llevaban a matanzas extraordinarias y prácticamente clandestinas. Podía hacer de todo, Ayana le había enseñado bien. No solo a él, sino a todos sus hermanos. Finn y Elijah pudieron manejar armas, ya que eran los mayores. Pero él tuvo que esperar un año más hasta cumplir los catorce.

Ayana, tal vez, se había convertido en una segunda madre para todos. Rebekah y ella tenían una relación extraordinaria, incluso mejor de la que tenía con su propia madre. Todos habían aprendido todo acerca de ese trabajo que se cargaba mucha sangre y dolor. Incluso Henrik, a quien no se le permitía manejar armas, había resultado ser el mejor tirador de todos, incluso mejor que Niklaus. El chiquillo tenía una puntería extraordinaria que podría sacar de apuros a cualquiera de ellos en cualquier misión que se les diese.

Los trabajos eran bien pagados, muy bien pagados. Ayana era una mujer interesante a la cual le gustaban los negociosos y más si se dirigían billetes gordos y en cantidades masivas. No importaba de donde saliera el dinero, dinero era dinero. Ella le había enseñado a él muchas cosas que a sus hermanos no. Le tenía un cariño especial porque sabía lo mucho que había sufrido por culpa de ese desgraciado. Le había enseñado todo lo que había por habido y por haber. Todos sus trucos, todos sus movimientos. Incluso tenía maestros privados para enseñarle de todo. Niklaus se había convertido en el criminal más buscado y en más países del mundo, que cualquier otro. Se había convertido en el orgullo de Ayana y se había vuelto un ser despiadado que buscaba venganza y que cazaba a Mikael Mikaelson hasta el final. No había dejado en paz a ese hombre desde que tuvo acceso a cuentas de banco, números sociales y demás datos personales de quien se le antojase en todo el maldito planeta. Mikael Mikaelson. Eso era. Él era su motivación. Su motor para seguir matando y protegiendo a su familia. Ese hijo de puta le daba energía todos los días para levantarse de su cama, sonreír y saber que era otro día para atormentar a Mikael Mikaelson.

El hombre cambiaba de direcciones como un rayo y usaba muchas identificaciones falsas para todo. Los roles habían cambiado y ahora Mikael temía de Klaus. Era tan ridículo e irónico, cómo los papeles se habían invertido con el pasar de los años. Pero no lo quería muerto, todos esos años que pasó torturando a su familia, a su madre, a él, no los dejaría pasar tan rápido y fácil. No llevaba siquiera la mitad de su venganza. A veces pensaba, que su venganza tal vez nunca terminaría, que sería para toda la vida, que quería que la diversión le durara hasta que el viejo no aguantara más y muriera del cansancio o del estrés.

Mikael también se había convertido en un criminal. Incluso Ayana le había dicho, que el hombre ya lo era desde hacía un montón de años pero que había dejado de oficiar cuando se había casado con su madre. No era solo Niklaus jugando a perseguir, también Mikael jugaba. Pero Klaus poseía una inteligencia superior a la de Mikael, y una agilidad mayor. Una capacidad extraordinaria que superaba a Mikael en muchos sentidos. Klaus y su familia se habían mantenido intactos por ya muchos años, once para ser exactos. El no temía por él, temía por sus hermanos, por su madre, incluso por Ayana.

Y ahora, que empezaba a relacionarse con la gente de Mystic Falls, temía por ella, por esa chica rubia que le había contado tanto de su vida. ¿Qué tal si Mikael se enteraba de ella y trataba de cazarla por pura maldad? Lo creía capaz, claro que sí. Mikael era un hombre malo, pero Klaus se había convertido en uno por venganza y sed de sangre. Mikael estaba más loco que él, era más un psicópata de lo que él nunca alcanzaría a ser.

Y ahí estaba Caroline, con el tipo que parecía llamarse Matt, Matt Donovan. No era miembro de familias fundadoras, pero era un allegado a muchas de ellas. ¿Ellos eran novios? Claro. No iba a esperar que Caroline tuviera alguna relación con un chico de mal parecer. Aunque no era el tipo de hombre que se comparase con otros, no pudo evitar ver la foto del chico de ojos grises que tenía en una de las muchas carpetas amarillas. ¿Él era novio de ella? ¿Y quién era él? Ese tal Matt Donovan…era un chico de veinte años, que cursaba su tercer año en la universidad y que tenía una beca en futbol americano con la cual pagaba todos sus estudios. Era el capitán del equipo de futbol americano en la universidad Whitmore en Mystic Falls, sus calificaciones eran altas y tenía buenos promedios. También decía que el chico vivía solo en un departamento muy pequeño cerca de la universidad y que trabajaba en el Grill medio tiempo y había poca información de sus padres. Tenía una hermana llamada Victoria Donovan que atendía a la preparatoria de Mystic Falls y que vivía con una amiga. Era un don nadie, era pobre, y aun así, tenía a una de las chicas más hermosas de todo Mystic Falls. Si no es que a la más hermosa, pensó Klaus. ¿Qué tenía Matt Donovan que él no tuviera? ¡Lo tenía todo! Absolutamente todo. Dinero, casas, autos, poder. Todo lo que ella quisiese le podía dar. Ni siquiera tendría que vivir en casa de su madre, él podría comprarle una casa en donde ella quisiera. Él podía hacerlo todo. ¿Por qué era la única chica que no coqueteaba con él? ¿Por qué no le mandaba miradas lascivas y le decía palabras obscenas como todas las mujeres lo hacían? ¿No era suficientemente atractivo? ¿No le gustaba? Gruñó por lo bajo sintiéndose el ser más estúpido e idiota de todo el universo, pensando en sandeces y en tonterías que solo un hombre enamorado e idiotizado por una mujer, pensaba. ¿Qué le sucedía? ¡Ni siquiera conoces a la chica, Niklaus!, se reprendió en su interior. ¿Por qué de repente quería saber todo de ella y quería ayudarla y quería estar con ella? ¿Por qué estaba feliz de que ella terminara una relación?

Le pegó un manotazo al volante cuando Matt la atrajo hacia él y la encerró en sus brazos. El chico era muy alto y le sacaba varias cabezas. Solo vio como el pequeñito cuerpo de Caroline se desaparecía bajo el grande y fuerte de Matt. ¿Caroline se había arrepentido y había decidido darle otra oportunidad? ¿Estarían celebrando que habían arreglado sus problemas? ¿Qué estaba ocurriendo? Después los vio entrar en casa de Caroline y Klaus perdió la razón. ¿Por qué? ¿Qué demonios iba a hacer el dentro de su casa si se supone que habían terminado las cosas recientemente? ¿Qué ocurría? ¿En qué mundo había estado viviendo y porque los jóvenes celebraban sus rupturas? ¡Maldita sea! ¿Por qué no se le había ocurrido colocar un sistema de sonido dentro de la casa Forbes? Esta no es una misión, Klaus. Es una chica, una simple chica, se recordó.

Estuvo ahí afuera hasta que vio que el chico Donovan salió de la casa y se despidió de Caroline para después subirse a su camioneta Chevrolet antigua e irse de ahí. Vio como Caroline miraba curiosamente hacia su auto pero se dio la media vuelta y se volvió a encerrar en su casa.

Suspiró.

Su celular sonó y vio el número desconocido con el cual Kol solía marcarle. Suspiró de nuevo. ¿Qué querría el mocoso?

―Qué quieres ―habló monótonamente.

―Te llevaste a mi mujer ―dijo molesto―. ¿Dónde está la rubia bonita con la que me estaba divirtiendo anoche? ―preguntó de mala gana.

Klaus soltó un gruñido.

―No es tu mujer ―respondió enojado―. Y no veo en que te concierne a donde o porque me la llevé. Cuando llegue a la casa tu y yo vamos a tener una larga conversación, así que más vale que estés ahí esperándome, Kol. Y si vas a llamar para hacer preguntas estúpidas, haznos un favor a los dos y ahórranos algo de tiempo.

Terminó la llamada con un ceño fruncido y unas ganas irremediables de romperle los brazos a su hermano para que nunca más volviera a poner una mano en Caroline. Lo único que le faltaba era que la testosterona de Kol hiciera que quisiera tener a Caroline a toda costa. Ese era su hermano, lo conocía; un apostador que no conseguía lo que quería hasta que lo obtenía. Por esas cosas había perdido muchas otras, su madre ya lo había echado de la casa muchísimas veces y el muchacho no aprendía. Poseía condominios por todas partes del mundo, pero siempre le gustaba regresar con su madre. Era el chico más mimado y consentido del planeta. Pero dejaría el asunto de Kol por el momento. Ahora estaba concentrado en la chica dentro de la casa, estaba sola. ¿Debería tocar a su puerta? No, idea estúpida. Ella preguntaría de dónde sacó su dirección, después haría más y más preguntas y no pensaba arriesgar nada, no por el momento.

Decidió retirarse a la mansión, seguro Kol estaría ya esperándole. No era ninguna sorpresa que sus hermanos le temieran un poco. Él era Niklaus, así de simple. Apodado por muchos como el Lobo Mikaelson o simplemente el Lobo o Klaus el Lobo o cosas tontas que le habían dejado de importar durante los años. Claro que al principio sintió satisfacción al empezar a ganar fama y todos esos apodos sosos y sin sentido. Pero ahora que ya tenía una vida forjada y planeaba instalarse en Mystic Falls por algún tiempo estable, los apodos salían sobrando. Por el momento se concentraría en vivir en paz con los ciudadanos de la ciudad de su madre y en tratar de sacarse a esa muchacha de la cabeza.

―No Te Vayas Sin Mí―

―Dime que le hiciste a Caroline ―vociferó Klaus, tratando de no tomar a su hermano entre sus manos y estrangularlo.

Kol sonrió de lado.

―Ah, ¿sabemos su nombre? No sabía que también te habías interesado en mi pequeña presa. Es una chica difícil. ―le guiñó un ojo, como compartiendo un secreto entre hombres―. Una chica bastante linda, si me preguntas. Me imagino si será igual en la cama…

Klaus le lanzó un puñetazo en la boca y Kol se tambaleó un poco topando con un sofá y cayendo en el.

― ¡Estás loco! ¡Esa zorra no vale la pena! ―gritó limpiándose la sangre de la boca.

― ¡Basta! ―bramó furioso―. No tienes derecho de hablar así de una dama. No de Caroline ―espetó molesto―. No te permitiré que vuelvas a soltar una palabra más. Hoy mismo te disculparas con ella. Después de eso, no le hablaras, no la veras, no pensaras en ella y no hablaras sobre ella.

Kol soltó una risa aun limpiando su labio.

― ¿Qué te hace pensar que hare todo esto que tú dices? ―Klaus frunció el ceño―. Esa chica me gusta. Me gusta mucho ―sonrió.

― ¡Apenas la conoces! ―gritó molesto―. ¡Ni siquiera la habías visto antes de que todo eso ocurriese! Eres un maldito, Kol. Y estás advertido ―le señaló con un dedo para después salir de una sala.

¡Carajo! Maldito Kol. No permitiría que se acercara a ella, no si no era para disculparse y él tendría que estar presente. Gruñó de nuevo sintiéndose impotente y estúpido. ¿Quién era esa chica? ¿Por qué le intrigaba tanto? ¿Qué tenía? No lo sabía y había una parte de él que no quería averiguarlo. Pero también había una parte de él, que no podía dejarla ir. Se maldijo de nuevo caminando en los pasillos de su nueva mansión, una mansión que había adquirido para que toda su familia viviese ahí.

―Niklaus ―la voz de su madre habló―. Deseo verte.

Dicho eso, la mujer dio media vuelta para integrarse en un despacho que Niklaus le había concedido como suyo. Esa mansión era de él, pero fue pensada para toda su familia. Para que pudiesen vivir juntos de nuevo, y no corriendo por todo el mundo como los criminales que eran. Quería una vida junto a ellos, quería establecerse al igual que su madre lo había hecho unos pocos de años atrás en Nuevo Orleans. Quería tener a su familia con él.

Su madre era una mujer que había aprendido a defenderse por sí misma y era muy poderosa. Trabajaba con su familia como una leona y era dueña y señora de muchas bandas criminales incluyendo la de su familia propia. Esther Smith, era una mujer de cincuenta y cinco años, que sabía dirigir armas tan bien como sabía hablar. Era una señora valiente y de buen porte. Educada para ser sumisa y entregarle todo a su marido, dejó esas enseñanzas, para volverse la mujer que ahora era; alguien que sabía defender a su familia ante todo.

Esther era una mujer alta, de cabellos blanquecinos, que una vez habían sido dorados como los de su hija. Tenía unos ojos azules que le había heredado a Rebekah y a Klaus. Había dejado de utilizar su apellido de casada tan pronto aquella noche sucedió. Klaus había sido el único que había cambiado su apellido a Smith. Pero todo el mundo ya lo conocía como Mikaelson.

Así que siguió a la mujer que le había tratado de proteger cuando niño y se adentraron en el despacho de esta.

Vio a su madre caminar calmadamente hacia el gran sillón detrás del despacho y los dos tomaron asiento.

― ¿De qué me quieres hablar, madre?

― ¿Hay algo que quieras decirme, Niklaus? ―preguntó viéndole a los ojos.

Klaus entrecerró sus ojos.

― ¿De qué hablas?

―El sheriff Forbes, solicitó que nos viéramos ―habló secamente―. Y me reuní con ella hoy.

Klaus suspiró y dejó caer su mirada en otra cosa.

―Supongo que ya sabes de lo que me habló.

Klaus asintió.

―Algo supongo.

―Ella no confía en ti, Niklaus. Ella es la cabeza del departamento policiaco, si necesitamos la confianza de ellos, necesitamos primeramente la suya ―Klaus resopló. Se sentía como un niño pequeño que estaba siendo regañado por su madre―. Cualquier amorío que tengas con la chica Forbes, debe acabar ya.

Klaus se le quedó viendo. Después soltó una risa que solo hizo que su madre frunciera el ceño.

―Solo la conozco hace dos días, madre. No esperas que tenga un amorío con ella, ¿o sí?

Esther lo escrudiñó con la mirada, solo para encontrar que su hijo no le mentía.

Ella suspiró.

―De acuerdo. Pero no quiero que te le acerques más, no si no es para socializar en una forma amistosa.

―Es una amiga ―dijo recordando su conversación de la noche anterior.

―La pretendes.

Klaus se le quedó viendo.

―Lo sabía. Eres mi hijo, Niklaus. Sangre de mi sangre, no esperas que no sepa todo lo que pasa por tu cabeza, ¿o sí?

Klaus rodó sus ojos.

―No la pretendo, madre. Te he dicho que es una amiga. Por favor, dejemos de hablar del tema. Yo mismo hablare con el Sheriff.

―No. No hablaras con nadie. Solo dejaras de frecuentar a la muchacha.

El negó con su cabeza.

―No dejare de frecuentar a nadie, madre. Caroline ya sospecha que algo pasó entre su madre y yo ―Esther suspiró, exhausta. Nada de eso debería de estar pasando―. Sería muy sospechoso dejar de hablarle. Solo déjame hablar con la Sheriff, y le explicaré que mis intenciones y las de mis hermanos, son puramente inocentes.

Esther lo volvió a escrudiñar con la mirada.

―De acuerdo, hablaras con ella y después me dirás como fue.

Klaus asintió.

―Te puedes retirar.

Klaus volvió a asentir y salió de ahí sintiendo la mirada de su madre muy fija en su espalda. Salió de ese despacho y soltó un gran suspiro lleno de alivio.

―Supongo que las cosas fueron bien ahí dentro ―escuchó la voz de Henrik.

Henrik era un chico alto, que probablemente llegaría a ser igual de alto que el dentro de dos o tres años. Su cabello era negro y corto, siempre despeinado. Tenía ojos verdes y una piel olivo. Era un chico calmado que llevaba los mismos hoyuelos que él y que todos sus hermanos al sonreír. Era un buen chico que era muy introvertido.

Él le sonrió y le despeinó la cabellera.

―Sí, todo fue bien. ¿Dónde has estado?

Era el único miembro de la familia con el cual se permitía sonreír y hacer bromas tontas, hablar libremente y jugar videojuegos. Quería darle la infancia y la adolescencia que cualquier niño hubiese tenido y que el no tuvo ni tendría jamás. El chico estaba tan acostumbrado a la sangre y a las armas, que Klaus quería enviarlo lejos y que fuese un chico normal como todos los demás.

―Jugando videojuegos ―se encogió de hombros―. ¿Tu? ¿Mamá te ha regañado?

Klaus sonrió. El niño era el único que la llamaba mamá, incluso Rebekah y Kol no estaban acostumbrados a ello a pesar de que eran los consentidos.

―No. Solo hablamos de ciertas cosas.

Henrik asintió, sabiendo que su hermano no le contaría más.

Klaus lo examinó; era esa mirada, lo sabía, la había visto muchas veces.

―Te puedo contar ―dijo desinteresadamente―, si tienes tiempo ―se encogió de hombros.

Vio de reojo como la cara de su hermanito se iluminaba y le vio sonreír un poco.

―Claro, tengo tiempo.

Fueron a la habitación de Henrik para sentarse en su cama y hablar del tema. Le contó de como esa chica Forbes le interesaba y que era muy bonita y demás. Henrik se sentía tan extraño al escuchar a su hermano hablar de esa forma, nunca había mencionado a ninguna chica, ni siquiera de la chica anterior le había hablado; esa mujer por la cual él y su hermano mayor Elijah habían peleado. Ni siquiera ella había tenido cabida sobre las conversaciones que habían tenido, estaba sorprendido.

Al terminar, Klaus lo miró examinando cada gesto de él.

―Yo…no sé qué decir, Nik ―alzó sus cejas―. Es decir, supongo que esta chica tiene que ser especial. ¿Y la conoces hace solo dos días? ―Klaus asintió―. Sí, es especial ―sonrió y Klaus le miró con extrañez―. Es solo que es extraño. Es todo ―se encogió de hombros.

Los ojos azules de Klaus vieron los verdes de él y Henrik volvió sonreír.

―Lo siento ―se disculpó―. En realidad es extraño. Ni siquiera habías hablado de… ―miró a Klaus el cual asintió sabiendo― con nadie y ahora estás hablando de esta chica Caroline como si nada. ¿Estás enamorado?

Klaus sonrió.

Le alegraba que su hermano hablara más de lo normal, era un chico callado, serio, que no se sorprendía por nada. Si no fuese hijo de su madre y de la rata de Mikael, pensaría que Henrik era hijo de su hermano Elijah, era una versión joven de él.

―No, hermano, no estoy enamorado. Solo me interesa, es todo.

Henrik entrecerró sus ojos.

―Quiero conocerla ―dijo sorprendiendo a Klaus quien solo soltó una risa.

―Después. Tiene un hermano de tu edad ―dijo examinando la expresión calmada de su hermano.

Henrik asintió.

―Sería bueno que te empezaras a relacionar con los chicos de la ciudad ―dijo, Klaus―. Caroline me ha dicho que su hermano es bueno disparando, al igual que tú.

Henrik abrió sus ojos al escuchar eso, pero repuso su postura de inmediato. Klaus lo notó y escondió una sonrisa de satisfacción.

―Sería bueno ―dijo simple.

Pero en realidad estaba interesado en conocer al hermano de la enamorada de su hermano mayor.

―No Te Vayas Sin Mí―

― ¿Mamá? ¿Podemos hablar?

Caroline entró a la cocina para ver a su madre cocinar. Nunca cocinaba, muy pocas veces lo hacía, solo cuando estaba nerviosa, o cuando tenía una gran caso por delante. Era una maña tonta de la cual Caroline se burlaba. Pero a la vez, su madre se burlaba de ella por limpiar cuando le entraban los nervios.

―Sí, claro. Siéntate ―le dijo con una sonrisa.

Estaba nerviosa, Caroline lo sabía. Tal vez no eran nervios, tal vez mucha ansiedad, algo que no supo descifrar.

―Solo quería preguntarte acerca de la noche anterior ―dijo―. Lo que pasó con Klaus en el hospital.

Liz se quedó de piedra tras la estufa. Tragó en seco y volteó.

Caroline estaba sentada en una de las sillas de la mesita de la cocina, era una mesa de cuatro asientos y era donde comían ya que el comedor rara vez se usaba.

―Klaus me ha dicho que tú le has puesto una multa. ¿Es cierto? Lo noté raro cuando me lo dijo ―se encogió de hombros.

Liz suspiró aliviada, le debía una a ese hombre.

Bueno, en realidad no.

―Sí, cariño. Tu amigo iba a una velocidad considerablemente escandalosa ―habló esperando que Caroline le creyera. Era muy buena sabiendo cuando la gente mentía, le sorprendía que se hubiese dejado engañar tan fácil por ese hombre Niklaus.

― ¿Enserio? ―dijo extrañada―. Bueno, supongo que es verdad ―se encogió de hombros de nuevo.

No estaba tan segura del asunto, pero no quiso preguntar más. Sabía que algo había ahí, pero ni su madre ni su nuevo amigo darían cuentas con ella, así que no sería difícil averiguarlo por su cuenta.

― ¿Qué cocinas? Huele bien ―sonrió.

―Filete y papas francesas. Las favoritas de mis dos bebés. ―dijo aun cocinando. Caroline pudo sentir la sonrisa en sus palabras.

Ella también sonrió. Amaba a su madre y esas cositas pequeñas que hacía por ellos dos.

―Entonces, me quedare en casa a comer con ustedes ―dijo.

― ¿Tenias planes? ―preguntó Liz.

―Sí, saldría con Elena para ver a Bonnie, pero le diré que vayamos un poco más tarde. ¿Tú no tienes que estar en la estación?

Liz negó, volteó para verla y le sonrió.

―Soy el jefe, puedo darme vacaciones cuando quiera ―le guiñó un ojo.

― ¿Has pedido vacaciones? ¿Enserio? ―preguntó asombrada.

―No querida, solo dije que las puedo tomar cuando quiera. Ni siquiera las necesito pedir ―dijo Liz riendo.

Caroline empezó a reír con ella.

―Es bueno tenerte en casa ―dijo Caroline con verdadera nostalgia.

Liz suspiró y asintió. No era una mujer que mostrase sus sentimientos y Caroline lo sabía. Pero no necesitaba de eso, estaba aprendiendo a ver cosas de su madre que cuando pequeña no. Esas cositas que veías cuando la madurez te pegaba un poco más de cerca.

Después de un rato, Daniel, su madre y ella, comieron en la mesita hablando de cosas tontas y bromeando de vez en cuando. Se olvidó del asunto de Klaus y se dejó sumir en las risas junto con su mamá y su hermano. Se sintió completamente extraña y sonreía cada que podía. Era diferente. Era bueno. Le gustaba.

―No Te Vayas Sin Mi―

Bonnie había dejado a su abuela ahí dentro mientras que Caroline y Elena la arrastraban hacia la cafetería del hospital. Ni siquiera habían podido hablar con ella y ya habían pasado dos días.

―Bonnie, vamos. Tienes que comer algo ―Elena le reprendió.

Bonnie suspiró.

―No tengo hambre ―repuso.

Tenía ojeras, su rostro era serio y su mirada perdida.

―Bonnie, no nos gusta verte así. Tampoco a tu abuela ―dijo Caroline.

Bonnie volvió a suspirar.

―De acuerdo, basta ―dijo Caroline molesta. Elena la reprendió con la mirada―. No, Elena. Mira, escucha…veme si quiera, Bennett ―le habló. Bonnie levantó su mirada―. Tu abuela está bien, Bonnie. Habla, sabe quiénes somos y sigue siendo igual de linda que siempre ―sonrió viendo como Bonnie sonreía también―. Sí, nos dio un buen susto, pero ahora está bien, ¿de acuerdo? La tienes contigo y de lo único que te tienes que preocupar de ahora en adelante es de ser una buena nieta y de cuidarla. Pero primero te tienes que cuidar tú, ¿sí?

Bonnie le sonrió, cansadamente.

―Y tienes que dormir, por dios. Mírate esas ojeras de vampiro que tienes. Esto no es Forks, ¿sabes? Estamos en Mystic Falls ―dijo Caroline haciendo que sus amigas se le quedaran viendo.

Elena rió.

―No puedo creer que hayas leído Crepúsculo ―se burló de ella.

Caroline rodó sus ojos.

―En mi defensa, Edward es más guapo en el libro que en las películas, y Bella no es tan retardada como la actriz ―se defendió viendo hacia otra parte, con su cabeza en alto.

Bonnie rio.

―Por Dios, lo que sea menos hablar de esos vampiros que brillan. Cambiemos el tema ―soltó Bonnie riendo junto con Elena.

―De acuerdo, comida y cama. Ahora ―Caroline la levantó tomándola de una mano y Elena la tomó de la otra.

―Uhm, ¿chicas? ―Bonnie exclamó―. Tengo diecinueve años, no sé si lo recuerden. Puedo caminar sin que me sujeten de las manos.

Caroline rodó sus ojos.

―Lo que sea, Bennett. Gilbert, ayúdame.

Elena suspiró.

―Caray, Care. No somos las pobres de tus sirvientas a las que mandas en tus clubs ni en el equipo de porristas.

Caroline rio y negó.

―Eso es lo que ustedes creen ―se burló―. Ejerzo un poder sobre ustedes que ni yo puedo controlar. Por años han hecho lo que yo digo ―se encogió de hombros mientras caminaban hacía la salida del hospital.

Elena y Bonnie rolaron sus ojos mandando a Caroline al carajo.

―Lo que tú digas, Care ―resopló Bonnie.

―Claro que es lo que yo diga, siempre lo es ―contestó con una sonrisa bonita.

Ya saliendo del hospital empezaron a caminar hacia el estacionamiento. Caroline alzó su cabeza viendo una figura conocida, se le revolvió el estómago para después ver otra figura conocida que para su muy grande sorpresa, le trajo un sentimiento de seguridad plena y confortante.

―Care, mi mano ―se quejó Bonnie haciendo una cara de dolor.

Ella la soltó rápidamente, sintiéndose confundida.

―Lo siento ―soltó rápidamente.

― ¿Qué pasa? ―pregunto Elena, viendo hacia donde Caroline veía. Alzó sus cejas―. ¿No es Klaus? ¿Tu amigo? ¿Y su hermano Kol? ―preguntó bajito, mientras veía la figura de Kol acercarse a ellas.

―Sshhh ―siseó Caroline―. Cállate, viene para acá.

― ¿Quiénes son Klaus y Kol? ―preguntó Bonnie susurrando.

Se quedaron ahí paradas mientras que el chico de bonita sonrisa y cabello corto caminaba hacia ellas. Bonnie frunció el ceño mientras que el chico la desvestía con la mirada y Elena veía que el caminaba como si nada hacia ellas. Caroline no podía dejar de ver a Klaus, que se encontraba a una distancia considerablemente larga como para correr hacia él en caso de algún intento de violación de su hermano idiota.

Tragó en seco de nuevo al ver que Kol estaba frente a ellas.

―Señoritas ―saludó, viendo a Bonnie―. Creo que no nos hemos conocido antes. Me llamo Kol Mikaelson ―habló con su perfecto acento inglés.

Él y Bonnie se veían mientras que Caroline seguía pendiente de Klaus y Elena de esos dos.

―Bonnie Bennett ―saludó secamente.

―Ah, señorita Bennett, tiene usted un rostro hermoso ―soltó de golpe para hacer que Bonnie frunciera su ceño.

―No estoy del todo tratando de conseguir un novio, así que puedes dejar de coquetear ―le respondió de manera feroz.

Elena abrió sus ojos en desaprobación y Caroline sonrió de lado.

―Ya la escuchaste. Ahora, si nos permites ―le dijo Caroline pasando por un lado de él.

Pero antes de nada, Kol le tomó del brazo de una forma ligera haciendo que Caroline se detuviera en seco y quitase su brazo bruscamente.

―Permíteme unas palabras, Caroline ―observó a las dos chicas que los veían con unos ojos pendientes de todo. ―A solas, si no importa ―aclaró.

―Lo que sea que tengas que decir, lo puedes decir delante de ellas. Son mis mejores amigas ―dijo con un tono de voz acido.

Kol asintió más para sí mismo que para ella, sonriendo ligeramente.

―No. Prefiero hacerlo en privado ―sonrió de nuevo sacando a Caroline de sus casillas.

Caroline, nerviosa, volteó a ver a Klaus. Él estaba ahí, el no dejaría que nada le ocurriese, ¿cierto?

Suspiró.

―De acuerdo, te doy un minuto ―dijo secamente.

Ni siquiera volteó a ver a sus amigas para caminar un poco más allá.

Kol la siguió con la mirada mientras maldecía a su hermano mentalmente.

Quedaron parados ahí mientras que Caroline veía hacia otra parte y él la veía a ella.

―Quería ofrecerte una disculpa por lo ocurrido en la fiesta la noche antepasada. No medí mis acciones y me temo que todo resultó ser un poco más brusco de lo que tenía en mente.

― ¿Tú crees? ―soltó Caroline, con un tono sarcástico que no pasó desapercibido para Kol.

―Me disculpo de nuevo ―volvió a decir, sintiéndose patético.

Esa chica ya no le gustaba, era demasiado rubia y muy de su hermano. No iba a pasar por lo mismo que sus hermanos habían pasado por una mujerzuela años atrás.

―Disculpa no aceptada ―soltó enojada y con una sonrisa en su rostro. Kol rodó sus ojos, cortando su acto de bondad―. Sé que no haces esto por tu cuenta. No te conozco, pero los chicos de tu tipo no hacen sus maldades para después arrepentirse y disculparse. En primer lugar nunca lo hubieras hecho. ¿Klaus te está obligando?

Kol resopló. No, no le gustaba esa chica; demasiados problemas.

―Sí ―contestó secamente, levantando la punta de su pie, de arriba abajo en una demostración de que estaba claramente enojado y molesto―. Pero si sirve de algo, sé que no estuvo correcto, ¿de acuerdo?

― ¿Qué? ¿Hacerte pasar por un santo o tomarme a la fuerza como a una prostituta?

― ¡Caramba! ―soltó desesperado―. A ustedes las mujeres nada las tiene contentas ―dijo de mala gana.

―Lo que sea, Kol. No me creo tus buenas intenciones, así que no te vuelvas a cruzar por mi camino si no quieres que algo malo pase ―le fulminó con sus ojos azules. Vio un moretón en la boca del chico y supuso que Klaus había tenido algo que ver.

Kol soltó una risa.

―Eres muy graciosa, ¿sabes? Aunque, si me podrías presentar a tu amiga bonita, la de la piel chocolate ―se relamió los labios―. Se ve deliciosa.

― ¡Ugh! ¡Eres asqueroso! Y un cerdo, pervertido, animal, grose-

― ¿Está todo bien? ―la voz de Klaus sonó por detrás de ellos y de un momento a otro él ya estaba entre los dos.

Caroline se puso a su lado por puro instinto mientras seguía fulminando a Kol con una mirada asesina.

―Sí, todo está perfecto, hermano ―sonrió Kol―. Me he disculpado con la dama, como tú has dispuesto. Me retiro ―sonrió, y antes de irse le guiñó un ojo a Caroline quien solo frunció su ceño más.

Ya después de que Kol se hubiese ido le vieron despidiéndose de Bonnie y Elena.

― ¡Ugh! Odio a tu hermano ―dijo sin siquiera arrepentirse.

Klaus soltó una risa.

―Sucede que también yo. Es otra cosa que tenemos en común ―le sonrió.

De repente, Caroline se olvidó de todo y se vio parada ahí junto a Klaus. Estaban muy cerca y se separó un poco de él, sintiendo sus mejillas arder.

―Si bueno, supongo que tiene una habilidad para hacer enojar a las personas ―dijo ella viendo hacia otra parte.

―En efecto.

Se veía tan hermosa. La luz del sol le sentaba de maravilla, sus ojos azules eran más grandes de lo que él había visto y sus ondas doradas eran hermosas. Con el ceño fruncido se veía tan adorable y lo único que él quería era abrazarla. Se regañó mentalmente para después volver su atención completa a ella.

Ella lo observaba.

―Haz hecho que él se disculpe conmigo ―dijo ella apenas. ― ¿Por qué?

Klaus tragó en seco. ¿Por qué? Porque no era correcto, porque de repente había sentido la necesidad de que ella no se encontrase cerca de ningún hombre, porque la sangre le había hervido al ver la escena.

―Te dije que había alcanzado a ver lo que él hacía, pero fue tarde cuando quise ir hacia ustedes. Lo siento, Caroline. Él es así.

Caroline suspiró.

―Está bien ―se encogió de hombros―, no importa.

―Sí importa, yo lo sé. Vi tu rostro. Yo estaba ahí, cariño, te recibí en mis brazos, vi el miedo en tu mirada.

―Déjalo, Klaus, ¿sí?

El no dijo nada y se limitó a asentir.

―Lo siento, cariño.

Caroline le dio una mirada.

―Lo siento ―se disculpó con una sonrisa―. He olvidado tu condición.

Ella sonrió de vuelta.

―De acuerdo, sé que te llevara tiempo acostumbrarte.

¡Carajo! ¿Por qué tenía que ser tan guapo? ¿Por qué esos ojos aqua la tenían que ver tan fijo? ¿Era porque era inglés? ¿Por eso era tan jodidamente sensual? No Caroline, es sensual solo porque lo es. Gruñó interiormente. Eso no era de dios, era pecado, era un maldito pecado que un hombre tan sexy caminara sobre la tierra como si nada.

― ¿Cómo está la abuela de tu amiga? ―preguntó de repente haciéndola salir de su ensoñación.

Caroline sonrió, pensando que el hombre se veía muy tierno preguntando eso.

―Bien, la darán de alta en algunos días más. Gracias por preguntar.

Klaus asintió.

―Aprovecho la ocasión para hablarte acerca del baile que mi familia dará ―dijo captando su atención―. Como sabrás, será dentro de poco y me gustaría empezar de discutir el asunto contigo.

Caroline sonrió como nunca y asintió como niña pequeña.

―Sí, sí. Claro ―respondió de inmediato.

―De acuerdo, Caroline. Me comunicaré contigo durante el día para poder arreglar una reunión en mi casa ―dijo.

― ¿Siempre eres tan formal? ―preguntó ella sonriendo.

Klaus sonrió un poco solo para ver la sonrisa de Caroline ensancharse más y más.

―Sí, me temo que sí.

Caroline soltó una risita.

―Me gusta ―dijo al fin.

Se vieron de nuevo mientras que Caroline veía a sus amigas en el fondo haciéndole señas desde atrás.

Malditas, pensó.

―Me tengo que ir ―dijo de repente―, pero esperare tu llamada para poder arreglar algo ―le sonrió.

Klaus asintió viéndola. Era tan perfecta.

―Así será.

―Adiós ―le volvió a sonreír―. Y gracias…por, bueno…tú sabes.

―Fue un placer ―respondió sonriendo.

Caray, era como si ninguno de los dos quisiese irse. Estaban ahí parados viéndose a los ojos mientras que tras de ellos Bonnie y Elena hacían señas exageradas para que ella fuese con ellas. Caroline volvió a sonreír y sin decir nada, fue hacia donde sus amigas. Las fulminó con la mirada mientras que ellas dejaban de hacer señas tontas.

―Malditas perra ―dijo entre dientes―, ¿qué no pueden esperar cinco minutos? Zorras desconsideradas.

Bonnie dejó salir una carcajada que hizo a Elena sonreír.

―Le dijiste a Kol que un minuto y se extendió más de la cuenta y después con Klaus fue todavía más. ¿Sales con ambos chicos? ―preguntó Elena, entrecerrando sus ojos.

―Oh por dios, no ―soltó dramáticamente―. No digas tonterías. Son demasiado…

― ¿Guapos? ―completó Elena.

― ¿Sonrientes? ―dijo Bonnie.

―Carajo, no; ingleses ―dijo simulando tener un escalofrío.

Rieron mientras que volvían a caminar hacia el auto de Elena.

―Lo que sea, Care. Los dos te comen con la mirada ―dijo Elena.

― ¿A mí? No Kol. Me pidió que le presentara a Bonnie.

Bonnie bufó.

―Tendrían que pasar muchas cosas para que yo ponga mis ojos en esa cosa arrogante con patas. Por favor ―se mofó―, el chico esta tan lleno de sí mismo.

Caroline asintió.

―No salgas con él, Bonnie.

―No lo hare, créeme. De todas formas, ¿qué tienes que ver con la primera familia fundadora? ―levantó una ceja.

―La llené de información mientras hablabas con tus novios ―Elena dijo, encogiéndose de hombros.

Caroline suspiró.

―Una larga historia. Se las cuento de camino ―le sonrió.

Comenzaron a caminar y Caroline no pudo evitar voltear hacia donde minutos antes se encontraba con Klaus, pero no había nadie. Estaba consciente de que el la llamaría para ponerse de acuerdo más tarde. ¿Pero cuando era más tarde? ¿Y que se pondría? De repente se puso nerviosa y después se dio cuenta que él ni siquiera tenía su número.

¿Cómo carajos se comunicaría con ella? ¿Cómo la contactaría? ¿Tendría que buscar ella su número? ¿Y qué tal si él pensaba que estaba violando su privacidad? ¿Y que no estaría haciendo él lo mismo? No podía dejar de pensar en Klaus hasta que se calmó y pensó que todo estaría bien, si aquello no se volvía en algo más que una amistad.